Homenaje

Luna de Barranquilla que me hiciste sangrar, por Pedro Lemebel

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Hoy se cumplen cinco años de la muerte del polémico escritor chileno. Publicamos un relato sobre un encuentro con el escritor colombiano Fernando Vallejo, incluido en “Háblame de amores”, uno de los cuatro libros de su obra que reeditó el sello Seix Barral para Colombia.

Sin saber por dónde empezar a recordar ese viaje a Colombia, al Festival de las Artes de Barranquilla, un evento multidisciplinario que cada verano reúne a cineastas, músicos, escritores o figuras tan míticas, tan deshilvanadas del acontecer como la bailarina Tongo Lele, aún viva, aún bella, con el mechón blanco plateándole su frente. Ella había estado el año anterior junto al ensayista mexicano, mi querido amigo, Carlos Monsivais (Q.E.P.D.).

A mi llegada al aeropuerto me fueron a esperar John Better, el gestor de la invitación, y Xiomara, una chica travesti. Y las dos a coro me recibieron con un enorme canastillo de flores, un par de chispeantes tacos dorados y una botella de ron. Y ahí empezó todo. Ahí, en el minibus rumbo al hotel les dije: espero algo más que tacos, flores y alcohol, chicas. Hay de todo para usted, reina, decía la Better con los ojos entornados. ¿Incluso un mancebo sicario para mí?, pregunté con descaro. Y la Xiomara me cerró un ojo. Barranquilla es así, decía la Better con su acento acompasado, como un asma melódica que daban ganas de rumbear. Barranquilla es mi ciudad y tiene de todo, riqueza y desigualdad. Así lo atestiguaban los barrios sencillos que pasaban por la ventana, los pasajes coloridos y callecitas donde los barranquilleros asoleaban su rumoroso pasear.

Y también avenidas más lujosas donde los vecinos de plata hacían sonar sus joyas en los pubs. De pronto, en las esquinas, grupos de milicos con metralletas paraban los autos recordándome que era Colombia, donde la repre oficial, la guerrilla y el narco eran un ballenato permanente. Quizás sin mucha paranoia, sin el sobresalto de estar en un país convulsionado. Pues así veía todo esa mañana desde el minibus junto a mi comitiva travesti, mientras brindábamos por esos días tropicales en la ciudad que ya se engalanaba de carnaval. Era casi natural ver esos controles policíacos y las manos nudosas y armadas de los militares junto a la ventanilla. Tanto como ver el pestañeo de Xiomara cambiándose de blusa porque íbamos al paradisíaco hotel donde estaría hospedado. (Recomendamos: entrevista a Pedro Lemebel).

Pero ese año la figura que concitaba la atención era el escritor Fernando Vallejo, autor de La Virgen de los sicarios, que regresaba después de algún traspaso de nacionalidad y ahora quería con ansias volver a ser colombiano. Eso dijo, medio en broma, medio en serio, cuando nos encontramos en el vestíbulo del hotel y nos abrazamos con afecto. Vallejo es, a momentos, un eterno niño mañoso y adorable. A ratos, se pone serio, melancólico, y su cara toma la palidez sonrosada de un pétalo perdido entre las hojas de un libro. Allí nos volvíamos a encontrar loqueando, alegres, rodeados por Xiomara y la Better, que no dejaban de mostrar los faraónicos tacos que me tenían de regalo. ¿Cuánto calzas tú?, le pregunté a Vallejo con el taco en la mano. Más que tú, Cinderella, dijo sonriendo con ingenua maldad. Pero pruébatelos, Griselda, le insistí perversa. No, esta noche, en la gala, me pondré los míos que son dorados de verdad. (El adiós a un símbolo de la literatura LGBT).

La fiesta era en un resort playero, algo lejos de la ciudad. Vallejo vestía de blanco inmaculado y tomábamos ron cantando viejas canciones que tronaba la orquesta bajo la luna marchita por el sofocante calor. Fernando estaba casi feliz, encantado de tanto joven admirador que le baboseaba la oreja con halagos y peticiones. Entonces apareció la Better saludando acompañada por la Xiomara muy producida de velos rojos y sandalias plateadas. Pedro, dijo la Xiomi, frunciendo su boquita de guinda, te quiero presentar a Jonathan. Allí, levanté la vista y me encuentro con un morenudo peladito, un bombón divino, igual al chico de la película La Virgen de los sicarios. Vallejo hablaba con alguien y al verlo quedó tartamudo. No lo podía creer, trataba de decir algo y se le cayó la copa de la mano. ¿Cuánto te pagan?, fue lo primero que le salió. ¿Cuánto te paga Lemebel?, insistía grosera, abalanzándose encima mío para alcanzar la mano del guapo. Tú me conoces a mí. Yo soy el autor de La Virgen de los sicarios. ¿Viste la película? Te pago en dólar, el doble, el triple. Aunque no sabíamos si Vallejo estaba bromeando, era una situación incómoda. El joven miraba a uno y a otro sin saber qué decir. Mira, vieja ordinaria, enrostré a Vallejo, soy visita y él es una atención. No me importa, dijo Vallejo sin ningún pudor, y volvió a la carga. Te puedo comprar un departamento, un carro, un equipo de música, como en la película. Soy millonario. Bueno, dije con templanza, en estos casos hay que ser digna. Que elija él, pues, y todo arreglado. El chico estaba nervioso, no sabía qué decir mirando a Xiomara, quien lo instaba a responder. Un largo silencio ocultó la luna en nubarrones espesos que comenzaron a lloviznar.

A mí me trajeron para atender al señor Pedro, dijo el pendex al fin con un suspiro y tomó un largo trago más relajado. Y como por coincidencia, la orquesta estalló con sus clarines lagrimeros. Viste lo que te pasa por apresurada y jactanciosa, le dije en el oído al gran Vallejo que, sin inmutarse, se paró en busca de otro vaso. Por esa noche, Vallejo había desaparecido y ya de regreso al hotel, Jonathan se ponía el preservativo para ensartarme el cometa morocho de su enorme sexo hirviendo.

En la mañana, la Better y Xiomara me fueron a despertar de ese dulce arañazo colombiano. El chico se había ido antes del amanecer y en el sopor de la resaca mostré a mis amigas los rubíes encarnados que manchaban la sábana blanca. No lo podían creer. Entonces, ¿estabas virgen?, repetía la Better con su manito en la boca. Tampoco lo pudo creer Vallejo cuando lo encontramos en el hall del hotel y me dijo sonriendo: Viste, Cinderella, que los tacos colombianos te ahorcaron los pies.

* Se publica con autorización del Grupo Editorial Planeta.

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