Los días y los cuentos

Si el conflicto entre Donald Trump y Kim Jong-un –cruzo los dedos– no transpone las fronteras verbales, si no se repite el desastre de Fukushima, si las tormentas solares de hoy no alcanzan la fuerza del evento Carrington, seguramente los únicos cataclismos vistos por los actuales ciudadanos planetarios serán los de las pantallas de Hollywood, de la CNN y de Al Jazeera.

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En apariencia, nunca antes la especie humana alcanzó los niveles de comodidad tecnológica y sanitaria ya gozados por su élite adinerada. El bienestar se traslada ahora a la clase media: los índices de riqueza crecen con lentitud. Para seguir vivo y robusto, el capitalismo necesita ampliar la franja de consumidores. Esto, desde luego, no quiere decir que las cosas anden a las mil maravillas. Las nuestras –las de los nacidos tras el furor de los sesenta– parecen ser generaciones impregnadas hasta los huesos de solipsismo. Nuestros apocalipsis no se desatan en los arrozales vietnamitas ni en las calles de París: se anudan en cuartos con wifi, en desayunos faltos de afecto y ricos en azúcares, en campañas progre con hashtags a la moda. Son precisamente esas pequeñas pero al tiempo sustanciales cuitas los temas de Hay días en que estamos idos, el reciente compendio de cuentos del narrador caucano Andrés Mauricio Muñoz.  

Después de incursionar en la novela, Muñoz vuelve al cuento, género en el cual obtuvo además del reconocimiento de los lectores, varios premios nacionales. Desasosiegos menores y Un lugar para que rece Adela pusieron en el radar de la crítica y de los antologistas el trabajo ficcional del autor. Los asuntos y la prosa de Hay días en que estamos idoscontinúan el camino recorrido en los dos anteriores volúmenes: a la manera del realismo de Ford y del Carver maduro, Muñoz fija el lente en las grietas de la vida en pareja, fisuras que a la postre socavan los cimientos del edificio de la felicidad monogámica. Los personajes de los relatos son profesionales de clase media, vinculados con el mundo empresarial y de la consultoría. Sin alcanzar el estatus de millonarios, las finanzas no son motivo de desvelos. No así la paternidad. En tres de los seis textos, el epicentro narrativo son los hijos y las consecuencias de tenerlos. En efecto, en Lore, el niño no aparece, La mata, la matica, y Agatha solo quiere jugar con Jimena –la mitad del libro–, las problemáticas y a menudo confusas relaciones de los padres con sus vástagos son el leitmotiv del andamiaje literario. Escritos en primera persona, el autor pone en escena los miedos cervales de los progenitores: la pérdida del hijo y no estar a la altura del reto de la crianza.

Por su parte, Juliana tiene mundo y el muy cortazariano Cuestión de registro echan por tierra los discursos conservadores respecto al varón y la hembra. En sus renglones son las mujeres las encargadas de tomar las decisiones, las de sacar avante las empresas maritales, las de sostener intacto el castillo de naipes del matrimonio. Los hombres, por el contrario, se amilanan ante el día a día y sus contradicciones. Ambos detallan la metamorfosis de la masculinidad: en el primero el protagonista se convierte en una temerosa sanguijuela mientras en el segundo se deja arrastrar por la corriente de las contingencias. Los dos rozan la locura. Para terminar, Abril, el peculiar homenaje de Muñoz aSunset Boulevard, el formidable filme de Billy Wilder, describe el desmoronamiento de una celebridad de neón. De los seis, es el único texto que emplea la tercera persona.

A mi modo de ver, Hay días en que estamos idos ratifica el talento y la técnica de un prosista cuidadoso, pendiente del pormenor de la frase y de la historia. Muñoz observa con ternura no desprovista de distancia crítica los minúsculos dramas de la clase media.

 

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