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hace 6 horas

Luis Tejada, el hombre que aprendió a leer con El Espectador

En las cercanías del Parque Bolívar (Medellín) estaba aún la redacción. Un viernes de 1917, el antioqueño publica allí su primera crónica: Las noticias alarmantes. Había escogido ser periodista, como sus parientes los Cano, tras ser expulsado como institutor.

Tomado del Blog Faceta5

Era la costumbre de su abuelo Rodolfo Cano enseñarle a leer con el pliego de El Espectador. El diario fundado por su primo Fidel Cano hacía más de una década. Así, el pequeño Luis Tejada había aprendido el español sobre “un periódico político, literario, noticioso e industrial”, como era definido editorialmente. Nace en Barbosa, Antioquia, en 1898. De niño fue criado por una familia liberal de educadores y periodistas. Entre ellos, la Flor del Trabajo, María Cano, su tía, una especie de reina de los proletarios en miras de la acción social.

Además de cargar con los ejemplares de este medio, que circulaba por entonces en la Villa de la Candelaria – La antigua Medellín –, Tejada se complacía con las grandes obras de Sir Arthur Conan Doyle. Mientras, afrontaba desencuentros con la institución por ser un joven de lecturas revolucionarias. De hecho, cuentan que le “birlaron el título” como institutor  por su tesis Métodos modernos, donde consideraba nuevos horizontes de la pedagogía. Al texto se opuso el arzobispo de turno. Y el adolescente, quien asistió a la segunda revisión en compañía de intelectuales como Carlos E. Restrepo, Fidel Cano y Pedro Pablo Betancourt, termina expulsado de la academia.

A partir de allí, en medio de los convulsionados procesos de modernización social y literaria, Tejada parte en la odisea de formarse como cronista, colaborando con múltiples periódicos entre la Villa de la Candelaria, donde publica su primera crónica, Pereira y Barranquilla. En la capital del Atlántico, según dicen, contrae la decimonónica enfermedad de la sífilis. Asimismo, agudiza su pensamiento entre tertulias y cafés, junto al gran Carrasca, el poeta León de Greiff y el caricaturista Rendón.

Más tarde, en 1921, toca la puerta del diario familiar en Bogotá, en la redacción de El Espectador, recién mudado de ciudad. Allí sobreviene el verdadero Tejada con sus ingeniosas crónicas, aquel “hombrecillo diminuto – como lo recuerda Alberto Lleras – que tenía un alma tan grande, que no tenía miedo de venderla todas las tardes a la redacción del periódico y verterla en cuarenta líneas de linotipo”. Hace de columnista en Mesa de redacción, donde trata casi exclusivamente asuntos políticos y, en Gotas de tinta, donde aborda diferentes temas de amplia gama.

Sentado en su butaca, como el poeta de sus Meditaciones, con los pies más altos que la frente para el buen imaginar, como bien lo ha retratado Rendón, Tejada se sacude del peso de las costumbres y encuentra una nueva forma de expresión que profetiza la llegada de la Modernidad con todas sus complejidades, sobreponiéndose a la fugacidad de lo noticioso, oscilando entre la crónica, la poesía en prosa y el ensayo literario.

Por otra parte, hacia el final de su corta vida, debido tal vez a sus antecedentes familiares de liberalismo radical, Tejada se entrega de lleno a la militancia política. Deja sus preocupaciones de esteta para organizar las masas, mientras el movimiento comunista en Colombia comienza a aglutinarse en torno suyo. Sus últimas notas periodísticas, por tanto, se centran en asuntos tales como los obreros, la dictadura y el salario de la mujer.

Y aunque muera prematuramente a la edad de 26 años, entre la enfermedad y la pobreza, gracias a aquellos pequeños cenáculos literarios y al diario que hoy celebra sus 130 años, logra rescatarse del completo olvido a uno de los grandes, sin duda, de la literatura colombiana.

 

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