Preámbulo para el Festival Gabo 2018, que se celebrará en Medellín del 3 al 5 de octubre

Los "informes privados" de Gabriel García Márquez a Guillermo Cano

La historia de las cartas que el escritor le envió al director de El Espectador entre 1955 y 1978, que revelan detalles de su trabajo como corresponsal en Europa y el trasfondo de “El coronel no tiene quien le escriba”, “El otoño del patriarca” y “Cien años de soledad”.

Guillermo Cano, asesinado en 1986, y Gabriel García Márquez, fallecido en 2014. Más que amigos, eran como hermanos. / Archivo

Quien los bautizó como “informes privados” fue Gabriel García Márquez al valorar las cartas a su “amigo del alma” Guillermo Cano. Extraña tanto a su “querido Concho” que le escribe cartas dando cuenta de su vida de corresponsal en Europa, sus desventuras de novelista en ciernes y hasta sus amores y desamores. 

Las historias que revela empezaron a mediados de los años 50 del siglo pasado, cuando Gabo se fue a aventurar a Europa con la única garantía de ser “enviado especial” de El Espectador y, al poco tiempo, se enteró de que el diario fue clausurado por la dictadura de Rojas Pinilla, así que debía subsistir con un sueldo a cuentagotas y enfrentar las afugias del hambre.

Unas fueron escritas a mano y otras mecanografiadas en las mismas máquinas de escribir en las que tecleó El coronel no tiene quien le escriba, en París, y El otoño del patriarca, en Barcelona. El registro epistolar va hasta 1978. Hoy tenemos el privilegio de conocerlas, porque el director de El Espectador nunca las desapareció como se lo pidió alguna vez su redactor estrella y porque la viuda de don Guillermo, Ana María Busquets, las conservó. 

En septiembre de 2015 me enteré de las cartas mientras la entrevistaba para un perfil de Carmen Balcells —quien murió ese mes—, la agente literaria de García Márquez, catalana como ella y su amiga. Entonces recordó la más privada y dolorosa de todas: a finales de 1986, después de que sicarios de Pablo Escobar asesinaran a don Guillermo Cano cuando salía de El Espectador, la viuda hizo público su dolor porque el escritor no estuvo en el sepelio, no salió a condenar el crimen, ni fue solidario a pesar de la fraternidad de las dos familias desde que Gabo era un desconocido. Tampoco lo hizo Carmen, a quien conocía desde antes de la fama del Nobel de Literatura de 1982. “Ella nos invitaba a su casa y a los mejores restaurantes de Barcelona, como 7 Puertas. Hablaba mucho con Guillermo de El Espectador y de Gabo, y también se escribían cartas”. (Le puede interesar: El realismo mágico de Carmen Balcells).

García Márquez y Balcells, enterados del disgusto de Ana María, se manifestaron a comienzos de 1987. “Llegó a mi casa de sorpresa y me pegó un regaño por lo que escribí y me trajo una carta de Gabo. Decía que eran personas demasiado sensibles, que en ese momento no habían podido decir lo que sentían. Pero yo reclamaba que uno debía sobreponerse y pensar que los demás necesitan solidaridad. Ella no daba cabida al sentimentalismo y antes de irse me dijo: ‘¿Tú sí sabes lo que vale esa carta? ¿Lo que puedes sacarle de plata a esa carta?’”.

Hace tres años doña Ana María no quería que esos papeles se volvieran públicos. Sin embargo, ahora accedió a hacerlo porque la familia decidió venderlos al Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, en Austin, en busca de fondos para la Fundación Guillermo Cano, que defiende la libertad de prensa a escala internacional y entrega un premio mundial cada año. Irán al mismo lugar donde reposa el mayor archivo sobre Gabriel García Márquez. Allí los catalogarán y, desde enero de 2019, se convertirán en documentos claves para atar cabos sobre la historia creativa del Gabo periodista y el Gabo literato, además de rescatar, al tiempo, el legado de don Guillermo Cano, porque las cartas son la prueba de la visión del mundo y de la profesión de escritor que tenían estos dos grandes narradores. (Lea: La vida eterna de Gabo en Texas).

Las primeras cartas son de la época en que García Márquez se instaló en París, a finales de 1955, y empezó a enviar crónicas al diario, que no podía cumplirle con los pagos porque en Bogotá estaba cada vez más acorralado con la transición entre el gobierno conservador de Laureano Gómez y el régimen militar de Gustavo Rojas Pinilla. El propio Gabo era investigado ese año por la dictadura luego de la publicación, en El Espectador, de su serie de crónicas “Relato de un náufrago”, en la que denunció cómo los barcos de la Armada eran usados para el contrabando. El caldo de cultivo de la Violencia —con la mayúscula que pasó a los libros de historia— hervía entre conservadores y liberales. Estaba prohibido a los periódicos informar sobre el conflicto político que asolaba el país y “faltarle al respeto” al jefe del Estado. En septiembre de 1952 las sedes de El Tiempo y El Espectador, en el centro de Bogotá, habían sido incendiadas y desde junio de 1953 estaba vigente la censura de prensa mediante el Comando General de las Fuerzas Armadas.

Tras el cierre obligado de El Espectador, el 20 de febrero de 1956, surgió como alternativa el periódico El Independiente, que circuló a duras penas hasta el 1° de junio de 1958, fecha en que reapareció El Espectador. Cano mantuvo al tanto de este contexto a su corresponsal. En principio, Gabo se mostró solidario: “Mientras el periódico no esté en buena situación, mis colaboraciones tendrán un precio —no simbólico sino real— de un peso colombiano”. Leyendo en Europa Le Monde y The Times, le daba ánimo a su jefe para que siguiera adelante: “Aquí me he convencido, en serio, de que El Espectador es uno de los mejores periódicos del mundo”. Se sentía en deuda y dispuesto a ayudar: “Avísame —dentro de tres días, tres años o tres siglos— cuándo abren el periódico. Saldré inmediatamente a escribir una crónica. Vuelvo a agradecerles el empujón que me dieron y que me situó en París. Abrazos, abrazos y abrazos”. (Así era El Espectador en que trabajó García Márquez).

Los primeros escritos fueron desde el Hotel de Flandre. Le contaba de sus escapadas a Inglaterra, para aprender inglés “que está todavía muy mal” y a Italia a aprender de cine. Una vez se le acabaron los ahorros comenzó la etapa deprimente, que resultó propicia como trasfondo de la creación de El coronel no tiene quien le escriba. Mecanografiaba: “Mi pobre novela llena de tropiezos… Todas estas cosas que me suceden confirman mi idea de que soy un gran escritor y que, en consecuencia, París empieza a darme duro. Por lo pronto, mi única sensación perfectamente definida es que tengo deseos de sentarme a llorar. ¡Ya era hora!”.

Luego se declaró “terriblemente furioso” porque no le pagaban lo acordado: “Hace años… envié con carácter urgente un vale de 420. Me anunciaron inmediato envío: todavía no ha llegado. Estoy en una situación desesperada… me quedé sin un físico franco”. Mientras afinaba la ficción del coronel que nunca recibe su pensión, saltaba matones —en un mes cambió dos veces de domicilio. Desde la calle Cherubini se quejaba: “Estimado Concho: no sé si te resulte impertinente que vuelva a escribirte de lo mismo. Pero han pasado más de dos meses desde cuando comenzó la liquidación de El Independiente. Creo que ya han tenido tiempo de salir de los grillos urgentes. A través de Álvaro Mutis te enteré de mi situación. De nada sirvió el recurso… En realidad, no sé cómo diablos estoy saliendo adelante. Milagros de París”. 

¿Cómo se sostenía? “Venezuela me está resolviendo el problema, con una nueva especialidad que pongo a tu disposición: comentarios hípicos. México empieza a comprarme notas de actualidad. (También habla de dos crónicas semanales para Venezuela y una para Perú). Por ahora, sólo me bastarían los pocos dólares que quedan en poder de El Independiente, para ponerle un poco de orden a mis desordenados problemas… Tú sabes que es más práctico para mí saber a qué atenerme que estar esperando indefinidamente. Quiero que me evites la necesidad de estar escribiendo cartas comerciales… para ti prefiero escribir siempre ‘informes privados’”.

Le confesó, por ejemplo, que estaba en “un horrible enredo de cobijas y centavos con una excelente amiga que traigo a rastras de Italia. Sumado a esto, el cierre del periódico y las perspectivas inmediatas, ya puedes imaginarte cuál será el estado de mi quebrantada moral”. Varias cartas, enviadas desde el 23 de la calle Oudinot, en dirección compartida con su amigo arquitecto Hernán Vieco, insisten en el tema: “Hazme el favor de hablar con el gerente. Cualquier cosa que venga de allá me caerá como llovida del cielo”.

Se lamentaba de no estar en Colombia para hacer un reportaje sobre los 53 intoxicados con alcohol en un pueblo cerca a Barranquilla, hecho que registró Le Monde. “Qué formidable reportaje habría sido la reconstrucción de la tragedia. Haberle seguido la pista a las víctimas. El marido que se fue de fiesta a escondidas de su mujer”. Surge allí el alma de periodista que le inculcaron sus “hermanos” de El Espectador en conflicto con su obsesión por demostrar que también podía con cuentos y novelas. Que Europa no le iba a quedar grande. “Un verano helado y con lluvia… aproveché la estación del exilio para instalarme. Estoy trabajando duro en la novela —que es a largo plazo— y en un cuento largo que, según espero, aparecerá primero en francés”. 

Pasó los meses, leyendo, releyendo, escribiendo, reescribiendo, hasta que vio la luz al final del túnel: “Tendría que escribir una serie de 25 entregas si te contara en detalle cómo logré sobrevivir en París. Ahora la cosa se ha enderezado, felizmente, y dispongo incluso de estampillas para darme el lujo de escribir a mis amigos”. París lo transformó: “No he perdido el tiempo, he aprendido muchas cosas —pero especialmente de la vida, muchas cosas de la vida— y al parecer mi francés es bastante aceptable. He llegado a la conclusión de que en Colombia era un muchachito insoportable, relleno de aserrín, y esto me ha servido para que quiera más a mis amigos”.

Le mandó a Guillermo Cano la prueba de su éxito: “No sé cómo he terminado mi segundo libro. Es una especie de penitencia por ese horrible aparato que se llama La hojarasca. Tal vez haga una edición en Colombia. El título: El coronel no tiene quien le escriba. Es una cosa sencilla, directa y creo que lo que allí sucede son cosas que realmente le suceden a los seres humanos. Estoy gestionando, sobre los originales, una traducción al francés”. 
En los que llama “espacios libres”, nunca descuidaba sus “deberes superiores” con El Espectador. Prueba de ello es una de las cartas más largas y emocionadas, cuando terminó, tras un mes de encierro, los relatos sobre su viaje por los países socialistas y le anunciaba: “Mi querido Guillermo: ahí te va el mejor trabajo periodístico que he hecho hasta ahora: 14 crónicas sobre mi viaje a la Cortina de Hierro… un trabajo integral, sin contradicciones”. Se refiere a que “en muchos casos un párrafo sobre la Unión Soviética implicaba la revisión y la corrección de todas las crónicas sobre Polonia”.  
Y se sentía orgulloso: “Es un trabajo hecho como una obra literaria, pensando cada palabra, vigilando el estilo, y con una cierta vanidad de que sean realmente muy buenas crónicas”. Según él, “el trabajo total es dos veces más largo que La hojarasca”.

Advierte que hubiera podido escribir “50 volúmenes”, pero se limita al “interés periodístico” y, sabiendo del compromiso de don Guillermo con la verdad y su rigor de editor, le garantiza: “No he escrito nada de lo cual no tenga un testigo… La intención general es dar palos para ambos lados… puedo responder por cada una de las palabras escritas… puedes estar seguro de que allí no hay una línea que no sea cierta y honesta… te ruego vigilar que los títulos no tengan demasiada intención política… tú me conoces y sabes el camino de regreso, el largo camino de regreso que he tenido que hacer para escribir estas crónicas objetivamente”. 

Su “caro Guillermo” era el único con licencia para “leer minuciosamente… tachar las cosas inconvenientes”. Gabo sabía que esa serie iba a despertar “polémica” en un país de “sectarios” y “dogmáticos”. Aún así, le pidió: “Procura no dar la impresión de que hubo más oportunidad para mí que para ellos… tratar de ser imparciales y liberales a toda costa”. También que no usara “ni una línea de esta carta en la propaganda de las crónicas”, porque “las cartas privadas resultan ridículas cuando se publican”.

Con estos relatos, le envió por correo postal un paquete de negativos, “las únicas fotos —muy malas— que me mandaron mis amigos de Moscú”, porque su fotógrafo no pudo pasar más allá de Berlín; una de él en la Plaza Roja y otra en un “coctail” en Varsovia con “el delegado de U.S.A.”, que le pedía publicar para “ir arreglándome” con el Departamento de Estado, esto en días en que le habían notificado que no podía volver a Inglaterra. 

Hay pistas de viajes: dos semanas a Casablanca (Marruecos), “invitado por un médico árabe (al parecer Mohammed Tebbal), que es uno de los grandes amigos que voy dejando regados por el mundo”. Todos los mensajes son valiosos, incluso los que se dejaban a mano en los hoteles, pero el más importante para un amante de la literatura es uno mecanografiado en abril 5 de 1966, en el que García Márquez le anuncia la versión final de su mayor esfuerzo y que quiere que El Espectador publique el primer capítulo: “… en sobre aparte te mando, pues, el primer capítulo de CIEN AÑOS DE SOLEDAD (mayúsculas del original). No solo es la primera vez que se publica esto, sino que es la primera vez que anticipo un capítulo de una novela en proceso. ¡Salud!”.

La “exclusiva” sale en tres páginas del Magazín literario del domingo 1° de mayo de 1966. Gabo se la describe así: “Es un mamotreto de más de 1.000 cuartillas, donde cuenta la historia de la familia Buendía, desde la fundación de Macondo, hasta que un ventarrón arrastra el pueblo, cien años después”. Le anticipaba un alcance global: “Esta novela será entregada el mes entrante a Sudamericana (el sello que la publicó en Argentina en 1967), y ya hay vendidas opciones para las siguientes editoriales: Harper & Row, de Nueva York; Julliard, de París; Feltrinelli, de Milán; Aufbau-Verlag, de Berlín, para su distribución en las dos Alemanias, Austria y Suiza; J. M. Meulehoff Uitgever, de Holanda, y para una editorial de Rumania”.

Al final, le echa el cuento de cómo celebró: “Me metí en Barranquilla en un barril de Martini, y mis amigos (los de La Cueva) me subieron en un jet de PAA. A las ocho de la noche, después de haber pasado un día en Kingston, el barril fue abierto en la aduana de México, y fui rescatado sano y salvo. Pero todavía no se me pasa el guayabo”. Le mandó después “los cortes de la censura soviética a la edición en ruso”, de lo que no hay rastro, por ahora. En mayo 6 le agradecía “el monumental despliegue” y su felicidad es tan plena como preocupante: “Ya me siento convertido en una especie de Sofía Loren”. 

El 20 de enero de 1968 le informa desde Barcelona su infructuoso aislamiento para “agarrarle el paso” al próximo libro, El otoño del patriarca. La locura de Cien años lo estanca: “Hago mucha pereza, leyendo un poco de aquí y de allá, y luego el litro de Valdepeñas que me empaco al almuerzo me deja fuera de combate hasta el día siguiente. Empiezo a darme cuenta de que no hay nada más aburrido que ser escritor profesional”. Gracias a eso, a este periódico llegaron piezas únicas, “chivitas” las llama Gabo, como un cuento que sólo había sido publicado en inglés en la revista Playboy en 1971, “El ahogado más hermoso del mundo”, y que hacía parte de los ocho de La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada

Tal vez en medio de los afanes de la fama mundial de Gabo, desde entonces prefieren intercambiar notas a mano, al menos hasta 1978. Hay una enviada desde Alemania, en la que le avisa que logró autorización para publicar en El Espectador un adelanto de su novela sobre el dictador del que tanto le habló: “Te están mandando de Barcelona el fragmento publicable de El otoño. Por arreglo con el editor —que no ha autorizado más avances que este— sólo puede ser publicado la última semana de abril, o más tarde, pero nunca antes. Te ruego ocuparte personalmente de que se cumpla el trato”.

Otras hablan de variados temas cotidianos: mensajes cruzados para Ana María, con referencias a Mercedes Barcha —la esposa de Gabo—, sobre coincidir en vacaciones, sobre novelas de otros autores que le manda desde Europa como recomendación de lectura; por qué se comieron una pata de jamón que les estaban guardando, por qué diablos no llega la suscripción El Espectador, que no va a Estados Unidos a recibir el premio Books Abroad-Neusdadt de la Universidad de Oklahoma, etc. La mayoría enviados desde la calle República Argentina, en Barcelona, donde compró residencia siguiendo los consejos de doña Ana María Busquets. Detalle que le agradece a ella y a Guillermo Cano el 18 de noviembre de 1967, con una frase que bien podría ser el lema de la capital catalana: “Resultó ser una ciudad estupenda, entre otras cosas porque a cada momento es como uno quiere que sea: se presta para todo”.

Ni siendo el escritor más famoso del mundo dejaba de saludar a sus compinches de El Espectador: “En Navidad estaré en Barranquilla por 10 o 15 días… haré el sacrificio de treparme a Bogotá para tomarnos un trago… abrazo de siempre a mi padre ‘Ulises’ (Eduardo Zalamea Borda, a quien resalta como ‘mi padre inolvidable’, por lo que le enseñó de literatura universal), al ‘clan Cano’, al ‘helado Salgar’ (don José Salgar, el jefe de redacción) y a todos los compañeros…  sería terriblemente formidable que nos amarráramos una inmensa ladradora… ¿Cuándo volveré? ¿Cuándo vendrán ustedes? Cabrona distancia!”.

* Esto no se hubiera publicado sin la valiosa ayuda de doña Ana María Busquets y la familia Cano Busquets.
Espere mañana: Las polémicas cartas sobre el cine colombiano.

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