María Camila

Noticias destacadas de Cultura

Rosmery es una chica menuda de tamaño pero con unas mastodónticas ganas de vivir, a quien conocí a mediados de 2005 cuando...

Rosmery es una chica menuda de tamaño pero con unas mastodónticas ganas de vivir, a quien conocí a mediados de 2005 cuando yo adelantaba la investigación que concluyó con la publicación de mi libro de crónicas con fondo de noche ¿Sex o no sex? Para entonces, esta veinteañera de voz suave y dulce pero de mirada determinada, había enterrado a sus dos niños —uno a los tres y otro a los seis meses de nacido— y a su marido, su novio eterno desde épocas escolares, con quien conoció el amor y el erotismo. Todos tres murieron de lo mismo: como consecuencia del VIH.

Desde que supo que es portadora del virus, Rosmery alzó la voz buscando llamar la atención de que el sida no es “una enfermedad moral sino una infección viral”. El texto que la describe en mi libro comienza diciendo: “Corajuda y fuerte, no temió alzar la voz para imponer sus creencias en una sociedad que la discrimina por una enfermedad de la que hace apenas unos cuantos años conocía tan sólo de nombre pero de la que se volvió experta desde que forma parte de las estadísticas nacionales que hablan de 40.072 infectados en dos décadas que lleva el virus del sida en Colombia”.

Una tarde de marzo pasado recibí una llamada suya. Luego de cuatro años sin escucharla, tardé un par de segundos en recordar su nombre pero encontré en su voz esa calidez que da la serenidad de quien ha sufrido mucho y en lugar de guardar con odio su dolor ha sabido reconocer que ha venido a este mundo a ayudar con su experiencia.

La razón de su llamada no podía ser más hermosa: compartirme la magnífica noticia del nacimiento de su hija hacía ya tres meses. Según el parte médico, la niña nació saludablemente sana, que en este caso no es pleonasmo sino énfasis para aclarar que su sangre, al igual que la de su padre, no está contagiada con VIH. De este párrafo rescato la idea de que si alguna vez el sida llevó a Rosmery al erróneo convencimiento de que no volvería a conocer el amor, menos tenía razones para creer que algún día estaría de nuevo embarazada.

Conocí a María Camila, que es el nombre de la niña, la tarde en que le celebraban su primer año de vida. Puedo dar fe: es vivaz, como su Rosmery, de ojos alegres y cejas tan grandes y pobladas que parecen postizas. María Camila ya dio sus primeros pasitos y, según parece, será tan habladora como su feliz mamá.  

Dice la tradición que, con Jesús en el pesebre, a los pocos días llegaron hasta él tres reyes magos llevando oro, incienso y mirra a modo de celebración de tan importante suceso. Son los mismos regalos que se reparten entre los niños de todo el mundo el veinticuatro de diciembre o el seis de enero, ahora simbólicamente representados en play stations, pistolitas de plástico y Barbies divorciadas de su Kent.

La práctica consumista de Occidente ha calado en nuestros hábitos llevándonos a entender por Navidad infinidad de regalos, sonrisas de hipocresía y falsos espíritus de paz y armonía. Pero Navidad viene de nacimiento y hace gala al advenimiento —para usar una expresión católica— a la tierra del hijo de Dios. Por eso para algunos, los regalos no los recibió el niño Dios sino su madre, María, con la noticia del parto de su pelirrubio y ojiverde muchacho.

gual cosa podría decir que ocurrió el año pasado con mi amiga Rosmery: cuando creía que sus puertas estaban cerradas por cuenta no de un virus sino de una estigmatización, el amor volvió a tocar en su casa y, aferrado a su mano, un potente chorro de esperanza le regaló aquello que más ansiaba: volcar su amor en un ser que antes creció en su vientre y que cada día se convierte más y más en esa personita que motiva sus nuevos miedos pero también sus alegrías.

Es lo que más me gusta de esta historia de esperanza —¡y nada gusta tanto en Navidad como una historia con mensaje de esperanza!—: que nuevamente nos enseña el placer de querer, el placer de abrazar a aquel que se quiere, el placer de creer que el mañana será mejor (que, en este caso, fue una confirmación).

Supongo que no en vano la niña nació en diciembre.

Alonso Sánchez

Este escritor nació en 1964, se crió en Valledupar y se trasladó a Bogotá para estudiar derecho en la Universidad Externado. Con su novela Al diablo la maldita primavera ganó en 2002 el Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá. Es autor también de un libro de relatos, ¿Sex o no sex?, y este año presentó su novela Líbranos del bien, una novela sobre dos actores del conflicto armado.

Franklin Aguirre

Franklin Aguirre, nacido en Bogotá en 1969, es artista plástico, gestor y director de la Bienal de Venecia de Bogotá. Estudió artes plásticas en la Universidad Nacional, cursó Arts y Business en Cambridge y terminó una maestría en Historia y Teoría del Arte y la Arquitectura. En toda su obra se hace manifiesto su gusto por los colores fuertes y brillantes y por el manejo de los medios electrónicos.

* Texto inédito especial para El Espectador.

Comparte en redes:

 

Temas Relacionados

Cuentos de Navidad