La lucha de los desahuciados

En vez de aceptar pasivamente su enfermedad, Ron Woodroof se somete a un régimen de vitaminas y otros medicamentos y funda un club que los vende y distribuye.

Ron Woodroof (Matthew McConaughey) murió seis años después de ser diagnosticado, en 1992.

Cuando Ron Woodroof (Matthew McConaughey) aparece por primera vez en pantalla está disfrutando de la compañía de un par de mujeres detrás de las tablas de un rodeo, antes de enfrentarse él mismo a un toro enfurecido. Es todo un hombre, un macho alfa, un heterosexual homofóbico. Usa unas gafas de sol, un sombrero vaquero, un jean desgastado y una camiseta blanca casi toda la película, y siempre tiene un cigarrillo en la boca. Todo un hombre Marlboro.

Lleva una vida de excesos: sexo ilimitado, alcohol ilimitado y una que otra línea de cocaína. Con el tiempo sus hábitos y la dureza de su carácter se van atenuando, suavizando, modificando, por el miedo a la muerte (al ser diagnosticado como enfermo de sida), por la falta de escapatoria ante la enfermedad que le toca padecer al llevar esa vida de exuberante desenfreno que él, sin embargo, escogió.

Aunque el cine estadounidense tiende a veces a “heroizar” al personaje principal —aquel que, como en una novela de aprendizaje, va creciendo y evolucionando; aquel que vive experiencias definitivas que provocan ese cambio sustancial después de recorrer un camino; aquel que en principio es un rebelde e inadaptado social que se transforma, al final, en un ejemplo a seguir—, en El club de los desahuciados el personaje en efecto recorre un camino y cambia al recorrerlo (cambia ante la inminencia de una experiencia límite, la enfermedad y su propia muerte), pero nunca es un ejemplo, porque nunca deja de lado por completo sus pasiones, ni su maldad, su rudeza ni su ímpetu. Tampoco pierde el sentido del humor.

Esta es una historia que es muchas historias a la vez. No es sólo una historia de cambio. Es también un relato que hace reflexionar sobre la finitud de la vida, la inevitabilidad de la muerte, la toma de consciencia del propio cuerpo —sus límites y su deterioro— cuando se padece una enfermedad sin cura, cuando se tienen los días contados (en el caso de Ron, “treinta días”, según los médicos).

Es también la historia de una amistad que nace de la mutua compasión y el desconsuelo, y que surge, además, por la superación de algo que el protagonista sí logra cambiar en él y dejar atrás del todo: la homofobia. Cuando a Ron lo diagnostican como portador del VIH se ve de inmediato aislado socialmente. Ya no puede frecuentar los bares a los que solía ir y sus amigos dejan de serlo. Sólo así, y en la terrible situación de identificación con un otro igual de enfermo, es que puede surgir su amistad con Rayon (Jared Leto), un transexual que se convierte, además, en su socio en el club que le da el nombre a la película.

Esta es también una historia profundamente política: a finales de los años ochenta y principios de los noventa, Estados Unidos estaba por fin empezando a entender la epidemia del sida, a aceptar su realidad y gravedad, y a darse cuenta de que no era un mal que afectaba solamente a homosexuales. Sin embargo, esta comprensión venía de la mano del desconocimiento científico de la epidemia y, con ello, del control de un solo discurso médico y de la industria farmacéutica que lo único que ofrecía (y negaba al mismo tiempo) era tratamientos que no veían tierra firme. De modo que esta es también la historia de Estados Unidos, de sus carencias y de las alternativas que en ese entonces ofrecían otros países, a los que Ron viaja con la esperanza de encontrar tratamientos alternativos y disidentes ante las escasas opciones médicas de su país.

Por último, es también una historia de lucha, de la pelea que dan unos disconformes que, en vez de aspirar a una cura definitiva, buscan algo que la medicina no quiere garantizar a los enfermos: su (en lo posible) tranquila supervivencia y la mitigación del sufrimiento con un tratamiento de los síntomas. Así que, más que pensar en la muerte, estos personajes (que antes fueron personas de carne y hueso) se aferran con las uñas a la vida y hacen todo lo que está a su alcance para sobrevivir con dignidad.

Las actuaciones de McConaughey y Leto son magníficas, tan impresionantes como el cambio físico al que se sometieron para darles vida a sus personajes. Pero eso resulta evidente, tal vez es lo primero que muchos comentamos al salir de la sala de cine. 

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