Lugar Común

La artista explora lo cotidiano en esta exposición, abierta al público en Villa de Leyva.

‘Bodegón con ventisca’, acrílico sobre tela, una de las obras de ‘Lugar común’.

Tenemos el arte para no morir a causa de la verdad", decía el filósofo alemán Federico Nietzsche. Catalina Cabrera tiene una nueva cita con su apuesta artística. En esta ocasión su verdad se llama Lugar común y estará exhibida hasta el primero de diciembre en la Sala del Primer Congreso de Villa de Leyva (Carrera 9 # 13 10, Villa de Leyva), en el marco de una actividad cultural promovida por la Alcaldía de este municipio, el Ministerio de Cultura y el Comité de Bellas Artes de Villa de Leyva.

Su rutina diaria de salir y caminar la ciudad, tomar transporte público para llegar al aula de la Universidad Javeriana en Bogotá, en donde dicta clases a estudiantes de Artes Visuales de segundo semestre, constituyen algunos de los momentos de inspiración de la artista para crear esta muestra conformada por 15 dibujos realizados en el bus con ayuda del lápiz y papel y 10 pinturas elaboradas en acrílico y dibujo de grafito sobre tela. Esta exposición representa una especie de atajo en su recorrido profesional, luego del recorrido por la técnica del grabado.

La primera apuesta profesional de Cabrera fue el Diseño Industrial, pero más tarde se dio cuenta de que lo funcional no es su prioridad porque se inclina más por lo inútil, según sus propias palabras. Es maestra en Artes Plásticas de la Universidad de los Andes, ha recibido formación en grabado, cerámica y dibujo. En materia de ilustraciones ha realizado trabajos para el Magazín Dominical de El Espectador y revistas de las Universidades Nacional y de Antioquia. Así mismo, ha participado en 16 exposiciones dentro y fuera del país. En su hoja de vida se destaca la distinción otorgada en el 2006 por el G3 (México, Venezuela y Colombia), del que recibió una residencia artística en Caracas.

Aunque el recorrido desde la calle 146, al norte de Bogotá, hasta su lugar de trabajo podría ser parte de una rutina sin mayores novedades, se ha convertido en un ejercicio de observación que la artista realiza desde hace más de dos lustros. La compleja movilidad de Bogotá le permite tener puestos sus ojos en escenas que representan una oportunidad de recrear los instantes corrientes de la vida urbana.

Aprovechar los recorridos de un día cualquiera, ver la gente, capturar imágenes de personas dentro del bus, sus zapatos, objetos cotidianos y poder plasmarlos en grafito o a veces con color son las claves que comparte la artista para interpretar el concepto de su exposición. Explotar al máximo el tiempo, expresar las vivencias cotidianas de la ciudad y compartirlas ha resultado una experiencia grata para ella, luego de varios años de dedicación a otros menesteres artísticos diferentes al dibujo. Es una especie de ejercicio para des-aprender la historia del arte y sus conocimientos de las técnicas para regresar al oficio desde lo básico.

Villa de Leyva ofrece, en sus palabras, un escenario amable para su regreso a exponer sus últimos trabajos. Este micro-mundo de artistas, visitantes nacionales y extranjeros y los nuevos residentes de este lugar han acogido la muestra con interés. Incluso los transeúntes de este municipio colonial han sido invitados a la exposición por su coautor, un niño de penetrantes ojos azules y rizos dorados, según lo relata la artista en diálogo para El Espectador.


Con ojos de infante

A través de la contemplación infantil, con una percepción espontánea, Cabrera ha involucrado la mirada de Gregorio, su hijo de cinco años, a esta exposición. Él participó en la concepción e incluso elaboración de algunos de los cuadros que conforman Lugar común. Algunas obras, como el caso de Nubes, tuvieron origen en unos dibujos de su hijo que al final se constituyen en la mirada doble de una maestra y una madre que combina el placer de pintar, con el de caminar al ritmo de su hijo para redescubrir así el significado de los objetos cotidianos.

La preparación de esta muestra representó para ella un goce, el encanto de dejar en libertad la mano para crear de manera espontánea, sin realizar análisis cromáticos, simplemente disfrutando el gusto que representa para el ojo el contacto con el color.


Una cita con los objetos

En su recorrido diario Cabrera se encuentra con plantas que se pelean un espacio dentro de la fiebre de la construcción que se vive en Bogotá. Buena suerte, el trébol de cuatro hojas que ella intenta encontrar en su ruta hacia el trabajo, es una de las obras que conforman esta muestra. Periquitos y semillas de eucalipto rojo son sorpresas diarias que acuden a una cita no necesariamente acordada con antelación

El tinto y El silencio son parte de esta atmósfera que une a su hogar con la Universidad donde se dedica a las labores propias de un docente. En su opinión los estudiantes presentan dificultades para trasladar la tercera dimensión de la vida real a las dos dimensiones que constituyen materia de estudio y evaluación en su clase. Para no sentir que pierde el tiempo, mientras sus estudiantes realizan los ejercicios, Catalina aprovecha para dibujar objetos o situaciones que hoy, transformados en cuadros, hacen parte de esta muestra.

Merece una mención especial la serie de dibujos de Zapatos. La artista considera que los diferentes estilos pueden cambiar la personalidad. No es lo mismo usar tenis que botas, ni pisar suelos secos que mojados, todo eso hace parte de la experiencia de recorrer una ruta que si bien es igual todos los días, en cada jornada hay nuevos aportes a esta vivencia personal que resulta evidente en los cuadros que participan de esta selección.

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