Los inquisidores de Don Miguel Antonio (Cuentos de sábado en la tarde)

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Conocí al indio Muyuy en el avión presidencial días antes de la navidad de 1991. Al asignar los puestos de la aeronave de acuerdo con un protocolo de dignidades, le pedí al edecán que me ubicara al lado del senador. Íbamos rumbo al Valle de Sibundoy, haciendo escala en Pasto y de ahí abordaríamos un helicóptero artillado hacia Santiago, la tierra de nacimiento de Muyuy.

La mañana era fresca y el cielo brillaba con pronósticos azules para hacer ese vuelo. Vestía la emblemática ruana de finos hilos azules, rojos y blancos. Me saludó con la galantería de su ya popular humildad. Irradiaba el gesto adusto de unos rasgos felinos y la mirada cósmica del hombre nacido entre los vientos diluvianos de la desembocadura de los Andes en el Amazonas.

Su sonrisa delataba una precoz sabiduría. La piel curtida sugería las grietas de un trajinar arduo. Este hombre nacido en las montañas que conectan el páramo con la selva, logró graduarse con mucha dificultad de filosofía y llegó a ser uno de los primeros senadores indios de la República. Dignidad que llevaba con la discreción de quien lo inspiran poderes místicos. En la sutileza de su timidez percibí la revelación de una civilización estoica. Generaciones de sibundoyes soportaron durante siglos la crueldad de esa moral ostentosa, impuesta por hombres sádicos con la matanza de seres humanos.

Al disponer mi ubicación en los puestos del avión, quería indagar sobre los hombros de qué titanes de la guerra o la virtud habían cabalgado sus antepasados, no solo para haber logrado sobrevivir a semejante latrocinio, sino para haberlo traído hasta el senado de una república racista, de una estructura política que sistemáticamente repudiaba sus derechos como individuo y como etnia. Intentaba imaginarme qué podían estar sintiendo sus ancestros mientras caminaba pausadamente hacia la nave presidencial, en un vuelo que dibujaría la ruta del arco que se inclina finalmente hacia los principios del humanismo y la justicia con los habitantes originarios de América.

El contacto inicial con su leyenda me estremeció, y más cuando sentí el aura contagioso de su espíritu. Conversando en la plataforma del aeropuerto, ya persuadido de la dimensión histórica de esta jornada, mientras políticos y ministros se abrazaban como si fuera el día de la creación, Muyuy me confesó que ese momento representaba para él la síntesis de una historia milenaria de libertades idílicas encalladas estruendosamente en los delirios lunáticos de unos conquistadores bárbaros. La procesión de sangre sacrificada después en la Colonia era un drama que él disimulaba con la sabiduría de quien ha crecido entre chamanes. Desde que me estrechó la mano al presentarse, pude sentir la aspereza de su piel curtida por el ciclo vital, pero suavizada por su cortesía indígena. Este hijo de una tradición de cargueros Inga había logrado estudiar en la universidad y como resultado del deshielo político logrado por las movilizaciones estudiantiles que desembocaron en la Constitución de 1991, había sido elegido senador de la república.

Quizás el escombro más ruin de nuestra mentalidad colonial era considerar a los nativos de América como unos “salvajes” a los que parecía justo “civilizar” evangelizándolos. Esa era la primera embestida utilizada para penetrar los territorios poblados de los que consideraban ́bárbaros' y, en una causa común perversa del Estado con la Iglesia y empresas comerciales, las misiones religiosas se encargaron de ser instrumentos de poder en la macabra operación de domesticar con violencia a seres humanos. Primero fueron los franciscanos, después los agustinos y finalmente los dominicos. A lo largo de mi viaje con el indio Muyuy quería desentrañar cómo era posible que unos misioneros espirituales se prestaran para actuar como la bestia de Troya para cometer uno de los genocidios más fantasmales de la historia universal.

Allí estaba el senador filósofo confundido entre abrazos y cumplidos de reconocimiento con integrantes de la comitiva, entre quienes se incluían ministros, generales y el propio Presidente. Subió con sobriedad las escalinatas del avión, saludó con su desprevenida sencillez a la tripulación, estrechó la mano del Presidente y avanzamos dos filas para sentarnos justo detrás del cardenal de turno. Cuánta paradoja, allí estaban de igual a igual el jerarca de la Iglesia victimaria y uno de los últimos sobrevivientes de uno de sus más sangrientos capítulos, compartiendo escena en las altas esferas del poder republicano. Para mi grata sorpresa, Muyuy le aceptó una copa de vino blanco a la azafata y se recostó tranquilamente en su asiento, preparado para hacer uno de los viajes memorables de su destino como hijo de la estirpe Inga.

Santiago es un pueblo primitivo, flanqueado por dos colosos de la naturaleza. Al oriente se extiende la mas vasta y densa selva del planeta y al occidente el espinazo de la agreste e impenetrable cordillera. Esta condición de frontera entre dos pisos térmicos y dos culturas opuestas, le distinguen con una identidad harto valorada en todas las comunidades que habitan esa red de caminos entre San Juan de Pasto, Almaguer, San Agustín, Mocoa y la región de Sucumbíos. Es un corredor por donde los heraldos de la creación debieron haber confabulado para llenarla de minerales encantados y plantas embrujadas. Sibundoy es un valle fértil para la agricultura, pero además sus ríos estuvieron aterciopelados de oro y las montañas irradiaban vetas como las del alucinado Dorado de los bárbaros. Su principal fortuna entre todos los dones, y sería también su maldición con la llegada del hombre blanco, era la feroz belleza señalando la entrada al santuario universal del Amazonas. El cebo de lucro y la esclavitud impuesta por los crueldad de la colonización española y colombiana estuvieron a punto de romper letalmente el equilibrio de esa geografía y culturas fantásticas.

Mientras el avión decolaba y se inclinaba hacia el sur del país, tomé mi copa de vino y le propuse al senador un brindis por el éxito de la jornada que estábamos próximos a compartir. Creo que ese gesto, un tanto atrevido de mi parte, lo animó a compartirme algunas pinceladas de su memoria y comenzó por confesarme, con un dejo de nostalgia en su respiración, que a quien más añoraba en ese momento era al abuelo Qata Simatanjo. Los abuelos en la tradición oral indígena son los transmisores del rito y los orfebres de la comunidad. El abuelo Qata pertenecía al linaje de los cargueros Inga y su gran condición física le había permitido llevar una vida longeva, a pesar de las innumerables calamidades a las que su alma había sido sometida. Era hijo de la lengua quechua, un idioma en el que, según me explicaba Muyuy, se mezclan misteriosamente elementos de la terminología naturalista con la espiritual, creando una singularidad de palabras que en su significado fusionan los poderes de las fieras con las deidades. Por el vasto poder que ejercían los Incas hasta el norte en la región de Sucumbíos, el quechua se impuso como la lengua imperial en la época precolombina y la hablaban varias comunidades para tramitar asuntos territoriales y comerciales. Los ancestros de Muyuy y su abuelo descendían de la familia Mitimak, que según la descripción del senador, a lo largo del vuelo hasta nuestra llegada a Santiago, era el pueblo nómada que llegó a los límites de Putumayo, cruzando el puente Lumichaca sobre el río Angasmayo.

Su doble condición de hablante del quechua y joven evolucionado en el piedemonte entre los Andes y el Amazonas, convirtió a Qata en un experimentado baquiano. Quienes le admiraban su animalidad atlética, cuentan que lo veían transfigurarse en cabra montés cuando andaba la distancia desde Sibundoy a Mocoa en cuatro días, entre huracanes que le azotaban el rostro, atravesando ciénagas que le cubrían las piernas y trepando despeñaderos agarrado de cuanta raíz encontraba para no rodar por los abismos. Toda esta odisea física la hacía cargando en los hombros a algún viajero en un cruce difícil o simplemente llevando una carga de tablas de cedro, artesas, bateas, oro en polvo, aves, canela , cacao, chontaduro, miel de abejas y tantísimos otros objetos que comerciaba en ese vasto triángulo comercial entre el Alto Caquetá, la provincia de Sucumbíos y el Bajo Putumayo.

A medida que vamos llegando a los 10,000 pies de altura y de vinos, el senador Muyuy me agrega taciturno, “la historia de Qata toma un rumbo dramático por un romance, no el de mi abuela, que habría de ensangrentarle el recuerdo para siempre.”

Ella vino de las montañas, nadie nunca supo de quién era hija. Siendo muy niña, apareció de pronto entre las penumbras de un ocaso rosado y lluvioso, a orillas del río Mocoa, en medio del ritual chamánico que celebraba los viernes el taita Patricio. Quizás algún oso la había alzado de su chagra y dejado en esa lejana peña a la vera del río. En su mirada transmitía el enigma de quien ha sido desterrada del contacto humano y aunque escuchaba con curiosidad los sonidos y los vientos del ritual, su expresión de asombro parecía aún arrebataba por algún poder misterioso. El taita asumió la aparición de esa criatura desolada sin misterios y la entendió como un advenimiento sobrenatural. Desde entonces la llamaron Kamya, el nombre Kamentsá para la lluvia. Patricio la acogió como una hija de la selva y la llevó a vivir en su chagra acompañada por los demás miembros de su extensa familia. Con amor la protegió y la educó en las tradiciones de la cultura Kamentsá. Miembros de esta etnia habían migrado en tiempos pasados del alto Putumayo hacia la parte media del piedemonte amazónico y aunque mantenían estrechos vínculos culturales con los Inga, como el conocimiento profundo del yagé y de las plantas medicinales, también se diferenciaban en sus actividades económicas, siendo los Ingas de temperamento nómada y mercader, y los Kamentsá de naturaleza más sedentaria, dedicados a la siembra y las artesanías.

Con el tiempo y la práctica, Kamya se dedicó a la creación poética de la tejeduría y la cestería. Muyuy me enfatizaba que los ojos negros de esta mujer nunca dejaron de contemplar con agudeza los movimientos y las sinfonías de la naturaleza. Ese entendimiento la motivó a tejer los símbolos de las visiones del taita Patricio y las historias de su tradición oral. Aprendió que en la simbología Kamentsá, el hilo tiene igual valor a la palabra, ambos van tejiendo el hilo conductor de la existencia. En la creación de un tejido, Kamya urdía el rostro y las máscaras mitológicas de las visiones del chamán en el ritual sagrado del yagé, la cosmogonía de la comunidad tejida en un símbolo. Hermosas urdimbres de jaguares multicolores o un taita sol proyectado en un prisma de simetrías complejas.

Por los tiempos en que el cuerpo de Kamya se perfeccionaba con sutil esbeltez y maduraba su consciencia creadora de una estética propia, llegó el día destinado en que habría de conocer a Qata. En este punto de la historia, Muyuy hace una inflexión en su tono de su voz y, mientras saborea con deleite las ultimas gotas del vino en su copa, me dice que me equivoco si pienso que hay algo de embriaguez en su intento por asociar ese furtivo amor con el propósito histórico de nuestro viaje, casi un siglo después de los hechos que me relata. ¡Pero no!- me afirma convencido de su elucubración, y continúa entusiasmado llevado por la memoria.

Por la época en que Qata y Kamya se conocieron, se enamoraron y vivieron en concubinato, se había aprobado en 1886, en la lejanísima ciudad de Bogotá, una nueva Constitución nacional. Pocos años después se había firmado con el Vaticano un Concordato mediante el cual, entre muchos otros despropósitos, el gobierno de Colombia le entregaba el domino y control absoluto de medio país, o lo que en ese entonces se llamaban los “territorios nacionales”, a las misiones religiosas. Se negaban así por mandato constitucional nuestras raíces indígenas. Esto se traducía, en términos concretos, que los escolásticos Caro y Nuñez revivían mediante un acuerdo legal entre Estados las estructuras sangrientas de explotación de la Colonia. Allí se establecían dos categorías de indios, los ya ‘civilizados’, si es que ya se habían sometido a las economías extractivas, y los ‘salvajes’ que aún no obedecían a los regímenes de explotación. Como legado de tan perversa sumisión mental a la colonialidad por parte de los políticos conservadores, se consagró por ley la incursión de la cruz y de los curas para avanzar en la evangelización y la “civilización” de vastos territorios y sus ‘salvajes’ habitantes. Esta no era, por supuesto, una forma ingenua de incluir o acoger a las comunidades nativas, sino una forma calculada de utilizar señuelos y símbolos cristianos para invadir y dominar la mente, el cuerpo y la tierra de los indios.

Detrás de las misiones religiosas iban amparados múltiples intereses económicos entre los que se contaban los mineros, los extractores de quina y de caucho y simples especuladores de tierra colonizada y posteriores hacendados. Las misiones se apropiaban sin misericordia de vastas extensiones baldías que después comerciaban como aristocráticas haciendas. Pero además de los naturales conflictos que surgirían por la descarada usurpación de tierras y recursos, los misioneros asumieron además un control absoluto sobre la vida privada de los indios. Controlaban su sexualidad, sus amistades y sus amores. Establecieron estrictos horarios sobre la vida cotidiana de cada individuo, fijando rutinas que copaban todo el día y se repetían de domingo a domingo. Ya pensaría uno que tantas horas dedicadas a la instrucción debían incluir un universo de conocimientos para beneficio del crecimiento intelectual y espiritual de los pueblos indígenas, pero no. Todo ese tiempo se ocupaba en cumplir ese precepto constitucional de hacer de la nacionalidad colombiana una sociedad confesional guiada moralmente por la doctrina bíblica y tutelada por la lengua castellana. El estudio de la religión del invasor y de la lengua del invasor copaban todo el ciclo vital de los indios bajo el yugo de esas misiones. De esta manera evitaron que centenares de pueblos amerindios siguieran practicando lo que según los misioneros era una ‘pereza innata’ y unos hábitos ‘repugnantes’. Quienes no se sometían con obediencia eran brutalmente castigados. Entre tanto, las culturas auténticas y la identidad del indígena se iban muriendo en el altar de la prohibición y del olvido.

Como resultado de esas decisiones tomadas a kilómetros de distancia, un buen día llegó a los pueblos del Valle de Sibundoy, enviado desde Pasto, un grupo de misioneros de la orden de los Capuchinos. A donde llegaban se instalaban en el perímetro central del pueblo, escogían la mejor casa para instalarse y ordenaron la construcción de iglesias y casas curales. Qata los miraba con reserva, desconfiaba de sus reales intenciones, pues por su andar de mercader ya había sido testigo, en poblados más profundos de la selva, de los espantosos tratos y castigos a los que eran sometidos los indios para extraer la quina y el caucho que exportaban a los mercados del Norte. Los misioneros no tardaron en copiar las mismas técnicas de castigo y tortura que tanto poder le habían otorgado a la Casa Arana para someter y explotar las interminables extensiones del Amazonas.

Muyuy sonrió con algo de ironía al señalar cómo a veces los héroes que pretendemos inmortalizar en estatuas no son más que viles individuos embriagados de codicia y poder. La memoria del pueblo nunca los reconocerá como héroes. Lo pensaba así porque la primera experiencia de su abuelo Qata con esa estructura de control basada en el sufrimiento la había tenido que padecer trabajando sin pago alguno para la empresa exportadora de quina de los hermanos Elías y Rafael Reyes. Siendo muy joven y aprovechando sus destrezas como aprendiz de baqueano, se desplazó hasta Mocoa para enlistarse como carguero de la quina en alguno de los barcos de vapor que introdujo la empresa de los Reyes para exportar la quina por el río Putumayo hasta el río Amazonas y por ahí sacarla a los mercados del mar Atlántico. Cuando esa empresa se liquidó, Qata regresó a lo que mejor sabía hacer que era ser mercader de pueblo en pueblo; solo que esta vez ya conocía mejores posibilidades que se movían alrededor de los barcos de vapor y aprovecharía el comercio de mercancía y baratijas llegadas por el Amazonas de Europa y Estados Unidos.

Qata creció siendo leal a la heredad de su estirpe de carguero. Emocionado por la invocación de su coraje, Muyuy me describe al abuelo como un indio hermoso y robusto. En caravanas de cargueros transportaba herramientas, ropa, trigo, maíz y cebada de Sibundoy a Mocoa con una alta frecuencia. En el piedemonte, los Andes y el Amazonas tienen esa relación simbiótica del pájaro con la flor. El valle de Tabanoy provee la semilla de vida y con esa semilla mística el Amazonas poliniza una mitología de deidades y visiones que hace la selva infinitamente fecunda. De esta relación de dependencia equilibrada se nutre la cohesión de la comunidad. Pero para infortunio de la madre tierra, con la barbarie del colonialismo y después con los quineros y caucheros colombianos, se rompió la que Muyuy llama, con razón poética, una “cópula de ecosistemas”.

Kamya y Qata se conocieron durante el ‘hatun puncha’. Es el día de baile y canto de las solteras durante el Besknaté, o carnaval cuando los dos pueblos se integran para agradecerle a la madre tierra. Muyuy me describe ese encuentro de Qata y Kamya como un cisma parecido al que provoca la inevitable desembocadura del Mocoa en el Putumayo, una coincidencia de rumbos catártica y torrencial. Comienza la danza y se piden mutuo perdón por las fallas. Avanza la fiesta y se van desdoblando en el baile los cuerpos y las almas embriagadas, cantando para agradar a los dioses. Qata llegó a Mocoa el domingo anterior y debía esperar esos días hasta el vapor del miércoles de cenizas para cargar la mercancía. Se sentía alegre porque al fin podía disfrutar del carnaval como adulto, ya que la última vez lo vivió de niño con su padre. Ese martes de ‘hatun’ lució un bello sayo con el símbolo de la serpiente. El baile y los ojos negros de Kamya lo alucinaron cuando la vio. Ella llevaba la faja de la fertilidad mas maravillosa que Qata jamás hubiera visto y una elegante corona de plumas amarillas, verdes y turquesas. Qata sentía la fuerza de un espeso mar y mama Kamya se acercaba danzando sobre el agitado oleaje. La sabiduría en su mirada fue el embrujo. Ellos eran el encuentro de dos opuestos, arriba, abajo, sierra, selva, tejiendo una unidad con hilos de distintos caminos. Anticipó que la mañana siguiente no sería capaz de cumplir la labor de cargar los hombros con mercancía. Llevaría en cambio a la Lluvia de vuelta al valle de Tabanoy.

Esa noche Kamya y Qata huyeron de sus rutinas por un atajo escabroso que el baqueano había abierto para llegar en el menor tiempo a Santiago. El único que vio lo que comenzada a pasar entre los jóvenes fue el taita Patricio. Antes de partir, Kamya lo había mirado a los ojos y al momento él había anticipado una confusa fatalidad detrás de esa atracción. El yagé le daba ciertos poderes sobrenaturales de visibilidad, pero no interfería en los destinos del amor. Pasada la media noche de ese día de carnaval, arreciaron los huracanes y el peso de la humedad abatía cualquier esfuerzo físico. Pero por la senda rápida no tendrían que cruzar la ciénaga devoradora de piernas y, como impulsados por el aliento de las araucarias y un frenesí sexual, finalmente llegaron acompañados del canto de las cigarras a la chagra del tío anciano de Qata. Aún escuchaban la respiración de la noche y se vieron empapados por la lluvia que caía sin arreciar. Cuando Qata acarició el cuerpo desnudo de Kamya sintió que su piel tenía el olor fresco de las flores y las frutas. Rozó con las mejillas su torso fuerte y sus senos fértiles de mujer selvática. Sintieron el palpitar de sus corazones unidos por los cantos de amores ancestrales y soñaron que la vida de los dos fuera una sola y la tibieza de la oscuridad uniera sus cuerpos en uno solo. Un torrente de placer destelló en el espejo de la luna inundando de lujuria las horas restantes de tiniebla.

El pálpito premonitorio que sintió el taita Patricio cuando los vio partir tenía sus fundamentos. El goce del sexo, que para ellos brotaba de un deseo natural, era tabú y fuertemente castigado por la moral del poder de la Colonia y la Regeneración. Los Capuchinos eran crueles y resentidos para condenar el concubinato. No parecían aguantar el placer en otros, y menos en ‘salvajes’, cuando ellos eran obedientes y castos con su sexualidad, a excepción de cuando por alguna debilidad de la carne algún fraile caía en el pecado y violaban a alguna india. Pero para eso estaban bien codificadas las leyes de la confesión y las lisonjas de la indulgencia.

Los frailes acostumbraban a hacer rondas nocturnas con sus faroles de petróleo y a la tercera noche la pareja de amantes fue delatada y sorprendida en la chagra del anciano. Como representantes de las élites conservadoras y del orden católico que se había instaurado, los Capuchinos tenían jurisdicción absoluta para castigar conductas contrarias a la doctrina ultramontana de la Iglesia. La intransigencia y la aplicación estricta de la doctrina eran un imperativo geopolítico impuesto por el obispo español Ezequiel de Pasto, el rasputín de la familia de Miguel Antonio Caro, en contraofensiva a la influencia de las ideas liberales del General Alfaro en Ecuador. Los Capuchinos eran los agentes descentralizados con licencia para reprimir severamente las conductas pecaminosas. Su deber era imponer los principios y las actitudes de la sociedad católica que desde los púlpitos acusaban al liberalismo de pecado. Esta radicalización de la retórica desata los peores demonios de intransigencia en los misioneros. En la instrucción para los sacerdotes Capuchinos se ordena el castigo del cepo contra el amancebamiento.

Al descubrir a Kamya, la reacción de desprecio del fraile Horacio es inmediata. La despoja de sus collares de chaquiras y le arranca con brusquedad su bella faja. La reconoció. “Es la hija del hechizero Patricio”, murmuró entre dientes. Los aucas como Patricio, eran chamanes curtidos, muy avanzados en el conocimiento de la cosmogonía amázonica y por eso temidos tanto por indios como por curas. Ya en oportunidades anteriores su poder de convocatoria había llamado a la desobediencia por los altos tributos impuestos por los curas a la circulación del comercio que subía del río Putumayo. La Orden tenía ahora bajo su dominio a una presa valiosa del contrapoder en los caminos del piedemonte. Serían implacables con el castigo. Veían la oportunidad de aplicar una pena ejemplarizante y vengativa. La lógica del castigo obedecía a la necesidad de controlar colectivamente con dispositivos disciplinarios que provocaran espanto y pavor físico en espectáculos públicos.

Ya próximos a que el helicóptero aterrizara en Santiago, y sobrevolando sobre una multitud de personas vestidas con exuberantes colores, centenares de indígenas se acercaban conscientes de la importancia del momento. Muyuy sacó un recorte de papel periódico, ese sí histórico, y me lo pasó. Informaba de una carta fechada en 1906 que dirigió el Intendente de Putumayo al Presidente de la República, en la cual registraba extensos abusos de las misiones religiosas, entre ellas la muerte por parte de un fraile de una india desangrada por los azotes “de una correa de cuero torcido y tieso que no debe usarse ni para las bestias”. En ese momento ya en tierra, Muyuy me dijo que no abarcáramos más, por ahora, sobre la calamidad del cepo, la tortura que finalmente mató a Kamya.

Se bajó del helicóptero con una publicación empastada en cuero de la Constitución de 1991, en la cual estaban plasmados los derechos constitucionales y legales de los pueblos indígenas como ciudadanos plenos, independientemente de cualquier credo o etnia. Quería entregarle esa edición a la biblioteca del pueblo como testimonio de una lucha de cinco siglos. La emoción pensando en Qata y Kamya no podía ser mayor.

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