La luminosa nostalgia de García Márquez

Consagrado a la escritura, el nobel fue un intelectual que llenó sus horas de disciplina en busca de un tono de mil aristas. Su objeto fue la poesía de la soledad.

García Márquez en los años 70. / Archivo - El Espectador

La ramazón de la nostalgia se cría en la niñez, pero sólo se desborda impetuosa y bárbara en los años de la soledad. Gabriel García Márquez sintió el río bravío de los recuerdos cuando volvió a Aracataca, quince años después de haber dejado ese pueblo polvoriento y caluroso; cuando remontó el río que solía mudar su ánimo según el clima y según la lluvia; cuando arribó a Ciénaga, navegando por entre un caño “construido a brazo de esclavo”, y subió a un tren en el que sólo él y su madre eran los pasajeros, y en el que solos él y su madre, Luisa Santiaga Márquez, sostuvieron una conversación mientras traspasaban las plantaciones que la United Fruit Company había sembrado en la vera del camino y tierra adentro, hojas y hojas anchurosas que sometían a las casas y los pueblos de aquellos bordes a la cerrazón infinita. Sintió también la nostalgia menuda y sutil cuando entró al pueblo y reparó en la caseta de madera y techo de cinc que en otros tiempos fue el puerto glorioso del viajante que llegaba, y ahora estaba convertida en un herrumbroso cajón embarazado de plantas y maleza.

Aracataca era por entonces el mismo pueblo que es ahora: una aldea de casas pintadas a brochazos de colores primarios, embebida en el calor del mediodía, con una iglesia y una oficina de telégrafo abandonada y desastrada. No había un alma en la calle y las que aparecían eran ánimas impulsadas por un aliento viejo, ya muerto. Ya la nostalgia se había batido en el pueblo, y ahora lo hacía sobre García Márquez. “La reverberación del calor era tan intensa, que todo se veía como a través de un vidrio ondulante —escribe García Márquez en su autobiografía Vivir para contarla—. No había memoria alguna de la vida humana hasta donde alcanzaba la vista, ni nada que no estuviera cubierto por un rocío tenue de polvo ardiente”.

García Márquez era por ese tiempo un muchacho de 23 años que había publicado 15 cuentos en suplementos literarios, escribía una columna en El Heraldo, donde devengaba tres pesos por escrito y fumaba sesenta cigarrillos de papel ligero al día. Tenía dos camisas, dos pantalones y dos calzoncillos, y su madre lo encontraba indigente por calzar sandalias. Con un empleo de centavos y el ansia insistente de ser escritor, García Márquez pasaba las noches en donde la noche le señalara un camastro y en el día escribía y charlaba y tomaba con los amigos que encontraba en tal o cual café.

Su padre había puesto en él, esperanzado, la certeza del triunfo: Gabriel Eligio García quería colgar en la pared de su casa un diploma, un título, sea cual fuere, que certificara la destreza estudiantil de su hijo mayor, que consintiera la gloria que a él le fue negada. Gabriel García Márquez, sin embargo, había estudiado algunos semestres de abogacía en la Universidad Nacional en Bogotá y luego rescindió; vivía en una pensión barata que resultó incendiada durante el Bogotazo. Entonces fue a Cartagena y retomó sus estudios más por obligación que por fervor propio. Pero la nostalgia y las lecturas de noches enteras —Kafka, los poetas del Siglo de Oro español— le fueron dignas y fue así que, entre la pobreza otorgada y la insistente terquedad de quien ya conoce su destino, quiso ser escritor por encima de todo.

Y fue en aquella tarde inesperada en Aracataca, a punto de vender la casa en la que creció primero con sus padres y después con sus abuelos, cuando Gabriel García Márquez se dio cuenta de que la nostalgia dormita, pero no mengua. La nostalgia se despertó como suele hacerlo: poco a poco acuchillando la tranquila existencia cotidiana. Y mientras se acercaba a su casa, con un peso quizá similar al de una piedra en el pecho, recordó las historias que sus abuelos, Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán, le habían contado y que él desde siempre supo ciertas, aunque tuvieran pintas de irrealidad. Recordó a la mujer que disparó un pistolón viejo y polvoso desde la cerradura de su casa cuando, en mitad de la noche, un hombre intentaba desarmarla para robar la casa; recordó que aquel había sido el primer muerto que vio, “con el rostro desbaratado por el plomo que le deshizo la nariz y le salió por una oreja”. Recordó a la hermana y la madre del ladrón, que atravesaron las calles de madrugada en rígido duelo. Recordó que el tiempo pasa y castra la piel cuando vio la botica y al boticario y a su esposa. Recordó la terca firmeza de su madre. Recordaría años después todo cuanto vivió y escuchó allí, entre paredes de cañabrava y a la sombra de castaños de tronco robusto, al momento de enfrentar la máquina de escribir.

De vuelta a Aracataca, eludiendo en redondo la casa de pilotes de débil madera en que vivió ocho años, a Gabriel García Márquez la nostalgia lo abordó indefenso y, entre la canícula y la humedad de esa tierra árida de espíritus, lo derrumbó a golpes de certeza: su vida, su ímpetu, la vaporosa realidad de que había sido testigo en su niñez, todas y cada una de las diligentes historias que condensaron sus abuelos y la etérea y difícil creación de la fantasía se conjugaron en un viaje impredecible y, por designios de la lógica, imprescindible. “Ni mi madre ni yo, por supuesto, hubiéramos podido imaginar siquiera que aquel cándido paseo de sólo dos días iba a ser tan determinante para mí, que la más larga y diligente de las vidas no me alcanzaría para acabar de contarlo. Ahora, con más de setenta y cinco años bien medidos —escribe en Vivir para contarla—, sé que fue la decisión más importante de cuantas tuve que tomar en mi carrera de escritor. Es decir: en toda mi vida”.

Fue entonces que Gabriel García Márquez arribó al puerto certero de su soledad, la materia primigenia de cuanto haría después. El orden de la nostalgia lo llevaría a recoger los relatos en el tono de sus abuelos, conjunto de adjetivos y verbos al parecer ya muertos que creaban relieves atentos con la realidad y que le permitían, diría después, alejarse de la literatura política y rural a las que se habían acostumbrado las letras colombianas. García Márquez volvió a Barranquilla, volvió a las tertulias con Álvaro Cepeda Samudio y Alfonso Fuenmayor en La Cueva, y se alimentó con paciencia de la literatura norteamericana, de su estructura y de su ambición de tomar el caos y convertirlo en un caos digno de lectura. Por invitación pertinaz de Álvaro Mutis, llegó a Bogotá y fue reportero de El Espectador, y propuso allí cuanto deseaba proponer en la escritura: un método de observación, la recolección de anécdotas en apariencia inútiles pero dicientes, la creación bella de la realidad. Escribió crónicas que tenían el tono de la epopeya, aunque fueran apenas relatos de un derrumbe, una tragedia o el perfil de un altivo cantante de Santander.

Largó a París fungiendo como corresponsal del diario, y allí quedó atrapado en una habitación lóbrega del Barrio Latino cuando el periódico cerraba sus puertas por la censura de Rojas Pinilla. Sin dinero y con tiempo, García Márquez hubo de ocupar sus días en la redacción de una novela breve en su tema e infinita en sus apreciaciones: El coronel no tiene quien le escriba. En las noches, años atrás, cuando terminaba las notas que debía entregar a diario, se sentaba ante la máquina de escribir y ponderaba escenas y escenarios. Fue por esos años de indulgente disciplina en que escribió La hojarasca, su primera novela. “Cuando trabajaba para El Espectador en Bogotá, acostumbraba a escribir al menos tres historias por semana, dos o tres notas editoriales cada día, y hacía críticas de cine —dijo en una entrevista con Paris Review en 1981—. Entonces, en la noche, después de que todos se habían ido a casa, me quedaba escribiendo mis novelas. Me gustaba el sonido de las máquinas de linotipo, que sonaban como la lluvia. Si paraban, y yo quedaba rodeado de silencio, no era capaz de trabajar”.

Trabajar, ese verbo terrenal. García Márquez solía decir que el trabajo del carpintero y del escritor era muy similar: ambos tenían técnicas y materiales que debían moldear en medio del estrago de su propia naturaleza. Uno tenía las maderas; el otro, las palabras. Hacían falta, entonces, el carpintero y el escritor, los trabajadores de las cosas. Bajo esa luz, en principio de noche y luego de día, García Márquez escribió de un modo que le debe a la inspiración, pero sobre todo a la disciplina. “No creo que puedas escribir un libro que merezca atención alguna sin una extraordinaria disciplina”. Escribía y al mismo tiempo debía cuidar de su familia, de su esposa, Mercedes Barcha, y de sus dos hijos. Escribía y al mismo tiempo faltaba el dinero y la libertad que daba el dinero en ese mundo desbordado de pobreza y desequilibrio que también quiso encarar. Y hubo de encerrarse durante dieciocho meses, mientras su esposa mantenía el hogar, tras escribir una serie de cuentos con escenarios y personajes tomados de la realidad, de su realidad, atrapados en libros como Los funerales de la Mamá Grande, a escribir esa novela que bebería de la fuente de su infancia, de las remembranzas de sus abuelos: Cien años de soledad, que significó la llegada a su propia soledad.

“(La soledad del escritor) tiene mucho que ver con la soledad del poder —dijo—. El objetivo del escritor de retratar la realidad lleva en ocasiones a una visión distorsionada de esa realidad. Cuando trata de transponer la realidad, podría terminar perdiendo contacto con ella, quedarse en una torre de marfil, como dicen”. Carlos Barral, editor de Seix Barral, le había dicho que la novela quizá no tendría éxito. Los años y las cosas lo contradijeron: en hordas precipitadas, miles de lectores habían agotado las primeras ediciones del libro, día a día, noche a noche. De la soledad de la torre de marfil, García Márquez pasó a la soledad de la fama: ser un conocido para muchos desconocidos. Ya no escribiría para sus amigos, como solía hacerlo, sino para millones de lectores en todas las lenguas de Babel que habían trastocado los significados y encontraban en la condena centenaria de los Buendía la condena entera de la humanidad a la tormenta legendaria, al desastre exquisito, a la menguada felicidad que corroe las almas por los siglos de los siglos.

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