Los defensores y danzantes del cuarto camino

Desde hace tres décadas, primero en Cali, después en Bogotá y hoy en las principales ciudades del país, los estudiosos de la vida y obra del filósofo, escritor y compositor Georges Gurdjieff difunden sus aportes y enseñanzas.

Gladys Jimeno, directora de la revista ‘Ojo de Agua’. / Gustavo Torrijos

Corría el mes de junio de 1981 y, sin mayor resonancia, en la agenda cultural bogotana, se anunció la proyección de la película Encuentros con hombres notables, del director inglés Peter Brook. Realizado en 1979, el filme recogió las búsquedas personales del filósofo, escritor y compositor armenio George Ivánovich Gurdjieff, a través de su peregrinaje por monasterios, ruinas sagradas o templos de Asia Central. Después de la película se realizó un foro sobre su vida y obra. Este encuentro informal terminó patentando el principal grupo de difusores de la doctrina del cuarto camino en Colombia, que 32 años después persiste en la idea central de Gurdjieff: buscar sin dogmas el desarrollo armónico del ser humano.

Entre los integrantes del grupo pionero estuvo la psicóloga Gladys Jimeno, quien hoy persevera en la misión. “En ese tiempo estaban en su apogeo los libros del antropólogo peruano Carlos Castaneda o los curanderos mejicanos y, cortando nexos con la política activa, yo oficiaba como enfermera auxiliar entre los koguis de la Sierra Nevada de Santa Marta. Un día se desató una tormenta y bajando una montaña caí y me fracturé la mano izquierda. Ese accidente me obligó a regresar a Bogotá, donde me practicaron varias cirugías. En plena convalecencia supe de la proyección de la película, asistí al foro y desde entonces llevo 32 años convencida de que el legado de Gurdjieff ayuda a darle sentido a la vida en conciencia”.

Basado en sus estudios sobre el budismo, el sufismo, el hinduísmo o el cristianismo ortodoxo, en su momento Gurdjieff planteó su doctrina del cuarto camino. El primero se centra en el control corporal. Por ejemplo, la capacidad del faquir para realizar ejercicios de resistencia física y acostarse sobre clavos. El segundo es el monje que opta por una vida de retiro espiritual para dedicarse a la oración. Después está el yogui, que principalmente trabaja en el control de la mente. El cuarto camino no requiere abandonar el mundo ni apartarse de los deberes cotidianos, sino buscar el desarrollo armónico del intelecto, las emociones y el cuerpo físico, a través de diversas prácticas que permiten entender la unidad de los seres humanos.

Tal como lo promovió Gurdjieff en su Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre, que sucesivamente creó a partir de 1912 en Moscú, Essentukí (Cáucaso), Tiflis (Georgia) y finalmente en París (Francia), sus seguidores en Colombia despliegan las mismas prácticas. Antes que nada, la danza como una forma de meditación en acción. A pesar de su aplicado conocimiento como “buscador de la verdad”, y sus dotes de músico con su armonio portátil en el que compuso melodías de inspiración kurda, armenia o afgana, Gurdjieff se describía a sí mismo como “un simple maestro de danzas”. Fieles a esa tradición, los gestores del capítulo Colombia le otorgan a esta expresión artística categoría de actividad esencial.

“No se trata de una coreografía de ballet ni de una dinámica de aeróbicos. Son corrientes de energía compartida donde cada persona se articula consigo mismo y con el grupo. Son danzas sagradas que, en apoyo de Gurdjieff, creó el compositor ucraniano Thomas de Hartmann en los años 40, y que al compás del piano, requieren movimientos regulares de pies, brazos o cabezas, acompañados de flexiones, inclinaciones y en ocasiones coros”, expresa Ioannis Alexiou, un arquitecto urbanista griego que llegó a Colombia para desarrollar un proyecto de reconstrucción luego del terremoto de Popayán en 1983, y no sólo formó familia en el país, sino que desde 1987 hace parte del grupo de estudiosos de la vida y obra del maestro armenio.

En un amplio salón con piso de madera y decorado por un enorme eneagrama —símbolo de la personalidad según la doctrina del cuarto camino— y otro con una composición de bordados de fina factura, se realizan las sesiones. Dispuestos en seis filas, los participantes no llevan atuendos especiales sino ropa ligera. El piano guía y el universo en continuo movimiento se expresa en los gestos y posturas coordinadas de los danzantes. Fluye una sensación afín de libertad y, tal como lo definen las enseñanzas de Gurdjieff, en el lenguaje de la danza se hace manifiesto el autoconocimiento del cuerpo, las emociones y la mente. La armonía colectiva prueba el trabajo sobre los hemisferios del cerebro y la integración con las leyes universales de la energía compartida.

Pero no todo es música y danza entre los estudiosos de Gurdjieff. La meditación profunda pero activa y consciente constituye otra faceta de su labor cotidiana. “Si estás meditando y llega un diablo, ponlo también a meditar”, escribió alguna vez el gestor de la doctrina del cuarto camino. Son ejercicios de atención o activación de la energía sensible que se orientan a asimilar la evolución consciente. “Es la relajación sitting que por algunos minutos, en la mañana o en la noche, permite una revisión corporal para aliviar tensiones y activar los centros energéticos”, señala Ioannis Alexiou. “No somos el ego que representamos y el trabajo individual revela lo que somos y cómo podemos restablecer nuestra unidad con el ser”, añade Gladys Jimeno.

El tercer campo es la fricción provocada. Gurdjieff insistió en cuestionarlo todo. Uno de los principales difusores de su obra en París, el médico francés Alexandre de Salzmann lo explica: “No hay que dormirse en las certezas ni creer que ya lo hemos comprendido todo. Renovar es vivir el hecho de que la verdad no puede capturarse o encerrarse en una de nuestras cajas mentales”. Por eso es clave el intercambio de experiencias y el choque de personalidades. “En el grupo no hay credos políticos ni religiones dominantes. Hay egos con fricciones benéficas. El debate de ideas se constituye en un laboratorio para que cada quien constate sus falsedades y arraigos”, manifiesta el escritor Alfredo Molano, quien hace parte del movimiento Gurdjieff.

En buena medida, el producto de esas reflexiones toma forma en la revista Ojo de Agua, que desde 1987 difunde diferentes búsquedas espirituales o tradiciones de conocimiento interior. Es la publicación del grupo de enseñanza de las ideas de Gurdjieff y la dirige Gladys Jimeno. Son ejemplares temáticos: la muerte, la libertad, el diablo, el perdón, el miedo. Algunas ediciones ya están agotadas. Su norte es claro: “Ojo de Agua es el lugar donde brota a la superficie el agua subterránea purificada en lo profundo de la tierra. Simboliza la fuente inagotable de la vida, el alma renaciendo y surgiendo a la luz”. En palabras de Alfredo Molano, “una opción para combatir el dogmatismo que anula la búsqueda espiritual”.

Entre 1987 y 2006, en su visión de divulgar textos de antología y bellas ilustraciones, desarrolló 33 números. Luego vino un tiempo de silencio que se rompió el pasado mes de julio con una edición de 122 páginas sobre la renovación. El próximo diciembre el turno es para la alegría. Los promotores de la obra de Gurdjieff quieren “seguir contribuyendo a la inquietante aventura de encontrar aires nuevos”. Pero no sólo a través de Ojo de Agua. Sin exclusiones ni esoterismo barato, buscan en grupo incentivar la evolución consciente del ser humano, sin cerrar las puertas. La conclusión es de Gladys Jimeno: “Preferimos quedarnos en las preguntas antes que dar u obtener las respuestas”. 

El maestro

Georges Ivanóvich Gurdjieff nació en Alexandropol, actual Armenia, en la frontera entre Rusia y Turquía, en 1872. Después de una educación influenciada por su padre de origen griego, con énfasis en el conocimiento de los saberes antiguos, desde su juventud se volvió un buscador de la verdad. Esas exploraciones espirituales quedaron sintetizadas en la película ‘Encuentros con hombres notables’. Después de dos décadas de incesante trabajo personal, se estableció en Moscú en 1912 y fundó el Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre. A raíz de la revolución rusa, tuvo que salir del país y luego de nuevas peregrinaciones se estableció en París, donde a partir de 1922 empezó a desarrollar su obra escrita, hablada y musical. Falleció en 1949. Hoy los estudiosos de su vida y obra están en los cinco continentes.