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Lolita (Clásicos)

La novela de Vladimir Nabokob fue censurada desde su publicación. Esta historia, en la que un hombre de 40 años se obsesiona con una niña de 12, ha desatado la fascinación de muchos y la indignación de otros, que se dividen entre pensar si es una "obra maestra o una justificación de las violaciones a menores de edad".

"Lolita", escrita por el ruso Vladimir Nabokob, fue publicada originalmente en inglés en septiembre de 1955. Cortesía

Leí "Lolita" y recordé un par de historias que después me llevaron a inventarme otra. Le puse las edades que eligió Nabokob, y elegí solo un nombre: el del tipo, el que sería Humbert en mi historia. A Lolita la dejé como "la niña" y la que representaría a Charlotte fue "la madre". No le cambié nada. Dejé lo que imaginó mi mente junto con lo que ya les había pasado a otros. Me creí esctritora y esto fue lo que salió: 

Érase una vez una niña de 12 años descubriéndose. Vivía con su mamá y su reciente pareja. También con dos hermanos. Sus papás habían acabado de separarse y se habían mudado. Todo era nuevo: la casa, el colegio, el clima, los olores, los acentos y claro, su nuevo papá. La niña, “bien chiquita y brincona”, era coqueta. Sus ojitos grandes y su cabello castaño se pavoneaban buscando atención. Le gustaba que la miraran y que le dijeran que era bella, que tenía labios irresistibles. Le gustaba esa palabra: i-rre-sis-ti-ble. Así se sentía. Los labios que tanto se miraba, que tanto se admiraba, los pintaba con el labial que su mamá le escondía. Óscar, el padrastro, los sacaba del escondite y se los prestaba. Le decía que su mamá sentía nostalgia porque ya no tenía los labios lindos ni los muslos firmes. A la niña la palabra “muslo” no le gustaba. Prefería que solo hablaran de los labios. De lo lindos que eran sus labios. En el colegio, cuando quiso tener novio, eligió el que ya se iba a graduar. El grande y maduro digno de ella, tan lista para crecer y enloquecer. Eso pensaba. Su mamá, que no aprobaba la relación, tuvo que acceder para que dejara de mentirle.

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Una vez, cualquier tarde de cualquier día, la niña, la preadolescente, la púber inexperta pero intrépida, convenció al prospecto de universitario con el que se daba besos y alguna que otra caricia, para que se escondieran. Cuando los descubrieron (porque los niveles de atrevimiento eran equiparables a los de la torpeza), su mamá echó al noviecito. El llanto infantil no cesó. Ella, que se creía grande, no paró de sollozar hasta que Óscar, con la sabiduría y el apetito cuarentón, llegó a calmarla. La abrazó, le tomó las sienes y se dispuso a juntar su bigote canoso a los i-rre-sis-ti-bles labios de ella, que además de besada fue tocada, desnudada, y quién sabe qué más cosas. No se animó a contar más. Su psicóloga, que también recibió en la terapia a su mamá, le dijo que la conclusión a la que había llegado no era común, pero posible: Óscar se enamoró de la niña porque era la viva imagen de la madre en su juventud. No aguantó y entonces el amor lo doblegó. Además, la precocidad de esos doce años no era normal. Provocación tras provocación desembocaron en una esperable consecuencia. A la niña le dijeron lo mismo y ella lo aceptó. Le pareció razonable. La familia no se desintegró y el suceso quedó como “un reflejo de los alcances humanos”.

***

“Luego, como el que no quiere la cosa, la impúdica niña extendió sus piernas sobre mí regazo”, dice en la página 74 de “Lolita”. Esta novela puede ser muchas cosas. Para comenzar por algo interesante o más bien indignante (depende, siempre dependerá), es una justificación. ¿Es un compendio de excusas para explicar una aberración? Sí. Es la historia que siempre se contó explicando que la condición humana no tiene límites y que puede pasar, que los humanos pueden desviarse, equivocarse o degenerarse. Sí, es eso y todo lo demás. Es eso junto con las explicaciones. Es la descripción detallada del cinismo o la honestidad (depende, siempre dependerá).

Que los casos se repliquen y que se encuentren mil ejemplos en los que sea posible crucificar a todos los Humbert Humbert que se atrevan a perturbar la castidad de una niña, pensarán muchos. Que las mujeres se reflejen en la ridiculez y la poca autenticidad que hay en un ser como Charlotte, la madre de Lolita y esposa de Humbert, que solo pudo ser deseable cuando el hombre se ahogó en alcohol, pensarán otros.

Vladimir Navokob (1899-1977) narró esta historia con detalles minuciosos que convirtieron cada parte en una escena palpable, clara: imágenes sin vacíos. El escritor ruso, que publicó la novela originalmente en inglés, dotó muchos de sus diálogos con el francés que la “clase media presuntuosamente ilustrada”  incluía en sus conversaciones. Navokob logró que odiar a Mr. Humbert, el apuesto y sediento adulto de manos gruesas, no fuera sencillo. Consiguió que reaccionar ante una situación condenable se postergara para leer más, para enterarse más de lo que pasaba por la mente y las venas de un sujeto que se quedaba sin oxígeno al ver a su nínfula (como le llamó a las niñas potencialmente deseables por Humbert).  

¿Las mujeres supimos si fuimos una ninfula? ¿La condición de niña se relega cuando la nínfula sale en busca de  los lascivos ojos adultos? Y ninguna de estas preguntas tiene sentido cuando se entiende que la niña era solo eso: una infante con piernas delgadas, curiosidad desbordada y piel irritada al contacto con el maquillaje. Se convirtió en nínfula cuando fue vista por la obsesión de un hombre que la idealizó y la convirtió en un objetivo que, según él,  iba a regresarlo a lo que en su adolescencia sintió con la primera mujer que tocó. Interpretar a “Lolita” y luego comparar con lo que se dijo al momento de su publicación, resulta casi tan atractivo como leer el libro. Los protagonismos y antagonismos de un texto escrito por un hombre que padeció la Revolución rusa y Segunda guerra mundial, y que en Estados Unidos se decidió por escribir sobre las pasiones más bajas o más reales, son tan distorsionados y complejos, como los giros de esta historia que, a pesar de su paso lento, se disfruta en cada página gracias, entre muchas otras cosas, al humor y la facilidad con la que Mr. Humbert describe su obsesión.

"Es muy interesante plantearse, como hacen ustedes los periodistas, el problema de la tonta degradación que el personaje de la nínfula que yo inventé en 1955 ha sufrido entre el gran público. No sólo la perversidad de la pobre criatura fue grotescamente exagerada sino el aspecto físico, la edad, todo fue modificado por ilustraciones en publicaciones extranjeras. Muchachas de 20 años o más, pavas, gatas callejeras, modelos baratas, o simples delincuentes de largas piernas, son llamadas nínfulas o 'lolitas' en revistas italianas, francesas, alemanas, etc. Y las cubiertas de las traducciones turcas o árabes. El colmo de la estupidez. Representan a una joven de contornos opulentos, como se decía antes, con melena rubia, imaginada por idiotas que jamás leyeron el libro", dijo Nabokob en 1975, según registros del periódico El Confidencial.

El diario español, en un artículo sobre la polémica que desató este libro, mostró cómo Nabokob dijo que a su Lolita la distorsionaron, la deformaron. Cuando publicó su texto, la historia fue censurada, y después del reconocimiento, muchos dijeron que “la literatura abusaba de su poder justificando la violación de una niña”, y otros tantos dijeron que la mala lectura y los prejuiciosos no podían condenar una de las mejores obras rusas publicadas. Algunas mujeres dijeron que “el feminismo no había censurado a Lolita”, y muchas otras aseguraron que se trataba de una reproducción del “gran fondo normativo patriarcal". El Confidencial, El País, El Espectador, y tantos medios más. Muchos otros portales de crítica literaria y hasta las reseñas que ahora se publican en Youtube, son un claro ejemplo de lo fascinante que resulta dejarse tentar por la prosa de Nabokob para pensar antes de la inevitable pulsión de opinar.

Sobre las mujeres que llegaron a la adultez: “Era a todas luces una de estas mujeres cuyas pulidas palabras pueden reflejar un club de un libro, o un club de bridge, o cualquier otro aburrido convencionalismo, pero nunca su alma; mujeres carentes por completo de imaginación; mujeres absolutamente indiferentes, en el fondo, a cualquiera de la docena de temas posibles de conversación en una sala de estar, pero muy exigentes acerca de las normas de tal conversación, unas normas que, como si estuvieran envueltas en trasparente celofán, dejan percibir claramente nada agradables frustraciones”, dice en la página 49 del libro. Una crítica no solo a la mujer adulta seguidora de los manuales y las normas, sino también a la clase media norteamericana, que se esforzó tanto por aparentar buenas maneras en medio de una suciedad visible. Un afán por presumir clase a través de un cristal que quisieron esculpir, pero que inevitablemente quedó percudido por la imposibilidad de pertenecer a otra clase más ruin y postiza.

“Lolita”, que siempre será inabarcable por su riqueza de referentes y recursos literarios usados por “el ruso más occidentalizado”, es entonces todo lo que los ojos, las creencias, los principios, la lectura y el gusto quieran interpretar. Es una provocación para los argumentos más solemnes, apasionados, pensados o sesgados que quieran defenderla o condenarla. Es una historia de 380 páginas que se lee como si fuera de 1000. Es un libro para quedarse en un párrafo hasta que se pueda decidir qué es lo que se siente y qué tanto incómoda. “Lolita”, tan contemporánea y fácil de enganchar, nunca por liviana, sino por humana, será entonces un libro para reflejarse, esconderse o exponerse.  

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Laura Camila Arévalo Domínguez - Twitter: @lauracamilaad

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