Bogotá Artesanal

Los telares del patriarca

Uno de los expositores de la Feria Bogotá Artesanal, narra su historia como habitante de calle, consumidor de psicoactivos, víctima de la violencia de una banda criminal, y su tránsito al éxito como emprendedor.

Óscar Pérez- El Espectador.

Reynaldo Niño, de traje y corbata, con un ojo menos, peinadas las canas, fue 15 años atrás un vagabundo cenando de la basura de otros, otra mano extendida en los buses y parques. “¿Me colabora con algo?”. Los pesos en sus guantillas desgastadas se transmutaban en éxtasis, bolsas de pegante, bazuco, y esa mezcla con marihuana bautizada como diablos.

Niño tenía 9 y jugaba al fútbol en el barrio. Su jadeo era el eco de un fuelle corrompido. El pase, el gol, se hacían para sus pulmones una meta galáctica, y acababa sentado al borde de la calle. Un amigo de su grado, Tercero, de primaria, se le acercó:

-Pruebe esto, que no se cansa.

Extendió su manita y al centro, como en un cofre, había marihuana. Reynaldo la llevó a los labios, hubo fuego, aspiró, y pasó cansado 39 años a partir de ahí.

“Abandoné la casa, por rebeldía. El vicio es una rebeldía -y reformula su concepto-. El vicio es ahogar un problema con otro”. Su problema era la muerte, la de la madre, seis meses antes de llevarse el porro a la boca.

Ahora van 63 años en su cuerpo aindiado, y no olvida aquella escena infantil. “Yo era de un buen hogar, de un estrato económico estable, pero en todas las familias hay una oveja negra. Y, en esta, me tocó a mí.”

***

Por muchos años, Reynaldo vivió en El Cartucho, un agujero negro de indigentes, microtráfico, criminalidad y prostitución en el centro bogotano, barrido por las autoridades. Un espacio que, simbólicamente se ha trasladado a otros lugares muchos lugares, El Bronx y Calle L por citar un par. Como si tapando un hoyo, se abrieran dos bajo los pies.

En esa clase de sitios miembros del Comercio, Juntas de Acción Comunal, las FARC, el ELN y otros, ultimaban a porrazos, tiros, puñaladas, a quien se cruzara delante. En Colombia, la llamada Limpieza social se llevó casi 5 mil vidas entre 1988 y el primer semestre de 2013. Cifras del Centro de Memoria Histórica y la Universidad Nacional mostraron que entre las cinco víctimas favoritas del exterminio social cuentan habitantes de calle y consumidores de sustancias psicoactivas.

Reynaldo era los dos hace 25 años. Hace 25 años tenía dos, dos ojos.

La banda criminal Las Águilas Negras llegó a El Cartucho aquel día. Fogonazos. Gente que corre de sus mantas sucias, que cae con ropas raídas. Un hombre apunta un revolver a la cara de Reynaldo. Fogonazo.

La bala remuele la membrana ocular como un batido de huevo sanguinolento. Ni el cerebro ni la nuca se afectan. Reynaldo no habla con odio de ningún evento trágico de los muchos en su vida, especialmente de este. Quizá el disparo o el tiempo, esa bala silenciosa, también se llevó el rencor.

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“Hace 16 años rompí las cadenas del vicio”, así puede comenzar Reynaldo su historia en alguna de las múltiples charlas motivacionales, entrevistas con medios y conferencias en escuelas de negocio que ha estado dando últimamente.

Su caso es inspirador, no por íntimo, sino por sus posibilidades de conectar con 40 mil personas en esa condición que pululan en Colombia.

En 2001 Reynaldo llegó al tugurio donde habitualmente trataba con los traficantes. Compró 14 papeletas de bazuco, las abrió y las tiró al aire. “No tuve necesidad de fundaciones, psiquiatras, terapias. Dios me tocó el corazón”.

En 1972 tomó un taller de tejido artesanal en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA). “Como el típico colombiano, hice el curso para tener un título en la pared”. Veinticinco años luego le salvó la vida.

Vagando por la Avenida Jiménez con 7ma, en el centro bogotano, encontró un saco de lana oblon. No le molestó encorvarse hasta tomarlo en sus manos, desbaratarlo y hacer, durante las próximas horas, un par de bufandas. “Ese fue el inicio de mi emprendimiento Manos Doradas”.

Lo próximo fue hacer telares. Pagó chatarra, mucha. La materia prima con la que tanto tiempo improvisó paredes, techumbres y que, por cercana, conoce. A partir de ella armó la enconadora, el urdidor, la encañonadora, la pileteadora. Tardó un año.

-En un inicio solo conté con el apoyo de mi señora y mis hijos.

-¿Usted conocía algo de mecánica o diseño industrial?

-Usé la malicia indígena de los colombianos.

Reynaldo alarga el rictus de sus labios finos, y me explica que hay a quien le gusta ser recursiva. “Vemos los recursos y los aprovechamos; otros ven los recursos y los dejan pasar”.

-De cierto modo no eres ya solamente un artesano, sino también un empresario.

-Legalmente constituido, sí. Pero en verdad prefiero verme como un emprendedor.

-Pero, eres un empresario, ¿lo sabes? -unas mujeres que nos acompañan alborotan el ambiente con sus risas.

-El emprendedor se arriesga, esa es su decisión; el empresario toma decisiones para arriesgar.

-¿Sigues trabajando en la producción de estas artesanías, o ya te has alejado a la parte administrativa?

-Sigo a tiempo completo participando de la parte productiva. Y también llevo el proyecto con responsabilidad social.

-¿En qué sentido?

-Estoy sacando de las calles a indigentes, a consumidores de psicoactivos, y vinculándolos a la vida laboral.

-Y, ¿lo has logrado?

-La satisfacción mía es verlos retomar las riendas de su hogar. Sacan un arriendo, compran sus enseres, sus electrodomésticos. Para mí lo más grato es que llevan a sus hijos y a sus nietos al colegio. Les dan una educación, porque los padres no queremos que nuestros hijos sufran lo que nosotros. 

-¿Cómo los ayudas? ¿Tú mismo les das empleo?

-Inicialmente me piden una colaboración, y yo les digo “mijo, no les doy la colaboración, no les doy el pescado, los enseño a pescar”.

A partir de un proceso de selección interno en Manos Doradas, hace que los “rescatados” se bañen, les consigue ropa de segunda, los manda a peluquear, los tiene por 3 o 5 meses en las instalaciones y los capacita en el arte del tejido artesanal colombiano, “hasta que cogen alas”.

La empresa radica en una casa de 7 por 17 metros. Tres pisos; dos llenos de herramientas, hiladoras, telares horizontales. “Me parece una mansión, luego de vivir tantos años en la calle”, dice Reynaldo.

Si le preguntan por empleados, rectifica: colaboradores. En temporada alta, tiene 10 o 12, y en picos bajos, bromea, “me toca de Zoila: soy la que barre, soy la que hace los tintos”. 

Grandes órdenes de ponchos le hacen lo mismo empresas agrícolas que el ejército. “Fuimos proveedores del hijo de Álvaro Uribe, quien llevo todos los productos a distintas partes del mundo”, dice. Ahora hay gente que viene de toda Colombia, de Suecia, Alemania, los focos de la TV y las páginas de los diarios están sobre su pista.

Cuando más falta hizo, nadie respondía.

***

-¿Qué es lo más difícil para quien vive en la calle?

-Encontrar el sustento diario -y al tiempo cambia de idea-. Cuando estás en el viaje, consumiendo psicoactivos, no sufres. Quien más sufre es tu familia. En varias ocasiones Reynaldo abandonó la casa y pasó meses perdido en la ciudad.

Cuando era “desorganizado” la relación con su esposa era tensa; cuando hubo un cambio “renacimos”. Los hitos de  su vida, condensados en una línea temporal quedarían así: “Me casé en 1972, mi hijo mayor tiene 46 años y dejé de consumir en 2001”.

Entre las peleas con vecinos y los huesos aún más pronunciados, Reynaldo tuvo la suerte de hacer familia durante su adicción. Es la que lo ha apoyado luego de dar el paso afuera, y es lo que muchas veces le falta a los adictos que buscan salirse.

Con sus dos esposas, tuvo siete hijos, y disfruta hoy de 18 nietos, tres de ellos en Estados Unidos.

“Todos me decían que mis hijos serían igual que yo, consumidores, pero gracias a Dios eso no ocurrió”.  Hoy son asesores de bancos, emprendedores, inversionistas. Siendo consumidor, llegando tarde a la casa con el olor de la calle, aun separaba un poco de conciencia (contradictoriamente) para decirles que nunca hicieran lo que él:

-Miren, no traigo una panela para la casa, sino seis paquetes de cigarrillos- les decía, y luego se iba a fumar en la habitación, en el baño, y la casa se inundaba de un olor que “produce una gran euforia, una sensación de capacidades potenciadas y de supremacía personal”, de acuerdo con un artículo de la revista Semana en 1983, época en que empezó a consumirse masivamente el bazuko en Colombia.

-Si llegara un nieto tuyo, en plena adolescencia, y te dijera que va aprobar algo (cosa poco probable, porque, siendo como somos en esa etapa de la vida, simplemente hacemos las cosas), ¿qué le dirías?

-Sé que no va a ocurrir –dice a penas, con seguridad de Patriarca.

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Manos Doradas EU (empresa unipersonal), según su propia definición, se fundamenta en la producción y venta de artesanías que van desde finezas como sombreros volteados, hamacas, cubre lechos, telas para muebles, ponchos, mochilas Arahuacas, Wayuus y ruanas boyacenses, hasta costales para cargar papa. 

“Busca contribuir a la integración social y laboral a las comunidades vulnerables que habitan en Ciudad Bolívar con el objetivo de mejorar las condiciones de vida de personas en situación de desplazamiento forzado así como ex habitantes de calle, consumidores de psicoactivos y sus familias”. Eso dice la web de la entidad.

Además, ha fomentado el Patrimonio Cultural con el fin de generar más oportunidades de desarrollo social y económico durante los 14 años que, legalmente constituida, tiene Manos Doradas.

La primera relación institucional de Reynaldo en su arriesgada aventura empresarial fue con el SENA. Sintió, quizá, que cerraba un círculo de agradecimiento. Había estudiado a penas hasta Tercer grado de primaria, no sabía leer, escribir. “Tocó echarme una lija dura para poder salir adelante”.

Ahora se relaja mientras teje. “El tiempo corre y uno no se da cuenta. Uno quisiera que el día trajera 45 horas”. Dice que olvida el cansancio, el de la tercera edad, y el de las edades pasadas que habitan su memoria.

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