La lucha contra el no

El escritor antioqueño ganó este año el Premio Alfaguara con ‘El mundo de afuera’. Por años, Franco ha insistido en escribir como una forma de existir.

/ EFE

No. Le dijeron no cuando intentó distribuir, a pie y de mano en mano, su primer libro de cuentos, Maldito amor, en las librerías: no lo recibirían porque debía tener una editorial que lo respaldara. Le dijeron no, también, cuando quiso que su primera novela, Mala noche, fuera promocionada: el dinero de la editorial iría, le dijeron, para la difusión de otro libro. Entonces él, de su propia ración, pagó un par de afiches, un salón y algunas botellas de vino. Le dijeron no cuando buscaba un contrato para vivir con más tranquilidad; le dijeron no cuando, al repartir su libro de relatos, un librero lo encaró y le espetó: “¿Esto es de cuentos? No, eso no se vende”. “Como escritor —diría tiempo después, en una entrevista con El Espectador— creo que he encontrado muchísimas dificultades y de diferente índole. La primera fue a nivel muy personal, ser capaz de superar algo que no era posible: a mí mismo. (…) Luego vino otra y fue darme cuenta, como dijo Julio Ramón Ribeyro, de que en el arte siempre está la tentación al fracaso”.

Entonces, después de escribir y pensar en historias que bien podían ser filmes —había estudiado cine en Inglaterra—, Jorge Franco (Medellín, 1962) se encontró con los tiempos del sí: sí tendría un contrato (con Planeta, tras el cierto éxito que tuvo su primera novela), sí podría escribir todo cuanto quisiera sin preocuparse tanto por el dinero, sí vendrían elogios —y también críticas— para sus obras y para su trabajo. El último sí que llegó a su territorio tuvo la forma de una llamada desde España: sí, se había ganado el Premio Alfaguara. En marzo de este año, entré un concurso en el que participaron más de 800 novelas de toda América Latina, la editorial anunció que los US$175.000 del premio irían para Franco por la escritura de El mundo de afuera, una novela que recoge la historia de dos clases sociales por completo opuestas, unidas por una realidad nacional: el secuestro.

Además de las palabras del jurado, que destacó el ambiente y las “licencias” que el autor se tomó en la narración, El mundo de afuera recibió venias de la crítica. “Lo importante no es la historia del secuestro sino cómo se cuenta y cómo respiran estos personajes dentro de nosotros”, escribió Marc Dorian en la revista Buen Salvaje. “(En la obra) sobresalen el horror, los personajes complejos y el sentido del humor a través de la historia de un secuestro contado bajo otra luz”, dijo la escritora Laura Restrepo, uno de los jurados. Franco recibió los elogios con gratitud y una certeza precisa: siempre, aquí o allá, habría alguien que desdeñaría su premio, que pensaría que no lo merecía. Por eso, hace años decidió recibir los buenos comentarios y eludir los malos.

Por eso, también, Franco resulta bastante honesto como escritor. Sus personajes son, casi todos, de Medellín, viven en Medellín, se criaron y tienen los vicios de la ciudad. Su técnica y sus temas son, en principio, sencillos: El mundo de afuera, han dicho varios críticos, recuerda en muchos sentidos a Rosario Tijeras. Franco no pretende engañar a nadie: habla de todo cuanto ha conocido, de aquello que sabe, con las herramientas que le permiten contener esas historias, y desde esa sincera y necesaria aceptación de su ignorancia crea literatura.

Franco se ha arriesgado, a su modo, a proponer otra narración. En Melodrama (2006), por ejemplo, es más intenso el juego del lenguaje que en el resto de sus obras. Santa suerte, de 2010, ha sido casi olvidada. En el fondo pervive, a pesar de la tentación al fracaso, cierto afecto por la escritura y sus ramas: la soledad, el alejamiento, el modo en que las formas toman cuerpo y alma a través de los verbos. “A mí no me importa darle vueltas y vueltas y escribir cincuenta veces el mismo párrafo —dijo en una entrevista con la revista Bocas—, este oficio necesita constancia, ejercicio y disciplina”.

* Redactor cultural de El Espectador