Los sonidos de Montaña

La banda bogotana se afianzó en 2014, aunque sus integrantes –Daniel Medina, Felipe León, Sergio Moreno y Alejandro Araújo– aún siguen en la búsqueda de nuevas propuestas. Nuevo capitulo de Emergentes.

Imagen de los integrantes de Montaña. De izquierda a derecha: Alejandro Araújo, Sergio Moreno, Daniel Medina y Felipe León. / Juan Sebastián Murillo

Ellos van cruzando sus notas como si fueran palabras, y con sus notas dicen lo que callan en medio de sus pocas palabras. Van por la vida y por las noches bogotanas disparando y disparándose silencios, hasta que se suben a un escenario. Entonces disparan notas, sus notas, sus historias, que son música y que son ellos, sin rendirles pleitesías a las modas, a las industrias y a quienes suelen preguntarles por qué sus canciones no tienen letras. Desde allá arriba, con las guitarras, la batería y el bajo, dicen, gritan y cantan, y entre sus sonidos y ritmos se van colando sus influencias, las viejas y las nuevas influencias que los llevaron a la música, a probar, a atreverse y a armar una banda a la que bautizaron Montaña.

Montaña porque sí, porque no, porque tal vez, porque un día, dos de sus integrantes, Daniel Medina y Felipe León, los fundadores, estaban en un parque mirando hacia la nada, y desde la nada percibieron montañas y decidieron que, si alguna vez creaban una banda, la llamarían así, Montaña. Ellos dos se conocieron en tiempos de kínder, casi, y desde esos tiempos soñaron con una banda, el sueño de casi todos los niños. Medina oía Gorillaz, y León, a The Doors, en sendos discos que les habían regalado. Uno empezó con la música tocando violín. El otro, piano. Pasado un tiempo, conocieron la guitarra y se aferraron a ella.

“Me gustó porque es un instrumento accesible y que puede ser estudiado sin necesidad de profesor”, diría con el tiempo Medina, para aclarar después que se había prendado del violín por un video que había visto. “Fue así de imprevisto”. Luego llegaron los tiempos de las definiciones, del qué estudiar y del qué vamos a hacer por el resto de nuestras vidas. Después de mil vueltas, de los típicos consejos de unos y otros, del eterno temor por el de qué vamos a vivir, se metieron a estudiar. León, música en la Pedagógica. Medina, artes visuales en la Javeriana. En la universidad conocieron a Sergio Moreno. Entre cafés, bromas, miradas a lo lejos y charlas dispares, le propusieron que formara parte de la banda. “Al comienzo no puse mucha atención, pero luego del primer ensayo me di cuenta de que era un proyecto que siempre quise tener”.

Meses más tarde, mediados de 2014, Moreno les propuso a sus dos compañeros que consiguieran un bajista y, uno de aquellos días, conversó con Alejandro Araújo. Le preguntó si sabía tocar bajo y le propuso que se uniera a la banda. “No éramos amigos muy cercanos, hasta que empezamos a hablarnos en la cafetería y le hablé del proyecto que tenía con Daniel Medina y Felipe León. Le comenté que no teníamos bajista y él se ofreció a tocar el bajo aunque fuera guitarrista, y funcionó perfecto”. “Recuerdo que, después de decirle que sí, lo primero que pensé fue: ‘¿Y ahora de dónde voy a sacar un bajo?’. Como no tenía plata para comprar uno bueno, decidí armarlo. Le dije a Santiago Puertas, un amigo de siempre, que me acompañara a las compraventas de la Caracas a ver qué encontraba y terminé comprando un bajo que me costó 100 mil pesos. Luego conseguí unos micrófonos que me costaron tres veces más que el bajo y después lo pelé todo, lo pinté de blanco y le dije a mis amigos artistas visuales que lo pintaran y dibujaran como quisieran. Hoy en día es el bajo que uso con la banda y que amo como suena y como se ve”.

Así, encontrando soluciones en el camino, improvisando, descubriendo, la banda fue tomando forma. Y la primera forma luego tuvo otra, y con el tiempo, otras más. Moreno recordaría que, cuando tenía como 13 años, tuvo un ensayo con una banda de hard core: “Cuando aprendí a tocar batería, la batería no tenía pedal y tocaba solo con las manos. En el ensayo los que estaban ahí se dieron cuenta de que no sabía usar un twin. Fue algo muy flojo porque sólo sabía mover las manos. Cuando salí de ahí, triste, alguien de la nada me dijo que había escuchado cómo tocaba y me dijo que debería tocar música colombiana y después de eso comencé a tocar tambora e intentar tocar música del Pacífico. Creo que fue una buena influencia. También hice mi pedal con basura y partes recicladas, y el mazo era un destornillador”.

Entre problemas y soluciones, ensayaban, aunque tuvieran que sacar unos pesos de donde no los tenían para pagar la hora en uno de los tantos lugares de ensayos que se han ido multiplicando por Bogotá. Ensayaban y, a la semana, disparaban sus notas en bares perdidos con públicos diversos que, sin embargo, se fueron unificando. El sonido de Montaña comenzó a recorrer sus propios caminos. Alguna noche, un adolescente se les acercó y les dijo que gracias, que, por ellos, él y sus amigos habían creado una banda propia, que la habían bautizado Glaciar, o algo por el estilo. Otra noche, algún periodista quedó prendado de su música y salió al aire diciendo, gritando, que había descubierto una propuesta casi que única dentro de la movida rockera bogotana. Una noche más, dos semanas atrás, y luego de decenas de ensayos y reuniones, grabaciones y mezclas, sacaron su primer Ep, Montaña, y una emisora de radio canadiense transmitió una de sus canciones.

Con el disco, han empezado a escribirse otras historias, que desembocarán en el lanzamiento, el 19 de noviembre, primero, y se unirán a las historias de antes, a las de ellos y a las de la banda, a sus inventos, a las de sus influencias, Starflyer 59, Gorillaz, The Doors, Soda Stereo, y a la eterna discusión sobre incluirle una voz a sus canciones o no. Por ahora, ellos siguen yendo por la vida con su música, hablando más con notas que con palabras, transformando las palabras en notas.

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