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Lo inolvidable de sus boleros (Cuento)

Recuerdo aquellas tardes de boleros, de silencios que decían más que las palabras y de un hábito bohemio y romántico que lo hizo siempre una persona sin igual.

Crédito: Pixabay

Otra tarde más sumido en los choques y superhéroes que salvaban el mundo. En medio de las sillas y el sofá de la sala de mi abuela, mis pequeñas manos sostenían una nueva historia patrocinada por los juguetes de la época, por diminutos carros lujosos que alumbraban y muñecos que simulaban ser los héroes de las películas que veíamos en el televisor de antena.  Los carros eran más veloces que la luz y cualquier personaje tenía el poder de detener un universo. Al fondo, de nuevo, sus boleros. Esa música melancólica que 15 años después me sigue conmoviendo y me sigue recordando una imagen fidedigna de él. Soltaba los juguetes y caminaba despacio, como quien va acompañado por el sigilo hacia lo desconocido, hacia la infinita curiosidad que tenemos todos cuando somos infantes y nos dejamos llevar por el afán del descubrimiento. Me acercaba y el sonido se hacía intenso. Eran esos boleros incomparables de Toña 'la Negra’, Orlando Contreras o Leo Marini los que iban acompañados del ritmo y la tonalidad de sus maracas.  En ese momento no era consciente de lo que aquella imagen, siempre diferente por aquellos días pero siempre eterna desde aquel entonces, iba a significar para mí. De la nada me asomaba al otro lado de la casa. A simple vista era una sala más, pero su hábito convertía el espacio en el mejor de los escenarios bohemios y románticos. Algunas veces se percataba de mi presencia y me interpelaba con su gracia y su particularidad. Levantaba las cejas, no mutaba palabra alguna, pues sabía que con verlo de pie interpretando un bolero era más que suficiente. Otorgo mi silencio a su música, a su ritual. Otras veces, y no menos increíble pero sí más literario, lo veía sin que él se diera cuenta. Nunca perdía el ritmo, las maracas al unísono del vinilo. Su mirada clavada en un horizonte que más que horizonte es un espejo del pasado. Pasarán los años y yo seguiré preguntándome qué pasaba por su mente cuando escuchaba boleros y su mirada se perdía en el mundo externo. Pegado a la ventana, suscitando una imagen imborrable, observaba el tiempo pasar. Pesadumbres, padecimientos, arrepentimientos, amores que no fueron y uno que fue toda la vida hasta que el cigarrillo le cortó algunos años de vida. Alegría, orgullo, gracia. Una amalgama de pasiones y sensaciones lo interpelaban, o por lo menos eso veo yo ahora cuando abro la persiana del pasado y lo veo a él. Sus manías inigualables. Sus refranes con los dados, sus figuras hechas con los pañuelos que violaban todo el protocolo pero no violaban sus principios y su esencia. Sus maromas, su magia en la hora del almuerzo. Las monedas que escondía y las cartas que adivinaba. Y podría seguir, como quien sigue el camino de las arrugas pretendiendo encontrar la sabiduría del tiempo y el pago que ofrecemos por ser mortales.

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Firme como el ejército mismo se lo enseñó. Y al sol de hoy me arrepiento, porque era muy pequeño para ser consciente que detrás de esa espada con que fue condecorado, seguramente había un centenar de historias de nuestra guerra, de aquella que sigo desde hace años para hacerme responsable también de una memoria fragmentada y hecha trizas. Quizá las remembranzas de aquellos días vestido con camuflaje se asomaban también en sus instantes de silencio, quizá esa mirada profunda, penetrante, guardaba imágenes temerarias y de pronto alguno de esos boleros fueron su refugio ante la soledad, el frío y la penuria de dormir con un fusil y no con la mujer que ama.

“Señora bonita, hay algo en su boca, tiene algo su cuerpo que al verla que cruza, amor me provoca…” Se escuchaba. Y lo imagino galán, lo imagino romántico y querendón a la antigua, como mejor resulta, sin inmediatez, sin textos impersonales. De frente, mirando a los ojos, conquistando con letras poéticas y sonares que ahondan en el sentir de los seres humanos. Y entiendo por qué ella lo quiere tanto y aún surgen manantiales de aquellas lágrimas que están hechas del amor leal, de aquel que también es de otra época.

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Y vuelvo a esa ventana, a ese sofá. Y siento que sigue ahí. Que vuelve a mirarme y me habla a través de los versos de los boleros. Y escucho los boleros y escucho sus susurros. E inevitablemente, desde su partida, cargo con el ritmo que nos enseñó a todos con sus maracas o con las tapas de las botellas de cerveza que se tomaba. Y seguramente en unos años entenderé su ritual y volveré sobre estas letras, y retornaré a aquellos años en que todo se grababa por la fuerza de la imagen y la eternidad que yace en sus boleros, en su ritmo, en sus pensamientos que serán incógnita y musa a la vez.

 

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