Los caníbales

Una cena en la que se juega el futuro de un hombre, un escritor que se enfrenta a un gobierno que lo ve como un enemigo. Cinco personajes deciden su destino. Relato.

Ilustración / Heidy Amaya

—¿Hay mojarrita? —preguntó el presidente mientras se ponía la servilleta en el cuello.

—Como le venía diciendo, señor presidente, un grupo de guerrilleros del eme desembarcó al sur —dijo el general López—. Venían entrenados de Cuba. Un país en donde, ya sabemos, este hombre tiene relaciones muy cercanas con el gobierno.

—Sabemos también, señor presidente, que hace poco sacó un nuevo libro. ¿No sería demasiado arriesgado, justo ahora, someterlo a un juicio? —dijo el comandante Rodríguez.

—No es arriesgado —López estiró los brazos sobre la mesa y dibujó un mapa imaginario—. Ha sido él quien ha puesto en riesgo nuestra imagen en el exterior.

—¿Y tienes un limoncito por ahí suelto? —dijo el presidente al mesero cuando volvió con la porción de pescado.

A la mesa están el general López, el comandante Rodríguez, el ministro Hoyos, su secretario y el presidente. Cenan. El menú es una variedad de mariscos, pescados, camarones y otros frutos del Caribe, como si fuera una fiesta. Aunque no lo es. En una sala más larga que ancha cenan y deciden, a luz baja, el destino de un hombre: el hombre. El secretario, claro, toma notas. El punto es que acá creen que el hombre se está burlando de todos. Él y sus amigos. No joda, se le multiplican cuando va a sacar libro nuevo. Y todos dicen que sus libros son buenos. Por ahí el señor ministro tenía uno, el del náufrago, y tenía subrayada la parte de atrás. Una desgracia para la patria esa historia.

Lo de la burla es un punto serio. Acá no hay mucho espacio para andar riéndonos porque entre chistes se nos va yendo el país al carajo. La risa es lo que no cae bien, esa risita que saca en cocteles y en encuentros con la prensa extranjera, la risita de las fotos. Y, claro, como el hombre escribe entonces todos le creen y llegan luego las cartas con nombres en francés y en inglés pidiendo un montón de pendejadas. Y todo el asunto es como taladro de dentista, dijo el general Rodríguez el otro día. Y Rodríguez puede que no entienda muchas cosas, pero tiene muy claro qué le molesta y qué no. Para eso es que porta el uniforme: para distinguir entre el bien y el mal.

—Señor presidente, es urgente que establezcamos un plan de trabajo frente al susodicho. Hemos escuchado que es en parte responsable de ese desembarco y tenía conocimiento de él. Deberíamos hablarle —dijo López.

—Él hablaría a la prensa, con el simple hecho de que lo citemos —dijo Rodríguez, repasando su barbilla—. Señor presidente —el presidente rasgó, concentrado, dos espinas—, aún no tenemos las pruebas verídicas de su participación en el hecho.

—No todavía —dijo López—. Pero las tendremos. Sí.

—Un poquito de sal. Está desabrido —el presidente se limpió los labios.

En la sala sin ventanas no suena la vida, ni la calle, apenas el rápido taconeo del personal de Palacio, que entra y sale del comedor con el banquete. No hay música, ni entretenimiento para la noche. De nuevo, no es una fiesta. Cuando los militares callan sólo se oye rumiar al presidente. No habla. Sólo come. Lo que no entendemos es por qué el hombre y sus amigos no lo ven tan claro: que todos nos debemos a la patria y que la patria son los acueductos y la energía y el mercado de la semana y las carreteras y la seguridad de irse a dormir tranquilo mientras nosotros vigilamos. El reloj de pared da las ocho de la noche y el secretario escribe un poco más rápido. Que a veces los precios suben y el agua no llega y algunos no comen, bueno, pero eso pasa en todo lado. Si no que diga el hombre que ha viajado tanto. Hasta el señor ministro lo dice. En últimas el tema es simple: irse en contra del país es como atacar a la mamá. Eso no se puede y ya está.

Lo que Rodríguez y el general López saben es que un artista colombiano es de Colombia porque se hizo gracias a Colombia y así va la cosa con los arquitectos y los ingenieros y con todos: primero Colombia y después el resto. No es una cuestión muy difícil. No se trata de puntos de vista, no es un tema de discusión. La patria es una sola y no hay relativismos en este asunto.

El ministro de Guerra, doctor Hoyos, carraspeó.

—Quiero saber de dónde saldrán esas pruebas —dijo.

—Las tendremos muy pronto. Un subalterno está al cargo. Alguien muy efectivo —dijo López mirando todavía al presidente.

—Y si no encontramos esas pruebas, ¿qué hacemos? —dijo Rodríguez.

—Con su perdón, señor presidente —el plato de López humeaba sobre su cara—, el susodicho ha sido irrespetuoso con la patria, y eso es motivo suficiente para recordarlo. Y apoya a la revolución del otro país. Podría ser un elemento desestabilizador. Sobre todo por su imagen a nivel internacional.

—De cualquier modo —dijo Rodríguez— puede hacernos quedar mal: sea él o no culpable, va a hablar, va a replicar. Nadie se quedaría callado. En ese caso, por lo menos.

—Hasta ahora no tenemos nada —dijo el doctor Hoyos, pétreo—. Hay que tener en cuenta, presidente, que él puede hacernos resbalar si así lo desea.

—¿Y aceitunitas tienes?

—¿Y por qué haría yo todo eso? —dijo de repente el presidente, sin dejar de mirar el plato.

La respuesta demoró diez, quince segundos. El ruido de los cubiertos contra los platos, ya casi desocupados, se escuchó rígido: diente contra diente, diente contra carne, el jugo exquisito. Cuchillo contra plato, cuchillo contra carne. Cada mordida era la sacudida fatal de una bestia. El ojo, la cola, la espina, el costado tierno. El ritual del saqueo. El vino en la boca, el vino en los labios, el vino encima de la servilleta, un pequeño derrame, un pequeño río de vino tinto, algo necesario, daños colaterales apenas. Todo muy necesario. Todo muy justo y necesario.

—Porque —dijo López— representa un elemento de amenaza. Porque está ligado a los revolucionarios que combatimos.

El doctor Hoyos, subiendo sus gafas al tope de su cabeza, mascó y tragó un bocado y dijo:

—Con su perdón, señor presidente, la respuesta es sencilla: porque siempre hay que tener limpia la casa para los invitados.

 

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