Los vicios de un poeta

Nelson Romero Guzmán ha recibido buena parte de los premios nacionales de poesía y uno de los más prestigiosos de Hispanoamérica. Un retrato del escritor tolimense.

Estudiante del colegio Rafael Uribe Uribe representa a Nelson Romero Guzmán en una calle de Calarcá.
Estudiante del colegio Rafael Uribe Uribe representa a Nelson Romero Guzmán en una calle de Calarcá.Cortesía

Nelson Romero Guzmán creció a orillas del río Saldaña, entre jadeos de leñadores y cantos de pájaros. Salía de la escuela con su combo a esconderse en los bosques selváticos o en las peñas que bordeaban Ataco, su pueblo. Allí perseguían cabras para extraerles la leche, pescaban con atarraya, también mataban pájaros. Ahora el poeta tolimense tiene la distancia para decir que las aves son el símbolo de su infancia. Dice que lo sobrecogía el vuelo de colores, pero que también le divertía templar la cauchera y cortarles el viaje.

Pasó el colegio con la hoja de vida en blanco: sin anotaciones positivas, sin quejas por conducta. Se recuerda distante, con un taco de timidez en la garganta, a veces atontado por la ensoñación. “Una vez los profesores de literatura, que me querían mucho, me pasaron a izar bandera. Como era malo en física, matemáticas y química, los otros profesores me bajaron a la mitad del himno. Entonces icé media bandera”, rememora.

Por esos años leyó Sangre, y otros poemas (1941), de Martín Pomala, un poeta popular eclipsado en las antologías, muerto en la locura. “Vengo desde las ribas románticas de un río / en cuyas vegas úberas demora mi bohío / besado santamente por las aguas serenas/ que pasan, taciturnas, como rumiando penas…”. Esos versos, amarrados a lo pastoril e idílico, lo volcaron a la escritura.

Siempre evitó escribir contra las cuerdas, cacheteado por la miseria. En la década del 80 resolvió viajar a Bogotá. Allí vendió licores por catálogo en la microempresa de sus hermanos, atendió una tienda de líchigo, fue perito en una inspección de policía. Estuvo aquí y allá, dice, por su único compromiso: escribir por placer.

Romero Guzmán, quien hace semanas ganó el Premio Nacional de Poesía con Música lenta, y el Casa de las Américas con Bajo el brillo de la luna, aparece en tal cual recital y en tal cual antología de la poesía colombiana. Y sucede porque se rehúsa a golpear puertas: “En lo posible busco el reposo y el silencio porque es algo que viene conmigo. ¿Me entiendes? Entre menos participe de las aglomeraciones, mejor, pero no puedo posar de vanidoso. En Colombia existen las sociedades de poetas. Yo siempre he estado apartado, no vivo en Bogotá. Nunca me ha interesado aparecer”.

***

El 1º de septiembre, cuando comenzó el VIII Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, en Calarcá, un carnaval literario se extendió por la 25, la avenida principal. La comparsa del colegio público Rafael Uribe Uribe estaba encabezada por un Nelson Romero Guzmán de séptimo grado. A sus espaldas se alzaba un guayacán de hojas amarillas. Ese árbol, elaborado por profesores de diferentes áreas, se deshojó en el trayecto. Los restos son, ahora, el telón de la charla de Romero Guzmán en un salón del colegio. “Los profesores buscan competencias de currículo, no competencias personales. Por eso los estudiantes no leen”, dice. El salón parece ser la última estación del carnaval: máscaras y trajes de campesino tolimense, confeccionados por madres, cuelgan de los muros; de arriba, se despliegan poemas del autor. “Hace tres años”, cuenta la profesora Amparo al poeta, “leímos a José Asunción Silva y fue fácil… pero entenderlo a usted fue un reto”. La poesía de Romero Guzmán podría ser un cuadro convulsionado de la realidad. Su trilogía sobre pintores expresionistas —Van Gogh, Goya, Munch—, por ejemplo, no retrata los cuadros: los disuelve. A través del diario, la carta, la crónica roja, el poeta se deja internar por otros cuerpos: “La escritura ha sido para mí un trabajo de interiorización permanente. Les doy aposento a voces y atmósferas ajenas. No sirvo para encerrarme en mi yo, en mi intimidad, no me interesa el desbordamiento interior”.

Otro de los vicios de Romero Guzmán es pensar artes poéticas. Le pregunto cuál es la suya hoy por hoy. “Antes no podía concebir el humor en la poesía. Hoy lo acojo. Últimamente estoy muy interesado por el lenguaje coloquial, la ironía, la parodia”.

Romero Guzmán se encuentra trabajando en una antología sobre poetas no nacidos, es decir: cada uno escribe desde el vientre sobre el mundo que le tocará en suerte. En este proyecto no es autor del libro, sino compilador de otras voces.

El juego se repite: no le interesa ser uno. Busca ser legión.

 

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