Los pozos artísticos de Catar

Encabezado por Al-Mayassa, una de las hijas del jeque, el país oriental invierte cerca de US$950 millones al año en obras de arte.

Al-Mayassa es directora de la Autoridad de Museos de Catar y del Instituto de Cine de Doha. / Reuters

De Catar se sabe que tiene dos millones de habitantes, que sus reservas de gas y petróleo lo han convertido, dice la revista Forbes, en el país de más copiosas riquezas per cápita; se sabe también que está gobernado por la familia del emir Tamim Al Zani, heredero de Hamid Al Zani, que está vivo y habla fluido en inglés y francés; se sabe que sólo el 15% de sus habitantes en Doha, la capital, son nativos y el resto son expatriados e individuos de fortunas de ocho dígitos o más; se sabe que la economía de Catar se sostenía, hace cinco décadas, de los dátiles y las perlas y que hoy es el país con mejor desarrollo humano en el mundo árabe.

Sus riquezas provienen de la explotación de sus recursos y luego son visibles en el patrocinio de equipos de fútbol (durante cinco temporadas invirtió US$233 millones en el Barcelona), la adquisición de acciones en empresas extranjeras (a través de la Qatar Investment Authority compró 5% de la filial brasileña del Banco Santander) y en la construcción de rascacielos de variopintas formas que niegan cualquier existencia del desierto, de la aridez del suelo dorado.

Desde 2008, una nueva materia se incrustó en los intereses de la familia real. Por entonces fundaron el Museo de Arte Islámico, un edificio de piedra blancuzca creado por el arquitecto I. M. Pei. Fue por ese tiempo también en que una de las hijas del emir, de nombre Al-Mayassa bint Hamad bin Khalifa al-Thani, conocida sólo como Al-Mayassa, trajo a Doha el Festival de Cine de Tribeca. “Doha es mucho menos llamativa y más sustancial que muchas de las ciudades árabes —dijo Nancy Schafer, coproductora ejecutiva del festival, al New York Times—. Están desarrollando cultura”. En dicho desarrollo, año a año, Catar fue mostrando resultados que obligaron a coleccionistas y galeristas a fijarse en su terreno: la familia real, encabezada por Al-Mayassa, comenzó una gruesa adquisición de obras, sin importar sus precios.

Al-Mayassa, directora de la Autoridad de Museos de Catar, ha llevado dicha actividad a niveles similares y en ocasiones superiores a ciudades con larga tradición de compra de arte como Londres, Nueva York y París. Aunque las ciudades con más ingresos por subastas, de acuerdo con el más reciente informe de la firma Artprice, son Nueva York, Londres y Pekín (China ocupó el 41% del mercado mundial de arte en 2012), Doha presenta cifras altas para un actor que apenas se inicia en este entorno: entre julio de 2012 y junio de 2013 obtuvo US$8,6 millones en ventas. Artprice no registra cifras de 2011; por entonces, Catar no había adquirido, por US$250 millones, el cuadro Jugadores de cartas de Cézanne: la cifra más alta por una pintura en la historia del arte.

Dichos números muestran que Catar es un territorio todavía desconocido para los marchantes de arte. Las firmas de subastas Sotheby’s y Christie’s, que lideran las ventas de arte en el mundo (cuyas sedes están en más de 30 países), abrieron oficinas en esa ciudad en 2008. Dos antes habían comenzado subastas en Dubái, capital de Emiratos Árabes Unidos, en donde se venden cerca de US$5,9 millones en arte contemporáneo al año. Aquellos mercados, aunque aún en una etapa escolar, resultan atractivos para las casas de subastas y para los artistas; los gobiernos de ambos países están invirtiendo en infraestructura y capacidad humana para expandir su influencia en dicho terreno.

Catar, por ejemplo, invierte cerca de US$950 millones al año —aunque la cifra es apenas una estimación, dado que la familia real mantiene esas cifras en privado— y este año presenta una retrospectiva Relics de Damien Hirst, el artista británico que más ventas cosechó en el período de explosión del arte contemporáneo, entre 2006 y 2008. La familia real, de hecho, adquirió las obras Pharmacie y Untitled A, ambas de Hirst, por US$830.000.

Por esa razón, dos semanas atrás la revista Art Review señaló a Al-Mayassa como la mujer más influyente en el mercado del arte. No sólo porque sea directora de una institución que, hechas sean las cuentas, posee un corpus de obras artísticas de Occidente y Oriente que han permitido que sus museos y centros culturales empiecen a situarse en las primeras categorías; además, su presupuesto anual total —esto también hace parte de la estimación— se acercaría a los US$1.000 millones. Al-Mayassa también está convirtiendo a Doha, con ayuda de expertos como Jean Paul Engelen y Edward Dolman, exdirectivos de Christie’s, en un punto de partida del mercado del arte, a pesar de que allí la producción de obras sea muy baja.

“Por otra parte —afirma Artprice en su informe—, el nivel de calidad crece y determinadas obras subastadas en Doha son claramente dignas de ser presentadas en una gran venta neoyorquina”. De este modo, pues, Catar no sólo amplía su oferta de arte occidental (lo que permite su conexión con los mercados tradicionales), sino que se fija también en la producción regional. Catar mira hacia adentro y hacia afuera del mismo modo que China, cuyos artistas —entre ellos el conocido Ai Weiwei— aparecen en los primeros lugares de los más vendidos (ver infografía).

¿Cuál es la fórmula de los cataríes? El encubrimiento de las cifras, dice El País de España, apunta a que la familia real prefiere dejar dicha receta en sus arcas, resguardada de toda posible ambición. En Oriente Próximo existen 4.600 personas con fortunas iguales o superiores a los US$30 millones, capaces e interesadas en adquirir obras de arte. Los números en regiones como Asia y América Latina superan esa cifra casi por diez veces. Sin embargo, es en Catar donde nace un mercado continuo, ampliado por las expectativas y al parecer indemne a la crisis mundial, que tanto afectó las arcas de Londres y Nueva York en 2008. En 2014, Catar abrirá el Museo Nacional, creado por el arquitecto Jean Nouvel, y entre sus más queridos centros están el Museo de Arte Moderno y el Museo de Arte Islámico.

Warhol, Bacon, Lichtenstein: las paredes de los museos de Doha contienen parte de la riqueza pictórica de Occidente. Quizá pronto puedan sentarse, frente a frente, a la misma altura, en el fangoso territorio del arte.

 

 

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