Los Rolling Stones, sobreviviendo a todo

Este jueves hace 50 años se presentó por primera vez la agrupación británica. Para celebrarlo asistirán a la exposición fotográfica conmemorativa, ‘Rolling Stones: 50’, en la sala Somerset House de Londres.

La canción comienza. Es un blues desgarrador conducido por una guitarra que da giros sobre sus propias notas. Va tranquila. Sin afanes. Entra luego una voz que sirve para vehicular el mensaje: “Bueno, mi madre le dijo a mi padre/ Justo antes hmm, de que yo naciera:/ ‘estoy esperando a un niño./ Él será, él será, una piedra rodante’”. La guitarra avanza soltando sus notas como estocadas. Siempre triste, el blues. Siempre blues.

El que canta es Muddy Waters. Las notas que salen de su guitarra saben traspasar hábilmente las barreras geográficas de su Mississippi natal, navegar todo el Atlántico y arribar con comodidad a una juventud inglesa cansada de la música prefabricada. Waters, también, y como si todavía no hubiera hecho suficiente, llegó a esa tierra de reyes e inspiró el nombre de la banda más grande de todos los tiempos: los Rolling Stones.

Hay una verdad bíblica detrás de todo esto: al principio, aparte del blues, no existía nada... Sobre todo para cuatro jóvenes: Mick Jagger, Keith Richards, Brian Jones e Ian Stewart. Se presentaron un día como hoy, hace exactamente 50 años, en el Club Marquee de Londres, firmando a punta de piano y guitarras una leyenda que todavía hoy respira.

Los Stones para ese entonces tenían el blues inyectado en las venas. Lo estudiaban durante días. Iban tocando de bar en bar, paseaban por el Reino Unido, dormían en la camioneta de Stewart o regresaban a Londres cansados, a las cuatro de la mañana, tal y como lo registra Mark Hayward en The Rolling Stones en el objetivo. Hacían versiones de otros artistas. Refinaban el sonido, esperando a escribir el siguiente capítulo.

Tenían, además, algo que el público adoraba. Una mezcla entre la lucha estadounidense, la idiosincrasia inglesa y un elemento desconocido. “Era la actitud con que lo hacían. Jagger cantando con ese micrófono y haciendo que los padres lo odiaran. Porque sabía que si lo odiaban, sus hijos lo amarían. Un tipo astuto”, dice Roger Daltrey, vocalista de The Who.

Fue sólo hasta 1964, con su versión de la tremenda Little Red Rooster de Howlin’ Wolf, que estos jóvenes obtuvieron un reconocimiento público mayor. Una felicidad momentánea, ya que el reto musical se les volvía cada vez más grande y, acaso, inmanejable. Componer una canción propia (no la primera, pero sí la famosa) era una salida lógica pero peligrosa. Sólo si surgía una genialidad la balanza del destino se inclinaría hacia el lado de la inmortalidad.

Darle al blues hasta descifrarlo por completo llevó a Keith Richards a soñar con él. Con un ritmo algo extraño que tuvo la suerte de ser grabado en medio de la inconsciencia de la noche. Era un riff sencillo, magnífico, que, acompañado luego de la provocadora voz de Mick Jagger y del retumbar de Charlie Watts en la batería, le gritó a la juventud de la década de los 60: “Miro mi televisor/ Y un tipo viene a decirme/ Cuán blancas pueden ser mis camisas./ Bueno, él no puede ser un hombre porque no fuma/ Los mismos cigarrillos que yo”.

(I Can’t Get No) Satisfaction se trepó en los anales del rock y los Stones fueron pasando de los teatros a los grandes estadios. De los grandes estadios a la eternidad. Satisfaction es, en primera medida, un himno que muestra la inconformidad de la juventud. Tiene una letra sensual, contestataria, que llegó a Estados Unidos (como de rebote, cruzándose en reversa el Atlántico) y se instaló en el primer lugar.

“De ahí en adelante, las canciones de los Stones serán fieles a su imagen pública de camorreros, de buscapleitos enfrentados de forma permanente con la autoridad”, escribe Manolo Bellón. La carrilera del éxito los convirtió en “la mejor banda de rock and roll del mundo”. La bellísima Ruby Tuesday, la asombrosa Paint It Black o la enérgica Jumpin’ Jack Flash, son muestra irrefutable de lo que estaba sonando en el mundo del rock por esos años. Un referente obligado para entender qué significa el género.

El tiempo pasa y los Stones se van transformando. Van perfeccionando su sonido. Van volviéndose, cada vez más, ellos mismos: la autodestrucción, las drogas, el alcohol, el sexo, la sublimación de un espíritu incontrolable. “The Rolling Stones —continúa Bellón— es el grupo blanco que mejor emuló el sonido negro y que mejor encarnó las tripas, lo visceral y lo esencial del blues y del rhythm and blues”.

Sobreviviendo a todo

Pese a los innumerables éxitos musicales, no todo fue un camino de rosas en la vida de los Stones. El pacto con el rock and roll supuso un matrimonio que, a veces, ni la misma muerte pudo separar.

La muerte, en efecto, fue ese primer obstáculo. La década de los 60 terminaba, y con ella se venía un período oscuro que le dio sepultura al “poder de las flores”. Como lo atestigua el documental Las siete eras del rock, la escena de la contracultura estaba siendo destrozada y pronto sus principales exponentes se extinguirían. Janis Joplin, Jim Morrison y Jimi Hendrix morirían en unos años. Los Beatles se desintegrarían para siempre.

Los Stones parecían haberlo previsto: “Oh, una tormenta amenaza mi vida hoy/ si no consigo un refugio pronto/ oh, me voy a desvanecer./ La guerra, niños, está a sólo un tiro de distancia/ a sólo un tiro de distancia”. Gimme Shelter fue la canción que los salvó, y, de paso, al rock and roll.

Las tragedias, sin embargo, no se detuvieron. El 3 de julio de 1969, Brian Jones, fundador de la banda, murió ahogado en su piscina en circunstancias que aún hoy despiertan suspicacia. Jones era un hombre que para el momento estaba acabado por la droga y el alcohol, “en una especie de rebeldía caprichosa, infantil, muy poco productiva”, como le confesó Andrew Loog Oldham, mánager en los inicios de la banda, a Andrés Caicedo. Y para rematar, en diciembre de ese mismo año un joven murió apuñalado en el concierto gratuito de Altamont, California, a manos de los violentos Hell’s Angels, la seguridad privada que los Stones habían contratado. La pena y el remordimiento quedaron purgados en el documental Gimme Shelter (1970).

Los Stones se convirtieron en un símbolo de destrucción. En Sus Satánicas Majestades. En un blanco fácil para la censura. Pasaron a ser llamados “la banda más peligrosa del rock and roll”, como asegura Keith Richards en Life, su exquisita autobiografía. Representaron todo lo que podía molestar a los adultos, al establecimiento, a los defensores del orden. Ni la censura, ni las condenas en la cárcel —que, por supuesto, no cumplían—, pudieron detener su éxito.

Nada puede parar a las Piedras Rodantes. Eso es lo más hermoso. No importa que a Charlie Watts le diagnosticaran cáncer de garganta en 2004. Simplemente frenaron todas sus actividades y esperaron a que el destino les sonriera. Y lo hizo: en 2005 grabaron, con Watts pegado a la batería, el disco A Bigger Bang. No importa que la vida entera de Keith Richards sea una contraindicación médica. Él sigue vivo contra todo pronóstico. No importan sus riñas personales (si la realeza le dio a Jagger el título de Sir, aunque a Richards esto le molesta). Siempre se arreglan.

Si hay algo que haga a los Stones la representación viva del rock es justamente eso: parecen una de esas bandas de garaje que no se detiene. Los Stones, hoy conformados por Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood y Charlie Watts, dan la apariencia de que no fueran a acabarse nunca. Tal vez sea ése su elemento desconocido. “Si me enciendes/ si tú me enciendes/ nunca más pararé”, dice la letra de Start Me Up. Hasta el sol de hoy, cincuenta largos años después, sigue siendo verdad.

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