Margarita aprendió a bucear

La autora, radicada en Buenos Aires desde hace diez años, explora una vida familiar muy ligada a su biografía.

Margarita García Robayo nació en Cartagena en 1980. / Editorial Planeta

Se sumerge en aguas turbias y profundas. Difíciles por lo densas. Margarita baja a través de los remolinos de la memoria familiar, y vuelve a la superficie a escribir lo que pesca. Trae con ella jirones de recuerdos paternos en su época de infancia, fragmentos de vivencias con su madre y hermanos incubados en el calor del trópico cartagenero, remembranzas de momentos políticos y sociales de un país que a comienzos de los noventa le apostaba a una nueva “oportunidad sobre la tierra”. A pesar del título de su primera novela, Lo que no aprendí, ella aprendió. Y de qué manera.

Abordar la familia de uno, en especial en esa etapa de la vida en que las percepciones pueden estar permeadas por los muchos elementos subjetivos apreciados por los ojos-niño, es un ejercicio riesgoso. Un paso en falso y peligra la vida del escritor que puede caer en una deificación de los seres queridos o, por el contrario, pasar cuenta de cobro contra aquello y aquellos que le malograron la infancia. No hay que olvidar, como dice el maestro Gabo, que “la vida no es la que uno vivió, sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda para contarla”. O, como dice la autora, “la memoria de una familia eran muchas, tantas como miembros tuviera (…), tantas como secretos se guardaran entre sí”. Tal vez por ello, en una conversación reciente su mamá le dice: “Si no te gustan mis recuerdos, empieza a juntar los tuyos; y si tampoco te gustan ésos, cámbialos, y así: es lo que hacemos todos”. Margarita le argumenta: “Yo no sé hacer eso”. Y ella le responde: “Entonces aprende”.

La autora sale muy bien librada del trance. Tiene la habilidad literaria suficiente, a pesar de su juventud, para poner las cosas en su sitio. Combinar la ficción y la realidad requiere mano diestra para entretejer la filigrana, en especial cuando el padre, personaje central, es un ser distante pero afectuoso, que tiene poderes especiales, los mismos que su hija de once años, Catalina/Caty, va descubriendo a través de ciertos comentarios maternos. Ante la pregunta de qué era lo que ella advertía que sus hijos no podían contarle a nadie, la respuesta es contundente: “Lo que le pasa a tu papá”. “¿Y qué le pasa?”, repregunta Caty. “Que a veces se muere”.

Margarita García Robayo vive desde hace cerca de diez años en Argentina, donde fuera de dirigir la Fundación Tomás Eloy Martínez, se dedica a lo que más le gusta: ser una artesana de la palabra. No sólo en sus escritos y crónicas para diferentes revistas y periódicos, que la han dado a conocer, sino por sus cuatro libros anteriores y ahora esta novela. Ella quería contar su cuento, pues “cuando uno necesita decir algo, necesita decírselo a alguien, no al mundo. Y ése es el problema de los escritores: que confundimos al mundo con alguien”.

Como en la novela de Mempo Giardinelli Santo oficio de la memoria, este debería ser un ejercicio individual más difundido entre los seres humanos. Una actividad en la cual se pudieran drenar todos las vivencias que se encuentran ancladas en lo más profundo de nuestro pasado. No recostados en el diván del psicoanalista, ese partero de los recuerdos, sino frente a una hoja de papel y para consumo interno. Lo que no aprendí es una buena excusa para aprender a hacerlo.

chacumbolo@gmail.com

 

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