María Teresa Piedrahíta: “El desconocimiento de la ética es el pan de cada día en Colombia”

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En esta nueva entrega de la serie Historias de Vida, creada por Isabel López Giraldo para El Espectador, María Teresa Piedrahita habla sobre sus preocupaciones por el país, su familia y los valores que la han sostenido en su carrera política.

Soy una persona muy comprometida con las cosas que me interesan en la vida. Mi familia, tanto nuclear como extendida, es muy importante para mí. Tengo una disciplina muy fuerte, una enorme fortaleza de principios éticos y morales porque fui criada en valores. Hablo sin filtro y de manera sincera.

Orígenes- Rama materna

Mi línea materna tiene una mezcla que me resulta particular. Mi apellido Zawadzky es polaco, proviene de Estanislao Zawadzky, un ingeniero que participó en el trazado y construcción del ferrocarril del Pacífico.

Estanislao se estableció en Cali donde constituyó su familia de la que procede mi bisabuelo, Hernando Zawadzky, quien, junto con su hermano, fundó el primer periódico liberal del Valle del Cauca, Relator. También fue senador de la República. Se casó con Margarita López, hija de Federico López quien fuera embajador en Jamaica donde conoció a Lorleen Quaila, irlandesa, jamaiquina y judía.

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Federico y Loreen se establecieron en Buga y tuvieron tres hijas, una de ellas fue mi bisabuela, Margarita López Pomareda, mujer híper divertida que aprendió español, pero lo habló con acento. Resulta que, en 1922, se rodó la María, de Jorge Isaacs, en cine mudo bajo la dirección de Máximo Calvo Olmedo y Alfredo del Diestro. Hernando Sinisterra interpretó el papel de Efraín, mi bisabuela Margarita hizo el papel de Emma y su hermana Estela el de María. Ellos fueron los protagonistas.

Mi abuela, Nohra Zawadzky, hija de Margarita, acaba de cumplir noventa y cinco años. Es una mujer maravillosa, brillante, con una fortaleza interna inusual, adelantada a su época, completamente lúcida y trabajadora.

Se casó muy joven con Julio Córdoba, de familia valluna y bogotana y con quien tuvo cinco hijos. El menor nació con una diferencia generacional importante. Mi abuela también tuvo un negocio, Silvana, que cumplió sesenta años hace muy poco. Lo inició confeccionando uniformes para los colegios de Cali y evolución hasta producir dotación hospitalaria. Lo maneja sola porque aprendió a llevar su contabilidad en Excel, pese a que cuenta con un equipo de profesionales muy comprometido.

Tampoco era usual que las mujeres de su época estudiaran, pero ella se graduó del Liceo Benalcázar, el que años después fue también mi colegio y el de mi mamá.

Se hizo abuela a los treinta y nueve años, lo que, pensándolo bien, hoy me resulta impresionante y exótico. Enviudó de setenta años y pensé que, tras este hecho, la pérdida del amor de su vida se la llevaría: mi abuelo, a quien conoció en una fiesta a sus quince años, fue su primer y único amor. Pero ella resolvió reinventarse, como se dice ahora.

Mi abuela ha sido intelectual, muy buena lectora y una amante de la música que se dedicó a su esposo. Al enviudar tomó clases de literatura, música y volvió a leer varios libros semanales, además de cultivar la amistad sin importar la generación a la que pertenezcan muchas de sus amigas, que se han ido muriendo. Le gustan las rancheras y las acompaña con “tan solo un tequilita”, como suele decirnos.

Durante las navidades reúne a más de cincuenta personas: disfruta de sus diecisiete nietos y más de treinta bisnietos. Si a alguien me quiero parecer en la vida es a mi abuela.

A mi abuelo siempre le gustaron los caballos, las fiestas, la música y los amigos. Fue muy estricto, pero también muy consentidor. Trabajó por muchos años en el Canal RCN, lo que me permitió conocer cantantes como Celia Cruz y Daniel Santos.

Fuimos estrechamente cercanos a mis abuelos. Nos recibían en la estación de tren en Cali los fines de semana cuando mis papás nos mandaban desde Buga en Autoferro.

Mi mamá, María Victoria, es alguien de carácter recio, muy disciplinada y familiar. Fue muy buena estudiante y campeona de natación porque fue deportista, como mi abuelo, que conformó la selección Valle de baloncesto y, como su hermana, que también hizo parte de la selección Colombia en los Juegos Panamericanos de Cali.

Ya casada tuvo un costurero de amigas con quienes prestó servicio social. Alguno de sus amigos de Buga le pidió autorización para inscribirla en la lista al Concejo Municipal, pero como a ella no le entusiasmaba la idea, le garantizaron que no tenía la más mínima posibilidad de salir, pero salió electa.

Más tarde estudió administración y se vinculó en calidad de subdirectora a la Fundación Carvajal, en la que por muchos años estuvo muy comprometida con temas sociales. También participó en la creación de la Fundación Valle del Lili.

Mi mamá ha sido un gran referente para la familia.

Rama paterna

Mi bisabuela, Paulina Castro, perteneció a una familia muy tradicional de agricultores del Valle del Cauca. Fue la única mujer entre sus hermanos hombres. Se casó con el señor Piedrahita, de Medellín, con quien tuvo cuatro hijos, todos hombres, uno de ellos mi abuelo.

A mi abuelo Alberto no lo conocí pues murió antes de que yo naciera. Se casó con Alicia Hurtado, una mujer muy tradicional que enviudó muy joven quedando con cuatro hijos, uno de ellos mi papá.

Mi papá, Pablo Piedrahíta, llevó una vida muy tranquila. Fue agricultor, amante del campo y de los animales con los que creció.

Sus padres

Cuando mi mamá le dijo a mi abuelo que Pablo quería hablarle, él empezó a llegar tarde a la casa para evitar el encuentro, pues sospechaba de sus intenciones. Finalmente se reunieron para hacerse muy amigos, se quisieron mucho y mi papá se convirtió en un hijo más de la casa. Se hicieron socios de fincas, trabajaron juntos y los unió el amor por el campo y los caballos.

Mis papás acaban de cumplir cincuenta y siete años de casados. Somos cuatro hijos: Ana María, María Teresa, Nohra, Alberto y doce nietos.

Infancia

Nací en Buga, una ciudad señorial que, siendo muy chiquita, contaba con dos teatros y una vida cultural muy rica. Después de unos pocos años nos instalamos en la finca de la que tengo los mejores recuerdos.

Crecí con unos pilares muy sólidos. En mi casa se desayunaba y comía en familia.

Mi hermana y yo pasamos las vacaciones en la finca que queda por la carretera al mar, donde compartimos con los primos como si fueran hermanos. En ella los cuatro abuelos tenían sus casas seguidas, por lo mismo fue el lugar de encuentro familiar. Fue maravilloso tener a los abuelos cerca.

Llegaba del colegio, que era de monjas, a disfrutar del río y de los caballos. No recuerdo cómo ni cuándo le dediqué tiempo al estudio pese a que mi papá fue siempre muy estricto y exigente pues en mi casa no se podía tener una nota regular, mucho menos mala.

Cuando mi hermana Ana María iba a comenzar el bachillerato, buscando para nosotros mayor calidad en la educación, mis papás decidieron que nos trasladáramos a Cali donde estudiamos en el Liceo Benalcázar, un colegio muy estricto, de muy alto nivel académico y disciplinas fuertes. Su lema es: Tensión y ritmo.

Universidad San Buenaventura

Había resuelto estudiar Arquitectura y lo hice en la Universidad San Buenaventura, que acababa de abrir la facultad. Me habría encantado hacerlo en la Universidad del Valle, pero vivía en paro. En muy poco tiempo me di cuenta de que no me gustó la facultad, así que empecé a mirar otras opciones.

Universidad Javeriana

En segundo año viajé a Bogotá para estudiar en la Javeriana. Esta fue una nueva etapa, de impacto, quizás me mantuve por orgullo personal, pero me gustaron la universidad, la facultad y la carrera.

La experiencia de vivir sola fue todo un proceso. Inicialmente estuve en la casa de una señora que me alquiló un cuarto, luego de un semestre me pasé a vivir en la casa de un hermano de mi abuelo, Luis Córdoba Mariño, quien había sido secretario de la Presidencia de la República, embajador, historiador y rector de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Carlos Enrique Cavelier

Estudiando en la universidad y a través de mi mamá, conocí a quien se convertiría en mi esposo, Carlos Enrique Cavelier.

El Club de Harvard y de MIT organizó un viaje a Cali para conocer los programas sociales de la Fundación Carvajal, en Agua Blanca, en su momento de mayor esplendor y cuando mi mamá era subdirectora. Rodrigo Guerrero, su director y quien fue dos veces alcalde de Cali, delegó en mi mamá la tarea de atenderlos.

Tiempo después, quizás un año más tarde, mi mamá recibió una llamada de un señor Cavelier invitándola a Cajicá para que asesorara a su papá, quien era el alcalde, en proyectos basados en lo que había hecho la Fundación.

Viajó mi mamá y atendió ese almuerzo en la casa de la familia Cavelier. Pensó que se encontraría con un señor mayor, pues no lo recordaba, pero en el aeropuerto la recibió un joven de menos de treinta años.

Me había quedado de encontrar con mi mamá y, por los tiempos de desplazamiento, quedamos de vernos en el aeropuerto donde nos presentó a Carlos y a mí. Me convertí en el “correo” entre mi mamá y Carlos Enrique.

Carlos Enrique me pareció un señor mayor, me resultaba muy grande, no por edad, sino por su trayectoria en la vida. Ya había hecho una maestría en Harvard, trabajaba, enseñaba en la Universidad de los Andes y hacía política cuando yo apenas empezaba mi carrera.

Me invitó a tomar té y yo le dije que en Cali no teníamos esa costumbre. Igual me siguió llamando, lo hacía los lunes cuando yo no tenía ningún plan, pero al jueves me quitaba presentándole excusas. Mi tía abuela me advirtió lo que ocurriría.

Finalmente acepté una invitación y se cumplió la profecía de mi abuela. Empezamos a salir cuando él era concejal y diputado de Cajicá y su papá alcalde.

Si bien vivíamos en Bogotá, los fines de semana visitábamos a sus papás, al tiempo que hacíamos política.

Luis Carlos Galán

Haciendo campaña conocí a Luis Carlos Galán, en Girardot, cuando se podía ir y volver el mismo día. La presentación que me hizo Carlos Enrique fue como bisnieta de Hernando Zawadzky.

Inmediatamente Luis Carlos me preguntó por mi parentesco con Clarita, periodista, prima de mi abuela que había vivido en Roma al mismo tiempo que Luis Carlos y, por supuesto, se conocían muy bien.

Recuerdo que él estaba almorzando donde mis suegros el día en que se llevaría a cabo una reunión política en Zipaquirá. Carlos Enrique me sugirió que fuera en el carro con Galán. En el trayecto le dije:

— Doctor Luis Carlos, ¿usted si sabe que Carlos Enrique se casa?

Y me contestó:

— ¿Sí? ¿Con quien?

Lo que deja ver lo poco concentrado que era para temas diferentes a los de su interés político. Algo despistado, si se quiere.

Matrimonio

Me faltaba un año para graduarme y llevaba tres de noviazgo cuando llamé a mis papás para contarles del matrimonio. Me anticipé diciéndoles que no podían protestar, mucho menos mi mamá, que fue la que nos presentó.

Nos casamos en Cali en el año 89, poco después del asesinato de Galán. Este nos sorprendió haciendo el curso prematrimonial del que salimos hacía Soacha, donde nos enteramos del hecho, y luego al Hospital de Kennedy.

Comenzó la campaña presidencial de 1990 cuando el candidato era César Gaviria. Carlos Enrique salió electo a la Cámara de Representantes y sus múltiples ocupaciones y extendidos horarios hicieron que yo pudiera terminar mi carrera sin contratiempos.

Esposo

Carlos Enrique no es fácil de describir, pues tiene muchas facetas: fue político, es empresario, filántropo, emprendedor social y profesor universitario que ha publicado varios libros. Quizás lo que más lo define es el hecho de ser una persona buena y generosa: siempre quiere entregarle a los demás algo positivo.

Ha sido un soporte impresionante para mí, pues ha sabido entender y respaldar cada etapa de mi vida. Además, es un papá maravilloso.

Hijos

Comencé a trabajar en una firma de arquitectos y casi que de inmediato quedé embarazada. A los tres meses tenía ya una barriga muy grande y pensé que era por la herencia familiar en la que todos son grandes. En la primera ecografía, que me practicaron a los cuatro meses, me atendió el ecógrafo de la Fundación Santa Fe y comentó:

— ¿A usted no le han dicho nada?

Me asusté mucho, pensé lo peor. Él me volvió a preguntar:

— ¿No le han dicho que son dos?

Como soy la más llorona, por todo lloro, reventé en llanto. No pude comunicarme con nadie pues no se contaba con celulares y Carlos Enrique atendía una reunión en Presidencia de la República.

Me retiré de la oficina y comencé a trabajar independiente. Nacieron los mellizos: Enrique, que es arquitecto y adelanta una maestría en Londres. Su tesis la basa en Cajicá, pues también está muy comprometido con los temas sociales para los que montó un espacio de participación muy interesante para la gente.

Pablo estudió historia y economía. Trabaja en consultoría y proyecta continuar estudiando una maestría.

Con los años tuve a Ana María, que estudia pedagogía y quiere trabajar en gestión educativa desde lo público.

Cuando estuvieron un poco más grandes, abrí en sociedad una oficina de diseño y un almacén, pero siempre muy presente para mis hijos.

Como ocurrió con mi hermano y con el hermano de mi mamá, después de diez años nació Pedro, el menor, que está en el colegio, es muy deportista y sueña con ser futbolista.

Compromiso con los temas sociales

Afronté una enfermedad muy grave en el 2011, entonces decidí vender mi parte de la sociedad y volví a ser independiente porque no he dejado de estar vinculada al sector social y a la arquitectura.

Recuerdo que cuando estaba en la Universidad mi suegro me pidió que le hiciera los planos para el salón comunal de un barrio de Cajicá que él construyó y en el que luego tuve el placer de hacer campaña treinta años más tarde.

La entrega amorosa y comprometida de mi suegro con el municipio nunca tuvo límites. Cajicá fue, durante su alcaldía, el primero en contar con cobertura total en servicios públicos. Mi suegro también fundó en su finca la primera escuela mixta de Cundinamarca, en 1960. Él ha sido un gran referente para mí.

Vi, con mucha preocupación y con ojos de arquitecta, el tema del crecimiento desordenado y sin planeación de los municipios y la manera como había cambiado la vida y las costumbres de su gente.

Había trabajado en Cali con el BCH haciendo vivienda por autoconstrucción cuando apenas comenzaba mi universidad. Recuerdo que mi papá me molestaba diciendo que yo estaba estudiando para ser pega ladrillos. Literalmente lo estaba siendo pues no solo diseñé casas para la gente, sino también enseñé a construirlas, a pegar sus propios ladrillos.

Fue un trabajo de verano que realizamos en Agua Blanca, programa conjunto con la Fundación Carvajal que me sirvió para comprometerme y con ellos y con Cajicá por lo que le estaba ocurriendo a un municipio al que mi suegro y su familia le habían dedicado más de veinte años de su vida, no solo desde la alcaldía, sino también desde el Concejo y acompañando la labor de su padre, el profesor Jorge Cavelier.

Le había tomado fastidio a la política y cierto temor porque vivimos amenazas y una zozobra permanente cuando, teniendo a los niños bebés, Carlos Enrique era secretario general del Ministerio de Justicia. El país estaba convulsionado con las bombas, la fuga de Pablo Escobar de la Cárcel de la Catedral, y su dada de baja.

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Pero en el 2015 decidí hacer algo por Cajicá, sentí la responsabilidad de hacerlo. No había terminado de manifestarle mi decisión a la familia cuando ya me tenía inscrita en una lista. Llamé a Carlos Fernando Galán, que estaba en Cambio Radical, y obtuve el aval del partido.

Campaña política

La campaña es quizás de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida por todo lo que implica, además no me gusta hablar y mucho menos en público.

Mi interés era trabajar en función de la gente y no quería apoyar a ningún candidato. Quería tener independencia.

Hicimos una campaña relámpago, porque fue muy corta, solo tomó un par de meses. En medio de ella me di cuenta de que estaba resultando una rival muy fuerte y que debía apoyar a un candidato para evitar que se siguiera repitiendo la historia del municipio. Apoyamos a Orlando Díaz Canasto quien salió electo y con quien tuvimos un muy buen entendimiento a lo largo de su periodo. Trabajamos en lo territorial y en educación con un éxito increíble.

Presidente del Concejo municipal

Saqué, para mi sorpresa, la mayor votación en la historia de Cajicá, lo que me dio para ser presidenta del Concejo.

Tuve que aprender muchas cosas al tiempo para hacer política: conversar mucho, ser concejal y presidente de esa corporación. En esos momentos del inicio del Concejo y con la victoria de Orlando Díaz, no fue difícil lograr consensos.

Llegué como una ciudadana común y corriente con la idea de trabajar por el municipio para encontrarme una corrupción desbordada. Esta comienza con el número de sesiones que hacían, pues pagan por cada una de ellas, un incentivo perverso. Encontré mucho de lo terrible que había pasado en las dos administraciones anteriores.

Del Concejo anterior venía la costumbre de sesionar veinte minutos solo para poder cobrar. Habían subido la categoría del Municipio sin cumplir los requisitos solo para tener más sesiones. No es muy diferente de cuando uno lee que los congresistas no van a trabajar y cobran igual.

Entonces en la coalición de gobierno decidí “poner a camellar al Concejo”, y cité al mínimo número de sesiones posibles y más extensas de lo normal. También denuncié la situación: esta es plata que pierde el municipio y con la que podría atender temas urgentes e importantes.

Invité conferencistas para desarrollar temas comunes y ampliar la visión de los funcionarios. Entre varios otros invitados asistieron ex ministros, ex fiscales, un negociador de la Habana para hablar de Paz, Fernando Carillo y el filósofo Bernardo Toro.

Me impactó lo cerca y lo lejos que estaban los municipios de Bogotá. Muy cerca geográficamente y muy lejos en desarrollo, en institucionalidad, en costumbres políticas. Tienen necesidades sociales muy grandes, básicas y de infraestructura. De allí que a Colombia la describan como un archipiélago de ciudades. El campo y sus municipios son casi inexistentes.

Nuestros municipios se han visto expuestos al crecimiento de Bogotá, así que es mucha la gente que busca vivir fuera de la capital y llega a ellos.

Se ven afectados de tal manera que en los Planes de Ordenamiento Territorial – PBOT, determinan el uso del suelo para que el crecimiento sea organizado y armónico de manera autosuficiente en todos los frentes, pero se convirtió en un elemento de corrupción muy grande pues convirtieron en negocio el otorgar licencias. Conocí el volteo de tierras en el que cambian el uso del suelo. Al campesino le compran la tierra en cinco pesos y luego la convierten en suelo urbano de expansión o vivienda campestre. Así triplican su valor por diez.

El Concejo no ejerce el suficiente control político pues no tiene mucho poder de maniobra. Entonces una de mis banderas fue la lucha contra la corrupción, ahora también desde las licencias. Con el alcalde Díaz Canasto logramos frenarlas por un año mediante decreto mientras se revisaban.

Se habían entregado licencias sin disponibilidad de servicios públicos. Se habían inventado la figura de su pre-disponibilidad, que no era legal. Esto fue una bomba, no gustó, molestó, me hizo ganar enemigos en el gremio y desde Camacol, como ironía de la vida.

Generamos conciencia de lo que implica el crecimiento de Cajicá, también sobre los incumplimientos en términos de sesiones. Logré, de la mano del alcalde, hacer un ahorro importante en el presupuesto por casi seiscientos millones de pesos que se destinaron a mejorar la infraestructura de un sector del centro muy deprimido, la Calle Séptima. Sus calles eran de barro, no contaban con servicios públicos y estaban dominadas por la delincuencia. Ahora el sector tiene una cara muy distinta y a la comunidad le cambió la vida.

Campaña a la alcaldía

Nunca pensé en nada distinto a trabajar por la gente, que fue lo que aprendí en la vida, pues no tengo intereses políticos. Si bien no quería continuar, la gente de manera insistente me animaba a hacerlo. Entonces supe que si quería impactar a una comunidad debía hacerlo desde el ejecutivo y no desde el legislativo.

Las opciones que se tenían para la alcaldía nos llevarían al pasado, a la corrupción, al no desarrollo. Fue así como decidí lanzarme a la Alcaldía en el 2019. Sin duda puedo garantizar que, si creía que hacer una campaña era difícil, la del Concejo fue un juego de niños: debí conseguir avales, hablar con partidos políticos, hacer alianzas y conseguir votos.

Conocí realmente al municipio, de palmo a palmo, y me impactó por su cruda realidad. Las campañas en los municipios se hacen caminando y yo lo recorrí completo varias veces.

El trabajo es muy lindo porque se hace con la gente, pero es fuerte, muy exigente, de tiempo completo, con un compromiso familiar muy grande porque los involucra a todos y se acaba el tiempo de familia.

De regreso al Concejo municipal

Finalmente perdí las elecciones pese a haber obtenido una muy alta votación. Fue una noche extraña, pero mucho más extraño fue el día siguiente cuando, haciendo cuentas, revisando encuestas, vimos el fraude que creemos que se cometió: ¿Cómo pudimos haber perdido sacando la mayoría casi absoluta en el concejo? ¿Cómo con encuestas donde el rival ‘electo’ no figuraba? Aparecieron tres mil votos de la nada. Reitero, ¿Cómo ganamos el Concejo con seis concejales y perdimos la Alcaldía? Se oyó el cuento de camionetas negras y maletines el viernes anterior. Se rompieron reglas el día de elecciones. Esa es Colombia. Entonces nacen nuevas causas por las que luchar.

Con la Ley de Oposición quedé nuevamente de concejal y llegué a la Presidencia de esta corporación. La elección no fue fácil, pues ya había tres facciones radicalmente diferentes.

Este período ha sido mucho más fuerte, ahora soy concejal de oposición lo que resulta muy interesante en especial cuando la administración es muy ineficiente.

Preparación

Sigo creyendo que el mayor problema que tiene nuestra administración pública es la falta de preparación. Por ejemplo, llegan al concejo dueños de bares, gente acostumbrada a maltratar a la mujer por su género. Si lográramos subirle el nivel, llenarla de herramientas, daríamos un paso muy grande hacia el desarrollo y el propósito de vencer la corrupción.

Los municipios se volvieron entes muy fuertes, los alcaldes tienen mucho poder, son muy autónomos, requieren entonces de una “junta directiva” mejor preparada, que genere ideas y no solamente que esté pensando en función del número de sesiones, porque volvimos a lo mismo.

Por dar estas peleas con gente que no tiene ningún interés distinto al personal, no estoy impactando a la gente a la que quiero llegar. Esto desgasta enormemente. Soy una convencida de la necesidad de trabajar en lo social para que las administraciones sean viables.

Educación

Nosotros habíamos logrado elevar el nivel de la calidad educativa de Cajicá, el suyo fue uno de los mejores del país, pero ahora se está perdiendo terreno ganado. También fue el mayor municipio en el departamento en recibir niños de Ser Pilo Paga.

Se están abriendo unas brechas muy grandes en la población infantil en cuanto a educación y la pandemia lo ha acentuado. Se está perdiendo una generación al no tener la conectividad adecuada, pues en los sectores rurales no se dispone de los recursos tecnológicos, tampoco de la conexión a Internet. Y la administración está en otra cosa. Los ocho mil niños y sus seis colegios premiados no están en la lista de sus prioridades.

Se destruyó el clúster educativo que se había conformado entre públicos y privados y que generaba una competencia sana.

Plan de desarrollo

La pandemia ha sido muy dura, la gente está sufriendo mucho y la administración de Cajicá ha estado muy poco comprometida, quizás atendiendo compromisos e intereses personales.

Nos presentaron en mayo un plan de desarrollo en el que el Covid-19 no aparece una sola vez, algo totalmente absurdo: la pandemia comenzó para nosotros en marzo. No lo actualizaron, no lo modificaron. La educación está desfinanciada en dos mil millones de pesos, lo social en casi siete mil, pero los gastos de la oficina del alcalde están aumentados en casi tres mil.

Ese es el retrato de lo que estamos viviendo. La cereza en el helado es la presentación de un plan para construir una piscina por 7 mil millones de pesos cuyos estimativos ya van en 35 mil.

Lo que está claro es que no hay prioridades, no les duele la gente ni los estudiantes sin conexión a Wifi y sin tabletas en un municipio plano y con los recursos para hacerlo.

Si la pandemia realmente nos va a dejar un avance tecnológico, los municipios no lo vamos a conocer: no se está invirtiendo en zonas WiFi ni se está brindando tecnología ni se están diseñando estrategias para lograrlo.

Desestiman la visión de largo plazo y la regional, que sería tan poderosa para afrontar y resolver nuestras limitaciones como entes individuales.

Plan de ordenamiento territorial

Esta administración tiene que hacer una reforma al POT y yo ya sé lo que eso significa en términos de corrupción. También con las zonas de protección ambiental, con el río Bogotá para que se cumpla bien la sentencia, por la salud de la población.

Se necesita hacer vivienda de interés social, pero no como negocio del particular que luego la llena de avisos de se arrienda, lo que es ilegal, sino que se dirija a quien realmente necesita un techo.

Me angustia el bienestar económico de los habitantes porque no veo claro el proceso de reactivación económica: las grandes ciudades tienen una dinámica diferente.

Reactivación

Lo peor es que la administración tiene pocas ideas sobre reactivación. Es la primera vez que los entes municipales y departamentales están enfrentados a tener que hacer parte de las soluciones económicas. Antes esto era un tema del Gobierno Nacional desde el Ministerio de Hacienda, del Departamento Nacional de Planeación, del Banco de la República. Ahora es de los municipios y los departamentos.

Puesto de salud

Me mueve ver que lo que se considera un hospital es tan solo un puesto de salud que brinda un servicio muy deficiente. Se invierte en elefantes blancos como el Centro Cultural sin prever las prioridades.

Iglesia

Este municipio ha sido muy católico, como la mayoría en Colombia, y todos tienen en su plaza principal una Iglesia. Pero la nuestra no es dueña del lote en la que está construida, es de la Alcaldía. Con el alcalde, en la vigencia pasada, hicimos un proyecto para entregarlo a la Iglesia para protegerla. Invitamos al obispo de Zipaquirá, de quien depende el municipio, pero salió insultado y a mí me tacharon de enmermelada, argumentando que tenía “intereses personales” ¡en una iglesia!

Cultura

Se tenía una banda Sinfónica magnífica para la que gestionamos recursos. Había ganado concursos internacionales y había participado en el Festival de Música de Cartagena. Los músicos fueron a Holanda, Francia, España, pero ahora no tienen opciones pues ni siquiera les prestan los instrumentos musicales. La administración asegura que se los pueden robar, cosa impensable, y tampoco invierte en seguros para reponer los que se pudieran dañar. Actualmente esos recursos están al servicio de la politiquería y destinados a financiar las ferias de contratos.

Ética

He tenido que pelear con temas de ética. Alguna vez, estando en el Concejo, una señora me dijo:

— Claro, para usted es muy fácil porque no necesita.

Le contesté:

— Me da pena decírselo de esta forma, pero este no es un tema de necesidad. Todos tenemos necesidades, solo que distintas. Este es un tema de ética, de principios, de valores: el fin no justifica los medios.

Nos queda claro aquí que el deterioro de los valores, el desconocimiento de la ética y de su significado, son el pan de cada día en nuestro país. Nos cubre un manto que mezcla costumbres coloniales, las de la oportunidad para llegar a un cargo y hacerse rico, con las costumbres del narcotráfico, las del todo vale.

Desinformación

Se maneja un nivel de desinformación que la corrupción alimenta al no interesarle que se conozcan las verdades. Estas realidades duelen y generan frustración. El trabajo que se ha hecho durante tantos años, como familia y como empresa, se empieza a ver comprometido.

Violencia de género

La violencia de género, de la que no he sido la única víctima, es un gran tema: muchos todavía creen que la violencia es únicamente física y desestiman la verbal, la psicológica, cuando estas han sido muy fuertes. He sido víctima de toda clase de atropellos, de violencia muy fuerte por no estar de acuerdo en algo, pues no les conviene cuando apunto a temas que afectan sus intereses personales. El manejo que le doy es haciéndolo visible a través de la Secretaría de la Mujer del Departamento. Alguien me preguntó si era víctima por lo que represento o por ser mujer. Mi respuesta fue que lo uno ha llevado a lo otro: por ser quien soy y lo que represento, pero si no fuera mujer quizás no hubiera sido así.

Por supuesto, también hay señores muy respetuosos que nos valoran en la diferencia. Pero, para un segmento, la mujer es un ciudadano de segunda y resulta preocupante el hecho de que quizás no sea consciente de lo que está haciendo, preocupa que sea “cultural”.

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Reflexiones:

¿Cómo maneja la frustración?

Me ayudan la disciplina y la fortaleza de carácter.

¿Cómo mantenerse en un medio tan, si se quiere, perverso?

Uno logra mantenerse cuando logra impactar personas y generar cambios. Ha sido clave contar con mi familia, es mi soporte, mi apoyo. Me ayuda mi vida personal que es muy variada con intereses en el arte y en la gente.

¿Cómo no desgastarse?

Doy las peleas en las que creo.

¿Cuáles son sus intereses en política?

El municipio y sus habitantes, nunca personales. Tengo preocupaciones, más que intereses.

¿Cuál ha sido uno de los momentos más emotivos que haya vivido?

Cuando la Fundación Alquería Cavelier celebró el día del maestro en la Universidad de la Sabana y no pude sino pensar en mi hija que estudiaba pedagogía. Cuando veo que mis hijos están comprometidos con lo social, como legado de familia, pese a la adversidad. Al tener la posibilidad de impactar a un número tan importante de personas y hacerlo de manera positiva.

¿Cómo libera energía?

Haciendo ejercicio siete días a la semana como parte de mi disciplina de vida. Leo, cocino, viajo y comparto en familia.

¿Qué emociones genera el hecho de hacer este recorrido por su vida?

De satisfacción y plenitud por mi familia y por el aporte a la sociedad, por pequeño que sea.

¿Qué le gusta dejar en las personas que se acercan a usted?

Cariño.

¿Cómo le gustaría ser recordada en el futuro?

Como una persona que amó a su familia, que dio ejemplo y trabajó en función de los demás. Como alguien muy transparente, así me dijeron en una campaña y eso me marcó. Como una persona que tuvo el carácter, la transparencia y la honestidad para enfrentar la corrupción con el compromiso claro de trabajo sin intereses personales, sino que lo hizo por del bienestar de la gente.

¿Cuál debería ser su epitafio?

Ese no me corresponde, no me va a tocar a mí.

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