Una noche en Estocolmo a ritmo de Soledad

Los judíos y los pescadores están en el mundo entero

Totó la Momposina cantará en homenaje al Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, con sus leyendas gitanas de tradición musical Caribe.

Totó es oriunda de Talaigua Nuevo, isla ubicada en el gran río Magdalena, muy cerca de Aracataca. / Archivo

Fue en 1982 cuando “los indios” se tomaron la Corte. Un año después lo escribió así, como bálsamo y sentencia, Sonia Bazanta Vides, la de muy lejos, allá en Mompox, la negra Bazanta Totó la Momposina. En aquel momento en su voz sonó una cumbia que entonaba Soledad, obra del cantautor Walberto Villamil Oduber, músico de Ciénaga y del Trío Los Inseparables de Aracataca, que parecía como un soplo de sol del “rincón de amor del Magdalena”. En sus pies el suelo se hizo enorme, uno que como el cielo esa noche vestía, blanco, y al vaivén de su cadera fue meciéndose una pieza, compuesta en 1960, que en la región escandinava, esa vez y para siempre, haría historia. 

La leyenda en vivo tono se mueve entre dos caras de una luna: Totó se soñó cantando en un alcázar y entre el concilio de la acústica y el eco, es muy posible que se haya cruzado el amanecer y la vigilia. Una semana después recibió una llamada en donde se le convidaba, por parte de Colcultura (hoy Ministerio de Cultura) a arribar pronto al Báltico para cantar al son del cuero en la ceremonia de entrega del Nobel, ese que recibiría el hijo del telegrafista, que por esos días, desde Ciudad de México, contestaba a plena gracia: “Todavía no he tenido tiempo de sentir nada”. Y fue así como, con el lamento Caribe en una noche de ensueño, ocurrió un evento premonitorio.

La fase en menguante relata que si aquel diciembre del 82, en el Gran Auditorio del Konserthusel, el cantar hubiera sido diferente al del maestro Escalona, los Hermanos Zuleta -escogidos por Consuelo Araújo-, al de Leonor González Mina “La Negra Grande de Colombia”, a las danzas del Ingrumá de Riosucio, a la música del maestro Quinitiva y a la de Totó la Momposina -selección sugerida por Gloria Triana-; García Márquez no hubiera recibido nunca, ni con su traje majo e inmaculado, el honorable premio. Si habría de romperse el protocolo, aquella vez y durante el postre, con tres minutos por región para el entremés polifónico, ante su majestad: he ahí lo que no es poco del folclor de Colombia. Una obra de literatura en su extrema cadencia.
Sesenta artistas entre músicos y bailarines se dieron paso uno tras otro y como hiedra cada ritmo se fue enredando con asombro y sutileza por todo confín del Ayuntamiento. Al término, luego del festejo en la recepción de un hotel y sin el Atlántico a bordo, escribió Totó sobre Estocolmo en la cuarta edición de El Pequeño Periódico a su regreso: “Yo, sin querer, me acordaba de Colón, de Isabel la Católica, de ‘los indios’ en la Corte que tanto me gustaba imaginar en los pupitres de la escuela”. Y seguía aquel rezo con una sala inmensa y descomunal. Ella nació en una llanura aluvial que alimenta el Magdalena, el corregimiento Talaigua Viejo, donde seis siglos atrás los indios malibús, pacabuyes o sondaguas se fueron resguardando antes de someterse al coloniaje total de blancos y mestizos.

Totó y Gabo se conocieron en la inauguración de la oficina de distribución de El Espectador en Barranquilla. Para ella, la gran cantadora, filosofía y arte eran licencia y querella de periodistas, lúcidos embriagados y bohemios. Sus relaciones permitían la bella suerte de divulgación de su caudal, los bailes cantados, porque la negra Bazanta, oriunda de la depresión momposina, que por oficio no antropóloga ni socióloga, se le nombra y reconoce por su trabajo de campo juicioso y dedicado, sabia y savia, excelsa guardadora de tradición musical africana e indígena.

García Márquez, para Totó, estaba en situación de entender toda la importancia de escribir las historias de la región, el escenario mágico que al paso de los gitanos dejó como manifiesto el bello edicto de convertir sus historias en mucho de lo que se entiende por la historia nuestra. Con alborozo así lo reza hoy la hija del tamborero: “Los judíos y los pescadores están en el mundo entero, y eso Gabo bien lo sabía. Él contaba la historia que en todas las culturas, de todos los pueblos, se ha escrito. Él contaba las Mil y una noches de un continente, el dolor del hombre en la tierra y hasta qué punto llega siempre su benevolencia”. De canoas, atarrayas y tabaqueros, esa noche, cuando “los indios” se tomaron la Corte, dice Totó: “Le estábamos mostrando al mundo lo que no sabía que existía”.

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