La maqueta de un tiempo mejor

La cinta, dirigida por Wes Anderson e inspirada en textos de Stefan Zweig, se ha convertido en la película más taquillera del realizador, con más de US$170 millones recaudados sólo el año pasado. </p><br><div class="block-title-gray"><a href="http://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/cine/grandes-apuestas... a: ´Las grandes apuestas de los Óscar'</a></div><br>

MonsieurGustave H. (Ralph Fiennes) y el joven Zero Moustafa (Tony Revolori). / Fox

Una película que arranca cuando una mujer a mediados de los años ochenta visita un monumento a un escritor afamado en una ciudad inexistente de Europa del Este. Un héroe nacional que pronto reaparece como un hombre ya viejo quien asegura que la historia que va a narrar, aquella de su novela El Gran Hotel Budapest, le llegó en la forma como lo ha contado en su libro. De ahí, el autor se revela ahora en 1968, cuando sufre de “bloqueo de escritor, una forma de neurastenia muy común en los intelectuales de la época”, por lo que viaja hacia las montañas en busca de paz y quizá algo de inspiración. Su refugio será el Gran Hotel Budapest, una construcción enorme y acaso improbable, pero fantástica en su opulencia desgastada, una institución que se va a pique con toda su gloria a cuestas.

El autor conoce al dueño del hotel, Zero Moustafa, un antiguo magnate que insiste en dormir en un cuarto de servicio cuando se hospeda en su propiedad. “¿Cómo compró el hotel?”, le pregunta el escritor. “No lo hice”, responde el dueño.

Desde ahí, la cinta se devuelve aún más en el pasado, hasta los años 30, para entregar la verdadera historia del Gran Hotel Budapest, un lugar profundamente relacionado con Monsieur Gustave (Ralph Fiennes), el conserje del lugar en su época de mayor esplendor: un hombre estricto con su personal, aunque entregado a ciertos placeres, como la colonia, las buenas bebidas y las mujeres, particularmente si son “rubias, ricas, necesitadas, superficiales, vanidosas y de cierta edad”. En ese cruce de actividades diurnas y nocturnas, Gustave se encuentra con Zero (Tony Revolori), el nuevo botones del lugar, un joven que terminará por acompañarlo durante una larga aventura en la que estalla una guerra, algunos personajes mueren, son decapitados, pierden dedos de una mano y caen de precipicios sin que esto rompa el tono más bien de ingenua comedia que tiene la película.

La cinta de Wes Anderson, su octavo título como director de largometrajes, funciona como una máquina precisa y bien aceitada, como el mecanismo de un reloj antiguo que no falla. Los planos están compuestos con una precisión casi geométrica; las tomas siguen a menudo a los personajes durante la acción, aunque sin llegar a ser cámara montada al hombro: como si Anderson hubiera diseñado cuidadosamente sus encuadres y toda la acción hubiera sucedido naturalmente en frente de él. El fotógrafo de National Geographic Sam Abell cuenta que su método preferido de trabajo es lograr una composición balanceada y atractiva y luego esperar pacientemente a que la acción suceda sin que nada intervenga.

Este nivel de control se refleja no sólo en la forma como se presentan las secuencias, sino que también se siente en la historia como tal, que no deja de avanzar a buen ritmo, aunque sin ser frenética. En este punto, Anderson se permite un lujo escaso, quizá: desarrollar una trama sin prisa, con personajes bien dibujados y a su manera encantadores, sin sobrepasar la hora y cuarenta minutos de proyección.

Más que una aventura, una cinta de acción, El Gran Hotel Budapest es una película permeada por la nostalgia. No es gratuito que el centro de la trama se encuentre tres capas más abajo del punto inicial de la historia, por ejemplo. Pero el interés por el pasado no es sólo un asunto que se soluciona con ir atrás en el calendario, sino que es una cuestión que está fuertemente anclada en los personajes, particularmente en Monsieur Gustave: un caballero algo torpe, incluso burdo y violento bajo ciertas presiones, que encarna un nivel de decoro y elegancia propia de un mundo que, en el país ficcional de Zubrowka, comienza a desaparecer bajo el peso de las guerras en Europa del Este. “Aún hay rastros de civilidad en este matadero salvaje que alguna vez fue la humanidad”, dice Gustave.

Sin combates ni batallas a campo abierto, ni trincheras, los militares aparecen de tanto en tanto en la película. Apenas se ven los tanques y las armas, pero su presencia confirma que el esplendor de la época está a punto de extinguirse y con él la luz y la textura de un tiempo que Anderson presenta lleno de colores vibrantes y contrastados en escenarios meticulosamente diseñados, construidos más a mano que en computador, como si se tratara de la maqueta de un tiempo mejor.

El hotel es refugio y símbolo de una especie de resistencia ante el horror de una época que en la vida real, y en países reales que hoy ya no existen, llevó a la caída de varios imperios y a la muerte de millones de personas. Los estragos de los hombres. Eduardo Escobar escribió: “Dios, según el libro sagrado, nos creó a su imagen y semejanza. Pero es obvio que nos representa mucho mejor su compañero de fórmula”.

El compañero de fórmula, entonces, está presente en la cinta de Anderson, por supuesto, pero sin tridente ni llamas ni caras fúnebres. Siempre hay risa y, por supuesto, elegancia. Todos los elementos del drama están ahí, pero la mirada es diferente, plena en carisma e intimidad: cuando lo dramático también divierte.

 

 

* ‘El Gran Hotel Budapest’ está nominada a nueve premios Óscar: mejor película, cinematografía, diseño de vestuario, dirección, edición, maquillaje, banda sonora, diseño de producción y guión original.

 

[email protected]

Temas relacionados