Lou-Andreas Salomé: La inteligencia de un águila y la fuerza de un león

La mujer con la que Nietzsche compartió sus secretos, la amiga de Freud, la esposa de Rilke. Retrato de una mujer libre en tiempos de opresión femenina.

Lou-Andreas Salomé, con Nietzsche y Paul Ree, en una imagen que hizo historia por parodiar la frase de Nietzsche de "¿Vas con mujeres? No olvides el látigo". Archivo

Madrid, 16:07 (cuatro cafés hasta ahora). No sé qué hay de ella, qué hay de mí y qué hay de usted. A ella la he traído conmigo desde Colombia. La traje metida en el bolso de manos. La tengo entre los ojos y el alma. La escribo, la dibujo y la respiro. Repito su nombre despacio, me lo repito para intentar entenderla. La hago desaparecer: borro las letras que escribo sobre su obra y las líneas que dibujo para que se parezcan a su rostro. La escondo. La escondo cuando pierdo las palabras que ella editó para mí o para usted. Para todos.Durante un tiempo habitó mis espacios: mi casa, mis refugios, mis guaridas. Fue mi propia oración. La oración a la vida. La olvidé después: cayó despacio sobre el vaho de mi cuerpo y se deshizo. ¿Una laguna mental? Quizá. La olvidé porque se parecía a esa otra mujer a la que he amado desde siempre. Fuego eterno, prosa, libertad y rebeldía. Mucho para el siglo XIX. Lo normal para la actualidad.

Hace días regresó. Llamó a la puerta despacio y entró sin ser invitada. Llegó con el amor y el amor me pidió que escribiera sobre ella. Escribo (otro café). ¿Quién era? El afán de la libertad totalmente desencadenado. “¿Guapa? No, mujer”, dijo sobre ella Clarice Lispector ¿Quién era? “Una mujer de peligrosa inteligencia” que escribió sobre el amor y el erotismo. Sobre el filósofo. Sobre el psicoanalítico. Sobre el poeta. Nietzsche, Freud, Rilke.

La conocí en un poema que se le dedicó: “Apágame los ojos: puedo verte; / ciérrame los oídos: puedo oírte; / y aun sin pies puedo andar en busca tuya, / sin boca, puedo conjurarte. / Ampútame los brazos, y te agarro, / como con una mano, con el corazón mío; / detén mi corazón, y latirá el cerebro; / y si arrojas el fuego en mi cerebro, / te llevaré sobre mi sangre”.

Lo recuerdo. Un día azul con olor a sol. Recuerdo cada una de las palabras de ese poema desbordarse de su boca: L. lo leyó para mí y para los demás. Clase de literatura. Después de una interpretación habló de lo que significaron esas letras para Rilke y para la mujer a la que se les consagró. Se refirió a ella con amor grave y profundo y me dejó a mí abrazada a una duda: ¿quién era? Era escritora, era rusa.

En los libros no aparece su nombre al margen del filósofo. Hoy, por curiosidad la busco en Google. Cerca de 240.000 resultados acuden a mi llamado en 0,53 segundos, y en los primeros enlaces, sólo una página en la que los textos no se refieren a lo que parece ser la única fuente de curiosidad: “La mujer que despreció a Nietzsche”. Furia. ¿Etiqueta? “Coleccionista de genios”. Falacia. Ella fue más que eso, así puede comprobarse cuando se profundiza en su biografía y en su obra. Ella fue vida. ¿Quién es? “Una mujer de peligrosa inteligencia —repite Freud en voz alta— sus intereses son, en realidad, de naturaleza primordialmente intelectual. Ella es una mujer admirable”. Entonces, Ernest Jones le quita la palabra: “Un olfato notable para descubrir grandes hombres, entre sus amigos estaban desde Wagner hasta Turgueniev, desde Strinberg hasta Rodin; desde Rilke hasta Arthur Schnitzler”.

No lo quiso, es cierto. Yo tampoco lo quiero. No soy de esas personas que a los 13 leyó Así habló Zaratustra y dice que lo entendió perfectamente. Yo no. A los 13 leí Así habló Zaratustra, y reconozco que a mi profesora de filosofía le quedaron debiendo las horas que me dedicó, para hablar sobre las letras que me condujeron a la muerte del Todopoderoso: Dios había muerto. Y sin detenciones, otro funeral: “Hay espíritus que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas”, decía refiriéndose a los poetas, esos que para mí habían sido desde Hölderlin, su propio verso: “El hermoso consuelo de encontrar el mundo en una alma, de abrazar a mi especie en una criatura amiga”.

Muchos años después, mientras esperaba el cambio de un semáforo, Marguerite Yourcenar resolvió mi displicencia hacia él de una manera casi magistral en un libro titulado ‘Peregrina y extranjera’: “No me gustan los poetas —decía Nietzsche— enturbian todas las aguas para que parezcan más profundas. Tampoco a mí me gustan los que añaden complicaciones muertas a las complejidades vivas, ni los que apartan los ojos de la sangre que se derrama pero aúllan de gozo cuando han embadurnado de rojo una cabeza de muñeca”. No hubo razones para querer a un alma fría, con la suya era suficiente. No hubo razones para amar a Nietzsche.

13:36 (Un café, por favor. ¿Leche? No. ¿Azúcar? No. 95 centavos. Gracias). ¿Por qué nunca quiso a Nietzsche? Por qué esperaba a Rilke, digo, no esperaba a Rilke porque fuera Rilke. Esperaba a un alma noble que tuviera la capacidad de igualarse a la suya. El amor.

Se fue la duda, me abracé a ella. La leí, la releí, la escuché con mis ojos, aprendí de memoria sus palabras, entendí sus posturas. Sus letras se volvieron mis citas. Así se cuela una escritora en el alma de un lector: El erotismo. Su voz. 136 páginas de papel y tinta. Cuatro ensayos. El ser humano como mujerReflexiones sobre el problema del amorEl erotismo y Psicosexualidad. Una manifestación del “yo” como sujeto que existe, razona, piensa; la búsqueda de identidad frente al espejo, una mirada ajena a la masculina, una mirada propia. Y lo que me cautivó: por fin una mujer escribía sobre el género femenino y sobre los temas que no dejaban de ser un tópico. Un hito. ¿Quién era? “La inteligencia de un águila y la fuerza de un león”, según las palabras del propio Nietzsche.

En su libro aprendí que asumir conscientemente el erotismo es encontrarse con su propia otredad. De ella aprendí que el erotismo es un acto ligado al amor, una posibilidad de “abrirse un camino, un camino espiritual a través de las trabas corporales para llegar a un cierto paraíso perdido”. Y también en el camino, muy despacio, de ella aprendí que “amar significa en su más auténtico sentido, saber de alguien”. 136 páginas de un canto progresista al amor libre. Para mí, una especie de construcción defensiva frente a su propia vida. Un libro en el que el amor sexual, la creación artística y el fervor religioso reposan en perfecta comunión: un triple aspecto de la fuerza vital es la mujer como amante, madre y virgen.

Fue capaz de romper las reglas para hablar de erotismo y sexualidad, fue capaz de ignorar las críticas de quienes la bautizaron “la bruja de Hainberg”, utilizó la palabra “vagina” desde un punto de vista psicosexual, la patentó y me confirmó que esa parte de nuestro cuerpo (hacedora de escándalos) es lo que yo siempre había denominado una “herida”, pues por ahí empezaron a sangrar todas mis tristezas. Su lucha fue trascender convicciones y tradiciones en cuanto a modos de vida femeninos y aunque estuvo al lado de grandes pensadores, supo mantener su identidad, que en últimas es la representación de la mujer moderna.

Otro volumen (un café sin azúcar). Amar fue crear un evangelio entre dos, fue escribirse cartas grandotas con letras chiquititas, fue ser ella el consuelo de él: “Querida, heme aquí al término de un largo, ancho y duro período, con el que caduca cierto futuro que no había sido fuerte y religiosamente alimentado, sino torturado hasta el aniquilamiento (algo en lo que, poco más o menos, soy inimitable)”. Citas, fragmentos, misivas que guardo yo entre los párpados, fragmentos de Correspondencia, 62 folios. Todo el amor comprimido debajo de una tapa blanda. Agua bendita para Rilke, tanto, que se aferró a ella como un náufrago. Le dio dos seguridades: como hombre y como poeta. Dejó de llamarlo René para que él empezara a firmar como Rainer y lo convirtió en el lírico de las grandes realidades al enseñarle a someter su carácter a la voluntad. Muchas cosas se escribieron entre ellos, con tinta negra y bajo la luz de una vela. Ofrendas. Pero como el universo es grande y la vida perra, él estaba tan convencido de que su misión en el mundo era su obra, que cuando tuvo la certeza de haberla terminado, murió.

Mirada retrospectiva. Uno más. 376 páginas (un café sin leche, por favor). Un cofre de recuerdos que me presentó al padre del psicoanálisis: “El profesor Freud, que tenía en el frente a sus tres hijos y a un yerno, me escribió una vez, haciendo alusión a mi buena opinión de los hombres en general: ¿Qué me dice usted ahora de los hermanos? ¿Y podrá usted, con su jovial confianza, volver en adelante a estar alguna vez completamente alegre? Desgarrada entre los pueblos en lucha, en conflicto conmigo misma y en la más profunda soledad, sólo pude responderle: No”. ¡Qué libro! Cómo anuncia el subtítulo, es el compendio de algunos recuerdos de su vida. Para mí, la búsqueda del sentido más profundo e invisible de la existencia humana.

3:35 (No hay café a estas horas de la madrugada, hay miedo de ir a la cocina, hay ganas de terminar de escribir). ¿Quién era? Su madre la llamaba Liola, diminutivo ruso de Louise, que con 17 años cambió por Lou. Lou consiguió publicar en una época en la que las mujeres no publicaban y cuando había vivido medio siglo, fue la única en su género que intervino en el grupo de estudio vienés que presidía Sigmund Freud, dejándole razones de sobras al genio para que 25 años después de trabajo y amistad, él mismo redactara en sus memorias y a manera de homenaje: “No digo gran cosa si confieso que nosotros sentimos como un honor su ingreso en las filas de nuestros colaboradores y compañeros de lucha, y, al mismo tiempo, como una nueva confirmación del contenido de verdad de las doctrinas analíticas”.

Si hubo algo por lo que ella pudo lamentarse en la vida, no fue de no haber salvado a los hombres que en su honor decidieron suicidarse, no fue de haber abortado, no fue de haber amado o dejado de amar; fue de no haber conocido el psicoanálisis desde su juventud. Alguna vez desafió al destino: “Vamos a ver si no resulta que la mayoría de las llamadas barreras insuperables que el mundo traza vienen a ser inofensivas rayas de tiza”, y el destino, sin contemplaciones, le trazó sendas difíciles y conflictivas que ella supo rebasar, confirmando que para su espíritu todas las barreras siempre fueron inofensivas rayas de tiza.

En los años de la caótica destructividad del nazismo, retrató su vejez y acompañó a la muerte en ese viaje sin retorno al que tantos le temen. A lo mejor sus pasos se deshicieron en los restos de vitalidad con los que se alimentó durante sus últimos días mientras paseaba por los bosques de haya de Gotinga (Alemania), y sobre los que apostó su último hálito en una tarde de febrero de 1937, cuando acumulaba ya 75 inviernos diagramados en la piel.

Fueron las letras de Freud las que rubricaron su obituario: “Se sabía que siendo joven había mantenido intensa amistad con Friedrich Nietzsche, una amistad fundada en su profunda inteligencia para las osadas ideas del filósofo. La relación halló un final repentino cuando ella rechazó la propuesta matrimonial que él le hizo. Y de años posteriores se conocía que había sido tanto musa como madre solícita para el gran poeta Rainer Maria Rilke, hombre bastante desvalido en el diario vivir. Pero en lo demás, su personalidad permaneció en las sombras. Era de una modestia y una discreción poco comunes. Nunca hablaba de sus propias producciones poéticas y literarias. Era evidente que sabía dónde era preciso buscar los reales valores de la vida. Quien se le acercaba recibía la más intensa impresión de la autenticidad y la armonía de su ser, y también podía comprobar, para su asombro, que todas las debilidades femeninas y quizá la mayoría de las debilidades humanas le eran ajenas, o las había vencido en el curso de la vida”.

6:00 (el último café de este relato, el primero de este día que empieza a colorear de amarillo el sol madrileño). Escribir sobre una persona a la que se ha querido y se ha admirado tanto, entusiasma. Entusiasma de la misma manera en que se dice que al otro lado del Atlántico alguien espera tu regreso con ansias. Entusiasma haberla vuelto a despertar, haberla vuelto a dibujar, haberla vuelto a escuchar con mis ojos. Entusiasma darse cuenta cómo una escritora se cuela en las ideas y en el numen de un lector, cómo llega una persona a cambiar el horizonte y a influir en los puntos de vista y en lo que se quiere en esta parte de la tierra. Leerla me da la sensación de estar sentadas en un jardín, tomando café, hablando de los temas que todavía hoy son tabú. De mí, sé que la voz más bonita que han escuchado mis ojos, es la de ella. De ella, sé que fue feliz con el aprendizaje, con la palabra. De usted, espero que la lea. ¿Quién era? Lou Andreas-Salomé.