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Los segundos días (Cuentos de sábado en la tarde)

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Nunca pensé que podría sentir una soledad semejante. Es difícil de expresar, pero supongo que el no saber si al estar solo en casa me siento más aislado que errando por las calles ayuda a dar una idea de la condición. Es como si la total ausencia de alguien con quien hablar me absolviera de una extraña presión; profunda, instintiva.

El hecho es que en esta ciudad ajena sólo soy un espectador, visible pero inabordable. Incluso las incomprensibles disculpas de quien tropieza conmigo al doblar la esquina parecen un distante eco proveniente de un mundo aparte.

Vale aclarar que esto no se trata de una desolación. En lo más mínimo. De cierta forma es lo único que supe anticipar cuando decidí sembrar una distancia con el mundo que había construido a mi alrededor, buscando huir de expectativas, distracciones e inseguridades. Mi ingeniosa adición al eterno cliché de partir a un confín distante del planeta sin dejar rastro parecía infalible. El éxito, sin embargo, se ha limitado a un plano físico. En retrospectiva siento que fui un poco ingenuo al no tener en cuenta cierto bagaje interno del que es mucho más difícil despojarse, y que tiende a pesar considerablemente más.

Recordando lo extraños que se sintieron al principio los segundos días, se me hace portentoso que haya podido pasar tanto tiempo. Con los segundos días me refiero a esos que vienen después; no los iniciales —aquel desembarque ante un sinfín de expectativas y posibilidades que tiñe todo inicio de descubrimiento, asombro, y un reverberante surrealismo—, sino aquellos que vienen después, cuando esa manía humana de desmaravillarse con lo que nos rodea se asienta y enjuaga las previas novedades de tenue normalidad. Los segundos días.

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Es al ceder esa marea que nos encontramos, irónicamente, de vuelta en el mismo sitio, aunque estando en otro lugar, ante una relativa desilusión. ¿Qué cambió en realidad? Soy la misma persona. El contexto sólo nos define cuando se le da el tiempo justo para hacerlo, pero afortunadamente no es una reinvención o un renacimiento lo que vine a buscar. No es esa la razón por la que un mapa sobre la mesa (sí, a la antigua) y un listado de idiomas distantes al mío, juntos me hicieron decir “aquí”.

El caso es que una vez relativamente familiarizado con mi nuevo entorno, comencé a buscar espacios donde dejar que la inspiración me alcanzara. Deleitándome con la callada introspección, busqué historias en los canales al atardecer, en el caer de las hojas a mi alrededor; pasé horas tratando de leer tragedias y desamores desenvolverse ante mis ojos en las plataformas del tren. Siempre he tenido esa debilidad por querer encontrarme en medio de una escena pintoresca, pero en el momento de la verdad, su función es puramente estética. Cuando de inspiración real se trata, hasta ahora no ha dado frutos.

Pensé que ya aquí las respuestas se las arreglarían para encontrarme, pero pasan los días y el progreso aún no se manifiesta. Sí, he logrado aislarme con mis pensamientos, pero el bloqueo permanece, y todos los caminos que recorro se estrellan con barricadas sin desenlaces. ¿De qué me sirve haber acumulado vivencias, conocimientos, ideas y sentimientos si lo que constantemente me elude es la habilidad para empuñarlos?

Supongo que continúo caminando con la intención de capturar esa fascinante habilidad humana para crear estructuras útiles a punta de arbitrarias banalidades. Como cuando, más allá de panaderías o peculiares portones, entre grafías ininteligibles y señalizaciones desperdiciadas, la Ariadna en mi mente teje con sutiles detalles un hilo que no puedo zafar. Si pudiera entender esa fórmula del pensamiento, podría llevarla de vuelta a casa y así dar sentido al desorden en mi cabeza. Pero sigo: cada vez más cuadras y cuadras —nuevas, desconocidas— en busca de algo que llevo dentro, pero que mi mente se niega a revelar.

También por eso trato de evitar al máximo hablar con las personas. O, pues, entablar algún tipo de comunicación que termine por ligar sonidos ajenos a palabras propias y desencadenar una decodificación que eventualmente dé sentido al rumor que me rodea. La gente distrae, yo incluido. Ese era uno de mis principales impedimentos antes de venir, esa habilidad para materializar interrupciones a punta de interacciones banales. Aislarme aquí —o más bien, así— es la única forma de mantenerme libre de un ruido inhibidor; pero si mi mente puede ubicarse en calles extrañas con semejante rapidez, con certeza el tiempo le permitirá orientarse en frases foráneas. No puedo confiar en ella.

Es más fácil de lo que uno creería, no dirigirle la palabra a otro ser humano, al menos en este país de miradas esquivas y silencios severos. Navego los días con suficiente prudencia como para evitar encontrarme en la necesidad de asistencia o indicación. Me desplazo únicamente a pie con todo el tiempo del mundo, y una vida de asimilar las imágenes, colores y códigos que conforman el cada vez más universal lenguaje de los productos, me permite conseguir todo lo que necesito en un mercado a un par de cuadras. La prueba y error se encargan de corregir cualquier descache.

Sin embargo, debo confesar que en contadas ocasiones he cedido a ese llamado que, por razones que escapan mi comprensión, nos hace ansiar la más remota conexión humana. Ese mismo que encuentra perfiles y semblantes en las vetas de la madera y en las manchas en la pared. Sé que me fui sin decir nada a nadie para evitar ser alcanzado, pero una parte de mí siente que un pequeño respiro de vez en cuando me mantiene sosegado, evita que me tome por sorpresa el impulsivo reflejo de una caótica bocanada.

En las noches más quietas me siento en el balcón que mira hacia el canal y, absorbiendo el olor del agua que de abajo se eleva o de arriba se avecina, contemplo las pocas estrellas que lo primero refleja o el resplandor naranja que lo segundo disemina. Suelen ser también noches así las que mi vecino elige para permitirle a sus silencios retumbar más allá de cuatro paredes. Desconozco casi todo sobre él, salvo que vive en el apartamento de al lado y que recibe ocasionales visitas por parte de quien creería es su nieta; a veces un fugaz aroma a remolachas se escapa por su puerta entreabierta buscando revelar detalles que preferiría no intuir. Aunque no pronuncio una sola palabra, algo en mí —tal vez el ligero llamado latente de una ausencia de antipatía— parece invitar al viejo a hablar.

No son las facciones de su cara las que me revelan su avanzada edad —las penumbras parciales nos permiten compartir un refugio del tiempo al borrar toda seña de su pasar—, sino el rugoso bagaje que arrastra su voz. No está particularmente gastada: refleja al vibrar el uso habitual que una persona social le ha dado a lo largo de décadas, pero la carencia de ciertas cicatrices que el tiempo podría infligir delata a un hombre con la inusual habitud de callar para oír y ponderar antes de hablar. Es extraña, la perspectiva que nos da desconocer cada mensaje, cómo nos permite inspeccionar minuciosamente el canal.

Las palabras se elevan de lo más profundo de su ser en un pausado andar. Los silencios dispersos ya no revelan las reflexiones que anticipan perspicaces réplicas, sino un paseo sin afanes por senderos que, aunque han sido recorridos incontables veces, parecen ser detallados por primera vez. Como con la melodía de una caja musical que tras algunas revoluciones experimentales cobra sentido, pronto me encuentro sumido en un inescapable ensueño.

Su padre nunca entendió las razones para no ser bautizado con el nombre que por generaciones habían portado los primogénitos en su familia, pero sí se encargó de siempre atribuirle a esta grave inadvertencia parental toda la mala fortuna que sufrió en la vida. Era por esto que su hijo, mi vecino, llevaba dos veces el mismo nombre del abuelo, con el del abuelo materno entre los duplicados como mayor medida de seguridad.

Una infancia sin carencias ni lujos en una tierra donde era difícil aterrizar en cualquier tipo de intermedio fue por ende sólo escasa en ocurrencias extraordinarias. Esto fue, claro, hasta el día en que arribó el mayor castigo al que el destino sometió a aquel padre que no compartía su nombre ni el de sus ancestros. Su mayor dolor era que las memorias más vívidas de su madre se opacaban más allá del mar de lágrimas que su muerte desató, y que, con el pasar de los años, la inclemente marea las difuminaba cada vez más en la promesa de un bosquejo. Eran noches como esta, en las que el aire se cargaba de humedad, que mejor le devolvían un intento de recuerdo, asistidas siempre por el olor de las remolachas que nunca pudo ni quiso resignificar.

Relatos así son los que ese fluir de palabras, que no logro —ni busco— discernir, proyecta en mi mente. Mis ojos, aunque abiertos, son ciegos al callado y cauteloso navegar de una embarcación en el canal. No reciben la escasa luz que las aguas ante ellos distorsionan, sólo ven materializarse capítulos y personajes de una historia que un idioma universal más allá de lenguas evoca. Al culminar sus relatos, tal vez habiendo saciado la nostalgia, o no queriendo sufrir los efectos secundarios que su abuso advierte, reanuda su silencio. Nos quedamos ahí sentados, cada uno en su balcón, dos lados de un puente levadizo que une soledades distintas y que está a punto de alzarse una vez más.

En las mañanas que suceden estas breves interacciones —si es que mi imperceptible aporte permite llamarlas así— me despierta una vigorosa motivación en lugar de la luz que se escabulle entre las persianas de madera. Mientras el día se posa sobre mí en tajadas, escribo con afán para capturar los elusivos retazos de sueños inspirados por la noche anterior que el batir de mis manos no hace sino disipar aún más como el humo de una vela.

Para cuando los detalles que brindaban cualquier sentido de coherencia se han esfumado sin dejar siquiera la esperanza de ser recobrados, me encuentro con un reguero de palabras confusas que, ante una conciencia ahora libre de sopores, en lugar de sentirse como una hazaña, deletrean mi persistente frustración. Otra luciérnaga tomada por astro lazarillo. Sin embargo, a pesar de tantos meses que llevo aquí, estos momentos de inspiración lúcida aún logran motivarme. La ausencia de claridad deja por lo menos la voluntad de querer buscarla.

Me echo boca arriba en la cama destendida, tratando de reducir al máximo la captación de mis sentidos. El blanco del techo que entra por mis ojos y el de las sábanas que rozan mi cuerpo parecen homologarse, y por breves instantes puedo sentir el esfuerzo que mi mente hace por recordar. Un leve jalón en la frente se va focalizando hasta que escapa de la conciencia migrando por mi cráneo y se funde lentamente en mi nuca. Alcanzo el cuaderno en la mesa de noche y me volteo a leerlo una vez más, tratando de dar sentido a los eventos que ahí mismo acontecieron cuando la luz era otra. Vanidosamente repaso incontables veces los breves pasajes que, más allá de lograr rescatar, plasmé de manera excelsa. Me regocijo con los pincelazos de mis palabras y algo parecido al orgullo comienza a burbujear, hasta que la idea de nunca poder ir más allá de unas cuantas líneas me hace cerrar el cuaderno con un triste sinsabor.

Se habla mucho de la ansiedad que genera la página en blanco, pero la triste verdad es que son mucho más lacerantes las decenas de hojas llenas de caminos a medias que no conducen a ningún lugar. Testigos de incontables horas fútiles, un extenso hilo de tinta malgastada doblado sobre sí mismo. Me hacen sentir que, con cada día que pasa, el esfuerzo de escribir se hace más evidente, como si las palabras, en lugar de fluir de la pluma, debieran ser talladas en piedra, una por una, letra por letra —serifas y todo—, cada frase más extenuante y menos prolija que la anterior.

Este sentimiento me ha llevado a procurar buscar fuentes alternativas de inspiración por las calles. Me he sentado en las plazas y avenidas más concurridas, intentando acentuar mi aislamiento para ver si mi cerebro, entre el caudal de multitudes con las que se sabe incapaz de comunicarse, focaliza sus esfuerzos por hacerlo a través del único medio presente (el cuaderno en mis manos), y de paso remueve los filtros que habitualmente lo inhiben para expresar lo que inconscientemente desestima.

En otras ocasiones inspecciono detalladamente las piezas que conforman la obra de arte que es esta ciudad esperando encontrar en ellas algún residuo de inspiración que sirva de estimulante. Cuando me siento ante el monumento, mi escritura se torna más ornamentada, como si la heráldica en el bronce y el mármol me impregnara con su esencia de tiempos pasados, haciendo así más perenne la hazaña del artista, que aquella de quien este supuestamente inmortalizó. Esta última idea despierta en mí aún más ambición y potencia mis ridículos sueños de poder trascender a través de una obra —aún inexistente— la tiranía del tiempo, la incertidumbre de la nada.

La catedral, por el otro lado, me llena de intriga. ¿Se necesita de veras estar en fuerte sintonía con un mensaje celestial como para resignificar martirios en pilares, castigos en bóvedas, y palabras en dorados campanarios de forma tan inspirada? Admito que, en mi presente vulnerabilidad, el imponente mármol rojizo parece susurrar respuestas, algún tipo de solaz para almas a la deriva; un llamado que explicaría muchos de los indescifrables actuares que han llenado páginas de historia.

El único sitio que podría decir ha logrado un verdadero impacto es una simple banca mirando al río que da su espalda a la catedral. En incontables ocasiones visité este parque buscando toparme con la misma musa que en siglos pasados inspiró poemas en su honor. La mayoría del tiempo, sin embargo, sólo logré sentirme como el protagonista de aquellos versos: vagando sin sentido, obsesionado con un sueño inalcanzable.

No sería sino hasta un reciente mediodía de invierno que el verdor oculto revelaría el verdadero encanto de este lugar. La densa capa de nieve fresca, inmaculada, cubría la totalidad del parque. La luz del sol, usualmente tímida en estos cortos días, se reflejaba reverberante sobre la blancura que, junto al río congelado, encandelillaba más de lo que los picos y domos dorados a ambos lados del caudal podrían en un verano entero. El destello marcó en mí —brevemente, como su indicio en mi retina— el sentimiento de la inspiración, una sensación que sólo había encontrado verdaderamente en otro espacio de esta ciudad durante los últimos meses. Conectando los puntos pensé en mi balcón y sentí que tal vez, después de todo, podía haber algo de esperanza.

* * *

Hace unas semanas murió el hombre de al lado. Aunque nuestros «intercambios» en los balcones venían haciéndose más frecuentes a lo largo de las últimas semanas, siempre fui inamovible en mi intención de mantenerme distante de toda relación humana. Seguía sin conocer su nombre, aquel que seguramente anunció por años al contestar el teléfono, el mismo que lo precipitaba fuera de su rêverie en las salas de espera, en lugar del pseudónimo que firmaba sus historias en mi cabeza.

El día antes de que ocurriera sentí una corriente cargar el aire mientras seguía el canal de vuelta a casa. Ya en una ocasión me había dejado sorprender por la lluvia pensando que la experiencia resultaría en alguna revelación, pero solamente acabé empapado. Aunque esta vez me apuré las cuadras faltantes, el aguacero nunca llegó. Esa noche mientras me sentaba en mi habitual silencio abierto, indulgente, expectante, mi vecino retomó su ameno pasear, deleitándose con detalles que regresaban después de décadas.

Me contó sobre los tenues veranos en que visitaba su pueblo natal después de que su papá los trajo a él y a sus hermanas a vivir a esta ciudad, y sobre como junto a sus primos nadaban en las aguas gélidas del gran lago hasta una pequeña isla que hoy ya no lo es. Allí pasarían tardes enteras gozando despreocupadamente, lejos de todo lo que se encontraba al otro lado de la quieta inmensidad. Saboreó particularmente la historia aquella vez que esperaron hasta el último momento del día para ver el ocaso teñir de morado las aguas, y cómo el miedo se convirtió en risas una vez todos habían logrado cruzar de vuelta a la orilla nadando a media luz. El mayor privilegio de aquel día fue no haber sabido que sería la última vez que estaría allí con ellos.

Al terminar el relato, las pesadas nubes habían evacuado los cielos de la ciudad. Su último indicio se desplazaba lentamente hacia el nororiente, al parecer respondiendo al llamado del gran lago que las palabras habían despertado. Durante lo que pudieron haber sido dos horas o tan solo veinte minutos, nos quedamos callados mirando las estrellas comenzar a asomarse, viendo las luces más brillantes del cielo nocturno abrirse paso como tímidos luceros entre el resplandor de la ciudad.

Mientras me preguntaba cuál podría ser el distante planeta que se rehusaba a titilar, el viejo se levantó y murmuró su habitual despedida; una de tres variaciones que ya estaban grabadas en mi cabeza, pero cuyo significado preciso había logrado ignorar con éxito. Respondí con un sutil pero amable gesto de la cabeza y, justo antes de entrar, el hombre se detuvo y musitó en mi dirección lo que ninguno sabía serían sus últimas palabras; sonidos que retumbarían por siempre entre las paredes de mi voluntaria ignorancia como una indescifrable combinación de vocales y consonantes, la eterna pérdida de su significado lamentada por los astros testigos.

Para este momento las tertulias ocasionales habían comenzado a tener un notorio impacto en mi escritura. Mis cuadernos venían llenándose de pequeños relatos, breves narrativas. Ninguna se sentía particularmente ilustre, una obra que me generara gran orgullo, pero el punto final sellaba cada una con una grata satisfacción. Un respiro. El peso de las inseguridades aparentaba ceder, o al menos el Sísifo en mi mente parecía divisar una planicie.

La mañana siguiente decidí saltarme el ritual que solía suceder esas noches; no había soñado nada. En lugar de ponerme a esperarlo, ya sentía el emocionante llamado, necesitaba tan solo un ligero impulso. Salí rápidamente en dirección del puente junto al teatro —a unas pocas cuadras de mi casa—, sintiendo que necesitaba un espacio nuevo, curioso y emocionado por el efecto que su extraña armonía arquitectónica, que en ocasiones pasadas había despertado mi interés, pudiese tener en esta cosquilleante anticipación.

Cuando volví a mi casa con páginas apaciguadas entre el bolsillo, vi que la puerta de al lado estaba entreabierta. Adentro se oía el murmuro de calladas conversaciones entre varias voces, serias, ninguna de ellas la única otra que en mi tiempo aquí había llegado a reconocer. En estos meses el viejo nunca había sido anfitrión de ninguna reunión, sus únicas visitas se limitaban a aquellas de una voz joven, femenina, que justo en ese momento se hizo presente y a la que pude asociar una cara mientras entraba a mi casa. El ruido de mi cerradura la hizo mirar en mi dirección a través del umbral y el contacto visual llenó la breve eternidad que puede durar el abrir una puerta.

Los siguientes tres días trajeron visitas al apartamento de al lado. Sentado en el balcón veía personas llegar vestidas de distintos tonos de negro: sacos, faldas, corbatas, sombreros, todos muy sobrios, siempre contrastando el blanco de los ramos de manzanillas que llevaban en sus manos. Esperaban el zumbido de la puerta frontal concediéndoles la entrada y su existencia se interrumpía momentáneamente hasta que reaparecían en el gran espejo de la sala, que desde mi balcón me permitía ver el perchero del hall de entrada. Me pregunté dónde había estado toda esta gente en los últimos meses —inclusive tal vez años—, y por qué en la vida del viejo parecían haber estado presentes solamente en su memoria.

Hacia mediados de la tarde del tercer día, vino a sumarse al luto una señora mayor acompañada de dos jóvenes de aspecto escuálido, unos diez años menores que yo. Ya dentro del apartamento, mientras ayudaba a la señora a despojarse de su abrigo, la dueña de la recurrente voz atrapó mi mirada con la suya una vez más. Quise mantenerla unos segundos intentando aparentar que en realidad miraba al vacío, pero los meses de activamente escapar la interacción humana me traicionaron y desvié los ojos hacia cualquier lugar.

Menos de diez minutos después vino alguien a tocar a mi puerta. Aunque en realidad no me considero un experto en números y probabilidades, imaginé que tras meses de haber dejado en total silencio mi vida anterior —sin pistas de mi paradero y con sólo la aseguración de que volvería una vez encontrara lo que buscaba— para desplazarme a un país extranjero donde desconocer por completo el idioma me había permitido aislarme de la sociedad sin tener que recluirme físicamente, lo más probable era que detrás de mi puerta no pudiera encontrarse nadie más que la mujer que, por segunda vez en cuatro días, me había sorprendido invadiendo la privacidad de su duelo. Sabía que no tendría las palabras para desenredar cualquier malentendido y momentáneamente dudé en abrirle.

Preparándome para un indescifrable, aunque comprensible reproche, abrí la puerta. Ahí estaba parada, nuestros ojos compartiendo por tercera vez una mirada que, a pesar de todo intento, no supe descifrar. No parecía reflejar deseos de reclamo ni disguste de algún tipo, sino más un ligero grado de curiosidad. Tras un par de segundos habló rápidamente una breve frase que seguro debía durar más tiempo y luego la hiló con otra que entonó a modo de pregunta. Ante mi callada vacilación sus ojos hablaron un sutil entendimiento, como si mi falta de palabras hubiera bastado para comunicar el porqué no las tenía.

Hice un gesto para invitarla a pasar y, queriendo evitar el incómodo laberinto de averiguar qué le gustaría tomar, le serví un vaso de agua mientras se sentaba en la cocina. No pareció darle mucha importancia a mi silencio, y leyendo la curiosidad en mis ojos comenzó a hablarme como si entendiese perfectamente su idioma. La verdad es que su manera de recorrer el habla no se parecía en lo más mínimo a la del viejo, y en lugar de construir las oraciones con la delicadeza de pronunciar con propiedad cada sonido, acentuando la característica palatalización de consonantes, se desplazaba entre las palabras con una destreza acrobática que era hasta cierto punto hipnótica. Seguramente su abuelo le había comentado en alguna de sus visitas sobre el callado vecino con quien compartía monólogos a través de los balcones.

Fue en ese momento que me di cuenta de que no tenía suficiente evidencia para asumir que esta mujer era nieta de mi vecino. El haber oído el apagado rastro de su voz al otro lado de la pared en contadas ocasiones no brindaba mucha información sobre su relación. Podía tratarse de una enfermera —aunque la irregularidad de sus visitas hacia esto improbable—, o de una joven colega —tal vez una suerte de protégée buscando consejos para seguir sus pasos, cargar su antorcha—, o inclusive de una abogada de confianza encargada de administrar su herencia —que la cantidad de fantasmas que repentinamente se materializaron tras su muerte hacía una hipótesis probable—, en lugar de hallarse ligada por los habituales lazos de sangre.

Poniendo de lado este enredo de teorías (es fácil englobarse cuando no se entiende lo que se le están diciendo), volví toda mi atención al presente en la cocina. Tal vez percibiendo que todo lo que expresaba con sus palabras se estaba perdiendo en alguna parte, o posiblemente comenzando a frustrarse de que su lenguaje físico poco ayudara a esclarecer el mensaje, se detuvo y me preguntó con un ligero acento: «English?».

En ese instante mi lóbulo temporal —o cualquiera que sea la parte del cerebro que procesa el lenguaje— se encendió como mil centellas. Tras meses de inactividad, la conexión envió una descarga eléctrica por todo mi ser, activando en su camino otras reacciones que con certeza poco debería suscitar una pregunta tan sencilla. Mi pulso se aceleró y la presencia de sudor en mis manos y nuca hacían los músculos a su alrededor comenzar a contraerse, se me secó la boca y algún tipo de reflejo debieron tener mis pupilas porque la luz pareció cambiar; había tantas cosas pasando al tiempo que no supe discernir ninguna lo suficiente.

Desde que llegué siempre existió —y me resistí a— la posibilidad de recurrir al inglés para comunicarme. El hecho de que de por sí sea poco hablado en este país fue una conveniencia. Pero una cosa es saber que puedo buscar interacción a través de un lenguaje universal y eventualmente encontrarla, y otra muy distinta es que este lo tome a uno por sorpresa. La sobrecarga de ideas y sentimientos en mi cabeza no me dejaba pensar claramente, todo ocurrió en un segundo, sentí un mar de palabras llenar mi mente, todas simultáneamente:

«Yes. Please, yes. It’s been months but it really does feel like forever since I last spoke with another human being and actually understood what was being said to me. The other way ’round, too – I feel like I’ve been bottling up inside of me every feeling, every last thought, the water turning murky, darker with every new one that goes suppressed. You have absolutely no idea. I am nearing the point where I’m no longer sure whether the reason I speak my thoughts out loud when at home is to prevent my voice from going hoarse over the lack of use or to actually create some sort of illusion of accompaniment by making the words bounce off the walls and back into my ears for a change. I genuinely thought that by isolating myself from other people I’d achieve the type of mental clarity that would pave the way for an astonishing creative output that had long been restrained, one that I’ve been foolishly waiting for my entire life, but the prolonged absolute absence of interaction has slowly faded my sanity and is beginning to tear me down. So please, yes, we can speak in English.»

Pero nada de eso salió de mi boca. Ni una sola de esas palabras fue más allá de ser simples impulsos eléctricos en mi cerebro, y me negué a materializarlas en vibraciones del aire. Me gustaría poder decir que me retuvo algún tipo de ideal, un compromiso inquebrantable a la búsqueda que emprendí, y que la intuición de que me acercaba a una revelación me brindó la fuerza para combatir el desesperado deseo humano por algún tipo de conexión. Podría también argumentar que me paralizó el miedo, que tantos meses en que mi mayor interacción se limitó a imaginar el sentido de palabras ajenas que llegaban a mi balcón me quitaron la habilidad para responder una simple pregunta. La verdad es que no sé por qué fue, y siento que la respuesta podrá llegar a eludirme toda la vida.

Lo digo porque, a pesar de la cataclísmica alerta que se vivía en mi interior, mi respuesta tomó la forma de una sonrisa apenada y una ligera negación con la cabeza. Ante esto ella también rio suavemente y alzó las cejas en una mezcla de sorpresa y confusión. Se quedó mirándome un segundo como tratando de descifrar el porqué de mi existencia. ¿Cómo carajos alguien incapaz de hablar el idioma nacional —y encima de eso la lingua franca que le habría hecho la vida un poco más fácil— podía vivir en esta ciudad? ¿Me encontraba totalmente solo? ¿Cuánto tiempo llevaba viviendo así? ¿De dónde venía? Incontables preguntas para las cuales tal vez supo que no encontraría respuesta, no sin dificultad.

Después de unos instantes dejó su callada indagatoria como despertando de ella y mirando hacia el lado apuntó tímidamente a la puerta para hacerme saber que debía volver. Me paré del mesón en el que estaba recostado asintiendo con la cabeza para acompañarla a salir. El silencio entre la cocina y el hall de entrada no duró lo suficiente como para necesitar llenarlo de alguna manera y ya en el pasillo se despidió con una breve frase que llevaba la forma de un agradecimiento. Al cerrar la puerta detrás de ella me quedé ahí parado unos minutos sin realmente pensar en nada. Aunque me fui directo a la cama, no dormí en toda la noche.

* * *

Hace tres meses no escribo una sola frase. Ninguna coherente, por lo menos. No logro encontrar la voluntad para terminarlas. El ya saber en dónde acabará cada idea me impide perseguirla para evitar gastar energía en desilusiones. La falta de tracción sólo hace que el intento de arrancar en subida me deje más abajo en la pendiente. A veces pruebo escribir sin vocales —sólo consonantes— para reducir el esfuerzo y así extender mis posibilidades de avance antes de que la inevitable pausa me lleve a resoplar una vez más con la cara entre las manos.

Todo lo que escribí en el pasado, lo que solía llamar ilusamente mi “obra naciente”, ha terminado de perder el sentido. En el mejor de los casos se siente aceptable, como que logré preservar —no sin dificultad— un hilo conductor a lo largo de las páginas sólo para alcanzar un desenlace insípido. En el peor, se siente tan incomprensible como las palabras que habitan cada rincón de esta ciudad, en las vallas y vitrinas, en las voces: un caos de crípticos garabatos donde lo aparentemente reconocible engaña y los sonidos enredan.

Mis excursiones al exterior se han reducido a lo estrictamente necesario. Incluso el balcón parece haber agotado todo el valor que ofrecía en el pasado, y ahora no hago sino preguntarme por qué insisto en esta relación entre el espacio físico y el mental. ¿Soy el único que busca superar obstáculos internos al cambiar de entorno? ¿O acaso sólo me desplazo para encontrar nuevos escenarios que pueda atiborrar de pretextos entorpecedores? Al parecer tuve que venir hasta acá sólo para darme cuenta de que era yo el inadecuado.

A pesar de todo, hoy he decidido que necesito una última extracción antes de tomar cualquier determinación; alejarme de todo lo conocido para evitar ser sesgado por los fantasmas que han ido ocupando cada espacio. En lugar de dejarme perder entre el laberinto de calles concéntricas que rodean la desembocadura del río, decido seguir la gran avenida sin idea de hasta dónde podré llegar. Sería una locura caminar por días y días hasta toparme con la capital —quién sabe cuánto tomaría—, aunque realmente no sé si hasta allá me lleve esa vía. Sólo sé que necesito caminar sin pensar en encuentros ni bifurcaciones, por primera vez en mi vida una línea recta que me exima de deliberar.

Con sólo mi abrigo, los bolsillos vacíos (el cuaderno ha comenzado a pesarme con la infinita masa de mi frustración), miro fluir el agua del canal un par de segundos y luego bajo por mi calle hasta la plaza donde empieza la avenida. Doy una larga vuelta para cruzar por la cebra a pesar de que algunos locales suelen optar por abalanzarse entre los buses, y unos pocos minutos después atravieso otro canal, el grande que separa dos parques. Entre estas aguas y las del río hacia el norte ya debo haber recorrido cada calle, cada paseo, cada avenida y callejón al menos una vez. Ese pensamiento me hace regresar a la idea de que tal vez necesito un cambio de ambiente para reestructurar mi mapa mental; trastearme al otro lado del río o en las inmediaciones de la estación del tren para ganar una perspectiva diferente. Del tren paso a pensar en nuevas ciudades y en empezar de ceros una vez más, pero con un escalofrío por la espalda aparto esa idea.

A medida que me alejo del centro, voy dejando atrás las ornamentadas e imponentes fachadas de glorias pasadas que el gobierno preserva por dar gusto a los turistas, y en su lugar comienzo a encontrarme con edificios desgastados y descoloridos, cargados de letreros que con su alfabeto extraño me agobian la mirada. El ruido incrementa en todo sentido. Los árboles comienzan a escasear y el andén se reduce para ceder espacio al tráfico vehicular. En algún punto de la gradual transformación no puedo evitar identificarme con esta ciudad que no es mía: apalancándome en un pasado próspero que preserva apariencias sólo para encontrarme realmente en un tramo inhóspito, sin inspiración ni aparente promesa.

Procuro ignorar esta analogía y toda posible implicación cuando me percato de que estoy pasando frente al cementerio, y me enfoco más bien en seguir caminando hasta alcanzar un gran arco tan solo unas cuantas cuadras más adelante. Para cuando he pasado la estructura neoclásica y me he logrado convencer en contra del lúgubre paralelo entre mi vida y esta urbe, veo cómo un carril de tranvía se abre paso entre la avenida, sembrando árboles a cada lado, ensanchando generosamente los andenes, y la ciudad se transforma una vez más. Era difícil verlos desde más atrás, pero ahora amplios edificios —algunos clásicos, otros modernos, pero todos de cierto aspecto majestuoso— lucen en sus fachadas y ventanales logotipos y letreros menos frondios que los anteriores, aunque no menos incomprensibles.

Ante este drástico y grato cambio, la ansiedad comienza a disminuir y empieza a mudar mi genio. Aunque ya debo llevar un par de horas caminando siento como si acabara de arrancar. Los árboles van poblando cada vez más los andenes y el separador, restituyendo un tipo de vida que se ve en muy pocas partes de esta ciudad; una ausencia que coloridas fachadas del centro logran ocultar con cierta facilidad, hasta que el estar aquí afuera la evidencia. Es entonces cuando el caudal de vegetación parece vaciar su cauce en un inmenso mar de árboles a mi izquierda, atravesando los ocho carriles que me separan de él.

Aunque una ligera curiosidad por explorarlo me atrae a medida que me voy acercando, decido que sería prudente primero hacerme una idea de sus dimensiones. Un desvío excesivo es lo último que necesito ahora; debo resistirme a las distracciones y la única razón para redirigir mi curso sería un muro de ladrillos —o de cualquier material, la verdad, es sólo una expresión—. Mientras que hacia el oriente parece extenderse infinitamente el espejo de colores otoñales que refleja las fachadas, hacia el sur, en la dirección que vengo siguiendo, veo la aguja de una torre elevarse sobre los tonos de naranja y amarillo, delatando la frontera. Hacia allá primero.

Me sorprende la uniformidad de los edificios que acompañan el parque: una serie de largas y delgadas torres, hechas de amplios ladrillos grisáceos y color terracotta, que se extienden ininterrumpidas salvo por unos altos arcos clásicos que las unen donde una reja revela más árboles detrás. No soy arquitecto, pero me parece que los enormes portones y pesados balcones hacen parecer las pequeñas ventanas demasiado reducidas, y la combinación de protuberantes columnas redondas y cuadradas sobre la fachada, sumadas al reguero de anticuados aires acondicionados, hacen el conjunto bastante antiestético. Sin embargo, de alguna forma parece funcionar, como si replicarse sobre sí mismo incontables veces hacia el horizonte le permitiera ocultar su fealdad al acostumbrar la vista.

Acercándome finalmente al límite del gigantesco parque siento la anticipación de una decisión por ser tomada: ¿girar buscando saciar un momentáneo pero honesto interés, o seguir adelante haciendo caso omiso a esta trivial distracción? Es en la cima del respiro con el que busco cerrar la duda, que el bloque residencial culmina para presentar una tercera alternativa aún más contundente. Reduciendo el paso detallo cuidadosamente el edificio en el centro de la plaza que se acaba de abrir ante mí. Lo reconozco. Fue mucho antes de analizar cientos de apartamentos en busca del que brindara la mayor conveniencia para mi aislamiento voluntario; vi fotos de este lugar hace unos años ojeando las páginas de un libro y, justo ahora como lo hizo entonces, la Biblioteca Nacional logra apartar todo otro pensamiento de mi mente.

La decisión está tomada. Desierto mi trayectoria indefinida y me dirijo al edificio pasando por entre sus fuentes frontales; es ese momento del año en que todavía están llenas, aunque el agua ya no corre. Siento una ligera tensión en la base de la nuca a medida que levanto la cabeza para admirar desde abajo el imponente anillo entre el que la fachada y una ancha columnata doble albergan un patio frontal. Tras subir las escaleras atravieso la primera fila de columnas recorriendo con mi mano la suave piedra beige y me encuentro rodeado de figuras que sobre altares de mármol rojo ornamentan la base de amplios ventanales que se elevan hasta el último piso.

Sin inmediatamente reconocer ninguna, me acerco a detallar la más cercana: un hombre desnudo de postura y expresión soberbias que con la cabeza elevada mira más allá del horizonte. De su espalda se desprenden dos enormes alas recogidas como un escudo y, portándolos a manera de capucha, lleva encima el pico y plumaje de un águila. Su identidad no se evidencia sino hasta que detallo el arnés que atraviesa su pecho y las correas que ligan sus manos a las alas. Siempre me pregunté si el hibris de Ícaro nunca tuvo en realidad más matices, si su peligroso ascenso no fue motivado por algo más profundo que simple arrogancia e ímpetu, y si tal vez creyó que un sincero y humilde deseo por descubrir lo que se encontraba más allá del trágico destino que su osadía trazaba habría bastado para que los dioses lo atrapasen.

Mi mente volátil funde esta idea como alas de cera bajo el sol mediterráneo, y prosigo a entrar en la biblioteca. Al parecer un evento viene de empezar, y grupos de gente dispersa están descartando en mesas con manteles vino tinto platos de picadas y copas a medio tomar. En lugar de cruzar el vestíbulo, decido seguirlos, rodeando la parte interna del gran anillo hasta llegar a un auditorio. Adentro, puedo calcular alrededor de unas trescientas sillas, todas ocupadas, con el resto de la audiencia parada en los pasillos a los lados, algunos recostados contra las paredes. Poco después de entrar, un anfitrión anuncia con entusiasmo un extenso nombre —característicos de este país— y el recinto irrumpe en aplausos.

Desde mi puesto apenas alcanzo a ver la mujer mayor que ha tomado su lugar en un podio y que se dirige con naturalidad al público una vez cesa el estruendo. Habla con confianza y decisión, con una cadencia que da a su discurso un aire de seriedad afable. El público la oye atentamente como hipnotizado. Me gustaría entender el contexto, por lo menos, si no fuera mucho pedir, pero no encuentro en ningún lugar el menor indicio. La puesta en escena ofrece algunos elementos desprovistos de respuestas: un motivo azul oscuro que hacia los bordes se torna en degradé a blanco y letras serifadas de un carmesí ligero separadas en tres palabras que bien podrían ser el nombre de la oradora; hacia el lado derecho una abstracción mezcla edificios icónicos de esta ciudad con otros que no identifico, profundizando así aún más mi confusión.

Analizar las reacciones del público tampoco es particularmente esclarecedor, pero sí logra recordarme el canal frente a mi casa con esa relativa quietud que una eventual risa alborota suavemente como la estela de una embarcación. Tras estar sumido no sé cuántos minutos tratando de dar sentido a la conferencia, me abro paso de vuelta entre las personas que estiran el cuello para ver mejor, buscando la puerta por donde llegué.

A medida que me alejo del auditorio, la biblioteca se va sumiendo en un silencio extraño, de esos que se manifiestan con un sutil zumbido pulsante, roto solamente por la eventual puerta que encuentra su marco, o por los golpes de un tacón que resuenan en la inmensidad. Vuelvo al vestíbulo por donde entré y lo atravieso para encontrarme con el atrio central: un amplio espacio iluminado por una claraboya que, entre ventanas, luces y una estructura metálica de pirámides invertidas, deja entrar los últimos rayos del día; a los lados se asoman los corredores de niveles superiores que entre columnas miran al vacío; y al fondo, unas grandes escaleras que en zigzags se reencuentran en cada piso. Un mármol blanco cremoso cubre cada rincón y, con detalles de color ocre y brillante madera de un castaño llamativo, brinda al lugar cierta calidez que espacios de estas dimensiones y materiales no acostumbran tener.

Adagio, a la deriva, recorro la cambiante topografía del edificio: largos escritorios de madera con algunas sillas fuera de lugar, paneles de exposición en corredores a media luz, anticuados computadores y lectores de microfichas, y grandes sillones de lectura en cuero que me hacen percatarme de un dolor amortiguado en mis piernas —de esos que nuestros papás explicaban como “dolores de crecimiento” en años preadolescentes—. No sé cuántas horas llevo caminando sin parar a sentarme un solo instante, pero a pesar de la molestia continúo. Tras subir las escaleras descubro que la pomposidad del mármol se limita al primer nivel y la escalera principal, más arriba los pisos son de parquet, con sus tramos más circulados cubiertos por largas alfombras rojas. Es sin la ilusión de ostentosa formalidad que me doy cuenta también de que el mobiliario es viejo y gastado, la madera pelada por unas tres décadas de uso, el contraste con la pulida estética de abajo creando una extraña disonancia.

A pesar de todo, de lejos el mayor malaise es aquel que genera el contenido de las estanterías. Recuerdo haber leído que esta biblioteca ostenta una impresionante colección con millones de artefactos, manuscritos, y libros. Mientras camino entre ellos, mis ojos saltan de un lomo al siguiente sin discriminación alguna; saco uno al azar y abro una página cualquiera para encontrarme con un caos absoluto que, de no ser por los límites que la retícula ejerce, podría bien regarse en todas direcciones, treparse por mis manos y consumirme con indiferencia. Cuando mis ojos se cansan de las ilusiones ópticas que hacen ondear el texto indescifrable, lo pongo en el primer espacio que encuentro. ¿Cuál es el punto de organizarlos? Nada a mi alrededor tiene sentido. Nadie más existe aquí adentro, soy el único habitante de este templo de desconocimiento, y, hasta donde sé, las incontables páginas que me rodean podrían ser un engaño, no ocultar nada más que un desperdicio de tinta y papel entre letras y espacios fortuitos; un lugar perfecto para mi supuesta obra.

En ese momento de creciente desesperación me encuentro con algo inesperado. En un rincón del último piso —tenía que ser—, las letras de repente cobran sentido. Me acerco parpadeando y enfocando la mirada para encontrar ante mí toda una estantería que me habla. Giro la cabeza para leer los títulos y descubro que se trata de clásicos de mi lengua: compilaciones de famosos versos íntimos y asonantes, comedias y tragedias que con sus publicaciones estremecieron distintos ámbitos sociales, obviamente está ese famoso escrito que introdujo el género de novela al idioma hace tantos siglos. No puedo creer lo que tengo al frente y siento las yemas de mis dedos sudar ante la idea de sacar alguno y abrirlo, pero apenas me decido por un pequeño tomo del cual reconozco el autor, aunque no el título, un sonido del otro lado de la sección hace desplomar mi estómago con tanta violencia que me pliego levemente en dos.

No es posible. O, pues, estadísticamente hablando es probable, pero, teniendo en cuenta el esfuerzo que hice durante los últimos meses, ¿cómo puede ser que sea en este de todos los momentos que finalmente pase? Afino el oído e intento callar mis pensamientos para asegurarme de que no se trata de una ilusión y que en efecto lo que acabo de oír es mi propia lengua. Asomándome, veo que viene de los sillones de lectura justo afuera de la sección donde dos personas están charlando mientras se levantan y recogen sus cosas. Seguramente leían silenciosamente e ignoré por completo su presencia cuando entré a este rincón apartado. Trato de que no se percaten de que las estoy oyendo, y aunque sé que entiendo el idioma que están hablando, aún no logro discernir bien las palabras.

¿Qué hacer? Mientras las veo alejarse por el pasillo pienso que tal vez debería dejar esto pasar, pero mi acelerado ritmo cardíaco parece revelar un deseo opuesto. A juzgar por la forma en que se llevaron todo entre un morral, es sensato asumir que están por irse; al asomarme al pasillo veo que están esperando el ascensor, así que sigo de largo y comienzo a bajar por las escaleras con un paso más rápido de lo normal. Ya llegando al primer piso me doy cuenta de que me traje el libro que alcancé a agarrar para disimular. No hay tiempo para devolverlo así que lo dejo en un escalón intermedio donde no se vea casi y sigo bajando. Ya en el piso de mármol camino con decisión hacia la puerta; se oyen aplausos viniendo del auditorio, lo que significa que la conferencia aún no termina y justo detrás de mí el ascensor anuncia el abrir de sus puertas.

Ya afuera, el inesperado frío me toma por sorpresa; anocheció por completo mientras estaba adentro. Frotándome los brazos y subiendo la solapa de mi abrigo atravieso rápidamente el patio frontal que ahora está pintado por reflectores morados. Ya habiendo pasado la columnata, regulo el paso un poco: si mantengo esta velocidad, con seguridad me pasarán de camino a la avenida —eso es, si no se montan en vez a un carro; imposible saberlo con tantos pertenecientes a los asistentes al evento que hay parqueados alrededor—.

El sonido del tráfico me hace imposible discernir sus pasos, es posible que ni siquiera hayan salido, sino que se dirigieran en vez al auditorio, o a lo mejor están entrando al carro y pronto el sonido de un motor se encargará de ahogar la anticipación que me sofoca. Sin embargo, apenas estoy por llegar a las fuentes y enfrentarme a izquierda o derecha, me pasan por la primera y aprovecho para ajustar mi curso. Justo cuando pienso que van hacia la parada de bus, siguen de largo hasta unas escaleras que se hunden más allá en el andén. Si no faltara el característico logo que identifica las estaciones, habría jurado que estaban entrando al metro, pero no importa a dónde vayan, siguiéndolos a una distancia prudente, comienzo a descender yo también.

Abajo me encuentro en un largo túnel con negocios y locales a lado y lado —ya todos cerrados, por supuesto—. A pesar de la decente iluminación, el ambiente es innegablemente lúgubre; ojalá tuviera un celular o algo por el estilo para poder mirar en caso de que volteen y así evitar que una acechante figura solitaria en un largo abrigo las espante. Afortunadamente la conversación que mantienen parece ser de mayor interés que su entorno y logro atravesar el túnel sin levantar ninguna sospecha.

Ya del otro lado de la avenida, frente al inmenso parque que despertó mi curiosidad en lo que se siente como una época distinta, por fin aparece una estación de metro y agradezco mentalmente el manto de discreción que la multitud me dará adentro. Pero en lugar de entrar, siguen derecho y toman un sendero que se abre paso entre la penumbra de los árboles. Sin pensarlo dos veces, continúo detrás de ellos.

A medida que recorremos el camino que lleva a las entrañas del parque, el ruido de la ciudad se reduce a un murmullo distante y puedo al fin oír con claridad suficientes palabras como para dar sentido a su conversación. Son una mujer y un hombre, y el segundo está contando alguna anécdota, una historia de cuando tomó un tren equivocado y terminó a cientos de kilómetros de su destino. La mujer lo oye con atención y se ríe, complementa las muchas divagaciones y tangentes que surgen del relato. Por el acento de ambos me doy cuenta de que comparten mi origen; no son compatriotas, pero sí vienen de un país vecino, al otro lado de una frontera arbitraria que imagina más diferencias de las que realmente existen.

Oyéndolos recuerdo también ese simple placer que parecía haber olvidado y que hoy se siente como perteneciente a una vida aparte. El simple acto de charlar se me hace extraño; no novedoso, pero sí como algo que sólo conociese en teoría, algo sobre lo que he leído en múltiples ocasiones pero que sólo hasta ahora vengo a presenciar por primera vez. Noto las pausas que indagan, los recorridos entre dos tonos que invitan a elaborar o expresan comprensión, las palabras que sirven para simplemente hacer al otro entender que estamos poniendo atención, presentes.

Realmente me cuesta creerlo. Ha pasado tanto tiempo desde que los sonidos ajenos tenían algún sentido para mí. Es fascinante lo iguales pero distintas que las mismas palabras pueden ser proviniendo de alguien más. En todo este tiempo no las había oído más que en mi cabeza o formadas por mi propia voz; mi idioma no sólo había sido mi resguardo, mi herramienta, sino también testigo de una infinita soledad. Sin darme cuenta, empiezo a repetir calladamente algunas de las palabras que capto al azar sólo para sentirlas en mi lengua, en mis labios, hacerlas reales —«corriendo», «montaña», «finalmente»—, no son sólo suyas o mías, son algo que sin conocernos hemos compartido toda la vida. Con esta idea, el frío otoñal deja mi cuerpo para dar paso a una agradable calidez.

De repente, el mismo crujir de las hojas secas bajo sus pisadas que ocultó mi presencia hasta este momento, me traiciona. La conversación se detiene mientras ambos callan para detallar el ruido que vino de atrás y el repentino silencio absoluto me hace parar en seco. Soy un completo idiota, debí haber seguido caminando como si nada, pero ahora son perfectamente conscientes de que hay alguien siguiéndolos. Sin girar del todo me ven de reojo y resumen el camino con un paso un poco más acelerado, diciendo en voz baja cosas que no alcanzo a oír.

Trato de enmendar mi error agachándome a amarrarme el zapato y me quedo ahí un rato. Seguramente más adelante cuando no me sientan tan encima pensarán que en realidad sólo me detuve a eso, incluso tal vez se divertirán con su exagerada y paranoica reacción. Dejo que avancen tranquilamente, espero unos tres, cuatro postes de luz antes de seguir adelante. Si soy más cuidadoso podré volver a acercarme y si llegan a hacer alguna maniobra para cerciorarse de que no los estoy persiguiendo, esta vez seguiré derecho, mantendré un paso constante pero no muy acelerado para poder continuar oyéndolos desde en frente. Sólo necesito un poco más, unas cuantas frases, unas escasas palabras y estaré saciado. No sé por qué no puedo controlar este instinto, pero ya no tengo ni la fuerza ni la voluntad para combatirlo. Los seguiré hasta atravesar el parque y una vez estemos del otro lado tomaré la dirección opuesta a ellos; nunca sabrán el porqué de mi secreta persecución ni mucho menos que tuvo lugar.

Giro la cabeza para ver las luces reflejadas sobre la superficie de un lago, los postes que iluminan otros senderos, las ventanas de los edificios que se asoman por entre los árboles y casi logro perderme en el interés que finjo. Sigo así unos cuantos metros con las manos entre los bolsillos y cuando el sonido de sus voces se apaga me volteo para encontrarlos mirándome fijamente. La sorpresa una vez más me hace frenar en seco —hasta ahí llega mi plan de aparecer indiferente—. Pasan dos latidos rápidos del corazón y ante mi evidente consciencia la mujer comienza a interrogarme en su idioma, en mi idioma. Sus palabras ya no me sumen en un cálido ensueño, sino que vuelan hacia mí violentamente.

Me pregunta qué quiero, por qué los estoy siguiendo, me dice que desde que entraron al parque ya sospechaban que alguien los perseguía y sin ningún indicio de miedo ni temor en su voz me reta a atracarlos, si es que soy tan idiota, pero que no vale la pena puesto que me vieron en la biblioteca y pueden identificarme perfectamente. No creo que sepa que estoy entendiendo cada palabra, ni tampoco que sea esa la finalidad de sus amenazas, pero la intención belicosa de su tono sin duda tiene el efecto deseado. Retrocediendo, siento escapar de mi boca como un retazo de mi alma la simple palabra «perdón», pero me volteo y salgo a correr antes de saber si esta tiene algún efecto.

Desesperadamente sigo sin pensar el único sendero de luz que me devuelve por donde vine y que va iluminando gradualmente mi propia irracionalidad. En un momento me resbalo sobre una hoja seca y caigo sobre el asfalto en un caótico estruendo. Me levanto rápidamente y sigo el camino sin mirar atrás ni a ningún otro lado hasta que la apertura de la luz y el sonido del tráfico anuncian la avenida. Temblando en todas partes y con un lento calor de brasas que me baja del cuello a la espalda paro un momento a recobrar mi aliento. Me limpio el brazo del abrigo que arrastré en mi caída y sin pensarlo me monto en el primer taxi que logro parar.

Ya adentro murmuro las únicas sílabas que en caso de emergencia memoricé antes de mi llegada hace tantos meses para que como una palabra mágica pudieran transportarme a casa. El taxi arranca de vuelta hacia el norte y en ese silencio característico del interior de un carro sin música, que sólo absorbe y difracta todo ruido exterior, me quedo mirando por la ventana. Los edificios, los letreros, el arco, el cementerio, y pronto el regreso de los canales. El tramo que en el día se había sentido como un extenso viaje va expirando en instantes, y ya de vuelta entre estas calles que recorrí incontables veces voy viendo mi ser regado en cada rincón que la luz del alumbrado toca. No quiero bajarme cuando llegue, estoy extenuado. Lo único que tengo fuerzas para hacer es dejar la ciudad pasar, y pensar lo diferente que se ve desde aquí adentro, lo irreconocible.

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