Los tableros del olvido

El fotógrafo Juan Manuel Echavarría se adentró en los Montes de María para delatar los vestigios de la guerra desde sus escuelas abandonadas y sus repisas caídas.

Las aulas de clase se han convertido en potreros. Los tableros abandonados han olvidado las tizas y el borrador y habitan callados, camuflados, desde hace más diez años, los pueblos fantasmas de los Montes de María. Ven pasar por su lado novillos. No niños. La guerra triunfa cuando esos espacios en donde la sociedad se teje sucumben a su miedo.

El artista colombiano Juan Manuel Echavarría recorrió, junto a los ciudadanos de Mapuján, el pueblo que abandonaron hace una década por las amenazas que padecieron por parte del bloque Héroes de los paramilitares. Acompañando a esas mujeres, con las que había trabajado en sus proyectos artísticos, a reandar las calles solitarias, el artista se encontró con una imagen tímida que, sin embargo, resumía lo que había pasado en el lugar.

Un tablero verde se mantenía en pie. Encima de él, en la pared, las vocales coloreadas y alegres parecían entonar aún las lecturas en voz alta que alguna vez debieron hacer los niños que a diario iban a ese aula a aprender el abecedario. Ya nadie las lee, ni las ha leído desde hace mucho tiempo, pero siguen ahí, como dejando una memoria de las voces ausentes.

“Marzo 11 de 2010. Esa fue la primera imagen que tomé, y cuando la tuve en mi lente me di cuenta de que la única vocal que había desaparecido era la ‘o’. Decidí embarcarme en el proyecto de fotografiar esas ruinas de la guerra, esos esqueletos de escuelas que había dejado la violencia, y la titulé La o”, explica el artista que, cámara en mano y con la ayuda de muchos viejos amigos que le ha heredado su trabajo artístico por esas tierras, se internó en la trocha, por varios de esos pueblos de Sucre y de Bolívar en los que ya nadie vive, ya nadie aprende leer.

Echavarría entró así a otro salón de Mampuján. El techo y el piso de la escuela ahora hacían parte del reino de la tupida vegetación. En medio de la maleza, sin embargo, un tablero desteñido, desgajado, esperaba a que alguien lo encontrara.

Cuando el espectador tiene la oportunidad de acercarse a esta imagen, expuesta por estos días en la Galería Sextante de Bogotá, no sólo podrá notar en la fotografía esa solitaria repisa sobre la que la luz ha ganado la batalla. Si se acerca bien, descubrirá una frase que el mismo Juan Manuel Echavarría sólo notó cuando tuvo la imagen del tablero impresa en gran formato: “Lo… bonito es… estar… vivo”, se lee en mala caligrafía y en una tinta que ha sucumbido a la inclemencia del tiempo.

“Mampuján fue un pueblo en donde no hubo masacre, pero toda la población fue desplazada. Alguien que vivió la alerta de que tenían que abandonar el pueblo en las siguientes horas debió escribir esta frase. Queda inmortalizada para la memoria colectiva que tiene que hacerse de esta guerra”, asegura el artista, quien recuerda que entre 1999 y 2001 hubo más de cuarenta masacres en los montes y alrededor de 354 campesinos asesinados en ese ciclón de violencia.

“Llevo 15 años trabajando en la fotografía y tratando estos temas de la violencia en Colombia. Es un camino corto, para una tragedia tan compleja y con raíces tan profundas en el tiempo, pero con esta serie de La o descubrí que a través de la fotografía se puede escribir con luz”.

Las imágenes desoladoras que componen este trabajo encierran, a pesar de todo, una gran belleza. Al final, en la obra de este artista es la belleza, la estética, la puerta que invita a entrar en el contenido. “En el destejido social que genera la guerra busco los agujeros por donde se asoma la humanidad”, sentencia Echavarría. Quizás son esos vestigios de humanidad que se asoman en los tableros los que más sacuden.

Hay salones convertidos en casas, habitados con cortinas y ropa que lleva la tierra del campo y en los que el tablero parece un inmenso cuadro. Hay salones que son como tumbas, inmersos en un silencio del que ya no hay forma de expurgar todo lo que han presenciado. Hay paredes con tableros que no se han caído a pesar de que toda la estructura escolar se ha venido abajo; en ellos, los grupos armados que han pasado por ahí registraron su presencia: “el hejesito colombiano buscando paz para todos”, se lee en uno maltratado, lleno de figuras soeces y consignas políticas.

Después de tantos tableros vistos, el artista revisa el trabajo que le ha tomado un año y medio. Parado en frente a la fotografía ‘El testigo’, en la que un novillo mira a la cámara con un tablero como fondo, Echavarría dice: “Es imposible no sentir culpa ante esos ojos. Es ese ternero el símbolo de los niños ausentes, ese ternero nos hace pensar que no podemos perder esta guerra. Las escuelas muertas son la victoria de una guerra de gente que ha decidido no aprender a leer”.

Galería Sextante Kr 14 # 75-29 Tel: 249 47 55

Temas relacionados
últimas noticias

Todo es cuestión de perspectiva