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hace 1 hora

Lo que va del cómic argentino: de José Muñoz a María Luque

La historia de Muñoz se acomoda dentro de la trama de la historieta clásica argentina, mientras que Luque ingresa en el cómic sin necesidad de saber siquiera cómo hacer una historieta.

José Muñoz. / Cortesía del autor

Me han dicho que en Colombia, cuando se habla de historieta argentina, los primeros nombres que aparecen en cualquier charla son los de Quino y Roberto Fontanarrosa. Y no está nada mal que así sea. Los autores de Mafalda y Boogie el Aceitoso son —junto a Caloi, el autor de Clemente— algo así como los Beatles de nuestro dibujo humorístico. Pero lo cierto es que, cuando se habla de historieta argentina, si bien los nombrados se destacaron con sus personajes también dentro de ese ámbito, en realidad se está hablando de otra cosa. Se está hablando de una escuela y una tradición local que, en paralelo a la del humor gráfico, tuvo y tiene sus propios hitos, sus mitos y sus leyendas.

Ellos son invitados al 8º Festival Entreviñetas: José Muñoz, invitado especial de la Subgerencia Cultural del Banco de la República, y María Luque. Ambos pueden ser considerados representantes de las dos puntas de esa tradición: uno —Muñoz— como el último gran nombre propio en actividad de la historieta argentina clásica, y la otra —Luque— como embajadora de las nuevas generaciones que han sido responsables de mantener viva esa historia en el nuevo siglo, con sus propias formas y costumbres.

Fanático de Hugo Pratt, alumno de Alberto Breccia y aprendiz junto a Solano López, la última edad de oro de la historieta argentina fue el campo de juegos de Muñoz, que supo dar sus pasos profesionales iniciales entintando los fondos de las últimas páginas del primer El Eternauta, la mítica historieta con guiones de Héctor Germán Oesterheld. Pero en realidad José terminó de hacerse un nombre propio recién en Europa, cuando —codo a codo con el guionista Carlos Sampayo, argentino y emigrado como él— crearon a partir de mediados de los años setenta una cosmogonía melancólica en sintonía con las preguntas de su tiempo, cuyo personaje emblemático es el detective privado Alack Sinner, uno de los hitos del cómic de autor europeo de la época. Justamente, uno de los acontecimientos del festival será la presentación de la edición integral que ha hecho de todas sus aventuras el sello Salamandra Graphic, las cuales fueron publicadas primero en Italia y más tarde en Francia y España, y que en su momento cruzaron a cuentagotas y demasiado espaciadamente el Atlántico.

Se trata de un volumen contundente, que reúne cuatro décadas de historias, publicadas entre 1975 y 2006, muchas de las cuales incluso nunca se habían editado en Latinoamérica. Detective privado al estilo de Raymond Chandler, las peripecias en blanco y negro de Alack Sinner —un nombre que puede ser entendido como “Ay de mí, pecador”— siempre tuvieron mucho más de privadas que de detectivescas, pero al leerlas por primera vez en forma consecutiva resulta fascinante cómo sus autores van dominando la técnica y al mismo tiempo se terminan entregando a sus personajes. Y Muñoz se presenta página tras página como el gran artista de los contrastes entre negro y blanco de la historieta contemporánea, con un trabajo que deja sin aliento e invita al lector tanto a quedarse a vivir en cada cuadrito como a dejarse llevar por la narrativa.

Así como la historia de Muñoz se acomoda con comodidad dentro de la trama de la historieta clásica argentina y sus dibujos resultan tan negros como la serie negra en la que se inspiran, María Luque ingresa en el cómic sin necesidad de saber siquiera cómo hacer una historieta, y sus dibujos disfrutan de una libertad en plenos colores. Su trabajo, en un principio más cercano a la ilustración, es representativo de la explosión de las nuevas generaciones y de las mujeres dentro de un género dominado durante años por los representantes masculinos. Asomada a la historieta por el trabajo de Marjane Satrapi, la autora de Persépolis, así como por la obra de Powerpaola, Luque también es —como muchas de sus contemporáneas decididas a inventar sus espacios donde no los haya, sin pensar en pedir ningún permiso— una activista cultural, inventando acontecimientos como Merienda Dibujo o el Festival Furioso de Dibujo de su ciudad natal, Rosario, en la provincia argentina de Santa Fe.

Autora de la novela gráfica La mano del pintor, publicada por la editorial Sigilo —que no se dedica específicamente a las historietas—, que cuenta la vida del pintor Cándido López, así como de Chamamé, editado por La Silueta en Colombia, el trabajo de Luque formó parte de DisTinta, el volumen que compilamos junto al dibujante Liniers —entusiasta difusor del cómic desde su editorial Común—, en el que intentamos reflejar la vitalidad de la nueva historieta que se publica actualmente en Argentina, que si bien ya no disfruta de una industria editorial como la que desembocó en su edad de oro, mantiene su presencia tanto en los medios como en las redes, convocando a creadores y público, ya sea en festivales oficiales o no tanto, cuya mera existencia da cuenta de una dinámica sorprendente.

Editada por la editorial Sudamericana este año, DisTinta en realidad partió siendo un homenaje a la generación que mantuvo viva la historieta argentina con el cambio de siglo, a fuerza de fanzines, congresos y reuniones y, más tarde, mucha actividad en las redes. Lejos de convocar a la nostalgia, esa supervivencia permitió que apareciera una generación a la que pasarle la antorcha y mantener viva la llama. La vitalidad de María Luque dentro de esa nueva historieta argentina es tal que se terminó ganando un lugar dentro de nuestra compilación, pues es una de las mejores representantes de esta sangre nueva y capaz y, al mismo tiempo, de estar libre del peso de la tradición y conquistar rápidamente un lugar propio dentro de una escena que abreva de todas las referencias, que incluye y no expulsa, y se demuestra viva y en crecimiento.

* Periodista, compilador junto con el historietista Liniers de la antología de nueva historieta argentina DisTinta (Sudamericana).

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