Los dragones del Lasker

La lógica del ajedrecista puede extenderse del juego a ciertos modos de vida, como sucede con los personajes de la opera prima de la colombiana Natalia Santa, La Defensa del Dragón.

Una de las imágenes de La defensa del dragón, premiada el domingo en el festival de cine de Lima. Cortesía

Al inicio del cuento, Los Crímenes de la Calle Morgue,  Edgar Allan Poe compara el ajedrez y las damas chinas según la diferencia que hay entre calcular y analizar. Anota que los ajedrecistas calculan una jugada dentro de las propias variables del juego para vencer al adversario, mientras que los jugadores de damas tienen que analizar variantes externas al juego  para ganar. Así, la inteligencia del ajedrecista está limitada a las posibilidades que le dan las reglas del juego, mientras que la del jugador de damas implica la capacidad de descifrar al oponente, más allá de los límites de las reglas. El ajedrecista se encierra en sí mismo y rechaza deducciones externas al juego, mientras que el otro se vale de su intuición y observación para sacar provecho de las debilidades de su rival. En el primero, parece decir Poe, basta con la concentración y el cálculo; en el segundo, la capacidad de sacar provecho de lo inesperado.

La lógica del ajedrecista puede extenderse del juego a ciertos modos de vida, como sucede con los personajes de la ópera prima de la colombiana Natalia Santa, La Defensa del Dragón. Personajes anclados a sus rutinas en unas locaciones que cada vez se parecen menos a la ciudad donde pertenecen. El ajedrez es el pretexto para que tres amigos de edad avanzada se resistan a hacer parte de los cambios externos a las reglas de un juego del que no quieren salir.  

Natalia Santa toma como punto de partida las fotografías de lugares emblemáticos del centro, capturados por Iván Herrera: el club de ajedrez Lasker, el restaurante La Normanda y El Casino Caribe, lugares  por los que todos hemos pasado sin prestarles atención,  pero que hacen  parte de escenas imborrables en la memoria de Bogotá, y aquí parecen ser vistos desde un visor de fotos en miniatura, permitiendo que se insinúen historias imposibles de resolver, como las que mantienen congelados en el tiempo a sus moradores.  

La Defensa del Dragón  muestra, en lugar de contar una historia, espacios sostenidos a fuerza de que no pase nada memorable en ellos, creando la ilusión de la quietud fotográfica.  Los personajes, decadentes y nostálgicos, habitan estos espacios sin darle sentido a su existencia, para poder mantenerla en un suspenso calculado: Samuel (Gonzalo Sagarmínaga), lejos de ser un buscavidas, sobrevive dando clases particulares de matemáticas y de ajedrez, vive en una habitación arrendada separado de su esposa e hija, pero evadiendo cualquier compromiso con las mujeres que desea.     

Hernán Méndez encarna a Joaquín, un relojero que viene perdiendo su tienda y su clientela por su resistencia a arreglar o vender relojes digitales. Juega ajedrez y fuma marihuana con Samuel y con Marcos (Manuel Navarro), una suerte de médico que atiende a los pacientes en su casa, cuando no está en el casino. Estos tres amigos pueden funcionar en un relato de Raymond Carver por su vocación hacia el fracaso y la lealtad, que se guardan de manera tácita a pesar de sus diferencias irreconciliables.    

Las locaciones, la fotografía y la complejidad de los personajes, crean una atmósfera decadentista y nostálgica que invita a suponer, más que a averiguar, lo que los llevó a rehusarse a vivir conforme a  los estándares de normalidad de la época. La fuerza de La Defensa del Dragón está en la expresión visual, sin hacer concesiones a las convenciones argumentales y narrativas. Al final se sabe muy poco de Samuel, Joaquín y Marcos, pero se comprende la soledad profunda que los une: la que hace parte de los lugares que se ocultan del paso del tiempo y de las exigencias de la vida moderna.