Margarita García Robayo: “El matrimonio es una cuestión de fe”

García Robayo ha escrito, entre otros títulos, Hasta que pase un huracán (2012), Lo que no aprendí (2013), y Cosas peores (2014). Tiempo muerto (2017) es su novela más reciente; un libro que explora el concepto de la identidad a partir de la historia de una pareja de esposos a quienes les ha llegado la hora de aceptar que todo lo que hubo entre ellos alguna vez se ha venido abajo.

La escritora cartagenera Margarita García Robayo, en una de sus presentaciones durante su último viaje a Bogotá. Cortesía

Margarita García Robayo se levanta temprano, toma una ducha y se viste, resignándose al indeciso clima bogotano; sale de su habitación, esa que le dieron en el hotel de la carrera séptima y en la que estará alojada por una semana, oprime el botón para llamar el ascensor y entra en aquella caja que sube y baja a un ritmo pendenciero, mareador. Es como estar en un barco que se mueve para arriba y para abajo. Toma el desayuno y se dirige a nuestro encuentro. “Tienes una entrevista programada para las 9 de la mañana”, le han dicho las personas de la editorial. “Hola”, me saluda. Lleva el cabello negro, al igual que la blusa que ha escogido para vestir, y sus ojos tienen un brillo que oscila entre el cansancio y la expectativa. “Hola”, le digo. Caminamos hasta una mesa, ella va por un café. Regresa. Hablamos.

En Tiempo muerto (2017), al igual que en varios de sus otros libros, mantiene el interés por explorar el concepto de la identidad. ¿De dónde viene esta curiosidad por encontrarle respuesta a lo que somos o dejamos de ser en algún momento?

En realidad, no estoy segura de si quiero encontrar una respuesta, pero sí es cierto que no quiero dejar de hacerme la pregunta. ¿Cómo se constituye una identidad? Creo que es una batalla perdida, en todo sentido. Tratar de singularizar el concepto de identidad es el primer problema con el que nos encontramos cuando tratamos de descubrir qué es. Me interesa trabajarlo por una cuestión personal, en primera instancia. Hace mucho me fui de mi país, de mi ciudad, estuve en algunos lugares y siempre me he enfrentado a aquello de la pertenencia. ¿De dónde vengo? ¿Para dónde voy? Escribir sobre esto es un modo de explicármelo.

¿Cómo es planteada la figura de la madre en esta novela? ¿Cuál es la mirada que posa sobre el personaje de Lucía?

La figura de la madre no está representada solamente por Lucía. Hay otros personajes que también asumen ese rol, y bueno, no fue algo consciente, pero después me di cuenta de que tanto Lety como Cindy dan cuenta de una maternidad sustituta, por llamarlo de alguna forma. Me interesaba tratar una clase media-alta en la que fuera normal esto de tener una niñera o alguien que se encarga del cuidado de la casa y de los hijos, cuando la madre no está. Y la inclusión de estos personajes me pareció muy importante para sugerir esto, que hay otro tipo de maternidades.

Ahora bien, casi todo lo que escribo ha pasado antes por una experiencia vital. Lo que uso para escribir tiene que ver con circunstancias por las que haya pasado. No puedo hacerlo de otra manera. Sin embargo, no quiere decir que yo suscriba todo lo que dicen y piensan los personajes. Es una ficción, una construcción. Con el personaje de Lucía lo que quise hacer fue “retratar” a este tipo de mujeres muy contemporáneas que acceden a la educación, que logran privilegios educativos mucho mejores que los que consiguen sus parejas, que se constituyen como lo que llaman “mujeres empoderadas” y que tienen la capacidad de controlar casi todo lo que les pasa en su vida; incluso, deciden qué hacer con su cuerpo, si quedar embarazadas, si abortar. Son mujeres que están a cargo de su feminidad en absolutamente todo. Ponerlas en situaciones sumamente cotidianas que, aparentemente, son inocuas, pero que en alguien que tiende a atravesarlo todo por el discurso ideológico, como suelen ser este tipo de personajes, te ponen automáticamente en conflicto. Entonces, tu hija llega a la casa con un dibujo “trans”, y sientes la necesidad de no atravesarlo por el discurso ideológico, decir: “En esta casa se permiten todo tipo de demostraciones identitarias”, y tiene 6 años. Otra madre que no tuviera todo este rollo en la cabeza podría haber dicho: “¡Ay, qué lindo! ¿Es nena o nene?”. Entonces, con Lucía me gustaba tratar ese tipo de mujer capaz, inteligente, empoderada, líder, para después verla muy confundida frente a su rol como mamá.

¿Cómo acceder al mundo de los otros?

Las motivaciones y las búsquedas de los personajes que planteo, sin duda, las pienso bien y así es como intento desarrollarlas. En el caso del personaje de Hasta que pase un huracán, me interesaba retratar a alguien que estuviera perseguido por la fuga, alguien que necesitara y quisiera irse. Este personaje vive constantemente en un péndulo, se va, pero vuelve; se va, pero vuelve. Y termina encontrando ese oficio, el de ser azafata, que puede salvarla de su destino, pero lo que sucede es justo lo contrario, termina afianzando esa idea de nunca poder salir de dónde viene. Entonces, todas estas elecciones fueron conscientes. En el caso de Tiempo muerto, lo que son los personajes, ella becaria y él profesor, no están al mismo nivel. Él viene de una universidad conservadora, ella accede con una beca a Yale, que es como el sueño de cualquiera que quiera dedicarse a una vida académica, pero también es un poco engañoso porque todo ese mundo de allá no es tan maravilloso como se creía, está lleno de gente que desprecia o desconoce a los demás. Me interesaba, pues, que ellos vivieran eso, que accedieran a ese tipo de educación, que vivieran en esa ciudad, para poder desarrollar otra de las cosas que a mí me interesaban: las personas que están llenas de contradicciones. Lo que, justamente, es lo que hace más problemático que puedan tener una identidad genuina. Ellos no son de ahí, viven en un lugar donde todas las casas son iguales, son profesores en un sitio donde hay tantos profesores como ellos. Tienen muy pocos distintivos. De manera que, todo ese esfuerzo, todo ese trabajo que esta gente hace para acceder a algo, los homogeniza, los convierte en uno más. Esa es una gran contradicción. Por eso me interesaba que ellos fueran así, siempre intentando acceder al mundo de los otros, que ella quisiera ser madre, pero no. Entonces, recurren a la inseminación, con esa idea de que todo es artificial. Y así es su vida, medio artificial.

¿El matrimonio está en crisis?

Hace mucho que lo está, al menos como institución. El matrimonio es una cuestión de fe. Quien lo asuma tiene que creer que eso es lo mejor para su vida, que es lo que quiere. Creer es muy difícil. Hay muchas cosas que ponen a tambalear tu convicción frente a algo. Así pues, puede haber muchas más razones para no querer estar con una persona que para querer estar. En cambio, no creer es muy fácil. Estamos acostumbrados a ser escépticos. Mantener la creencia a unos cuantos preceptos es complejo, la fe no resiste el análisis. Con el matrimonio me parece que ocurre algo así, hay que tener una dosis importantísima de convicción y de fe. Creo que se ha convertido en otra de esas tantas elecciones individuales que dependen, exclusivamente, de lo que piense la persona.

Ahora bien, lo que les sucede a los personajes del libro es que ya están sobregiradas las cosas entre ellos. Se les pasó el tiempo, no se dieron cuenta, y desconocen quiénes son. De repente, se despiertan y dicen: “¿Qué? ¿Quién es esta persona?” En ese momento, ya es tarde porque todo eso que tenían es irrescatable, se pudrió hace mucho, se acabó.

¿Somos víctimas de pequeños fragmentos de tiempo muerto?

Sí, todo el tiempo. Cuando nos sentimos estancados, sentir que no se puede ir hacia adelante ni cambiar lo que se ha dejado atrás, que nada tiene sentido, que un espacio, una ciudad, no puede ofrecerme más, llevo caminando mucho tiempo por las mismas calles, repitiendo lo mismo todos los días, mirando los mismos rostros. ¿Qué hago acá? Creo que eso es algo que sucede de forma natural, caer víctimas de esa inercia, sentenciados a repetir lo que hacemos, sin preguntarnos por qué.

¿Qué hay con los cuentos de Cosas peores? ¿Cuál es el mundo narrativo que se forma al interior de este libro?

Ese libro lo pensé bastante a nivel de unidad. Primero fue una cosa más bien intuitiva y luego traté de darle algún sentido a todo lo que estaba allí porque, aun cuando uno no quiera, en estos textos hay algo que los engrana. Eso surge a pesar de uno mismo. Estos cuentos los tenía guardados y luego, con el tiempo, me dediqué a trabajarlos, a pulirlos. Lo que tenía ahí era, básicamente, una reflexión en torno a temas como el cuerpo, los vínculos afectivos, las situaciones de enfermedad en las que se ven envueltas las personas; en el libro hay un cuento sobre un niño que no para de engordar, hay una hija muerta y un padre que trata de acercarse a otra. Son cuentos que tienen que ver con el deterioro del cuerpo, la falta de control. No podemos controlar la enfermedad, la muerte. En realidad, son pocas las cosas sobre las que tenemos control, es mucho menos de lo que creemos. A pesar de que queramos no podemos hacer nada.

¿Son muy raras las personas normales?

Sí, son lo más raro del mundo (risas). Este libro (Las personas normales son muy raras) surgió de una columna que yo hacía para un diario en Argentina y que me exigía salir como con una lupa a las calles, a mirar a la gente, fijarme en los detalles. Trataba de rescatar esas cosas que me parecían elocuentes para tratar de contar algo específico. Entonces, me di cuenta de lo rara que puede llegar a ser la normalidad. Ese ejercicio fue como salir con un microscopio a fijarme en la cotidianidad, salía a buscar nada y me encontraba con todo.

¿Se puede soñar con llegar a ser extranjera en este mundo? ¿Cómo se da el tratamiento del concepto de “patria” al interior de Hasta que pase un huracán?

Es como un sinsentido eso (risas). Llegar a ser extranjero es como no ser nada, finalmente. Era como un juego de niños, en realidad. Lo que sí creo es que, por suerte, cada vez se va desdibujando esa línea que se traza entre cada país. Es absurdo que a cada lugar que uno va le tengan que pedir un papel que dice de dónde viene, ¿a quién le importa saber dónde nació uno? Ese es un dato fuera de lugar, realmente. Entonces, en este libro me interesaba tratar cómo pierde sentido saberse o no perteneciente a una “patria”. El personaje de la novela siente que no pertenece a ninguna parte. En realidad, nadie nace con las coordenadas tatuadas, patria es eso que se mueve contigo. Y eso, en sí mismo, es una contradicción. Uno puede poner en duda a dónde pertenece, pero nunca de dónde viene.

¿Cuál es la representación de familia que se consigue en Lo que no aprendí?

Es la mía, básicamente. Ese es mi libro más autobiográfico. Lo que quería hacer allí era acudir a los recuerdos de mi infancia para tratar de reflexionar sobre lo falible que es el proceso de hacer memoria. Intento hacer una reconstrucción de los recuerdos familiares que, en determinado momento, se ven rodeados de versiones que no coinciden. Creo que el concepto de “familia” que trabajo aquí, de alguna forma, contribuye a generar una historia totalmente intervenida y, en ocasiones, falsa de lo que sucedió. ¿Cómo personas de un mismo grupo familiar pueden tener versiones tan distintas de sí mismas?

Usted es una escritora colombiana que reside en Argentina. A la distancia, ¿cómo ve el panorama de nuestra narrativa?

Me tiene impresionada, realmente. Ha cambiado mucho en poco tiempo. Cuando yo me fui de Colombia, todos leíamos prácticamente lo mismo, aquello que producían los nombres ya instalados en la literatura nacional. Ahora, hay una variedad y una diversidad increíbles. Todavía me cuesta saber si hay algo en común, una asociación tópica o estética. No sabría decirlo. Lo que sí encuentro es muchísima calidad en medio de esa diversidad. Cada vez me encuentro con más autores que me gustan, y eso me marca de alguna forma porque me siento parte de una generación que está haciendo las cosas bien.

Colombia tiene escritoras, ¿qué nombres podría destacar?

Es difícil. Yo leo lo que me llega. Entonces, no podría hacer un balance general. Leo, por ejemplo, el catálogo de Laguna Libros que cuenta con escritoras como Carolina Sanín, que me parece una mujer brillante con sus ensayos y una autora necesaria, incisiva; me gusta mucho, en otra editorial, Pilar Quintana; las leo a Gloria Susana Esquivel, a Melba Escobar, a Juliana Restrepo. A alguien que leo con mucho fervor es a Piedad Bonnett, que me parece una mujer con una potencia impresionante en toda su obra, y creo que se ha ganado su lugar gracias al buen trabajo que hace. No es alguien a quien le hayan hecho favores, es alguien que está donde está porque se lo ganó. Su novela Lo que no tiene nombre (2013) es uno de mis libros preferidos. Allí ella es una gran reportera del dolor. Y bueno, se me escapan muchos nombres, así como también desconozco otros.

Ampliando las fronteras, ¿qué opinión le merecen escritoras como Fernanda Trías y Mariana Enríquez?

De Fernanda leí su novela La Azotea (2001) que me pareció hermosísima. Tiene una fuerza narrativa impresionante. Es una mujer muy sólida, además. Se mueve con mucha soltura en la literatura. Aún no he leído su libro de cuentos. De Mariana, en cambio, he leído casi todo lo que ha escrito. Es alguien que lleva mucho tiempo trabajando, haciendo las cosas bien. Con sus cuentos, me parece, consolida eso que venía buscando en sus otros libros. Explorar en el horror de lo cotidiano, en esas realidades que, llevadas al extremo, rodean lo sobrenatural. Creo que lo que hace es un hiperrealismo que bordea con el horror y, por ende, se acerca al terror. A ella la admiro profundamente, podría hablar horas sobre lo que ha logrado.

¿Para qué seguimos escribiendo, Margarita?

Joan Didion me lee la mente al respecto. Ella dice: “Escribo para saber lo que siento y lo que pienso”. Eso es para mí la escritura, una búsqueda que me permite entender cosas del mundo y de mí misma.

Tengo que preguntar… ¿Que llegue tarde la muerte, o que lo haga pronto y sin dolor?

¡Ay, no! ¿Por qué preguntas eso? No me gusta hablar de la muerte, me da pavor, aún más desde que soy madre. Sucede que la maternidad te fortalece en algunos aspectos, pero te debilita en otros. Es como si el mundo se hubiera amplificado, entonces, veo todo con mucha más intensidad: los peligros, las tensiones… Es como vivir con una lupa en los ojos, me dice Gabriela Wiener. Pero bueno, si tengo que elegir alguna forma de morir, pues, que llegue pronto y sin dolor.

 

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