Los inolvidables senos de Elizabeth Costello

A Elizabeth Costello, una escritora que no existió, se le debe uno de los más bellos elogios que se le hayan escrito a los senos.

“Nada más humanamente hermoso, más humanamente misterioso que la razón por la cual los hombres quieren acariciar sin cesar, con pinceles, cinceles o manos, estas bolsas de grasa extrañamente curvadas, y nada más humanamente atractivo que nuestra complicidad (me refiero a la complicidad de las mujeres) con su obsesión”.

La novelista, una invención del nobel sudafricano Coetzee, recorría el mundo dictando conferencias. Allí defendía los derechos de los animales y comparaba, sin miedo a la crítica, las masacres de reses y pollos con los campos de concentración del nazismo. Hablaba de la idea del mal y creía que hay territorios del ser humano que los escritores no deben tocar para no abrir espacios a la maldad.

Pero era en la acción, en el erotismo de la existencia, donde el humanismo de Elizabeth Costello se desplegaba sin límite. Cuando tenía cuarenta años y dos hijos, su madre le pidió que visitara a Aidan Phillips, un amigo enfermo de cáncer que había sido sometido a una laringotomía. El hombre era abogado, tenía fama de mujeriego y pintaba acuarelas. No podía hablar, pero le escribió: “Ojalá pudiera pintarte desnuda”.

Elizabeth decidió complacerlo en un acto de humanidad y posó de perfil con sus senos desnudos. “No sé si funcionó, si el espectáculo de mi cuerpo semidesnudo reanimó algo en él o no. Pero noté todo el peso de su mirada en mí, en mis pechos, y francamente estuvo bien.”

Asoció la imagen de María levantando el pezón para dar leche al niño con su decisión de mostrarse desnuda ante el enfermo. Ambas acciones, pensó, eran actos de humanidad. Aun así, su comportamiento le dejó el amargo sabor de un triunfo que no la enorgullecía: “la mujer potente provocando al hombre marchito, mostrándole su cuerpo pero manteniéndolo a distancia. Calientapollas”.

Elizabeth no volvió a verlo hasta que su madre le pidió que lo visitara de nuevo porque había sufrido una recaída. Lo encontró prácticamente inmóvil, como esperando la muerte, pero el hombre, en un arranque de fuerza, garabateó estas palabras en un papel: “Tienes unos senos preciosos. Nunca los olvidaré. Gracias por todo, amable Elizabeth”.

Ella cerró la puerta con seguro, se desnudó y en un impulso erótico lleno de compasión metió la mano entre la pijama del hombre, atrapó el órgano del placer adormecido, lo besó, lo succionó y logró reanimarlo levemente pero no lo sustrajo de la modorra de la muerte.

La conclusión de Elizabeth no podía ser más contundente: las humanidades enseñan humanidad. El acto de desnudarse y tocar, más que un juego erótico sin consumación, era el último regalo a un moribundo.

* Subdirector de Noticias Caracol

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