Crítica

Los Sin Tierra y los días de una resistencia rural (Cinecritura)

El largometraje se estrena en Colombia en el marco del cierre de la beca de curaduría de la Cinemateca de Bogotá: Más Allá del Trabajo, una muestra de cine obrero.

El largometraje termina con un recorrido de los espacios que se desvanecen el polvo. Los cultivos de caña y las casas. Al final una reflexión en cifras. Cortesía

Miércoles 27 de noviembre. Local número siete: Flores Azulinas, 67 con caracas. Un hombre de cabello blanco y bata azul sonríe, tiene una caja en sus manos. La espalda un poco inclinada hacia atrás, el brazo catapultado, la energía se contiene a un segundo de la descarga. Su lanzamiento como el de un deportista olímpico, caen los pétalos blancos. La mano vuelve a la caja, el hombre vuelve a lanzar flores a las marchantes que se movilizan a la calle 100. De los gestos más sencillos en las imágenes mentales que ha venido dejando el paro nacional. Chão de Camila Freitas es un largometraje que retrata la historia del movimiento de “los sin tierra” en Brasil. Muy a propósito de lo que está pasando acá en Colombia, el largometraje resulta necesario. La historia narra el recorrido de la lucha del movimiento de trabajadores rurales, quienes desde la reforma agraria impuesta por el régimen militar en los setentas, resisten en la búsqueda del reconocimiento de sus tierras. Tierra, tan solo tierra. La consigna reside en que la tierra es para quién la trabaja.

En medio de los sinsabores de las desigualdades sociales en América Latina el arte es una fuerza transformadora, un alimento a la esperanza. El documental inicia con un recorrido poético del espacio. Luego se hila con la invasión a unos terrenos aledaños de una de las empresas más dañinas para el sector campesino en Brasil, la Usina de Santa Helena. Construyen casas y una torre desde la cual vigilar. Cultivan la tierra. Una mujer canta mientras riega el cultivo. La manos trabajan. Esas personas han invadido el campo, acá mientras tanto invadimos las calles. Las cacerolas no dejan de sonar y la tierra no deja de ser arada. Los surcos que han sido labrados en el suelo inscriben las generaciones que han caminado por la dignidad.

El acierto de la película además de ser discursivo es formalmente maravilloso, nos adentramos, en pequeños pasos, a los días de una resistencia rural. A los cantos y las misas celebradas en casas hechas con palos y bolsas. El recorrido que la cámara hace por el espacio se mezcla con las voces de las reuniones en donde se decide si alguna vía será bloqueada. A continuación, ya en la noche y a oscuras uno de los hombres que ha asistido a la discusión gira la palanca de un generador de energía casero, ¡se ha hecho la luz! El televisor ha encendido. Una mujer en un comercial habla en cifras, “todos tenemos esta granja llamada Brasil” dice. La familia observa y detrás de ellos está la bandera.

La patria, ese suelo falso en el que nos paramos y desde el que en cualquier momento nos podemos caer. En el filme vemos que la movilización continúa y las personas son llamadas a un juicio, los burócratas hablan de cifras y concluyen que una nueva reforma agraria es “inviable”. El presidente en este país aparece en televisión y no dice nada. La pelea es histórica y la necedad de largo aliento. Más allá del lenguaje hermético con el que nos habla la legislación tenemos la indignación y las ganas. Los gritos y las arengas. Los “sin tierra”, que somos todas, tenemos aún muchos pasos por dar.

El movimiento de trabajadores rurales se toma una noche la Usina de Santa Helena. Sus voces cantan, a gritos “los que tienen la orden de matar también pueden morir”. A Bogotá ha llegado la Guardia Indígena para apoyar el paro nacional. La imagen en la pantalla y los hechos en mi país son combativos. Estos hechos, se transcriben en las costuras de nuestra historia que son un collage de rostros que abarcan muchas generaciones. Generaciones de cansancio, resistencia y esperanza. Rostros que veo en la gran pantalla de la sala capital de la Cinemateca en donde una mujer está sentada en su cama mientras se peina el cabello. Rostros que veo en las calles cuando hay movilizaciones en donde las compañeras de la escuela de cine cantan.

Celebro la luz del proyector y la luz de las velas que nuestras madres han encendido en las calles. Celebro el bloqueo que “los sin tierra” de Brasil hicieron en las vías de un tren y el bloqueo que “los sin tierra” de Colombia hemos hecho en las avenidas. Celebro el paro nacional. El largometraje termina con un recorrido de los espacios que se desvanecen el polvo. Los cultivos de caña y las casas. Al final una reflexión en cifras. La película ha terminado y la artillería de la luz del proyector también. Por ahora, ya afuera del cine, la artillería seguirán siendo las ollas, nuestros pies, nuestras voces y la esperanza.

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Valentina Giraldo Sánchez

Cultura

Los Sin Tierra y los días de una resistencia rural (Cinecritura)

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