Los cien años de José Barros

El compositor colombiano es autor de temas tan emblemáticos como ‘El pescador’, ‘La piragua’ y ‘La llorona loca’.

José Benito Barros Palomino, compositor de ‘La piragua’. / Archivo

Dentro de la totalidad de los representantes colombocaribeños de nuestra vida musical popular, hay uno cimero, por encima de todos: el maestro José Benito Barros Palomino, nacido en El Banco, departamento de Magdalena, y fallecido en Santa Marta, capital de este territorio, el 12 de mayo de 2007, a la edad de 92 años, de cuyo nacimiento se cumplirán cien años el 15 de marzo del año próximo, sin que hasta el momento se conozca ninguna manifestación al respecto de la trascendencia y merecimientos de este compositor colombiano por parte del Ministerio de Cultura, ni de los organismos gubernamentales y culturales samarios, pese a su innegable notabilidad, que obedece, según mi punto de vista, a las siguientes razones:

A su versatilidad, a la cual le debemos obras clásicas de nuestra expresión musical caribeña, nacional e internacional, pertenecientes a los más diversos géneros musicales en los que espigó con acierto y trascendencia: la cumbia, el porro, el merengue, el tango, el pasillo, el bolero, la ranchera, el bolero, el bolero tango, el currulao, la tambora, la parranda, el paseo, el chandé, la guaracha, el corrido, el vals, el garabato, la balada, la balada rock, la danza, el merecumbé, el porrocumbé, la canción ranchera, el cumbión y el patuleco, como lo registra la completísima relación de su producción debida a los investigadores de nuestra música Julio Oñate Martínez y José Arcón.

A la calidad literaria de los textos de sus canciones, ungidas de una atmósfera poética y escritas en una forma lingüística cuidadosa, justa y llena de encanto en los versos en los cuales las facturó con esmero, aspecto poco usual en la música popular colombiana, pues fue un lector de Dostoievsky (algunas de sus hijas tienen nombres tomados de los personajes de las obras de este autor), Nervo, Rulfo y García Márquez.

Al sentido de medida, dado que la frase literaria de sus canciones concuerda con la “frase” musical, con la “línea melódica”, como me lo explicaran en alguna ocasión, sin que sobren ni falten ni letra ni melodía, en tanto José Barros superó el empirismo de muchos músicos de su época y estudió la teoría musical (solfeo, melodía, ritmo y armonía) específica de los aires musicales colombocaribeños y de otras latitudes de nuestro país y de Latinoamérica, y aprendió a ejecutar la guitarra.

Al carácter impersonal de sus creaciones, liberadas, en general, de megalomanía, arrogancia o hinchazón del ego, ya que José Benito Barros no hizo canciones para cantarse a sí mismo (excepto El negro maluco, para buscarle la pelea, como me lo confesó una vez, al gran Abel Antonio Villa, quien a su regreso de Argentina, en los años 40, gozaba de gran acogida en el ámbito del Caribe colombiano), ni para referirse a un mundo estrecho y cerrado, supuestamente único (defecto del llamado “vallenato”), lo cual hace de ellas obras desindividualizadas que trascienden el solar a pesar de estar inscritas en la vida local del Caribe colombiano (El pescador, El vaquero, El gallo tuerto, La momposina, La llorona loca, Te llevó pa Magangué, La piragua, Pesares, etc.), pues al decir de Unamuno, “la verdadera obra de arte es la que se impersonaliza”.

A la dimensión universal de sus temáticas, que son, entre otras, el hombre caribeño de la orilla del mar y del río, la manera de ser del hombre que Orlando Fals Borda denomina anfibio, con sus oficios fundamentales y fundadores: la pesca, la agricultura y el comercio; sus condiciones sociales y espirituales de vida: la lucha permanente contra un medio hostil, sin pesimismos ni optimismos enfermizos, pero sí con la informalidad irreverente, desacralizadora y arrasadora de la solemnidad, de la que participan la risa, el humor, el chiste, la burla, todo ello colindante a veces con la ordinariez y la rusticidad del gesto, de la palabra y la pendencia sin rencores, la chanza, la alegría, la fiesta, el juego, la convivencia cordial, hermanada con la familiaridad, la amistad, la tolerancia, no exenta a veces de indiferencia, las leyendas, los mitos y la anarquía (pero también la disciplina), por encima y a pesar de las acechanzas, las frustraciones y los reveses, el sentido de vivir la controversia sin una amarga y letal actitud vengativa, etcétera, así como su comportamiento liberal frente al amor y la muerte.

Tanto es así el asunto de la universalidad de la música de José Benito Barros que en la Unión Soviética, cuando ésta vivió los tiempos del socialismo realmente existente allí, la cumbia El pescador se transmitió por la radio como una muestra representativa de la música colombiana y latinoamericana, en tanto su autor ha sido el músico colombiano de mayor reconocimiento internacional, nombradía reconocida en una entrevista, hace muchos años, por nadie menos que Agustín Lara, quien lo destacó como el mejor compositor musical de Colombia.

A la pulcritud profesional, ética y política de su oficio, pues José Benito Barros nunca puso su talento musical al servicio del oportunismo, ni del servilismo ante ningún gobierno o gobernante, para devengar de allí beneficios personales o familiares de corte económico ni burocrático, sino que sus canciones hunden comprometidamente sus raíces en la vida del pueblo colombocaribeño, en particular, y del pueblo en general, sirviendo, en ocasiones, también para expresar la protesta social, como aquella en la que se alía con los “reventados de la historia”, al decir del filósofo alemán Walter Benjamin, en nuestro país, a causa del amargo pan de la violencia que consumimos cada día, horneado en todos los rincones de nuestra sociedad injusta e inequitativa.

Conviene, para finalizar, traer a cuento la opinión del investigador musical Jorge Nieves Oviedo en la revista cartagenera Aguaita de junio de 2004, relacionada, por una parte, con el malsano reduccionismo a que las disqueras, por el afán del sobrebeneficio y la ganancia, han sometido las expresiones musicales del Caribe colombiano, sobreexplotando y deformando hoy día una de ellas (el tal “vallenato”, mejor “bastardenato”), haciéndole, de pasada, un daño irreparable a su calidad estética, musical, poética y textual, con menosprecio de la variedad y la riqueza rítmica, melódica y literaria de nuestro haber musical global. Por la otra, con la valía de José Barros y de otros importantes compositores, como Lucho Bermúdez, Pacho Galán, José María Peñaloza, por ejemplo, al “querer imponer una visión provinciana, amarrada a las posibilidades que durante algunos decenios han tenido las élites (de agricultores, ganaderos y hacendados) y los campesinos de la región del Valle de Upar, los ‘marimberos’ exitosos de La Guajira (y los paramilitares, A.M.A.) y los consumidores rasos del vallenato comercial (lo que) es un acto de soberbia que no sintoniza con las líneas históricas que han permitido el surgimiento de compositores y músicos tan importantes como José Barros, Lucho Bermúdez o Francisco Zumaqué hijo, quienes, además de cumbias, porros, paseos y merengues, han cultivado géneros como el mapalé, el bullerengue, el chandé, el pasillo, el bambuco, el bolero, la guajira y hasta el tango...”, juicio que, al respecto del compositor banqueño, reafirman las palabras del musicólogo andino Alberto Upegui, quien, ante la pregunta de Enrique Posada Cano en Lecturas Dominicales de El Tiempo del 15 de agosto de 2004, acerca de quiénes son los mayores compositores en la historia de la música colombiana, respondió que en “en el siglo XX, José Barros”, y que “La piragua es la mejor canción colombiana de todos los tiempos”.

 

 

* Escritor del Caribe colombiano, director del Magazín del Caribe, en Bogotá.