Entre líneas

Los sabios idiotas

Dos años después de su muerte vengo a conocer a Oliver Sacks, el neurólogo inglés que pasó casi toda su vida en Nueva York atendiendo a personas condenadas a estar al margen de la sociedad por lunáticas o idiotas, como dirían algunos. O, mejor, por no encajar en el tipo de inteligencia que se necesita para pertenecer a un sistema y producir.

Archivo particular

Pero Sacks se sentaba a hablar con ellas, a entender por qué un hombre confundió a su mujer con un sombrero, por qué un par de gemelos conversaban no con palabras sino con números primos de seis, ocho, diez cifras, o por qué una mujer desahuciada tenía visiones del lugar de su infancia, como si la muerte fuese un pasaje a la India. “Nuestras valoraciones, nuestros enfoques, son ridículamente impropios. No nos muestran más que déficits, no nos muestran potencialidades”, escribió el profesor.

Él mismo hablaba de su timidez como una enfermedad. También padeció de prosopagnosia, o ceguera de rostro, la que sufría el paciente que le dio nombre al libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (Anagrama), en el que reúne varios de los casos más extraordinarios que hablan de la conciencia humana, del “trastorno como seducción”.

Uno de los casos más interesantes es el de una mujer incapaz de abrir una puerta con una llave o de ponerse la ropa al derecho, pero sumamente sensible con el lenguaje: “el lenguaje del sentimiento, de lo concreto, de la imagen y el símbolo, formaba un mudo que ella amaba, y en el que, en una medida considerable, podía entrar”. Ella necesitaba la poesía como alimento, era su realidad. Recordé el caso de un amigo, aparentemente inútil para trabajar, que decía “yo hago el trabajo más difícil, que es pensar”. El hombre era un poeta sin ningún interés en publicar y que se podía tomar cinco años en escribir una página de versos.

Al hablar de “los simples”, Sacks resaltaba lo concreto y puro de lo simple, lo concreto como “una puerta de acceso a la sensibilidad, la imaginación, la profundidad”. El mundo, al ser visto con esta intensidad, se enriquece con lo simbólico.

Entre las historias vemos a un hombre sin día anterior. Un hombre que ha perdido la memoria, sin anclaje en el tiempo. Sacks recuerda a Buñuel, que decía: “Hay que haber empezado a perder la memoria, aunque sea sólo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida”. Surge la pregunta: ¿sólo se tiene un alma, un yo, en cuanto se recuerda? Tal vez no, tal vez “un hombre no es sólo memoria”, sino que, como otro de los pacientes de Sacks, pueda inventarse a diario un yo para elaborar sentido cuando el resto del mundo parece haberlo dejado en una isla, separado, condenado a muerte por ser tan “simple”.