Es mejor no preguntar

“Los niños aprendieron a ser niños de un modo distinto”

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En su más reciente novela, que se lanza hoy en el Gimnasio Moderno, Sergio Ocampo Madrid explora las relaciones y los nuevos paradigmas de la generación que muchos han bautizado como ‘millennials’.

Vínculos sociales frágiles, superfluos, desechables; nociones como la paciencia, la autoridad o la culpa, considerablemente mitigadas; una adultez rendida a los pies de una nueva infancia, pero también mentes brillantes e incluso unos espíritus más libertarios. Aquello sería un diagnóstico breve del recorrido que el autor Sergio Ocampo Madrid realiza por esa generación que han denominado “millennials” en su más reciente novela: Es mejor no preguntar.

En todo el libro no se menciona ni una sola vez la palabra “millennials”.

Sí, es intencional no mencionar la palabra millennials, por varias razones. Primero, porque yo no creo mucho en esas divisiones de tipo sociológico-antropológico que se inventan; entonces están hablando ahora de centennials, se habló de millennials, se habló de generación X... A mí no me convencen mucho esas divisiones tan taxativas; entonces, como no creo en eso, preferí ubicar temporalmente —porque sí está muy bien ubicado: él nace en el 90 y ella nace en el 93— para hablar más de una historia de amor del tiempo que vivimos, de una persona que tiene 25 años y otra que tiene 22. Aunque evidentemente sí hay un retrato, un bosquejo, una mirada sobre una generación particular, como le quieran llamar.

Si bien Jacobo y Nicoleta, protagonistas de la novela, sí están ubicados temporalmente, no lo están espacialmente. ¿Es a propósito esa no espacialidad?

Totalmente, porque es una apuesta, una constante en mis obras. En casi ninguno hay una ubicación espacial, pero en esta menos todavía, porque como las redes, el internet —que son una comunidad universal que no tiene tiempo ni espacio—, tienen cierto protagonismo, preferí jugar a un no lugar, a un lugar posible. Porque además siento que la gente joven de cualquier lugar del mundo se puede sentir identificada o puede por lo menos encontrar guiños.

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A medida que se van explorando los entornos de los protagonistas a lo largo de la novela, se va generando la idea de una noción de autoridad completamente desdibujada: unos padres acorralados, unos maestros con temor, por ejemplo.

La autoridad es uno de los temas centrales de la novela. Cómo hay una autoridad de los adultos completamente perpleja, indecisa, muy temerosa. Primero, porque estamos hablando de una generación brillante, una generación muy adelantada en muchas cosas, muy avanzada en la tecnología, por ejemplo. Que desborda cualquier límite, desborda muchos de los paradigmas conocidos, pero también porque creo que justamente esos adultos están ubicados en un momento histórico de una cantidad de rupturas y nuevas construcciones sociales sobre la forma de encarar la niñez, sobre la forma de entender la infancia. Hablo de una promulgación de unos derechos universales de los niños por la ONU, unos cambios económicos consolidados que exigen que los padres tengan que trabajar mucho más, con lo cual están menos tiempo. Hablo de una nueva sensibilidad particular hacia los niños de protección total; entonces los adultos que estaban acostumbrados a manejar una relación vertical de autoridad atraviesan una gran incertidumbre. Yo diría que los niños aprendieron a ser niños de un modo distinto, pero la parte más difícil les correspondió a los adultos que fue: entonces, ¿cómo somos adultos? ¿Cómo ejercemos autoridad? ¿Cómo hacemos guía y orientación a estos nuevos niños?

Entonces, ¿quiere decir que eran mejores los tiempos de antaño, con unos niños silenciados, obedientes, sumisos?

No, por supuesto que no. Yo creo que en ese entonces se generaron unas condiciones muy infames para la niñez, como precisamente niños mudos, niños invisibles, niños que aceptaban todo sin chistar. Nacimos en una sociedad como la colombiana donde todavía quedaba alguna importancia de la religión: estudiamos en colegios de curas o de monjas y en esa infancia adquirimos nociones de pecado, de falta. Pero yo no quiero valorar algo como positivo o negativo, sino mostrar simplemente el hecho de que cuando mis papás me educaron a mí, ellos tenían mucha claridad de cómo lo debían hacer, quizás equivocados en muchas cosas, pero con la mejor fe. Lo que yo veo hoy es, en esa ruptura, unos papás que dicen: “El modelo con el que me educaron a mí no funcionaba, pero es el único que conozco y estoy ante la realidad de una nueva niñez y de unas nuevas adolescencias también”.

Es usual que cada nueva generación se tilde de transgresora, de disruptiva. ¿Cree que hay algo en particular en esta generación que implique un profundo rompimiento?

Yo sí creo que, contrario a todos los otros momentos de la historia, en este sí se rompe esa ecuación eterna de que la juventud es muy bella, es maravillosa, es el estado más deseable, pero lo que nivela la vejez, o la adultez, es que tiene sabiduría, experiencia, conocimiento. Esa ecuación que implicaba que ser joven fuera un estado maravilloso ideal, pero ser adulto también tuviera sus condiciones muy positivas, yo creo que sí se rompe en este momento como en ningún otro. Porque el conocimiento es colectivo, inmediato, omnipresente; la sabiduría perdió valoración. La sabiduría entendida como amor por el conocimiento en sí mismo, no por el conocimiento que se puede instrumentalizar en ganar más dinero, en ser mejor gerente. Entonces, de alguna manera, la gente adulta pierde y se desequilibra esa relación. Eso sí creo que es un patrimonio de nuestros tiempos y está sucediendo ahora como nunca sucedió antes.

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En la novela también se ve muy ausente la noción de la culpa.

La culpa se mitigó muchísimo. En muchos casos, desapareció casi del todo porque ahora el paradigma es que el niño es el centro del universo: “Te amamos porque existes”, “eres maravilloso porque eres el hijo que habíamos deseado”. Por ejemplo, la noción del esfuerzo también sufre un detrimento, la noción de la paciencia. Cuando yo era niño tenía que esperar hasta Navidad para los regalos que ansiaba y esos regalos dependían de mis desempeños a lo largo del año. Yo no sé si eso era mejor o peor que esto, pero en mi caso funcionaba, era un estímulo para sacar buenas notas.

¿Y no será que esas nociones se han transformado y han generado una visión distinta de los largos plazos? O, por ejemplo, una generación que ya no vino al mundo a pasar jornadas laborales de más de ocho horas en una oficina…

Puede haber unos espíritus más libertarios y eso me parece interesante. Pero hay un inconveniente central y es que después de la caída del comunismo el único modelo de sociedad posible que queda es el capitalismo. Y desaparecido el comunismo, el capitalismo se hizo más brutal que nunca; entonces estos chicos libertarios están entrando a jugar en el más perverso de los modelos económicos. Ahora, como cada quien ha tenido una educación tan centrada en sí mismo, también creo que hay un egoísmo generacional y eso choca con el espíritu libertario. Pero además hay otra cosa que puede estar relacionada con el origen de ese nuevo deseo de “vivir intensamente” y que es otro sello de esta generación: una convicción fatalista de que todo se está acabando. El agua, los recursos, la capa de ozono y además una enorme cantidad de contenidos publicitarios y documentales de Nostradamus y el fin de los tiempos. “Hay que vivir intensamente porque esto se va a acabar”.

Pero, a pesar de ese egoísmo que señala, ¿no es justamente esta generación la cuna de grandes movilizaciones por los derechos —en las cuales han tenido un importante papel las redes— que demuestran profundo interés por el otro?

Sí, claro, gracias a redes tuvimos Primavera Árabe, hemos tenido grandes movilizaciones, gestos de solidaridad, y las redes posibilitan eso. Pero las redes también posibilitan el enjuiciamiento y el escarnio público, por otro lado. Y también posibilitan el ensalzamiento al ego personal. Además, hay que ubicar a los personajes de la novela en una clase social muy alta. Una clase muy privilegiada. Yo no pretendo desconocer que millones de niños en el mundo entero la pasan muy mal, millones de adolescentes se están esforzando horriblemente para poder sobrevivir.

¿Cuál es el papel que juega la tecnología dentro de la novela?

Hay muchas formas en las que la tecnología irrumpe y cambia todo: el hecho mismo de poder contar cuántos amigos tiene uno en la mañana y en la noche hacer un balance de si tiene más o si tiene menos. El hecho de poder borrar virtualmente a alguien de tu vida, el hecho de poder terminar una relación por medio de un mensaje de WhatsApp. El hecho de tener citas expeditas sin tener que esforzarse demasiado simplemente poniendo tu nombre en una red en una aplicación y que ahí te diga quién está cerca, lo cual deriva muy a menudo en sexo, lo cual no tiene absolutamente nada de malo. Pero sí cambia cosas a las que nos habíamos acostumbrado y que tenían una alta valoración desde el romanticismo, como la seducción, la conquista, los chocolates, las flores. Eso tiene muchas ventajas, pero también tiene sus costos. Yo creo que las relaciones entre los seres humanos se hacen mucho más superficiales también, menos exigentes. Se hacen mucho más esporádicas y desechables.

¿Por qué es mejor no preguntar?

Porque frente a todo este estupor, toda esta incertidumbre que tenemos de cómo vincularnos unos a otros, la mejor respuesta termina siendo “es mejor no preguntar”. Porque cuando tienes que ejercer autoridad y pones en la balanza el hecho de que tienes una responsabilidad como padre, o como profesor o como adulto responsable que debe guiar, que debe orientar, pero al mismo tiempo estás poniendo en el otro lado la cuestión emotiva, el hecho de que te pierdan cariño, se generen fricciones, entonces a veces esa encrucijada se resuelve mejor con un “es mejor no preguntar”. Como cada quien está tan centrado en su mundo, hablo de la gente joven, a veces cuando el otro tiene problemas quizá sea mejor no preguntar. “Pasémosla bueno, estemos bien, estemos rico”.

 

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