Lujuria en Iraka (Cuentos de sábado en la tarde)

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Adrián perdió la noción del tiempo que llevaba brillando el mármol importado de la India. Solía utilizarlo como espejo de su vanidad y llevaba haciéndolo con mística tres años. Limpiaba la elegante sala y los corredores decorados con orquídeas colgantes hasta terminar la danza en el lujoso templete de la piscina. De pronto lo invaden unos instintos provocados por la ostentación de los tesoros del generoso amo.

Recapacita. Siente la perversa ansiedad de verlo involucrado en alguna tragedia mortal. Entonces podría disfrutar sin pudor del jardín de sauces y los abanicos de sofisticadas damas. Pero intuye que esa es una vulgar ilusión. De Abraham Said, dueño arcano de la mansión en el valle de Iraka, emana un aura inmortal de apuesto fedayín, con su piel bronceada seduciendo el tiempo al son de amores efímeros, viandas árabes y vinos de Champagne.

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Los ecos finales de la fiesta erótica de don Abraham se filtran a la madrugada por los arcos y porcelanas de una magnífica decoración. Por los ventanales fluyen boleros apasionados envueltos en aromas de musgos guajiros. Ya amanece y Adrián sale al jardín con el ánimo intacto para cumplir su ritual de todos los días. Esa selva de helechos y abedules que enmaraña el mármol asiático y escala por el guayacán amazónico es su sagrario. Confía en la incondicionalidad de sus flores y mariposas. Las abraza a diario con la pasión del naturalista empírico regándolas con las fuentes del manantial montañés.

El sirviente es soberbio exhibiendo sus ángulos musculares. Presume su lujuria al observar los labios libidinosos de la nueva huésped. Daniela es la joven dionisíaca que últimamente aparece los domingos a eso de las cuatro de la tarde. Un horario poco habitual para las mujercitas de su edad obligadas por la costumbre religiosa a obedecer la insoportable monotonía de los domingos. Pero era el único momento de escape que encontraba para desatar el erotismo clandestino del orgasmo crepuscular, arrojada con deleite a los pies y fantasías del amo Abraham, el almirante de aquel palacete etrusco.

Desde que el señor Said llegó sorpresivamente con esta desconocida, Adrián intenta atenuar el frenesí sexual que lo invade cada vez que la ve pasar vestida con su minifalda de satín para sucumbir encantada a las caricias del jayán apolíneo. Lo calma recordar el efecto anestésico que tendrá el truculento plan que sus celos primates están tramando desde hace días. El triunfo de su tramoya será la reivindicación del poder macho sobre las féminas, la reafirmación del tótem fálico y monolítico. Es el instinto natural del capo en el bajo mundo de los rufianes cuando no está fingiendo ser lacayo entre gobelinos de mansiones perfumadas.

Daniela es extravagante, sensual y abusivamente ingenua con los efectos narcóticos de su belleza caribe. Había llegado a las montañas de los Andes arrastrada por el naufragio de una embarcación pirata que huía de la pandemia continental. Ya en Maracaibo sedujo al capitán de un barco malayo cargado de contrabando de armas y minerales preciosos. Entre uno y otro duelo sexual logró llegar hasta Riohacha. De allí se escabulló para siempre de la depravación de aquel capitán tuerto hasta llegar a las murallas de Cartagena de Indias y emprender camino hacia las ariscas montañas.

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El labial púrpura ha sido su favorito y lo luce con pulcritud. Manipula sus senos redondos con encantadora astucia para atrapar cuanta presa le ofrezca maximizar su cerebro anarquista. El pelo ensortijado y azabache le dan ese contraste feroz al verde de sus cautivadores ojos. Por sus labios y el satín de sus caderas recorren cientos de miradas con obsesión carnal. Manadas de machos tiemplan su pretina al sentir el ardor del aroma afrodisíaco. En la terminal atiborrada de buses, Daniela adivina la voracidad de los mastines, el acoso visual de fieras indómitas con los mismos afanes de orgasmo e instintos salvajes.

Repentinamente a la distancia, entre un enjambre de taxis rojos, se atraviesa flamante una elegante nave convertible. Con algo de ansiedad, el sagaz conductor le hace unas señales que ella no alcanza a descifrar. Allí está íngrima sola, recién llegada a la gran ciudad de embaucadores, reinas y truanes, de mujeres inyectadas con polímeros y gamines drogados. El claxon de la berlina la sorprende como un rescate en medio de un mar de pirañas.

El señor Abraham acababa de despedir a su fiel secretaria en la terminal de transportes. Violeta iba por ese fin de semana a visitar a su abuela del alma. La extrañaría inmensamente. Ella ha sido su consuelo de depresiones y otros impulsos psíquicos cuando lo invaden los torrentes libidinosos de las noches lunáticas. Desde su elegante Bentley azul metalizado no puede creer la buena fortuna de ver semejante silueta mestiza en medio del usual enjambre de mujeres obesas cargando bateas llenas de frutas y moscas. Irradia el color tenue de la canela recién bronceada. Es el contraste de piel que siempre le ha atraído e inevitablemente imagina sus manos desnudando aquellas caderas con unos finos ligueros de seda blanca.

La observa contonearse con la soltura de quien sabe lucir las más bellas nalgas en kilómetros a la redonda. Daniela levita en su minifalda roja, sintiendo la humedad del deseo jalándola con ímpetu de pantera hacia el lujoso vehículo. En un arrebato de estrella cinematográfica, Abraham salta del convertible y sin mediar palabra le abre la puerta a esa aparición caribeña. Le guiñe el ojo en un lance temerario de complicidad y con decisión oprime el acelerador rumbo al valle de la lujuria.

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El decorado iridiscente de la laberíntica mansión provoca en Adrián unos impulsos infernales. Los antepasados de Abraham adquirieron a finales de la Segunda Guerra Mundial varias obras de arte y esculturas robadas por los nazis y rematadas en una puja millonaria colmada de marchantes en el Sotheby’s de Londres. En un estancia esplendorosa están esas piezas exquisitas abandonadas al placer del humilde criado cuyo único contacto con una cultura clásica ha sido el baile de los porros universales de su paisano Lucho Bermúdez. Las bailarinas de Degas le ponen a latir el corazón de bestia indómita a velocidades siderales. Llevaba ya meses de abstinencia y el apetito era visceral, cuando a la distancia y de refilón lo sacude de su letargo la sensual hermosura de Daniela. Recuerda entonces las cálidas mañanas cuando sentía el placer de desempolvar el busto de las musas de Degas, palpando con su paño de terciopelo las curvas perfectamente cinceladas por el artista.

Para su satisfacción, la visión que ahora lo atrae no es ficción petrificada en porcelana sino un paisaje hipnótico de carne y hueso. Lo agitan en su entraña sensaciones inexorables mientras observa a la chica de Paramaribo hacer su entrada telúrica a la mansión de Iraka. Adrián recuerda que es Viernes Santo mientras el calor de mediodía calienta tapices y floreros. Su overol ajustado se va mojando con el sudor de la espalda y sus gruesas piernas se ciñen aún más a la prenda húmeda.

El Bentley se parquea a la sombra de los sauces en medio de las fuentes de la entrada principal. Adrián siente la perturbación y al instante imagina que será difícil contener el impulso de llevar su mano a lo más profundo de aquella minúscula falda roja. Desea sentir y rozar su cuerpo con el vello púbico de la aparición antillana.

Abraham delataba con su estilo elegante todos los síntomas de un señorito refinado a trancazos en algún internado católico para niños adinerados. Revela un dejo de sutil rebeldía en sus gestos, pero su naturaleza aristocrática le impide desatender los más estrictos protocolos del caballero inclinado a extender la alfombra para las mujeres que lo hacen sentir supremo entre los sementales. Disfruta de una herencia genética generosa para abrir puertas y piernas a la más leve insinuación. Su padre era jerosolomitano, pero su tez aceituna y ojos turquesa despertaban confusión entre sus paisanos sobre si era palestino o judío. Su madre había nacido en Ainring, un recóndito pueblo alemán cerca de la frontera austríaca a unas pocas horas de Salzburgo. Se conocieron como mochileros en Casablanca y luego saltaron de luna de miel a Tenerife.

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Embriagados de amor, decidieron aventurarse a América Latina para nunca más volver a cruzar el Atlántico, a pesar de la gran fortuna que lograron construir. Fue el beso más apasionado que jamás volvieron a darse cuando brindaron por la osadía de irse tras la leyenda de El Dorado. Adolfine había estudiado antropología en Heidelberg y alguna vez leyó que el ritual más parecido al hombre de la balsa que se bañaba en oro y piedras preciosas ocurrió hace siglos en una laguna verde cerca a la población de Sesquilé, un caserío en lo alto de los Andes.

En Jerusalén el padre de Assad era famoso por su panadería artesanal, donde horneaba los mejores bagels del mercado Yehuda en la calle Jaffa. Su toque distintivo era el acompañamiento con un delicioso humus que hasta los más exigentes libaneses consideraban el mejor del Levante. Era el desayuno obligado para muchos árabes y judíos que madrugaban a saborearlo fresco. Para el abuelo de Abraham bien pudo significar merecerse un premio Nobel porque nadie como él lograba apaciguar con un desayuno décadas de destrucción entre dos pueblos ancestralmente vecinos.

Fue con esta herencia de la exitosa panadería en Medio Oriente y ahora en los Andes, sumado a su sincretismo cultural, que don Abraham asumió la vida como una cantera de fabulosas contradicciones y de tentadores delirios inexplorados. Vivió algunos años en Jerusalén y allí se reafirmó en el criterio de que la naturaleza humana es en esencia una matriz común, y que no importaba cuán diversas fuesen las culturas, el ser humano actúa muy parecido cuando de pasiones, arrebatos e ilusiones se trataba. Así había decidido vivir la vida. Sin temor al juicio final de las camanduleras, sin represión alguna a lo que su libre albedrío le indicara para vivir con plenitud todo lo que en él produjera la sensacional adrenalina de arriesgarse a lo desconocido.

Quizás la más exótica extravagancia que su libertad aún no había experimentado, a pesar de su privilegiada fortuna, era vivir el placer de hacer el amor con dos amantes simultáneos. Tenía la impresión de que su legítimo impulso era visto por las hipocresías variopintas como una inclinación inmoral y un apetito condenado por los rectores del celibato y los ayatolás de la caverna. Había contratado a Adrián no solo por su fortaleza corporal y la admiración que despertaba su piel fibrosa y morena hasta el colmo del arrebato en las vecinas de la mansión, sino por la picardía de sus gestos y la complicidad de su temperamento ante cualquier sugestión. Tenía una mirada perspicaz e incitadora, rasgo que hacía innecesario el uso de la palabra en ciertas oportunidades decisivas. Con esa inteligencia intuitiva y el fulminante color negro de sus ojos, Adrián había logrado cautivar el subconsciente de Abraham, allí donde se ocultan los delirios vitales del hombre.

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El día que llegó a indagar por la vacante de jardinero, sirviente y confidente de la mansión Said, lo hizo con una pequeña talega en la que cargaba un raído pantalón de cuero, una camisilla blanca y el único calzoncillo aún sin averías. Si no lograba tener suerte con este empleo, después de haber recorrido inútilmente la ciudad durante meses, muy a su pesar tendría que regresar a la entrañable Carmen de Bolívar, donde no tendría oficio distinto a complacer la curiosidad sexual de las admiradoras que lloraron su partida con dramático despecho. El deambular durante años por las calles del rebusque le había curtido el alma y también endurecido la voluntad. Había conocido la crueldad y la sangre a borbotones trabajando como matón de navaja para alguno de los temidos capos. Se enamoró entonces de una hermosa lolita y eso le implicó sobrevivir a una paliza de su propia banda por andar deseando la mujer del prójimo, que en este caso era la de nadie menos que el propio Albino, temido contrabandista y lavador de narcotraficantes. Con las mujeres de Albino Casandra nadie más jugaba y menos por cosas del querer. Como venganza por tal afrenta, y para castigar romanticismo tan bobalicón, hubo de soportar durante semanas el dolor de los pómulos sangrados y una clavícula partida.

Daniela era hija de la misma sordidez. Su padre había sido proxeneta profesional y su último amante había muerto desangrado en el umbral del Cielo, el burdel donde ella vivió desde los catorce años. Su salida de Surinam se debió a una vendetta de celos y tuvo que escaparse de las garras de un traficante de armas que quería secuestrarla para sumarla a su colección de hembras ocultas en unas mazmorras en Beirut. La debilidad de Daniela por el sexo era a la vez su perdición porque le implicaba soportar el enamoramiento de quienes alucinaban con sus encantos y penetraban su lasciva anatomía celestial. Sin duda ella quería tener un hombre estable, pero uno que la poseyera también con pieles y diamantes. No quería cargarse por ahí con cualquier arribista. Su tía Amanda la había llevado a ver el cine y desde ese día soñaba con el galán fascinante y déspota del Gran Gatsby, ese personaje turbio pero encantador, extravagante y lujurioso, millonario sin límites. Ella soñaba con ser la diva excelsa en los elegantes salones de una gran ciudad. Y allí estaba ahora, la chica humilde de Surinam cargada de ilusiones, llegando en limusina deportiva a la mansión de Abraham. Mientras, Adrián con su overol ceñido y mojado por el esfuerzo de sus labores le abría las puertas del nuevo cielo.

Abraham tenía planes ambiciosos para Adrián, pero no había querido compartírselos aún. Más allá de sentir alguna atracción por él, lo consideraba un hombre inteligente, capaz de intuir rápidamente sus planes y deseos. Tenía una determinación implacable y un carácter a prueba de cualquier ultimátum. Cojones y decisión era justo lo que necesitaba en este momento para desprenderse del manejo de sus negocios y ponerlos a discreción de alguien con ritmo de cintura y pierna de goleador. No hacía alarde de doctorados ni maestrías, pero emanaba un olfato telepático que podía identificar al minuto las virtudes y flaquezas del interlocutor o las amenazas que pudiese enfrentar. Era empático en el trato y con una sonrisa o un gesto agudo en su rostro podía rápidamente conectarse con cualquier diálogo o información sobre el asunto que fuera de su interés. Extremadamente cauteloso con los trepadores y oportunistas como él. A medida que transcurría el tiempo y se involucraba más con los hábitos de Abraham, se había vuelto casi paranoico con todos lo que se acercaban a husmear sobre la fortuna y generosidad de su amo.

Abraham no era antisocial, pero en los últimos años prefería hacer deportes y viajar solo, o con Adrián si era posible. Podía durar horas jugando tenis con su criado y los fines de semana salían a cabalgar tardes enteras por lo más profundo de la cordillera. Habían logrado construir una lealtad inquebrantable. No eran pocas las veces que aparecían mujeres de muy fina estampa con ambiciosos deseos de conquistar el botín del irredimible soltero. Él se dejaba coquetear como abrebocas para un divertimento que podía prolongarse por horas con cocteles en la piscina y whiskies al final de la noche, rodeado de provocativas y hermosas modelos que sus conocidos de negocios le llevaban para celebrar un viernes o el rendimiento de alguna fructífera inversión. Adrián siempre omnipresente para atender los caprichos y las locuras que pudieran surgir en medio de los embriagadores efectos del alcohol.

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La llegada de Daniela a la mansión Said estaba llena de contradicciones. A Abraham le sobraban mujeres hermosas. No tenía motivo alguno para terminar recogiendo a la ramera reina en un terminal de buses. Además Adrián ya sabía que él no se resistía una compañía por más de un día o, por más sublime que fuese el encuentro, si acaso dos noches. Adrián especulaba y no lograba descifrar el acertijo. ¿Por qué llegaba esta intrigante tentación a un lugar donde se asumía que el más idóneo para complacerla era él? Daniela ya no llevaba la cuenta de cuantas relaciones había tenido con bellacos como Adrián. Aunque no le disgustaría para nada disfrutar de los atributos humanos y animales de este macho calentano, esa no era su prioridad en las actuales circunstancias. Más que un fornicador, lo que ella necesitaba en esta estación de su vida era un caballero. Y para ella un hombre clasificaba como tal si era sofisticado y millonario, uno que le abriera las puertas y las cuentas bancarias con saldo ilimitado para comprar cualquier capricho, para comprar felicidad a manos llenas, así tuviese que comprarse un mall entero en Florida. Por fin iba a enterrar los recuerdos de tanta humillación y tristeza vividas en los polvorientos escombros de su pasado.

Epílogo

De manera muy inusual y extraña para su personalidad indiferente, Abraham estaba tratando con especial deferencia y gentileza a la recién llegada. Esta constatación despertaba en Adrián una sospecha muy confusa. Daniela y Adrián se atraían fatalmente y ese era precisamente el complot que Abraham estaba urdiendo. Le había pedido a Adrián que esa noche luciera su mejor estampa para impresionar a algunos invitados que esperaba. Daniela también había recibido las mismas instrucciones y ya terminaba de maquillarse luciendo un fantástico vestido blanco tan ceñido a la piel que sus carnudos pezones le tallaban con exuberante sensualidad. Su corta experiencia le advertía que no debía confiarse de extraños, a pesar de que fueran los amigos de su nuevo amante. Introdujo un filudo prendedor de diamantes entre el liguero de su pierna y lo acomodó de manera tal que luciera como un original y atractivo accesorio. Se puso las botas de gamuza beige y una piel de armiño del mismo tono. Se perfumó con el último aliento que exhaló su frasquito de Chanel y salió espléndida al encuentro de los comensales. Adrián ya terminaba también de brillar el tacón de sus nuevos zapatos de charol rojo. Eran un obsequio de Abraham y no había tenido oportunidad de estrenarlos. Le encajaron perfecto en su pie descalzo y le dieron un contraste atractivo con el pantalón de cuero que ceñía sus piernas de atleta. La camisa blanca sin botones hasta el pecho y el cinturón de metal terminaron por darle un aura absorbente.

Abraham había dedicado un tiempo de la tarde para bajar a los sótanos de las cavas y ahora los esperaba con los mejores vinos y champagne en la terraza de la suite, donde tenía instalado un bar para veladas íntimas.

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El mayordomo bebía ya su tercer champagne cuando en un efecto de vértigo sintió una ráfaga del perfume de Daniela ventilando los poros de su olfato. Ella estaba relatando alguna de sus aventuras eróticas para excitar el ambiente y romper la timidez mientras el licor iba surtiendo efecto. Cada vez que describía la anatomía de sus amantes, Daniela se extendía apasionada rozando con deseo las piernas y glúteos del criado. Al sentir las manos de Daniela acariciar su cuerpo, Adrián acercó la respiración a sus hombros y bajó los labios lentamente hasta la curva de sus senos. Este movimiento erótico excitó tanto a Abraham que no pudo evitar el impulso de besar el cabello de sus dos amantes. Allí estaban los dos desarmados ante su delirante plan. O eso era lo que él creía.

Adrián respiraba cada vez más fuerte atrapado por el calor de ese cuerpo esbelto y duro. Fue bajando por su abdomen mientras delineaba con la lengua el bello ombligo de la amante. Discretamente Daniela atrapó su aguja punzante del liguero blanco, pensando en apuntarla sin contemplación a la yugular de quien estaba por hacerla sentir el orgasmo más deseado en mucho tiempo. En ese mismo instante, Abraham tomó un segundo aire de placer y al abrir los ojos lo único que sus reflejos le ordenaron fue desviar la trayectoria de esa aguja letal lejos del cuerpo de su entrañable jardinero. Forcejeó con fuerza decidida el brazo de Daniela y la aguja se desvió vertical directo al abdomen de ella, como en un movimiento maestro de harakiri. Parecía la escena perfecta de un suicidio apasionado. Adrián y Abraham se miraron con empatía glacial y cómplice. Extramuros sería la historia de un suicidio. Para ellos la sangre vertida entre los tres cuerpos tenía el signo de un vínculo distópico e inevitablemente desafiante.

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