Los aforismos de Álvaro Bautista Cabrera

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“El escritor que no ha torturado sus frases tortura al lector”, decía uno de los escolios de Nicolás Gómez Dávila. A propósito de algo que no sé si es un descache mío: ¿un aforismo dice, insinúa, argumenta, arremete, aniquila, interroga, deslumbra, sorprende? No sé, pero sospecho que puede ser todo eso.

El aforismo es un género poco tratado en Colombia. No hay crítica -decir no hay crítica es un acto de optimismo- sobre esa forma de laconismo fulminante. Salvo algunas excepciones, tampoco hay muchos aforistas. Quiero decir: no como poetas, novelistas, cuentistas, que son las especies que más proliferan y de las que más se comenta (el optimismo, de nuevo).

El aforismo, a diferencia de otros géneros, se puede sacar a pasear a cualquier parte. Uno puede tomar un libro de estos; abrir una página cualquiera; leerla en orden arbitrario; en el sitio menos solemne, y esa frase ingeniosa y potente, ese párrafo aquilatado y sagaz, esa máxima inteligente y contradictora, lega una sonrisa, una reflexión, una sospecha. Algo.

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Una publicación como la de Álvaro Bautista Cabrera es plausible: a diario nacen nuevos narradores, nuevos versistas, nuevos fabuladores (todos con ilusiones). En cambio, la aparición de un pulsador es -cuando menos- inquietante.

Lo mejor es que no se trata de alguien que una noche de pesimismo y trasnocho leyó a Cioran, y al otro día se le ocurrió emular el ejercicio. Bautista Cabrera, profesor de largo aliento, sabe que en Latinoamérica hay una serie de libros que no tienen la importancia que deberían merecer: piénsese en Artefactos verbales, de Nicanor Parra, pieza que mezcla imagen y mensaje, y que un individuo del milenio podría afiliar a una de esas publicaciones de las redes que generan simpatía por las carcajadas que nos regalan: un meme. (¿Es el antipoeta uno de los primeros “memistas”?).

Piénsese en Prosas apátridas, esa genialidad de Julio Ramón Ribeyro, de género indefinido, de sensible hondura, como su diario. Piénsese en las hibridaciones de prosistas agudos: esos que en una oración, un verso, o un párrafo, desafían los géneros donde trazan sus formas. Piénsese en el ya mencionado Nicolás Gómez Dávila y, en un vallecaucano, Juan José Saavedra.

El libro del nacido en Restrepo es un acierto editorial. No sobra decir que ganó el premio Estímulos de la Secretaría de Cultura y Turismo de Cali (un sustantivo aporte a las letras regionales por parte de la autoridad local). Y que es lanzado por una empresa joven: Ediciones el silencio.

Siendo unos mejores que otros, a los aforismos de Álvaro le caen bien cuatro calificativos: pícaros, provocativos, sugerentes y mordaces.

"Cuando era niño sufría por mi ignorancia. Me lanzaba sediento a aprender. Ahora, viejo y diplomado, me lleno la boca diciendo “no sé"”. Es cierto, ignorar es una manera de jactarse. ¿Un ejemplo? Érase un lector contemporáneo que inquiría por alguna de esas vedettes que los suplementos culturales atestan de superlativos. “No sé. No lo he leído”. Ahí tienen.

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El libro está dividido por capítulos. Empieza por un tema fastidioso pero imprescindible: la política. “El día de la votación voté por cuál mano me sería arrancada. Me cercenaron la derecha. Hace cuatro años me habían cercenado la izquierda. En adelante votaré a pie limpio”.

Cuando escribe sobre la profesión que más conoce es picante: “A veces le doy clases al vacío. Le pregunto y me contesta. Llevo un aula bajo el sobaco”. Provocador: “Se masturbaba en medio de sus alumnas. Una joven se quejó. El profesor se justificó en una lengua llena de jergas. Todos entendieron, menos ella”. Honesto: “No oigas a los profesores: oye su bibliografía. No importa si es corta o larga. Importa si sirve para ir a casa en la oscuridad”. Audaz: “Hay depredadores disfrazados de profesores. ¿No hay un zoológico para estos caníbales?”. Divertido: “Al terminar la clase se sintió feliz. Los estudiantes no entendían. En la taberna compartió su dicha”.

Hablando de literatura -es experto en Cervantes y el Siglo de Oro español-, Bautista Cabrera da opiniones, toma partido, enciende luces: “Cuando el lector de literatura regresa a la nitidez de su infancia escucha del cuento la escena que le dio origen. Lo opaco reluce con más fuerza”.

La risa siempre está, a veces con fino cinismo, y eso es algo que uno como lector agradece. “Al principio los dueños de los pantalones son los padres. Corren los años y los hijos se vuelven dueños de su desnudez”.

Sus observaciones atraviesan cosas importantes de la vida. Con algo de realismo vergonzante: “Cuando niños tememos la muerte de los padres; cuando crecemos tememos que se vengan a vivir con nosotros”.

En este género los signos de puntuación deben meditarse más que en otras morfologías, pues a diferencia del poema, que merced al hipérbaton hace lo que quiera con la sintaxis; o a un prosista, que si es arriesgado propone su propio sistema; (muy entre paréntesis se me ocurre pensar en los ensayos de Walter Benjamín); el aforista no tiene la posibilidad de que un párrafo posterior a su frase le ayude a esclarecer su idea. Aquí el yerro no da revancha. La prontitud del mensaje lo impide. La claridad es una condición inescapable.

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Los silencios son más elocuentes. La música más acentuada. El mensaje, por lo tanto, debe ser prístino: “Buscó a su madre en las mujeres amadas. No la encontró. Hizo de sí su madre y de esta, su contrincante”. ¿A quién le quedan dudas? Pobre tipo.

Otra cualidad de las frases de Álvaro es la ausencia de circunloquios, ampulosidades, o los más efectistas retruécanos. No hay ínfulas de agudeza. Al autor no le interesa descollar, y en un género como este -a priori exquisito- esa actitud es destacable.

Con la brevedad ocurre algo riesgoso: la potencia deviene imperativa. En caso de no gustar, hay oportunidad de hallar efecto saltando el renglón, es verdad. Pero es expresión, y por ende el fracaso acecha. Bautista lo sabe de sobra: “Una palabra dicha alegra la vida. Escrita, la preocupación renace”.

*Crítico de literatura.

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