¿Lo conoces?

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La Navidad pasada, estando bajo el efecto de un alucinógeno, la heredera del majestuoso Caribbean Cruise fue visitada por el espectro de un hombre.

Tenía cara de modelo, pelo negrísimo, ojos muy claros, sombra de barba, y pura pinta de filósofo con pantalones de pana y un suéter de lo más corriente. Nada más lo vio, o creyó ver, se juntaron en un abrazo desesperado y también intensamente físico con todo y que el hombre aparecía desleído. Entonces se besaron por todas partes, como esos amantes de telenovela que se han deseado largamente. La avidez continuó mientras se quitaban la ropa y se calmó en cuanto unieron sus cuerpos desnudos.

Casi un año después Sara McInney llegó a mi consultorio. Había buscado a su filósofo de ensueño en miles de portafolios y páginas web de agencias de modelos y facultades de humanidades de todas partes del mundo. No lo había encontrado. Se había hecho entonces a un retrato hablado del hombre, ilustrado por computador y a full color. Era tan bueno que parecía una foto y en verdad el hombre tenía un atractivo perturbador. La facha de intelectual muerto de hambre no le iba, a mí me gustaría más con un esmoquin bien mundano. Pero eso soy yo, que vengo del mundo de pantalones de pana y suéteres corrientes de mis papás, filósofos de profesión. Lo acompañaba la leyenda ¿Lo conoces?, seguida de un número 01-8000 y la promesa de una generosa gratificación en dólares. De los miles de llamadas solo unas cuantas habían merecido seguimiento y todas resultaron ser fraudes.

Lo que Sara McInney pretendía ahora era que yo diera con el paradero del hombre. Le dije que para encontrar a una persona no me basta con una foto (yo todavía creía que se trataba de la foto de una persona real), que además necesito pistas que puedan indicarme dónde buscar. A veces tengo la impresión de que la gente piensa que para mí es tan sencillo como salir volando por la ventana, flotar hasta el punto más alto de la atmósfera y, tras echar un vistazo a la superficie de la tierra, señalar con el dedo: He lo que buscas ahí.

Fue entonces cuando me contó las circunstancias del encuentro y todos los demás detalles. Lo primero que pensé fue que estaba loca. ¿Cómo sabe que él existe en realidad?, le pregunté. Simplemente lo sé, me respondió. Está completamente loca, me convencí y si seguí insistiendo fue solo para tenderle un puente de lógica que la trajera de vuelta a la cordura. Usted estaba drogada, ¿no sería más bien una alucinación?

Sara McInney me habló de su infancia a bordo del Caribbean Cruise con laberintos de pasillos interminables, casinos, piscinas, comercios y salones de fiesta, pero ni la menor posibilidad de hacer amigos pues todos los pasajeros eran adultos y se renovaban en cada tres puertos. Me habló de sus tristes navidades entre esos extraños, de la muerte repentina de sus padres en un accidente, de la euforia de las drogas y las fiestas, de la soledad de las drogas y las fiestas y de los años de abuso para mantener la euforia. Por eso nadie mejor que ella para distinguir lo que era una alucinación de lo que no era una alucinación. Y el hombre que se me apareció en mi camarote, me dijo altiva, no era una alucinación.

¿Me va a ayudar a encontrarlo?

Sara McInney se fue molesta cuando le dije que su historia era conmovedora pero que no iba a hacerle perder su dinero con una pesquisa imposible. Sin embargo esa noche, y todas las que tuve libres, me encontré flotando por los laberintos de pasillos interminables, los casinos, las piscinas, los comercios y los salones de baile hasta que di con su camarote. Sara McInney no dormía. Se la pasaba fumando y dando vueltas por la habitación. Alguna vez pensé que me había percibido pero era solo que seguía el hilo de humo de su cigarrillo. Otra, la encontré con un hombre. Al detallar la ropa tirada en el suelo advertí que era el uniforme de los tripulantes de más bajo rango. Cuando terminaron Sara le dio la espalda para que no se diera cuenta de sus lágrimas. Otra, la vi drogada y otra más, borracha. Y por supuesto estuve ahí en Navidad. Mis ateos padres nunca la celebraron porque consideran que no es más que una estrategia de mercadeo para incitar el consumismo ni, mucho menos, me inculcaron la fantasía del niño Dios. Así que no tuve que cancelar ningún compromiso y me fui a la cama.

Cuando llegué al crucero ya todos en el salón de baile tenían las copas levantadas. Todos, el capitán, la tripulación y los pasajeros de ese barco sin niños. Feliz Navidad, se dijeron unos a otros y Sara aprovechó la confusión del brindis para escabullirse. Llegó a su camarote y se acostó en la cama en una posición que me recordó la que yo adopto para mis viajes astrales.

Lo que había creído era que en algún momento de la noche se levantaría como si alguien hubiera entrado en su camarote, abrazaría y besaría el aire y se quitaría ella sola la ropa para llenar con ese amante inexistente, con ese niño Dios, todos los vacíos de su infancia sin navidades. Nunca pensé que abriría repentinamente los otros ojos y me vería.

¿Qué hace aquí?, casi gritó. Yo, que estaba tan aterrada como ella, solo atiné a decirle: Buscando al niño Dios.

Pilar Quintana

Pilar Quintana nació en Cali en 1972. Es comunicadora social de la Universidad Javeriana. Trabajó como libretista de televisión y creativa de publicidad. En 2000 viajó por Suramérica, los Estados Unidos e India. Fue desde terapeuta para jaguares hasta empacadora de mangos. En 2003 regresó a Colombia y publicó Cosquillas en la lengua, su primera novela. En 2007 publicó su novela Coleccionista de polvos raros e hizo parte de la selección de Bogotá 39. Este año presentó su novela Conspiración iguana.

Lucas Ospina

Nació en 1971 en Bogotá, Colombia. Estudió Artes Plásticas en la Universidad de los Andes. Es columnista, profesor, crítico de arte y artista. Ha hecho varias exposiciones individuales. Algunas distinciones que ha recibido son la Mención VIII Salón Séneca, Centro Colombo Americano (1991) y la I Bienal de Fotografía Joven, Planetario Distrital, Bogotá.

* Texto inédito especial para El Espectador.

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