La novela se publicó el pasado 12 de julio

Los tabúes de la idiosincrasia

"Clases de baile para oficinistas” es el reciente libro del colombiano Andrés Burgos, obra en la que, a través de Amalia, una secretaria sumisa y psicorrígida, los prejuicios de la colombianidad quedan expuestos.

Andrés Burgos nació en Medellín. Es escritor y cineasta. Su debut como director lo hizo con la película “Sofía y el terco”.Diego Pineda

Que los bogotanos no saben bailar, son fríos y desconfiados. Que sólo se visten de negro o gris y que, si no son buenos en la pista de baile, en el sexo no darán muchas sorpresas. Los seres que nacieron en la capital colombiana han tenido que arreglárselas para restarles importancia a los tabúes  o demostrar que hacen parte de los venturosos que, además de rolos, son “sabrosos”.

Clases de baile para oficinistas narra la historia de Amalia, una bogotana resignada que durante años aceptó un destino que le impusieron sus coterráneos. Con una rutina milimétrica, su vida transcurría sin sobresaltos, como la de millones de mujeres de la capital que se levantan antes de que salga el sol y suene la alarma, tienden la cama y se aseguran de que no quede ni una sola arruga. Se meten al baño, se desnudan sin mirar el espejo, porque el pudor está presente hasta con ellas mismas, y se duchan con agua helada, porque es mejor para el cuerpo, y entre más sacrificios hay más posibilidades de entrar al cielo, eso sí, ahorrando. Después salen del baño y actúa la duda por la indumentaria del día, que con seguridad no tendrá ningún cambio de color ni forma. Amalia era una de ellas. Una secretaria angustiada por el futuro de una empresa que la necesitaba, pero no la reconocía. Ella representa a los y las que fueron educados para sufrir en vida y gozar después de muertos. De los que asumieron la sobriedad y se privaron de la exploración de otras formas de vida.

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En el libro, Andrés Burgos, su autor, se pregunta por divertidas situaciones que, aunque parecen absurdas, son parte de la realidad del país, como el baile y la destreza con la que la divina providencia se supone dotó a todos los nacidos en Colombia. ¿Influye el clima en la habilidad para los ritmos que ponen a prueba a los colombianos desde la adolescencia? ¿Por qué al frío lo asocian con la incapacidad para mover las caderas? ¿Qué tienen Cali, Medellín o Barranquilla que todos los nacidos en esas regiones son trompos imparables?...

¿Usted es de los colombianos privilegiados que nacieron con el gen de la sabrosura?

“No. Hoy en día me siento cómodo en la pista de baile, pero eso implicó mucho esfuerzo y aprendizaje. Si hubiera tenido sabrosura no habría escrito libros y mejor me habría dedicado a echar paso”, dice el autor. 

A Burgos, escritor y cineasta antioqueño, el sabor que le falta en el baile, le sobra en su pluma. Juega con la cotidianidad bogotana y la describe con detalles que llevan al lector a sentir que lo que tiene en sus manos es  un diario. Los grises días llenos de contaminación, ruido y duros gestos, o el fuerte sol que baña los cerros y reconcilia a los bogotanos con una ciudad que puede ser tan hostil como encantadora. Los chistes del libro son divertidos, pero, sobre todo, valiosos, ya que no sólo se refieren a lo paradójico de la cultura colombiana, sino a su riqueza. La risa producida por esas letras devela los clichés con los que crucificamos a los que no saben bailar, son tímidos, religiosos o simplemente son bogotanos.

La vida de Amalia, la gran protagonista de esta obra y también de la película Amalia la secretaria, dirigida por Burgos y basada en la novela, transcurre entre la oficina, su casa y los nuevos intereses que el amor le va despertando. Anteponiendo su orgullo y dignidad, se irá acercando a una persona que la cuestiona sobre si sus años estuvieron bien invertidos protegiendo las reglas y amarrándose las ganas de vivir.

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Una lectura que pondrá a cada colombiano, independientemente de su origen, a profundizar en las nocivas manías del común que difunde el inoficioso regionalismo, potenciador de odio y reforzador de conflicto.

La representación de Amalia, protagonista de su libro, coincide con un imaginario común del prototipo de secretaria en Colombia. ¿Por qué escogió un personaje con estas características para la historia?

La idea con Amalia era tentar con el prejuicio, que quien la conociera sólo con un vistazo se hiciera una imagen previa que luego la convivencia fuera desmoronando.

Las descripciones que hizo de Bogotá evocan imágenes muy frías, hostiles y grises. ¿No le gusta la capital?
El libro es un homenaje a Bogotá. La forma en que se habla de la ciudad parte del cariño irónico y burletero. De la confianza. Esta historia no les va a gustar a quienes hagan lecturas literales en el humor.

La viveza, el chisme y la cizaña son comportamientos comunes al  interior de las empresas. ¿Cree que narrando en un libro estas conductas en clave de humor la gente puede dejar de ser parte de la reproducción de estos ambientes?

Creo que basta con observar a los colombianos con un poco de atención para entender que pueden convertir cualquier espacio en una comedia. Nuestra capacidad para invocar el caos aflora tarde o temprano y viene acompañada, entre mucha tragedia, también de humor.

Además del reencuentro y la manifestación del alma, ¿cuál cree que es el principal beneficio de bailar?

La liberación.

Con su experiencia en la literatura, el cine y la televisión, ¿cuál cree que es el estado del consumo cultural en Colombia?

No estoy muy al tanto del consumo cultural en Colombia porque no vivo allá. Pero, por lo que conozco, intuyo y he presenciado, estoy seguro de que siempre podría ser mayor. Debería ser mayor. En nuestro país hacen falta muchas más voces, muchos más caminos y perspectivas para salir de ese atascamiento cómodo donde parece que nos gusta vivir.

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Laura Camila Arévalo Domínguez - Twitter: @lauracamilaad

Cultura

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