Mario Vargas Llosa: los secretos de un novelista

Autor de decenas de novelas, entre ellas ‘La guerra del fin del mundo’ y ‘La ciudad y los perros’, Vargas Llosa recuerda que la novela es ante todo un artificio y que a través de ella el autor, siempre inconforme, sostiene postulados éticos.

Mario Vargas Llosa en 2010, en un diálogo literario en México, poco antes de que se le otorgara el Nobel. / EFE

En una de sus recurrentes visitas a Nueva York, el escritor Mario Vargas Llosa dio una conferencia sobre ficción y realidad en la New York University, ante una audiencia que escuchó de manera reverencial sus ideas sobre la novela. La conferencia fue en inglés, con el acento de quien ha aprendido el idioma en su edad adulta. Como siempre, el escritor peruano deslumbró con su erudito conocimiento de la historia literaria y sus reflexiones sobre la creación artística. Hizo su presentación con el recurso epistolar, es decir, leyó dos cartas que escribió como respuesta a las inquietudes de un aspirante a novelista. Su tesis se agrega a las teorías que a través de nuestra historia han expuesto veteranos escritores asediados por noveles narradores en su afán por encontrar la fórmula secreta que les permita penetrar el misterioso mundo de la creación literaria.

Según Vargas Llosa, el secreto de un buen novelista está en la vocación y el trabajo. Alude a elementos biográficos para explicar que desde que era un adolescente, bajo la dictadura de Manuel Odría (1950-1956), se imaginaba como escritor. La vocación de escribir tiene que ser tan intensa que se vuelva una obsesión; sin embargo, advierte que aquellos que sólo desean triunfar, alcanzar la fama y la fortuna, andan por mal camino. Los que sólo tienen estas aspiraciones nunca van a sentir la emoción que se experimenta con la escritura. No obstante, el camino está lleno de obstáculos, de dudas y subjetividad, y sólo persiguiendo la vocación se puede sentir el artista realizado. La inclinación ha de sentirse desde temprana edad, sustentada con el compromiso ineludible de escribir a toda costa, del trabajo cotidiano de pensar, pulir y reflexionar sobre la literatura.

Una segunda exigencia es ser un rebelde. Ningún aspirante a escritor puede ser complaciente con la realidad que lo circunda; si estuviera satisfecho sería difícil crear una realidad diferente en la literatura, que se nutre esencialmente de los sueños, la fantasía y la imaginación. El mundo de la novela es ficticio, es una rebelión contra la realidad muchas veces mediocre, aunque el escritor no esté consciente de su propia rebeldía. Es el caso de Don Quijote de Miguel de Cervantes o de Madame Bovary de Gustave Flaubert, personajes que viven en el mundo fantástico de sus autores. Es también rebelarse contra la autoridad y la censura, de ahí que los tiranos sientan miedo de la literatura y en muchos casos la hayan prohibido o censurado, como sucedió en las colonias americanas donde la Corona prohibió las novelas por temor a su influencia liberadora. A los aspirantes a escritores les recomendó leer La educación sentimental y la correspondencia de Flaubert con su amada Louise como una fuente de conocimientos que fueron muy instructivos en sus años de formación intelectual.

De igual modo mencionó la novela Junky, la autobiografía de William Burroughs durante su adicción a la heroína, por su capacidad de sincerarse ante el mundo. A pesar de ser ficción, la literatura se nutre de la vida misma teniendo el escritor toda la libertad para crear mundos imaginarios, pero al mismo tiempo la responsabilidad de ser fiel a sus principios morales y éticos. En este sentido, el escritor ejecuta un striptease a la inversa. Empieza desnudo para irse poniendo la ropa a medida que avanza en su labor literaria. Recordó entonces el ejemplo de Marcel Proust, quien en su novela En busca del tiempo perdido recupera para la posteridad y con su capacidad creativa la vida cotidiana en Francia con la minuciosidad de un arqueólogo social.

Vargas Llosa es uno de los novelistas más destacados del boom literario de América Latina y, en justicia, merecedor del Premio Nobel de Literatura otorgado por la Academia Sueca en 2010. Nacido en Arequipa (Perú) en 1936, lanzó su carrera literaria a la fama cuando su novela La ciudad y los perros ganó el Premio Biblioteca Breve en 1962. En su bibliografía cuenta con más de 25 volúmenes entre cuentos, ensayo, novela y obras de teatro, además de trabajos periodísticos a través de su columna Piedra de Toque, que publica cada dos semanas en El País de Madrid y una cadena de periódicos del mundo hispano. Según él, en política hay que ser realistas, pero en literatura impera la fantasía. Su vocación política se manifestó cuando se lanzó de candidato a la Presidencia del Perú en las elecciones que ganó Alberto Fujimori en 1990.

Ya antes su inclinación ideológica se había manifestado en su vida y obra literaria. Una de las sorpresas que ha deparado el proceso revolucionario de América Latina fue la tajante transición que hizo Vargas Llosa de una simpatía por la izquierda en las décadas de los sesenta y los setenta a la actitud más conservadora de un liberal reformista con argumentos más retóricos que prácticos. Su obra narrativa es ejemplo vivo de sus postulados literarios. Es la obra de un rebelde que cuestiona la injusticia social, la explotación voraz del trabajador o campesino, las instituciones militares corruptas, la miseria urbana, la impunidad jurídica. Sus novelas se caracterizan por su inveterado antimilitarismo, una feroz crítica a cualquier asomo de intervención o disciplina militar. En su novela La ciudad y los perros, por ejemplo, documenta su propia experiencia en una academia militar de Lima donde los perros son los cadetes que reciben los más degradantes vejámenes.

Más tarde, en Pantaleón y las visitadoras, consigue hacer una versión satírica de un ejército que no sólo organiza sino que propicia la prostitución, en beneficio de los soldados acantonados en la selva amazónica (novela dramatizada por el prestigioso director Jorge Alí Triana en el escenario del Teatro Cafam de Bellas Artes de Bogotá). En tanto que en su épica novela La guerra del fin del mundo encontramos un ejército implacable que no descansa, a pesar de sus numerosas bajas y tras inútiles empeños, hasta derrotar a la comunidad de Canudos en el empobrecido y reseco nordeste brasileño que había vivido en olor de santidad bajo la égida de un santón carismático llamado el Consejero.

En La fiesta del Chivo, una de sus novelas más cautivantes (llevada también al teatro por Jorge Alí Triana), quiso dar una visión totalizadora del nefasto régimen del dictador Rafael Leonidas Trujillo en los distintos niveles de la sociedad dominicana. Vargas Llosa llegó al personaje a raíz de una estadía de ocho meses en República Dominicana en 1975, cuando se filmaba una primera versión cinematográfica de su novela Pantaleón y las visitadoras. Allí escuchó tantas historias y anécdotas curiosas sobre Trujillo que se interesó por el tema, el cual investigó en libros y visitas, hasta que la novela se le impuso como una obsesión inaplazable.

Más allá de la vida de sus protagonistas, su posición ideológica circula en un mundo de términos abstractos que lindan a veces con la ingenuidad de un purista que considera al mundo incontaminado de intereses económicos, ambiciones políticas, lucha abierta o soterrada de clases, y propone en su lugar un ideal de democracia pluralista, soluciones políticas de consenso, libertad de crítica en lugares donde la vida es tan precaria que ni siquiera existen los derechos básicos de trabajo, salud, alimentación y seguridad social.

Para terminar su disertación, el novelista desafió la noción de autenticidad que sostienen algunos críticos. La novela —en su opinión— es por antonomasia un artificio, y el escritor, un tramposo o estafador. Es una obra autónoma que ha de ser persuasiva en su lenguaje y estructura. Recordó a una audiencia inquisitiva el argumento de su novela El paraíso en la otra esquina (2003), en la cual examina la vida de la peruana Flora Tristán, abuela del pintor Paul Gauguin, una luchadora feminista que se anticipó a las batallas que han entablado en el mundo entero las mujeres con mayor intensidad desde la década de los sesenta. Gauguin vivió de pequeño en Perú y después de iniciar su carrera artística en París se fue a vivir a la isla de Mataiea, en el archipiélago polinésico, y murió en la isla de Atuona en 1903 a los 54 años. El pintor impresionista descubrió allí que el arte y la belleza son patrimonio de todos, a diferencia de los centros urbanos de Occidente, donde son de una minoría.

 

 

 

 

[email protected]

* Escritor e investigador cultural, autor del libro ¡Azúcar!: La biografía de Celia Cruz (Nueva York, 2004) y de dos volúmenes sobre la trayectoria de las artes visuales en Colombia, Los recursos de la imaginación: Artes visuales del Caribe y Artes visuales de la región Andina de Colombia (Bogotá, 2010).

530124

2014-11-27T21:13:57-05:00

article

2014-11-27T22:44:11-05:00

none

Eduardo Márceles Daconte *

Cultura

Mario Vargas Llosa: los secretos de un novelista

48

8881

8929

Temas relacionados

 

David Manzur en el Mambo

Algo se quiebra (Cuentos de sábado en la tarde)