Reseña literaria

Los 50 salmos del rey Leonardo

Leonard Norman Cohen, fallecido en noviembre del año pasado, dejó entre sus múltiples creaciones “El libro de la misericordia”, cincuenta plegarias a modo de textos cortos.

Leonard Cohen, 1984. Editorial Visor Libros. Diciembre 2016, Madrid. / Cortesía

Dos ojos se cierran y de seguido interrogan la oscuridad. Contemplan la transformación del color. Se detienen en el contorno de las figuras, que al principio son trazos de colores sobre crayola negra, y luego ya sólo crayola negra. Esperan.

Abrimos una escotilla al Cielo cada vez que cerramos los ojos. Si de día amanece, de noche lunece. Llegados al lugar en que lunece ad infinitum a cada cerrar de ojos, contemplamos a Dios. Está Él. Está su misericordia. Está su cielo.

Era 1984 cuando Leonard Cohen cerró los ojos y escribió desde algún lugar el emblemático Hallelujah para el disco Various positions, y escribió, también, El libro de la misericordia, que la contraportada de la segunda edición de Visor Libros (España, diciembre de 2016) describe como “probablemente la obra más confesional y salmódica escrita en nuestra cultura occidental contemporánea”. “Confesional” es categoría; “salmódica”, en cambio, es palabra que al libro eleva y advierte cuán absorto se puede llegar a estar al contemplar su insondable profundidad.

Dios es ubicuo y está en lo que vemos y en lo que no vemos; en los 50 salmos de El libro de la misericordia de Cohen y en los soplos de misericordia que nos cobijan por la bondad de Dios ante ese clamor en lo oscuro: “Piedad. Consuelo”.

Ahí, en el lugar de nuestros ojos cerrados, el tiempo sucede eterno y celebra, eterno, el encuentro de todos los adverbios de lugar. En cambio, están ausentes los adverbios de tiempo. Es un paraje de fulgor negro en el que Cohen encuentra ángeles que se conceden uno a otro permiso para cantar; es la estancia donde el poeta y cantautor se entrega: “Le dije a mi voluntad, ‘Ven, vamos a prepararnos para ser tocados por el ángel de la canción’, y de repente, volví a verme en el lecho de la derrota en medio de la noche suplicando misericordia, buscando entre las palabras”.

El libro de la misericordia son cincuenta plegarias a modo de textos cortos. Juntas son un solo clamor de piedad y una oración que busca consuelo. Y entonces es preciso volver a cerrar los ojos ya de antes cerrados, porque sólo así es posible penetrar la diáfana oscuridad, y entrar en el recinto sagrado donde están escritos los versos del poeta: música en silencio.

“Your faith was strong but you needed proof” (“Tu fe era fuerte, pero necesitabas prueba”), canta Leonard Cohen en ese Hallelujah que se volvió himno universal inscrito en todas las almas de nuestros tiempos. ¿Pide el poeta en sus versos misericordia por alguna crisis de fe desde alguna noche de sudor frío? ¿Busca consuelo que sosiegue su corazón por algún agobio de alma delicada —acaso escrupulosa— que, desconsolada, se encontró en el pecado?

Leonard Cohen se sintió pecador por ver en el tejado a una mujer bañándose. Se enamoró de su belleza desnuda. Luneció, y se sintió derrocado. Así da cuenta de ello una de las más hermosas frases de Hallelujah: You saw her bathing on the roof / Her beauty and the moonlight overthrew ya. Pero Cohen no era solo él mismo: el poeta era también el rey David. En Hallelujah el rey salmista está desde el primer verso interpretando aquel acorde secreto; componiendo, perplejo, la canción que sale de los labios del cantautor.

Cohen aprendió del salmista a contemplar al objeto de su poesía, y con él habría de terminar ajusticiado en Hallelujah por la mujer que se baña con la luna: She tied you to a kitchen chair / She broke your throne, and she cut your hair / And from your lips she drew the Hallelujah. Ella cobró su pudor rompiendo un trono y arrancando un aleluya de la boca del rey y el poeta amordazados.

Fascina encontrar en El libro de la misericordia a la mujer que se baña con la luna. Escribe el poeta en la séptima plegaria: “Empujé a mi cuerpo de ciudad en ciudad, de tejado en tejado, para ver a una mujer bañarse. Me oí gruñir. Vi mis dedos relucientes. Entonces el exilio me envolvió. Entonces el castigo empezó; un pequeño dolor sin sentido, no en el corazón, en la garganta (…) Entonces fui juzgado por el rostro de alguien a quien había engañado. Entonces el miedo a la justicia.

Entonces, por décima mil vez, la realidad del pecado. Entonces la ley brillando, entonces el recuerdo de lo que estaba demasiado lejos, demasiado limpio para ser comprendido. Entonces anhelé volver a anhelarte (…)”.

Allí donde se vuelven a cerrar los ojos ya de antes cerrados, en la caja dorada que guarda la música silente del poeta, el cielo lunece con la mujer que se despoja de sus vestiduras. Cae el poeta hacia la luz, aun cuando la dirección de la caída parezca empujarlo hacia el fango inmundo atestado de dientes que rechinan. Cae hacia la luz y lo abraza la misericordia de Dios que amanece con el sol de la noche.