Macondo detrás de la cámara

El escritor que narra el documental recuerda su experiencia durante el rodaje junto al director Justin Webster. Recorrieron el centro del país y la costa Caribe en busca de la historia del nobel.

Juan Gabriel Vásquez durante la grabación del documental. Aquí en el que fuera el salón de clases de Gabo en Zipaquirá. Foto cortesía JW Productions

A bordo de un helicóptero de latas frágiles que se sacudía como si lo empujaran desde los lados, metido en medio de una tormenta tropical a quinientos metros sobre las vacas que se resguardaban bajo los árboles, me pregunté si realmente valía la pena pasar por esto para terminar un documental de literatura, aunque se tratara de una de las literaturas que más me han importado en la vida: la de Gabriel García Márquez. Eran las cinco de la tarde, pero las nubes eran tan oscuras que ya se había hecho de noche, y dos cortinas de agua que parecían pintadas en el aire se habían cerrado contra nosotros, de manera que durante varios minutos no vimos nada: ni nosotros, los pasajeros, ni los pilotos cuyas voces oíamos por los audífonos, y que discutían, con más calma de la que me parecía aconsejable, el cierre por mal tiempo de todos los aeropuertos a los que planeábamos llegar. En el fondo del cielo estallaban los relámpagos, y si no oíamos los truenos era porque los ahogaba el estrépito de la lluvia sobre las latas del helicóptero. Y yo pensaba: ¿en qué momento me metí en esto? Y también pensaba: ¿realmente valdrá la pena?

Aquel vuelo entre Sucre y Cartagena fue el cierre perfecto de una temporada intensa que había comenzado catorce meses atrás, durante el verano de 2013. En un restaurante de Barcelona, Justin Webster, un documentalista inglés a quien yo conocía desde comienzos de siglo, me lanzó esta propuesta: contar con imágenes la vida del autor de Cien años de soledad. El proyecto era de una sencillez peligrosa: viajaríamos por los lugares donde había transcurrido la vida de García Márquez y trataríamos de averiguar, mediante investigaciones, conversaciones y testimonios, cómo había sucedido que un niño de Aracataca se convirtiera en el autor más leído —y acaso también el más influyente— de la lengua española. A Webster le dije que sí de inmediato, sin saber realmente en lo que me metía, y eso por varias razones. Primero, me estaba pidiendo que hiciera lo que me he pasado media vida haciendo: bucear en el misterio de la creación literaria y tratar de volver a la superficie con algún descubrimiento entre las manos. Segundo, soy lo que Mario Vargas Llosa llama un fetichista de la literatura: me gusta visitar los lugares de los escritores que me interesan, ver sus cosas y sus casas, los espacios de sus ficciones y sus biografías. Y tercero, Webster había ya dirigido documentales que me parecían admirables, desde una investigación sobre el atentado terrorista de la estación de Atocha en Madrid hasta Yo seré asesinado, una reconstrucción espeluznante de la muerte de Rodrigo Rosenberg en Guatemala. Verlo trabajar sería un privilegio.

La muerte de García Márquez, que a nadie tomó realmente por sorpresa, estuvo a punto de echar a perder el proyecto. Pero Webster siguió adelante, y al cabo de unos meses ya sabía perfectamente qué quería contar y me había convencido de que yo tenía que contarlo. Fue a Petersfield para hablar con el biógrafo Gerald Martin y a Barcelona para hablar con la agente Carmen Balcells. Fue a París para hablar con Tachia Quintana, la novia parisina de García Márquez en los años cincuenta, y a Nueva York para hablar con Bill Clinton, que le contó cómo había estado a punto de terminar el bloqueo cubano por la insistencia de un novelista caribeño. Vino a Bogotá para hablar con una nómina maravillosa de hombres y mujeres cuyas historias me confirmaron lo que siempre he pensado: que mi país andaría un poco mejor si les hiciera más caso a sus periodistas. También Webster descubrió una Colombia que no conocía, a pesar de que no es un extraño aquí: hace unos años se metió en la zona más roja del Cauca profundo y estuvo corriendo varios riesgos que luego le reprocharíamos, y todo para hacer un documental sobre el juez Baltasar Garzón, que por esos días estaba hablando con los indígenas e irritando a los terratenientes.

Cuando me tocó el turno a mí de intervenir directamente en las filmaciones, viajé de Aracataca a Bogotá y de Zipaquirá a Cartagena y de Sucre a Barranquilla, siempre con la sensación de estar persiguiendo fantasmas, de estar buscando en vano mundos desaparecidos y al mismo tiempo de estar ganando, por vías recónditas, una comprensión de mi país y de su historia que de otra manera me habría perdido sin remedio. Mi maleta era demasiado pesada para tan pocos días, porque llevaba en ella más libros que otra cosa. Por las noches leía las biografías de Gerald Martin y de Dasso Saldívar, los ensayos de Eligio García y de Conrado Zuluaga y de Juan Gustavo Cobo, pero sobre todo páginas dispersas de García Márquez donde a veces creía encontrar, como la moneda que se nos ha perdido en el prado, una pista oculta de su genialidad. Durante el día, en medio de un calor salido de ese cuento donde los pájaros se mueren en pleno vuelo, visitaba a personas que saben de la vida y los libros de García Márquez más de lo que yo llegaré jamás a saber, y les hacía preguntas cuya urgencia apenas ahora comienzo a dilucidar. Nunca dejaré de agradecerles las historias que me contaron y las revelaciones a que me condujeron.

Esta parte del viaje, de ese viaje largo y complejo que fue la invención de este documental, comenzó a terminar en Sucre, adonde fuimos para explorar los escenarios reales de Crónica de una muerte anunciada. Después de aterrizar en el campo de fútbol, yo me quedé en tierra para empezar a interrogar a Isidro Álvarez, un escritor local que conoce el crimen de Santiago Nasar como si lo hubiera presenciado; mientras tanto, Webster y Lucas Gath, nuestro director de fotografía —un argentino que maneja la cámara como Borges los endecasílabos—, se habían ido a sobrevolar el río para hacer tomas de apoyo. Habían volado sin puertas, para filmar mejor, y eso requirió que Lucas se pusiera un arnés especial que lo ataba a las estructuras del helicóptero. Pero cuando volvieron a aterrizar, después de volar a alturas de vértigo y hacer en el aire los giros inverosímiles que sólo un helicóptero puede hacer, Lucas se dio cuenta de que nunca había cerrado el arnés. Durante todo este tiempo le había bastado una mano para sostener la cámara, pero si hubiera necesitado la otra, se habría soltado pensando que el arnés lo ataba al helicóptero, y yo estaría contando una historia de tono muy distinto.

Esto me lo contó Lucas en el helicóptero infernal que nos llevó de regreso a Cartagena. Nos hablábamos a través de micrófonos, por supuesto, porque nunca hubiéramos podido entendernos de viva voz en medio del diluvio. A mi lado, Webster me miraba como tratando de leer en mi cara la gravedad de la situación. Yo, por mi parte, pensaba para distraerme en el privilegio que había sido oír a Jaime García Márquez hablar entre carcajadas de la vida sexual de sus hermanos, o leer —gracias a Gustavo Tatis— la página de papel en que apareció el primer artículo de García Márquez en El Universal. Pensaba en el placer que había sido caminar por el puerto donde ocurren las escenas de esa obra maestra que es El coronel no tiene quien le escriba, o visitar la calle en que los hermanos Chica destazaron a Cayetano Gentile en 1951 para que uno de sus conocidos, treinta años más tarde, publicara una pequeña maravilla y le pusiera el título más parodiado del siglo.

Y pensaba entonces que menos mal me había metido en esto. Y pensaba que sí, que había valido mucho la pena.

 

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