Los sonidos de un Quijote

En la Feria del Libro de Bucaramanga se le rindió homenaje a Miguel de Carvantes y su obra cumbre con una conferencia de Santiago Sierra sobre los aspectos musicales de la misma.

“Don Quijote” fue un canto, un canto general, como el poema de Pablo Neruda.

Desgarrado, vencido por la vida, León Felipe escribía más de sesenta años atrás: “Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos. Se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma del desierto y… ni en España hay locos. Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo”. Vencido por la vida, suplicaba por un loco como don Quijote, le pedía que le hiciera un sitio en su montura y le decía: “Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura en horas de desaliento así te miro pasar… y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura y llévame a tu lugar; hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura que yo también voy cargado de amargura y no puedo batallar. Ponme a la grupa contigo, caballero del honor, ponme a la grupa contigo y llévame a ser contigo pastor”.

A comienzos de los 70, Joan Manuel Serrat les puso su música a los poemas de León Felipe, a algunos de Miguel Hernández y a unos cuantos de Antonio Machado. Música, poesía, literatura y Don Quijote se encontraban, prestándose silencios y acordes, palabras y melodías, y se recreaban, y resucitaban. Don Quijote fue un canto, un canto general, como el poema de Pablo Neruda. Un canto alucinado en las primeras páginas, con las primeras andanzas, cuando por donde pasaba creía oír trompetas que anunciaban su llegada a un castillo, por ejemplo, pero las trompetas no eran más que el cuerno de un porquero. Cuando imaginaba que estaba oyendo “el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores”, Sancho lo estrellaba contra el piso y le aclaraba que eran “balidos de ovejas y carneros”.

Alguna páginas más adelante, al principio de su excursión por Sierra Morena, don Quijote le decía a Sancho: “Quiero que sepas, Sancho, que todos o los más caballeros andantes de la edad pasada eran grandes trovadores y grandes músicos, que estas dos habilidades, o gracias, por mejor decir, son anejas a los enamorados andantes”. Cervantes era un caballero andante, como su personaje. Cervantes era don Quijote, y llevaba prendida en su piel la música que había desparramado por sus obras anteriores, en los personajes de sus comedias y novelas pastoriles. Soñaba, ese era el punto. Creía que era el protagonista de sus historias, y vivía la vida como si hubiera sido parte de una de sus historias. Por eso fue a la guerra y perdió una mano en la batalla de Lepanto.

Por eso, luego, creyéndose héroe, convencido de que sus gestas en los campos de batalla y sus jornadas en prisión lo hacían merecedor de grandes honores, le envió en 1578 una carta al Consejo de Indias para solicitar la concesión de cualquiera de los cuatro puestos vacantes en América por aquel entonces: la contaduría del Nuevo Reino de Granada, la gobernación de Soconusco, la contaduría de las galeras de Cartagena de Indias o el corregimiento de la ciudad de La Paz. En su solicitud, Cervantes incluía una certificación dada por el duque de Sesa, confirmando sus méritos y servicios, y cartas de su padre, don Rodrigo de Cervantes, legalizadas ante un alcalde de la corte en Madrid, que pretendían probar la nobleza de don Miguel, los servicios que prestó en Italia y su cautiverio en Argel.

El 6 de junio de 1590, el doctor Núñez Morquecho, relator del Consejo de Indias, rechazó la petición con una lacónica frase que decía: “Busque por acá en que se le haga merced”. Cervantes se quedó en España, rumiando su amargura, encarcelado una y otra vez por deudas y problemas legales, escribiendo y yendo de un lado a otro con su música en la cabeza. Cada rechazo, cada maltrato que recibió, sus esporádicos trabajos, el hambre y el dolor y las chirimías y vihuelas que escuchó, fueron parte después de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Una polifonía, como la definieron luego cientos de críticos. Una biografía anhelante en el fondo, que Cervantes Saavedra empezó a escribir desde que nació.

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