Los héroes discretos

‘Philomena’ está basada en el libro ‘The Lost Child of Philomena Lee, de Martin Sixsmith, que narra la verdadera historia de Lee y la búsqueda de su hijo por cincuenta años.

Judi Dench en ‘Philomena’, dirigida por Stephen Frears.

Aunque la actriz Judi Dench sufra el deterioro de la mácula en sus ojos, arriesgando su visión más fina, la dama que bordea los 80 años de edad continúa revelando un talento inmaculado, como enseñó en su aventura hacia otra enfermedad, la amnesia según Alzheimer, cuando interpretó a la escritora Iris Murdoch hacia el final de su vida, confusa y extraviada en Iris (Eyre, 2001), o cuando encarnó la voluntad del poder según su reina Isabel en Shakespeare enamorado (Madden, 1998). Sumemos al coctel de Judi su astuta y sagaz maestra, interesada en las pasiones difíciles de una colega en su escuela, la señora Hart (Cate Blanchett), erotizada por un estudiante de quince años en Notes on a Scandal (Eyre, 2006), o su papel como M en la versión de James Bond que hizo de carne y hueso al espía vanidoso por su cuerpo de titanio antes de 007: Quantum of Solace (Forster, 2008).

Películas con un registro distinto por sus historias y por su puesta en escena, que tienen un factor común cuando la presencia escénica de Judi Dench en pantalla descubre la humanidad en conflicto de sus personajes, soportando el mundo con más dudas que certezas; manifestando los secretos de su intimidad con el paisaje de un rostro al vaivén de las pasiones; con la elocuencia que expresan sus ojos y el rictus de su boca; su voz de crujido suave al fondo de la garganta en momentos de tensión.

Philomena (Frears, 2013) confirma el poder que a Dench le otorga la inteligencia de un oficio hecho sabiduría en movimiento desde los años 50. El melodrama posible —felizmente imposible cuando Stephen Frears no empobrece la sensatez de los sentimientos reduciéndolos al drama desmesurado del sentimentalismo en películas como Mi hermosa lavandería (1985), The Van (1996), Mary Reilly (1996), Liam (2000) o Tamara Drewe (2010)— hace de las emociones vividas por Philomena una experiencia sobre la maternidad frustrada, sin desbordar la tragedia o el llanto, admitiendo el claroscuro que avanza de la tristeza al humor o la ingenuidad cuando Philomena pacta con Martin Sixmith (Steve Coogan), un periodista ligeramente cínico —no en vano escribe sobre política—, averiguar qué sucedió con el fantasma del hijo de Philomena.

Un aprendizaje mutuo entre Sixmith, curtido por el mundo oscuro de las intrigas políticas, y Philomena, curtida por la frustración a lo largo de su vida. Personajes que descubren facetas inesperadas en la relación que forjan compartiendo el viaje y los giros que les descubre el camino. Asumiendo el reto de comprender el misterio que atormenta a Philomena, tras el rastro de su hijo después de que unas monjas lo raptaran en su infancia para darlo en adopción —sin consultarle a su madre—, suponiendo de una manera arbitraria una vida mejor a nombre de la religión católica —o de la codicia como un acto de fe—.

Dench y Coogan son actores infalibles para crear personajes emblemáticos. Si Dench es la dama del cine británico, Coogan es su comediante estrella. Irónico, escéptico y mordaz ante las pompas del mundo, Steve Coogan es la imagen —y la voz nasal— que recuerda la memoria como un actor potencialmente burlesco para enfrentar la aventura que atraviesa un productor de música en 24 Hour Party People (Winterbottom, 2002); el drama picaresco del héroe literario y del actor que se burla de sí mismo en Tristram Shandy: A Cock and Bull Story (Winterbottom, 2005), una novela imposible de adaptar, traducida a la pantalla como una obra maestra —¡Alabemos todos a su autor, Laurence Sterne!—, o la comedia agridulce de Coogan interpretando a Coogan, en compañía de su amigo y su martirio, el actor Rob Brydon, mientras viajan por Inglaterra para escribir sus impresiones gastronómicas en The Trip (Winterbottom, 2010).

Philomena agrega más a la biografía profesional de sus dos protagonistas que al cine. Sencilla y sin pretensiones formales, es una película que importa por el testimonio de un caso real, no por renovar la forma de narrar una historia en la pantalla. Una remembranza de interés humano, como entiende Sixmith la crónica de Philomena, que prolonga el estilo de Frears y de su filmografía, interesada por el corazón de los personajes antes que por las proezas formales. Una trama desolada que podría evocar ciertos fragmentos de Dickens cuando describe las miserias familiares de Philomena y de su hijo en la prisión de caridad de las monjas —sufriendo, como Oliver Twist o David Copperfield, la severidad del castigo en su infancia—, todavía más inquietante cuando el dinero desprecia a la pobreza impotente, puede comprar conciencias y hace de un chico y su vida una brújula que marca una dirección incierta en manos de los adultos.

Aunque Coogan, Jeff Pope y Martin Sixmith —autor del libro El hijo perdido de Philomena Lee, en el que se basa la historia—, no sean Dickens —¿alguien podría serlo cuando, según un autor, la capacidad sobrenatural que tenía Dickens para escribir hacía de él un marciano antes que un artista sometido al ritmo terrenal de otros artistas?—, recrean con un guión escrito a seis manos una tradición irlandesa, que describe, tanto en la realidad como en la ficción, los dilemas morales de una sociedad en conflicto con su dimensión religiosa y las crisis que ocasiona, agobiando a los desafortunados sometidos por la miseria.

Un lento ajuste de cuentas que hace de Philomena la madre esperanzada, que se ilusiona con cualquier detalle de su hijo desaparecido, suponiendo en Sixmith al cómplice que redime su angustia a través del tiempo. Cuando regresan de Estados Unidos a Irlanda, comprendiendo que el misterio los devuelve al punto donde empezaron su viaje, el periodista se enfrenta a la insolencia bendita de las monjas, que suponen haber hecho lo correcto a pesar del sufrimiento que le pudieron causar a una víctima inocente.

¿Importa entonces que Philomena no reinvente la pantalla en términos formales o es preferible apreciar como su aspecto esencial la ética de Stephen Frears, a la búsqueda de historias protagonizadas por héroes discretos, que no admiten la injusticia en contra de su humildad? El espectador sabrá dónde encontrar la virtud que define esta película.

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