María del Pilar Zurita, la memoria de San Antero: “Todas las hormigas regresan al hormiguero”

A los 105 años, María del Pilar Zurita Macías tiene una cabellera larga y blanca, que parece una nube recogida en dos trenzas que caen en sus hombros, sobre un vestido de flores estampadas que tienen el color de su espíritu despierto. Y nos dice: “es que las cosas solo le pasan al que le suceden y por eso cada uno tiene que hacer de su cuero un tambor”.

María del PIlar Zurita, quien vive en San Antero, en la costa Caribe colombiana. Cortesía

Aunque está sentada en una silla de ruedas, todavía puede caminar, sin embargo su familia trata de que no lo haga, para evitar el susto de una caída. Por supuesto, a su edad cualquier cosa –hasta una pared- es un bastón: “Yo hago lo posible y Dios lo imposible. Esta es mi manera de seguir viva”, dice la anciana. Sus ojos sufren de cataratas, esas telarañas que le perturban la visión, pero a pesar de eso es imposible no sorprenderse con la vivacidad que conserva su mirada. 

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Estamos en el municipio de San Antero, ubicado a 80 Kilómetros de la ciudad de Montería, capital del departamento de Córdoba. Nos encontramos con doña María del Pilar en la terraza de su casa en el barrio Central Arriba. Al frente está una sus hijas, Judith Garcés. A su lado, Faneth Murillo, una de sus nietas. Un niño de apenas un año, que gatea a su alrededor, no deja de intentar subirse a las piernas de la anciana: es su tataranieto y hace parte de una larga lista de descendientes.

¿Y quién le enseñó todo lo que sabe, señora Zurita?, pregunto. Y entonces ella se queda mirando el aire, con cara de recuerdo, y de pronto responde que su maestra “se llamaba Asunción Guerrero, oriunda de Tolú, con quien aprendió a leer, también el arte del bordado, y todo lo que tiene que ver con los partos. Nosotros nos queríamos mucho. No sé qué habría sido de mí, si no me hubiera enseñado tantas cosas, porque cuando yo iba, ella ya venía, y lo que yo iba a buscar, ella ya lo traía”.

¿Y cómo aprendió? “Yo le dije que me llamara cada vez que se presentara algún parto –cuenta ella-, porque quería ver cómo hacía para atender a las personas en ese estado. Yo siempre he sido muy curiosa. Y así empezamos. Me mandaba a llamar con alguien y yo salía corriendo y me ponía a colaborarle en todo lo que pudiera. Unos enseñan lo que saben y otros lo que aprenden”.

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“Mi maestra, Asunción, atendía a las embarazadas en su casa –continúa relatando-. Yo me quedaba observando, preparando sábanas, calentando agua, haciendo todo lo que ella me pedía. Así aprendí a tomar la presión arterial, poner inyecciones, cortar cordones con las tijeras, coger puntos en las heridas y desinfectarlas. Me acuerdo de que a los niños que nacían con problemas para respirar, había que jalarles la nariz y hundirles el pecho, les untaba aceite en el ombligo cortado para que no se pegara a la piel, también polvos, y muchas cosas más, aprendí”.

La cédula de María del Pilar Zurita Macías dice que nació el 12 de octubre de 1923. Sin embargo, su hija dice que fue en 1914: fue mucho después que hicieron los trámites legales de registro. Tuvo seis hijos, de los cuales han fallecido tres, muy jóvenes, por problemas cardiacos. 

“Eso fue algo que le dio muy duro a ella, tener sepultar sus hijos. No fue fácil superarlo, pero lo hizo”, cuenta su nieta Faneth, quien vive en Bogotá y periódicamente viene hasta San Antero a pasar tiempo con la familia.

“Mi abuela trabajó desde muy niña. Hacía trabajos domésticos, lavaba ropa para otras personas, pilaba arroz, fue agricultora y también artesana. No fueron fáciles sus comienzos, tocaba hacer cualquier cosa para ayudar a mantener su familia, hacía vestidos de matrimonio, organizaba eventos. Y por supuesto, la buscaban mucho para que las atendiera con sus conocimientos de las enfermedades, y tratamientos con yerbas medicinales”.

Toda su vida se ha mantenido aquí, dice su nieta, siempre en estos predios. Es una de las nativas de la región y fundadora de San Antero. Me dicen que la gente del pueblo venía para que ella los atendiera, porque en aquella época aquí no había médicos, ni centros de salud, así que por muchas décadas fue la médica del pueblo, respondía por la salud de todos. Incluso venía gente de lugares lejanos.

Entre yerbas y males de ojo

A su edad matusalénica, María del Pilar Zurita no sufre de nada. Sus familiares no recuerdan que haya enfermado en alguna oportunidad. Ahora sólo tiene achaques naturales de la edad, como la presión arterial y las cataratas en sus ojos. Controla sus esfínteres, reconoce a la gente, camina todavía, y hasta hace pocos años salía a la calle para hacer diligencias. “Es mejor no ponerla en peligro, porque la gente a su edad se vuelve de vidrio”, dice una vecina que la visita con frecuencia.

Cuando se le pregunta cuál es su secreto para una larga y saludable vida, la tatarabuela contesta por momentos con voz fuerte, luego guarda silencio, y de un momento a otro vuelve a hablar con energía: “Si el hambre es grande no hay pan duro. Me gusta la chicha de arroz, el ñame, la yuca y los plátanos, también las sopas de pescado, porque son muy ricas, y peto de maíz endulzado con panela de caña”. 

Antes se practicaba mucho la medicina natural, dice la hija de María del Pilar: “Por ejemplo, mi mamá usaba orégano y verbena contra las enfermedades respiratorias, cocinaba muchas plantas, y luego las ponía al sereno de la noche. Ella trataba de aprender cosas de cualquiera que supiera, incluso de su marido, mi papá, José Isabel Garcés, quien no sólo era músico, también sabía otras cosas.

“Yo sé que arriba de Dios no hay nadie, pero acá en la tierra a esas personas que tienen conocimientos de plantas, rezos y contras para los maleficios, los llaman ‘curiosos’, es decir, alguien que sabe cosas, pero no puede revelarlas porque después no funcionan. Mi papá era así, él conocía oraciones secretas y tratamientos efectivos para combatir enfermedades”, recuerda María del Pilar.

Mucho se habla en San Antero y la región sobre esas personas a las que se atribuye el don de la curación. Antes de la ciencia los saberes ancestrales ofrecían soluciones y todavía sus técnicas a veces llegan a donde la ciencia no puede. No son milagros –dice Doña María del Pilar-, es que la tierra sabe más que todos nosotros, de allá venimos y para allá vamos, porque todas las hormigas regresan al hormiguero, y eso no tiene que ver con iglesias ni santos.

¿Y para las inflamaciones -le pregunto- tenía algún tratamiento especial? Dice que para eso ella buscaba un sapo grande, pasaba la barriga blanca del animal sobre la parte del cuerpo inflamada, mientras hacía oraciones. Cuando terminaba el procedimiento, la barriga del sapo ya estaba muy roja, porque había chupado toda la sangre mala que había, entonces la inflamación bajaba y también la fiebre.

También aprendió a reconocer a un niño enfermo con mal de ojo. A identificar aquellas personas que tenían tanta fuerza en los ojos, que, con sólo mirar a un recién nacido, una planta, o un animal, podían enfermarles. Aquí en la región llaman “afición” a la fuerza que tiene alguna gente en la mirada. No son personas que quieran hacer daño, sólo es algo que no pueden controlar. 

También hay casos de envidia, comenta: gente que mira y produce malestares, sobre todo en los niños. Por eso es mejor alejarlos de esa gente. En esos casos, hay que coger siete palmitas de bicho (una planta local) que se pasa sobre la cabeza del niño, para que empiece a sudar todo lo que tiene adentro, mientras se hacen algunas oraciones especiales.

La humildad y actividad altruista de Doña María del Pilar es reconocida por todos en San Antero, ella dice que lo que sabe son regalos recibidos y ella debe usarlos para hacer el bien, usarlos para curar y sanar a la gente, por lo tanto, no puede cobrar por sus servicios  a nadie, tal vez solo esperar algún regalo o donación. Sin embargo, como la mayoría de los curanderos, guarda con especial celo las fórmulas secretas de sus medicamentos y tratamientos, “esas cosas no las puede saber todo el mundo, porque lo que sirve para hacer el bien, también puede servir para hacer el mal”.

En el colegio de las banquitas

Una de las cosas por la que María del Pilar Zurita es muy recordada en la región, es por su trabajo como profesora en la escuela que se inventó en la sala de su casa. Muchos de aquellos a quienes la señora Zurita ayudó a nacer, después también aprendieron con ella sus primeras letras, números, y canciones.

Siempre lo llamó “El colegio de Banquitas”, porque los niños, todos los días, llegaban hasta su casa con sus sillas y bancos de madera al hombro, para sentarse y poder recibir las clases. Desde las 8 de la mañana, hasta las 5 de la tarde, durante más de 50 años, impartió clases, muchas veces a la sombra de un árbol de olivo, hoy desaparecido, pero cuyo tronco aún conservan como una reliquia en una esquina del patio. 

“Aquí tenemos –dice su nieta Faneth- nuestro barrio vecino, el Polo Norte. Mi abuela dice que ayudó a nacer y le dio clases a todo ese barrio. Por lo que cuenta la gente, hay que creerle. En 104 años se hacen muchas cosas”.

San Antero, ubicado en la desembocadura del río Sinú, es una región rica en agricultura, ganadería, pesca y turismo; pero todos esos sectores están cubiertos por empresas cuyos beneficios no repercuten en la mayoría de la población. La región siempre ha vivido dificultades económicas que impiden a muchas familias pensar en algo distinto que buscar su comida diaria y sobrevivir. “Aquí la necesidad no dice adiós, sino hasta luego”, dice María del Pilar. Por esas condiciones, durante décadas, a las familias no les interesó que sus hijos estudiaran. 

“La gente no estudiaba ni quería aprender -dice una de sus hijas-, muchas veces mi mamá tenía que ir a las casas, a preguntar por los niños, asustada porque les hubiera pasado algo: ‘¿usted por qué no ha ido más al colegio’, preguntaba; ‘venga y tráigame la cartilla de Nacho Lee’, y se ponía a darles clases en sus casas”.

Su nieta advierte que María del Pilar nunca cobró a las familias por enseñarle a los niños. “Usted ve esta casa de material, muy bonita, pero al principio no fue así –dice-. Tuve que irme a trabajar lejos para poder darle a mi familia una vivienda digna, porque mi mamá y mi abuela vivían en una casa de palma, todavía con piso de tierra pisada, y en muy malas condiciones. El agua se metía por algunas zonas y todo se mojaba. Durante el invierno, mi abuela tenía que poner ladrillos y piedras en el suelo para que los niños no recibieran clases en el barro”, explica.

Domingo Hernández, un pescador y músico sananterano de 77 años, fue alumno de la profesora María del Pilar. Piensa que ser su estudiante fue una de las cosas más importantes que le pudo pasar en la vida. “Ella y su esposo, que fue un gran músico, hicieron mucho por la gente de San Antero. Muchos músicos de Pelayo, San Antero y la región se beneficiaron de los estudios de primaria aquí en esta casa y de la cultura musical de José Isabel”, relata.

“Y en cuanto a su trabajo como partera, ¿se imagina cuánta gente trajo al mundo si hoy tiene más de cien años?, eso fue una bendición para esta región– agrega Don Domingo-: Que yo recuerde aquí en la zona hay tres tipos de curanderos: el yerbero, la partera y el sobador. Yo creo que ella tiene un poquito de todos ellos, por eso y su trabajo como profesora es muy reconocida aquí en San Antero, también como amiga, porque  mucha gente venía aquí a pedir consejos cuando tenían algún problema que nos los dejaba dormir, ella fue el paño de lágrimas de muchos.”

Hoy día, San Antero no sólo tiene colegios privados, también públicos, y estos últimos sólo hasta hace algunos años dejaron de cobrar la educación. 

“A mí me parece que a mi abuela, aquí en San Antero, no le han hecho el reconocimiento que se merece. Eso refleja la poca importancia que le dan los funcionarios públicos a quienes corresponde valorar esta clase de comportamientos, mostrarlos como ejemplo de servicio comunitario, para que tal vez alguno sepa que no todo en la vida es hacer plata, mientras somos egoístas con aquellos que comparten la misma tierra”, se duele Faneth.

Hoy María del Pilar Zurita Macías, con más de un siglo de vida, y tras muchas décadas dedicada a prestar servicios y ayudar a su comunidad, no tiene una pensión, ni siquiera algún tipo de subsidio que la ayude a sobrellevar sus días. No hay un colegio en San Antero que lleve su nombre, como reconocimiento a su trabajo pionero en la educación, algo que sería no sólo un homenaje, también una oportunidad de que su legado se mantenga siempre presente. Hasta el día de hoy, el único símbolo de gratitud que ha recibido es un diploma, colgado en la pared, y cuyas letras ya se están borrando.

* Esta crónica hace parte del libro: Líderes y lideresas del Caribe afrocontinental e insular colombiano narran sus vidas. Editado por Grupo de Investigación sobre Igualdad Racial, Diferencia Cultural (Idcarán) y la Universidad Nacional de Colombia. Editora: Claudia Mosquera Rosero-Labbé.

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John Jairo Junieles

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