Los cantos brujos de Petrona Martínez

Aquí una semblanza muy humana de la nominada a los Latin Grammy el año pasado y Premio Nacional de Vida y Obra del Ministerio de Cultura 2015.

En su más reciente disco, “Oye mi mama”, Petrona Martínez sorprende con un trabajo influido por la  música electrónica. / Archivo - El Espectador
En su más reciente disco, “Oye mi mama”, Petrona Martínez sorprende con un trabajo influido por la música electrónica. / Archivo - El Espectador

Sobre el rancho de palma ha caído la noche. La noche descendió desde el mango. Y desde los almendros, y desde la torcida matica de espino que se recuesta en la pared del fondo. La noche es sábana, manta o colcha que se extiende oscura. Como un avioncito prieto aparece y planea el primer murciélago. Arriba, en el cielo de las seis y media de la tarde, y aunque es romanticón decirlo, empezaban a parpadear las primeras estrellas.

Entonces sale al escenario Petrona Martínez. Negra, risueña, gruesa, monumental, muy segura de sí misma. Lleva una ancha balaca roja que le cubre toda la frente y un moño en el centro de la cabeza que termina en un ramillete rosado. La música se enciende a sus espaldas. Petrona mueve, con medida, las caderas. Baila menudito. Paserita la hembra. Uno. Uno. Uno. Ay. Ay. Ay. El caderamen insiste en levantarse sin escándalos. El baile le sale de adentro, de bien adentro, y con métrica. De la sangre. De la raza. Del ancestro. Todo, desde el día de su nacimiento: 27 de enero de 1939, en San Cayetano. ¿Y el canto, de dónde le sale el canto? No sólo canta con la garganta. Canta con todo el cuerpo. Con toda la historia acumulada en el trayecto de su vida. Con toda la genética que le explotó antes de que su vida fuera vida. Canta con la naturaleza entera: “Pío pío gavilán / yo puse los pasteles, / yo puse el ají / y a mí no me dan; Pío, pío, gavilán…” y, luego, con toda su oralidad dialogada, se viene con un bullerengue sentao, El cangrejito: “Ce, ce, ce cerececé mayó / que el cangrejito tiene / camino por tadó. Ce, ce, ce, Cerececé mayó…”, Nada de impostar la voz. La mantiene ronca, abrupta, convincente. Por sus palabras cantan los espíritus. Rudos y fiesteros. Incisivos y rabiosos. Más adelante la zarandea el sentimiento e interpreta: “En los Montes de María esto sucedió, señores, / estaba llorando un niño / lamentando sus dolores. / Por qué lloras, bebé, dime qué te duele…”. Y contesta el coro: “Porque se murió mi madre / y no tengo quien me consuele…”.

La noche la rodea. De pronto se va la luz. Dos pares de manos sombrías aparecen con velas encendidas. Semejan huesos de antiguos bailadores prendidos sobre la roñosidad del piso. Danzarines que hicieron fandangos en Palenquito, Malagana, Turbaco, Mahates, Santa Rosa, San Cayetano, Arjona, Marinilla o Montería. El conjunto que la acompaña se le aproxima a la cintura. Ahora hay dos mujeres que cantan, dos mujeres que bailan: Petrona y su sombra. Ya lo dijeron los viejos brujos de África Central: cuando llegamos al mundo, venimos con un cuerpo, pero también con una sombra: el cuerpo es el peligro, la sombra el espíritu que nos protege. Y lo reafirmó Manuel Zapata Olivella en Changó, el gran putas.

El conjunto que toca enfurecido, marcado por una bocanada de brujería, es un contubernio de razas: allí están, en pleno movimiento, el tambor alegre de Álvaro Llerena, el llamador de Guillermo Valencia Hernández, la tambora de Edwin Muñoz, la gaita de Javier, el palmoteo de Dioselina, la hija y sucesora. Para Petrona el universo es música que le entra y se le derrama por el cuerpo; fuego en los pies; sonrisa que se le riega en las líneas felices del rostro sudado y brillante. Valencia Hernández en un boceto que escribió acerca de esta artista popular dice que Petrona “tenía que nacer rezandera, partera, cantadora, peleadora, vendedora o agricultora”. En efecto, fue todo eso y mucho más. Y es la misma Petrona que vendió frutas y bollos en las calles de La Heroica y luego sirvió como doméstica en Cartagena; y que fue lavandera en las casas de varios ricos y en distintos hoteles de Montería, donde vivió ocho años. Ella no lo niega. Pero, sin abominar de esos oficios, no se atascó en el laboreo manual. Saltó a la música, que la traía de bien atrás. Desde hacía más de cuarenta años cuando se la escuchó a su abuela Orfelina.

Ahora suena la chalupa La pringamosa: “...el congo no va mi rosa / porque le pica la pringamosa. / El congo no va mi rosa / porque le pica la pringamosa. / El congo no va… El congo no va”. Petrona mueve su falda a cuadros, que ya parece una sombrilla, la hace girar y se desplaza a pie pelao por el escenario. Brujo su canto, brujo su baile, tiene a la gente embrujada. Música y danza se abrazan, con un solo empuje. Avanza el ritmo, chisporrotean las velas, retrocede la noche. Baila menudito. Uno. Uno. Uno. Ay. Ay. Ay. Petrona Martínez tiene en la cabeza un balay. Y dos como ella no hay.

Cantadora auténtica, negra colombiana y caribe que nos habla del paisaje, y nos narra el hecho casero, las audacias del animal, las picardías de la gente, las peripecias y esperanzas de los hombres, y las generosidades de la mágica naturaleza campesina. Y ella sigue bailando, metida en la luz y la sombra. Aprisionada por la música. Como lo está haciendo desde 1984 cuando con otros parientes y amigos fundaron Los Tambores de Malagana. O, si se quiere, desde la época de La arena, El animá parao, La encuera, El tungue tungue, El ratón bodeguero y la clásica La vida vale la pena, en cuyo texto la cantadora pregona, en contra del pesimismo social, que hay que “sacá la arena pa podé comprá el arroz”, es decir, es el canto que en nuestra pobrecía reafirma la lucha por la vida. No hay duda: Petrona está poseída por los dioses tutelares que vinieron con el primer cargamento de negros que desembarcó en Cartagena de Indias en el siglo XVI. Ella se desliza en la noche, zapatea, levanta los brazos, agita las caderas. Lagrimean las velas. Ay. Ay. Ay. Como Petrona Martínez no hay.

Y no la hay porque esta descendiente musical de una tradición, que tiene como referente, entre otras, a Irene Martínez, hace rato desbordó las fronteras de su país. Y ella, que sacó arena en el arroyo de Palenquito y se alimentaba, con su hombre y sus hijos, de un pescadito llamado arenca, ahora viaja en aviones intercontinentales y se aloja en hoteles de muchas estrellas cuando la contratan para cantar en Europa y en otros países de América. No se le ha extraviado la humildad de la mujer campesina y continúa creyendo que el mejor sitio del mundo es estar en el patio de su casa, sentada en un taburete, rodeada de nietos y dándoles de comer maíz a sus gallinas. Lo mismo que creía el maestro Héctor Rojas Herazo, valga la comparación.

Ya la noche cayó plena sobre el amplio rancho en donde estamos. Las velas alumbran desde la roñosidad del piso y crean su propia sombra. Los horcones son difuntos en penumbra. Petrona canta y baila, con el cuerpo y con la historia. El almendro es un bulto que se estremece leve en la oscuridad. La matica de espino se ha perdido: es una sospecha. Los rostros de los asistentes, igual que el de Petrona, sudan. El cuero de los tambores responde a la destreza de las manos. Los murciélagos, en mayor cantidad, siguen dando vueltas en torno al caballete del rancho de palma. Y en un rincón una viejita sin dientes, con todo el arado en el rostro, apuesta por un rosario cantao a Santa Filomena, que se lo encomendó una mujer a la que se le perdió el marido. Y Petrona Martínez, por pedido del público, que escucha, palmotea y baila, vuelve a cantar: “Ay, pío pío, gavilán / yo puse los pasteles, / yo puse el ají / y a mí no me dan. / Ay pío pío, gavilán...”.

*Escritor, catedrático universitario y coordinador de El Túnel, grupo cultural de Montería, Colombia. Su libro más reciente es “Luis Striffller en el Sinú y otras narrativas históricas”. E.: [email protected] yahoo.es

Temas relacionados