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Los libros mentirosos

Hay una tendencia entre algunos lectores de literatura: no leer ficción. A partir de la creencia de que lo que no es basado en hechos reales no es importante, se han descartado grandes obras.

Las novelas, independientemente de su género, constituyen una interpretación de la sociedad y de los individuos que la componen. Cortesía

La literatura es una expresión de arte; una de las tantas formas de dibujar el mundo y la sociedad; la fuente de conocimiento por excelencia; una intermediaria entre el ser humano y su propia realidad; mensajera de la historia y la cultura; transmisora de las creencias, los sistemas políticos y económicos; arquitecta de la memoria; portadora del baluarte de la identidad de las naciones y los individuos y espejo de las pasiones humanas. Esta vasta definición incluye historia, crónica, novela, poesía, ensayo, teatro y una variopinta colección de géneros clasificables de acuerdo con rigurosos estereotipos o también anarquistas, que se rebelan a ser encasillados dentro de parámetros preestablecidos.

Las novelas, en particular, independientemente de su codificación genérica, contienen reflexiones o narraciones verdaderas en unos casos, fantásticas en otros, pero, usualmente, constituyen una visión del mundo y una interpretación de la sociedad y de los individuos que la componen.

Mario Vargas Llosa, en su extraordinario libro sobre el liberalismo, o su “autobiografía intelectual”, titulado La llamada de la tribu (2018), define la novela como “una organización arbitraria de la realidad humana que defiende a los hombres con la angustia que les produce intuir el mundo, la vida como un vasto desorden”. Por eso siempre me ha llamado la atención la frecuente preferencia del ser humano por leer únicamente novelas históricas o novelas basadas en historias reales, o en leer biografías o ensayos exclusivamente porque lo demás no es real, no es importante.

Precisamente, uno de los episodios más famosos de la literatura es el escrupuloso escrutinio de libros que hacen el cura y el barbero de la biblioteca de Alonso Quijano, bautizado por él mismo como don Quijote de la Mancha. Según los implacables jueces, la locura de su amigo se debe a que ha leído tantas novelas de caballería que por eso se le ha trocado el juicio. Así, la única forma de evitar que el hidalgo continúe por el camino de la demencia es condenar a la hoguera aquellos libros mentirosos. Este episodio es uno de los tantos que hacen que Don Quijote de la Mancha sea una obra inmortal, no solamente porque constituye un extraordinario ejercicio y reflexión sobre la literatura occidental que circulaba en la España del siglo XVII, sino porque al mismo tiempo se convierte en una parodia sobre la necesidad universal del ser humano de leer novelas con historias verdaderas. 

Aunque la advertencia de que lo que se va a contar es verdadero (tópico literario muy barroco y un modelo referencial), lo que hace Cervantes es llamar la atención al lector de esta constante necesidad (o necedad) de leer cosas verdaderas. Precisamente, el afamado autor otorga a la narración una alta dosis de verosimilitud, tan común y necesaria en la literatura del Siglo de Oro español, pero al mismo tiempo nos presenta una sátira a esa tendencia a través del juego metaliterario —repetidamente estudiado y analizado por académicos de todos los tiempos— cuando ya estamos en la entretenida lectura del aventurero hidalgo y el editor nos advierte que estamos ante una historia escrita por un historiador árabe llamado Cide Hamete Benengeli.

Si bien esta tendencia discursiva ha evolucionado a través de diversos movimientos y tendencias literarias, el interés por las historias verdaderas ha sido una constante en la literatura, a pesar de que las novelas están llenas de narraciones que se alejan de los parámetros históricos o reales. Así, los moralistas ejemplifican y buscan dar lección a través de narraciones, por lo menos verosímiles. Tal sería el caso, por ejemplo, de Baltasar Gracián en su Criticón (1651-1657). Luego, en el Siglo de las Luces, donde prevalece la crítica a la sociedad a través de personajes literarios variados que representan tipos específicos, las narraciones se apartan de la advertencia de ser historias verdaderas por tener, precisamente, un fin ejemplar que destaque la razón humana como presupuesto ineludible de la Ilustración; un ejemplo de esta tendencia nos la da el mismo Voltaire con Cándido o el optimismo (1759).

Posteriormente, casi como necesidad de oponerse a esta prevalencia de la razón, surge el romanticismo que, con frecuencia, se aleja de la realidad al exagerar las pasiones y sentimientos de los individuos o los entornos de la naturaleza, como sería, por ejemplo, el caso de Goethe con Los sufrimientos del joven Werther (1774). Incluso la novela realista, que propende por una mímesis más exacta de la realidad del mundo, se aparta con frecuencia de los sucesos verdaderos. ¿Es Madame Bovary (1856) digna de ser desechada por ser un libro mentiroso? O ¿Ana Karenina (1877) se merece el despecho de los lectores por apartarse de los libros verdaderos? ¿Dónde queda Rojo y negro, del gran Stendhal, una novela que camina por los sucesos más relevantes de la historia posnapoleónica, a partir de sendas apasionadas y extrañas historias de amor? ¿Qué hacer con una de las experiencias más maravillosas como es la lectura de Crimen y castigo (1866)? O, ¿qué tal La señora Dalloway (1925) y sus múltiples voces internas y desordenadas?

En fin, no acabaría nunca de enumerar libros mentirosos porque la definición de historia es una de las más problemáticas y relativas de los estudios literarios, lo mismo que los alcances del concepto de verdad o verosimilitud. En ese sentido, resulta una labor titánica discriminar los libros mentirosos. La historia es pues relativa, los hechos verdaderos también lo son, ya sea en el ámbito colectivo o individual. La interpretación de los sucesos es, por lo general, una labor eminentemente subjetiva y justo por eso considero efímera y exigua aquella preferencia por libros verdaderos. 

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Mónica Acebedo

Cultura

Los libros mentirosos

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