Los cuentos de Valderrutén

Publicamos el primer relato del concurso promovido por la Fundación Saldarriaga, la Fahrenheith 451, y El Magazín de El Espectador.

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Hará ya cerca de diez años cuando fui a visitar la vieja fábrica que iba a ser modernizada y cuyo contrato no podría dejar escapar. Era mi mejor época como ingeniero contratista y luchaba por ser el más eficiente y puntual de la región, aunque para ello tuviese que sacrificar tiempo de atención a mi familia. ¡Ya vendrán tiempos mejores! Era mi decir, sin percatarme de que aún había un párvulo cuyas preguntas no sabían esperar.

El trayecto a la fábrica me dio la ocasión de caminar junto al barrio donde pasé la edad entre los siete y los once años, la única y verdadera edad mágica del hombre, la que nos hiere y nos ilumina como jamás podremos volver a ser heridos o iluminados. Torcí a la izquierda en el semáforo que ahora ocupa el lugar que alguna vez fue de la meta de las carreras de caballos que los carretilleros organizaban los domingos. Me adentré en la ancha calle pavimentada –otrora campo de fútbol y de batallas– con un sentimiento de transgresión. Allí estaba la iglesia que se construía, mientras mi madre con su Singer bregaba por educarnos como católicos. La iglesia era el único edificio que mantenía su arquitectura original. Por todas partes, había letreros que anunciaban negocios de todo tipo: clínicas, tiendas de computadores, abarrotes, celulares, papelerías. Mi casa ya no existía, ha sido dividida en dos y sus fachadas modificadas hasta la negación; una de ellas ostentaba el número mágico: 12B–21, lo que me demostraba que debajo del concreto y los horrendos avisos multicolores aún palpitaba la vida real.

Doblé a la derecha antes del siguiente semáforo y, dos cuadras más allá, otra vez a la derecha. Divisé la escuela de paredes amarillas donde casé mis primeras peleas y, junto a ella, el gran parque; o lo que en aquella época se me antojaba un gran parque, ahora exiguo y ajeno. Miles de pequeñas voces gritaban en mi interior mientras miraba todos los rincones sin detenerme, como si le estuviese robando algo a los actuales habitantes del lugar; pero en realidad, buscaba algo que presentía perdido. Algún sollozo se entremezcló con el ladrido de un perro, un grito de gol y una respiración jadeante tras las pilas de ladrillos y bloques de concreto de la iglesia en construcción, que nos servían de escondite y emboscada.

Todas las paredes y andenes parecían alcanzarme con sus puyas de recuerdos. Sin embargo, lo anodino del actual escenario y la urgencia de la visita técnica no permitieron más. Al girar de nuevo a la izquierda para retomar el camino reprimí un ligero sentimiento de goce y angustia y acallé las voces a punta de conjeturas económicas sobre la obra que estaba a punto de contratar.

Pero las voces no se quisieron acallar. Tras el cristal del televisor no veía por esos días noticias sino rodillas lastimadas en una cancha empedrada y durante la cena con mi familia no escuchaba preguntas sino gritos de júbilo y de amenaza que me llegaban de muy lejos en mi interior, desde mis recuerdos. Por eso rompí una tarde la rutina y me fui al dichoso parque, donde osadamente me hice a un lugar entre la veintena de viejos desperdigados en pequeños grupos como si fuese el patio de su casa.

Allí, sentado en un bordillo con el cuerpo echado hacia atrás, entre el murmullo de los viejos y el rumor de semillas de Acacia que caían alrededor, pude desmenuzar de alguna manera la madeja de sentimientos que se agolpaban por salir y darle un sendero –así fuese incierto– a mis indagaciones, entre las cuales, con leves resplandores del cavernoso olvido, fue emergiendo la figura de un viejo que ora se presentaba como siniestro demonio, ora como genio amigo y protector. Finalmente supe que se trataba del señor Valderrutén, jardinero del parque, que nos espantaba con su rastrillo cuando nos encontraba jugando pelota en su pulido césped y que llegaba incluso a lanzarnos piedras si le sustraíamos alguna herramienta, motivo de algarabía y grandes carreras a campo traviesa. Su rostro medio barbado y su sombrero color café, no los podría olvidar; pues, al final de la tarde, cuando se sentaba en la banca y encendía un tabaco, nos daba la señal de acercarnos para escuchar sus cuentos, los famosos cuentos del señor Valderrutén.

Pero para él no eran cuentos, sino verdades históricas de carácter sagrado que nos regalaba para, según él, sacarnos de la ignorancia en que quería meternos el profesor Martínez, su antítesis y declarado enemigo en asuntos de moral. Tampoco era cuestión de ponerle título a los cuentos; cuando el viejo notaba que ya había suficientes escuchas simplemente espetaba una pregunta agria, sin mirar a nadie en particular: “¿Qué quieren saber?” A lo cual seguía un tenso silencio que se rompía poco a poco con un murmullo de pequeños interrogantes sueltos, uno de los cuales llegaría a ser la tan esperada pregunta del día. Así supe por qué se moría la gente, de dónde traían en realidad a los niños, qué había debajo de la tierra, cómo se conquistaba a una mujer, cuáles eran las mañas del Diablo e infinidad de asuntos que Valderrutén ilustraba con un lenguaje soez pero efectivo; tanto, que aún perduran en mi mente, al menos, una decena de historias con las que se edificaron mis temores. ¿Dónde viven los lobos?, preguntó una voz que me retorció las tripas, pues precisamente ese asunto del lobo constituía mi principal fuente de pánico, toda vez que mis tías repetían aquel fatídico "se la llevó un lobo en la boca" cuando preguntaba por mi madre ocasionalmente ausente. “Los lobos” –dijo el viejo, sin retirar el tabaco de su boca– “viven en guaridas, como el cura o el panadero. Allí llevan a sus presas, como ellos, y se las comen lentamente durante las noches de lluvia”. Debo advertir que aquí estoy haciendo un esfuerzo por adecentar la narración de Valderrutén, pues una parte esencial de su impacto derivaba del uso continuo de las más groseras expresiones, de tal modo que la última frase se escucharía así, sin editar: “como el *#$!& cura y el panadero...”. Esto explica que la participación en tales corrillos literarios constituyera una falta grave, merecedora de fuertes latigazos de las angustiadas madres católicas.

“Cuando ustedes quieran conocer la guarida de un lobo,” –siguió el viejo con voz grave y tan baja que obligaba a las cabecitas a adelantarse para no perder detalle– “tienen que hacerse los muertos en un potrero, esperar la media noche hasta que llegue a olerlos, dejar que los levante con sus colmillos; aguantar sus fétidas babas y soportar ser llevados en su hocico hasta la montaña sin rechistar; pues, si tratan de soltarse, el lobo los destrozará ahí mismo”. Acto seguido levantó su camisa medio desabrochada y dejó ver un par de cicatrices en forma de cuña, supuestamente las marcas de los dientes de un enorme lobo. “Si son capaces de aguantar esto,” –decía, ahora sí, mirando fijamente a cada uno con cara de reto– “podrán conquistar todas las hembras que quieran, y hacerse muy ricos”. No era cosa de preguntarle por qué él no era rico y no se lo veía acompañado de hermosas mujeres, simplemente estábamos tan impresionados que no había lugar a más preguntas por esa noche.

A veces decidía soltar el tabaco y actuar sus propios cuentos, dando exclamaciones y enérgicos saltos de corsario entre la banca y el pasto recién cortado. Gustaba de posar con gesto feroz, cuando narraba una escena donde él mismo era un héroe temerario. Nunca se le vio reír, aunque de su cuerpo, además de cierto olorcillo repulsivo, emanara una desdeñosa postura burlona ante los deberes rutinarios de los vecinos; tal como si su oficio fuese el de testigo de ocasión para un inminente juicio final. Un buen día, sin embargo, dejó brillar cierta veta santurrona revelándonos el secreto de su desdicha: resulta que allá arriba, en el barrio de Siloé, donde vivía solo en un cuarto muy estrecho, acompañado de libros y aparejos de astrología, trataba todas las noches de localizar, entre los arcanos de los cielos, el alma de su mujer, quien muriera ahogada en el río Pance, donde él mismo la llevara a recibir la alborada del año nuevo. La pregunta esa tarde había sido: ¿Puedo tener más de una novia? Sin responder inmediatamente soltó el tabaco, caminó un poco en el estrecho redondel que formábamos, apoyó su mano en el flexible árbol de guayaba que nos cubría y sentenció, en tono más que sombrío: “Sólo les será dado encontrar una compañera; las demás serán hembras con quienes ejercitarán sus güevos para distraerlos en su camino hacia la derrota; si tienen suerte, conocerán eso que los demás llaman amor, pero que yo llamo viciosa camaradería”.

Resultaría muy extenso reunir en un solo texto las escandalosas historias de Valderrutén que se hicieron tan patentes en mi memoria en la medida en que iba sintiéndome más familiar entre aquellos viejos del parque que ahora reían y jugaban como si nada; pero eso ahogaría el propósito de este escrito, que no es otro que darle curso a aquella presión de sentimientos que quedaron sembradas a raíz de sus pueriles narraciones. Por eso me centraré en una que parece excavar más hondo en mis emociones por haberme sido dedicada de una manera tan brutal como inesperada. En general los cuentos de Valderrutén eran tan trágicos y cargados de patetismo que un día me impresionó la nitidez con que exponía un asunto tierno. Resulta que la pregunta había sido: ¿Es verdad que los gitanos se roban a los niños? A ella el viejo respondió con una cara entre sorprendida y agradecida por el tema: “Les voy a contar una historia de gitanos. El año pasado templaron sus tiendas en un potrero que hay al lado de mi casa, curiosamente uno de ellos era muy parecido a mí: el mismo bigote, los mismos brazos fornidos, las cejas pobladas que inspiran respeto y, lo que más llamó mi atención, el mismo gusto mío por los violines y las guitarras. Así nos hicimos amigos y pude preguntarle "¿Es verdad que Uds. se roban a los niños?" Después de darme una fuerte palmada en la espalda me dijo, casi gritando: ¿Y, acaso tú no eres robado? A lo que yo contesté: ¡No!, yo nací en el pueblo de Salento, mis padres eran campesinos cultivadores de café, ellos nunca tuvieron nada que ver con los gitanos. A lo que Nassir –tal era su nombre– respondió con una sonrisa franca: Ya ves, te pusieron en un buen lugar; los gitanos se roban a los niños cuyos padres les dan mala vida y los llevan donde puedan vivir mejor; a ti te llevaron a un cafetal; ¿Cómo puede ser malo un pueblo que anda por el mundo distribuyendo la buena fortuna entre los niños? Por mi parte puedo asegurarles, muchachos, que no hay peor vida que la que puede llevarse junto a unos padres que solo se ocupan del trabajo. Los gitanos, en cambio, piensan primero en el amor, después en el baile y en seguida en la aventura. No hay mejor vida que la de los gitanos”.

“Este, por ejemplo” –dijo, mirándome y señalándome con un dedo acusador–, “¡tiene una mirada tan triste que parece estar llamando a los gitanos!” ¿Cómo pueden esas palabras –que en aquel momento me hundieron en el humillante hoyo de las burlas de mis amigos– revelarme ahora el secreto de una vida dichosa que antes nunca conocí?

Todo el mérito es del viejo Valderrutén, porque desde el momento en que treinta años después retumbaron en mi mente en el mismo escenario de la feroz confrontación, sentí la urgente necesidad de abrir mi alma al diálogo sencillo y alegre con los demás, diluyéndose el pesado acartonamiento que caracterizó mi vida, esa vida de aparentes éxitos. Fue así como sucedieron cambios que me transformaron: me dejé crecer mi bigote y me matriculé en un curso de teatro con mis hijos y mi querida esposa para aprender a despabilarnos, como lo haremos de nuevo el domingo próximo, representando en tarima, para los sorprendidos amigos, los pícaros cuentos del señor Valderrutén.

  

Biblioteca Comunitaria "La María", Cali.