Ayer finalizó el Estéreo Picnic

Los ecos de la música en vivo

El poder del arte sonoro, el surgimiento de nuevas generaciones que van detrás de una experiencia y la importancia de las redes sociales determinan la consolidación del Estéreo Picnic como fenómeno cultural. Una mirada retrospectiva a los conciertos.

Para ir al Estéreo Picnic todo se vale. Por ejemplo, endeudarse por más de cinco meses para conseguir las entradas. / Shock - Alejandro Gómez

Tener el récord de cuántos conciertos se hacen en Bogotá en la actualidad es casi imposible. Entre artistas y músicos nacionales e internacionales se ha empezado a llenar una agenda cultural que hace 40 años hubiera sido difícil lograr. La oferta de espectáculos de música en vivo ha tomado cada vez más protagonismo debido al comportamiento de la industria musical que, en medio de los cambios en el consumo, la distribución y la forma del negocio, ha ocasionado que los conciertos se conviertan en un eje central de la cultura.

Los años 70 dejaron una marca en la historia de la música por el surgimiento de diferentes géneros, como el disco, el rock psicodélico, el punk rock y el funk. Esto pasó debido a que los jóvenes del momento, especialmente en Estados Unidos, tenían un afán por rebelarse contra la onda del hipismo de los años 60, que es recordado por muchos gracias a Woodstock, un concierto que reunió a algunos de los grandes artistas del momento. La del 70 fue una década en la que se crearon diferentes gustos musicales y comenzaron a surgir grandes estrellas como Gloria Gaynor, los Bee Gees o Pink Floyd, algunos de los artistas que influenciaron en la forma de actuar y de vestir de la época.

En Colombia la historia fue diferente, porque todas esas influencias aparecieron tarde. En Bogotá especialmente, que era el lugar a donde llegaba y de dónde salía la música, seguía teniendo una fuerte influencia de Europa, pero la gran diferencia es que fue un momento en el que comenzaron a nacer mezclas y géneros musicales propios que preponderaron durante mucho tiempo ante lo extranjero. El rock, que afuera era lo más popular, en Colombia resultaba como algo extraño, pero al mismo tiempo llamativo y que poco a poco consolidaba un público.

La popularidad del rock en Bogotá fue lenta pero impulsada, entre otras cosas, por compañías discográficas como Codiscos, que se dedicaron a la importación de música extranjera, y la radio, un canal de difusión importante durante la época. De hecho, gracias a esta influencia internacional fue que se comenzaron a realizar espectáculos de música en vivo organizados y con el fin de aglomerar a públicos interesados por escuchar ese tipo de manifestaciones, como el Festival de Ancón en 1971.

No se puede apartar el hecho de que el desarrollo de la imagen audiovisual tomó fuerza como nuevo difusor de la música. En 1981 se inauguró en Estados Unidos MTV, un canal televisivo que transmitía videos musicales. Este hecho cambió en gran medida el rumbo de la música en el planeta. Por una parte, llevó al éxito a estrellas del pop como Michael Jackson y Madonna, quienes a partir del respaldo de un relato audiovisual se hicieron conocer en todo el planeta. También se comenzaron a sentir las primeras consecuencias de una industria musical fragmentada a través de los “one hit wonders” y por último el hip-hop y el rap tomaron fuerza.

A finales de los 80 y principios de los 90, el narcotráfico fue un impulsor de la realización de espectáculos de música en vivo. Los narcotraficantes trajeron a Colombia grandes estrellas de la música en el mismo nivel que los futbolistas. Como indica el docente universitario Mario Morales, “los carteles se disputaban y era un trofeo que los grandes artistas de la época se presentaran en fiestas privadas”. Esto, según el periodista y analista de medios, también llevó a que los músicos aprovecharan su estadía y realizaran toques informales en bares, algo que provocó un interés mucho más grande de empresarios de aquel entonces.

La música tuvo una relación con la economía. Primero en un sentido proteccionista, pues Colombia debido al narcotráfico y a la violencia estuvo al margen del resto del mundo y eso causó que el consumidor se cerrara a la música y al artista o banda local. Segundo, que el país comenzara a hacer parte de un mundo globalizado que incluiría, por supuesto, la cultura y la música de otros países. Tercero, la oportunidad de proporcionar otras posibilidades de negocio más realistas para los empresarios, ya que el programa de modernización de la economía nacional tenía como plan disminuir los aranceles e impuestos, un tema que sin duda había generado trabas para la industria musical en vivo del país.

En ese contexto legislativo, Bogotá tenía una serie de acuerdos vigentes desde principios del siglo XX en cuanto a la realización de eventos y espectáculos. Concretamente, había un Impuesto de Fondo de Pobres, el cual cobraba 10 % de las entradas vendidas e imponía actuaciones en La Media Torta. Esto no necesariamente cambió durante 1990, pero el hecho de que más empresarios entraran en el negocio de la industria musical en vivo, como la empresa Evenpro y la multinacional Ocesa, significó desde aquel momento que había una necesidad por renovar la legislación.

Aun así, hubo un avance en la realización de estos espectáculos. Se realizaron dos ediciones del Festival de los Tiempos del Ruido, nació Rock al Parque y sitios como el teatro Jorge Eliécer Gaitán, el Teatro Colón y el Parque Simón Bolívar comenzaron a utilizarse con más frecuencia para presentaciones en vivo.

En esa escena mundial, hay que resaltar los cambios tecnológicos, pues fueron el principio del fin de la industria discográfica. Desde finales de los años 90 y principios del 2000 se avanzó en internet, en los mp3 y los cedés duplicables, aspectos que afectaron fuertemente la venta de los álbumes. Colombia no fue ajena a este fenómeno, pues desde los años 2000 esta tasa ha disminuido. De acuerdo con el estudio sobre Tendencias de la Música en Colombia, entre 2005 y 2010 los ingresos de estos productos cayeron en 19 %.

De esta forma es que los conciertos comienzan a tomar el protagonismo del negocio de la industria musical y desplazar lo que era su eje central: la venta de material discográfico. Por eso los artistas empezaron a realizar más espectáculos en vivo, incluso cuando localmente todavía se tenían restricciones con las leyes. En ese entonces llegaron al país figuras aclamadas en el mundo, como Alanis Morissette en el 2003, The White Stripes en el 2005 y Jamiroquai y The Rasmus en el 2006.

La renovación de la legislación no llega sino en 2010, cuando la Ley de Espectáculos es firmada por el entonces ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, y la ministra de Cultura, Mariana Garcés. Con esta ley se logró reducir los impuestos a los empresarios y también los trámites (de 24 a 4) para la realización de dichos eventos, que serían monitoreados por el municipio o alcaldía de cada lugar. Además, se estableció que cada distrito, como en el caso de Bogotá con el IDRD, vigilaría pero también invertiría, entre otras cosas, en los escenarios.

Los servicios de streaming como Spotify, Deezer, Apple Music o Tidal reforzaron la idea de que las personas tuvieran en un fácil alcance el contenido que sus artistas habían realizado, en muchos casos sin pagar por consumir. El negocio de estas plataformas se ha centrado en pagar dependiendo del número de reproducciones del artista. Esto teniendo en cuenta que el 70 % de ese pago se realiza al sello discográfico, que tiene los derechos de la música y lo restante va al músico.

Este fenómeno global ha aumentado el número de conciertos realizados en Bogotá, que ahora pasan desapercibidos. Los festivales de música con invitados internacionales, como el StoryLand, Festival Estéreo Picnic, el Jamming Festival, Rock al Parque, Jazz al Parque o el SOMA, por mencionar algunos, ocurren durante todo el año. Una evidencia de que la industria musical colombiana vende cada vez más conciertos es que solamente en el 2011 el 33 % de la recaudación de Sayco por derechos de autor vino de los conciertos.

El caso específico del Festival Estéreo Picnic es la reunión de componentes como el poder apreciar la música en vivo, la llegada de nuevas generaciones que van en la búsqueda de experiencias y la contundencia de las redes sociales a través de las que lo privado adquiere dimensiones de público. Por eso es que el evento se ha convertido en un fenómeno que ha superado cualquier expectativa optimista.

Cada año, los asistentes al Estéreo Picnic cumplen una cita con la música. Es como si fuera una especie de ritual que tiene como fin satisfacer el deseo de volver una y otra vez a ese lugar lleno de color, luces, juegos y, por supuesto, experiencias musicales, que va desde punk, hip hop, RnB, reggae, electrónica, hasta los sonidos del rock.

Este encuentro es un viaje a un mundo distinto que ha merecido el sacrificio de sus seguidores, quienes son capaces de tomar aviones provenientes de Latinoamérica o Europa. Como es el caso de José Urbina, quien viajó desde Brasil para ver a su banda favorita, Rancid, y acompañar a su hermano, un muchacho de 18 años que por primera vez asistió al festival.

Como ellos, y yendo más cerca, desde Medellín, Cali, Barranquilla, también se desplazan muchos jóvenes con la única intención de ver a los anfitriones de esta fiesta año tras año. En este caso fueron Rancid, The Strokes, The Weeknd, Martin Garrix y Wiz Khalifa quienes se robaron los aplausos de todos los que compartieron en el Parque 222, de Bogotá.

Para ir al Estéreo Picnic todo se vale, desde endeudarse por más de cinco meses para conseguir las entradas, como le ocurrió a un joven antioqueño, hasta ir completamente equipado con chaquetas, botas e impermeables, para soportar el frío de la madrugada, las fuertes lluvias y, sobre todo, poder movilizarse en el parque, que por el clima se va convirtiendo con el paso de los días en un lodazal.

Entre los jóvenes y adultos que van, o los que por primera vez asisten, no existe el temor. Ellos son el reflejo de sus pasiones, gustos y deseos, ellos son quienes se mueven por el amor a un lugar que reúne fiesta, comida, diversión –en todo el sentido– y una feria hippie, todo en un solo lugar.

El suelo, en varias ocasiones, vibró con los saltos de los fanáticos, sus voces se unieron en una sola y la única constancia que queda de ese mundo, que va más allá de la estética o la psicodelia, estará en fotografías que seguramente fueron compartidas por todos en sus redes sociales, porque en este espacio también se vivió el festival a través transmisiones en vivo y cientos de videos.

El festival Estéreo Picnic 2017 terminó, pero las ansias porque llegue el próximo ya están entre los conocidos “creyentes”, quienes deben estar esperando que se dé a conocer el line up de 2018 y así empezar, de nuevo, la travesía por conseguir las entradas, hacer un buen grupo de amigos con quienes ir y prepararse para vivir experiencias que se quedan en la memoria.

 

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