Marta Gómez: Vivir para conmover

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La cantante y compositora colombiana Marta Gómez dedica su vida a inquietar corazones. La motivan las lágrimas y sonrisas que brotan después de una canción y está convencida de los poderes transformadores del arte.

Detrás de un árbol de cerezo
se escondió la primavera
Siembro en un cesto la hiedra
En un dedal siembro romero
Y de la raíz que le crece se derrama un aguacero.

Marta Gómez nació en Girardot y la cuna fue su primer escenario. A los seis meses la bebé hubiese cantado, pero aún no sabía hablar, así que tarareó. Su madre lo notó de inmediato y cuatro años después, viviendo en Cali, la matriculó en El Liceo Belalcázar, un colegio que le daba una atención especial al arte.
Al segundo día de entrar al colegio, la niña con afinación perfecta ya estaba en el coro. Hoy, cuenta historias en las que varias veces pudo ver cómo la gente lloraba al escucharla. Aún ocurre, pero ahora son personas de países que, por ejemplo, no hablan español. No entienden sus canciones y, aun así, hay lágrimas. Eso es lo que la ha inspirado toda la vida a componer y cantar, su capacidad de conmover.
A partir de esos cuatro años ha tenido una nostalgia presente que la ha conducido a la escritura de poemas y canciones. En su familia no era extraño que cada miembro se sentara a comer en la mesa y llevara consigo un libro. No importaba que no hubiese conversación y tampoco importaba de qué trataban las obras. Si un día Mafalda se sentaba a comer con ellos, no había problema. Era bienvenida. Gómez no podía esperar a aprender a leer para poder perderse en esas historias que tanto obsesionaban a sus hermanos y a su padre. Cuando por fin lo hizo, los libros se convirtieron en sus aliados. “Yo era una viejita en cuerpo ajeno”, dice, cuando, con una sonrisa, recuerda que a los nueve años ya le escribía rimas a su país y a su infancia. Eran poemas trascendentales que ahora, a sus 40 años, la divierten y la impresionan.

El cielo, el cielo en mis ojos llora 
De tu risa se enamora, se alimenta el mundo entero 
Y sin ti, sin ti la palabra calla 
Calla el alma, a tonada,
Calla oscuro el universo.

Después de estudiar unos años en Bogotá, tener un novio poeta y una adolescencia sin tiempo para el ocio debido a su vida escolar y musical, llegó a Berklee College of Music, en Boston. Tenía 18 años. Salió de un país que estaba pasando por un momento de profundo dolor y angustia. Su viaje fue en el mes en que asesinaron a Jaime Garzón, y ella dejó Colombia con un poco de rabia. Se fue padeciendo heridas de las que no era consciente. Las de la guerra, que, aunque directamente no la dañaron, sí lo hicieron allá, en esa parte de la cabeza que resulta decidiendo por nosotros. Se fue con un inconsciente lesionado.
Dejando atrás la hostilidad en la que vivía este país, se concentró en la ilusión de perfeccionar sus conocimientos en jazz, o algún género distinto a los que se encontraba a diario en Bogotá. Llegó a Estados Unidos y cuando se dispuso a mostrar lo que sabía, le pidieron algo colombiano. Tocó un bambuco y la emoción no le cabía en el pecho al ver la reacción de los que la escucharon. Entendió por qué el arte producido en Colombia es tan valioso. Su profesor y sus compañeros quedaron extasiados, y como no recordaba todas las letras, tuvo que comenzar a componer. Ahí comenzaron a fortalecerse sus recuerdos y raíces colombianas.

Vuela al cielo mariposa, 
libélula encantada, 
vuela alto, vuela lejos, 
pero quédate en mis alas. 

De Boston saltó a Nueva York, y después de estudiar música por años, se lanzó a Barcelona en busca de oxígeno. Eligió Creación Literaria. Con la carrera confirmó que su verdadero camino estaba en su garganta, que sus canciones no eran poemas, y desistió de la idea de algún día escribir una novela. Situaciones que para nada la frustraron. Al contrario, le profetizaron su futuro.
Autora de la mayoría de las canciones que componen su nuevo álbum, La alegría y el canto, trabajo que se lanzará el 11 de septiembre en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, logró recopilar sus amores y producir cada uno de los 17 temas con la colaboración de amigos artistas. Un proyecto hecho con un compromiso mayor al de recaudar dinero, contando historias y reencontrando caminos. Son compañeros de la industria que la quieren y la acompañan.
Viviendo en Barcelona se topó con la Fundación Casa América. El lugar que la reconectó. Allí, la chica que dirigía todo el departamento de literatura era colombiana. A los eventos invitaba  personas como Gustavo Petro o Laura Restrepo, figuras y temas que ampliaron su perspectiva y la cuestionaron sobre sus raíces.

Detrás de un árbol de cerezos 
se encerró la primavera. 
Guardo en un gesto tu abrazo. 
en un papel guardo el recuerdo 
y de la raíz que le crece 
se derrama mi silencio

Se fue dolida y regresó conmovida. Para ella, las canciones deben ser integrales, pero lo que más cuida es la letra. La historia que va a narrar. Por eso, cuando era una niña la música de bandas como The Beatles no la atraía. No les entendía “ni papa”, como dice ella. En cambio, cuando su hermano llegó con un casete de Silvio Rodríguez a casa, aquello fue “una bomba”. Quería narrar cantando y ese fue el ejemplo más claro. Por eso, cuando desechó la rabia con motivo de la violencia en Colombia y entendió el poder trasformador del arte, comenzó a componer para su tierra desde la alegría.

El cielo, el cielo en tus ojos brilla
De risa se ilumina
Se alimenta el mundo entero
Y sin ti, sin ti la palabra calla,
 Calla el alma, la tonada 
Calla oscuro el universo.

Desde hace aproximadamente un año, el álbum Musas Vol. 2, de la cantante Natalia Lafourcade, me había enloquecido. Descubrí por casualidad doce canciones que me hicieron vibrar con el eco del pasado. Esta mexicana había logrado que yo experimentara esa sensación de estar buscando algo por mucho tiempo y haberlo encontrado. Con la intención de recuperar el sonido del folclore latinoamericano, recogió canciones de antaño y las reinterpretó magistralmente. Otras las compuso e hizo que el presente sonara similar a un tiempo remoto que ya no estaba cargado de una nostalgia dolorosa, sino de esa que produce apetito de comerse lo mucho que se ve en el horizonte. Me enamoraba cada vez que escuchaba “Tus ojitos o Luz de luna, pero el mundo se detenía cuando sonaba Rocío de todos los campos, una canción del álbum Musas Vol. 1, mi indiscutible favorita. Dos trabajos que agradecí y que me hicieron anhelar algo similar con el folclore colombiano.
Mi sueño se cumplió, y es que debo aceptar que ya había oído el nombre de Marta Gómez, cantautora colombiana, pero nunca había tenido la fortuna de sumergirme en sus canciones. Me senté a escuchar "La raíz", el segundo sencillo de su nuevo álbum, La alegría y el canto, y sentí algo similar, mejor dicho, algo mejor que lo que me ocurrió con Lafourcade. La dulce voz que cantaba sobre un árbol de cerezo, un cielo brillando en algunos ojos y una mariposa voladora, era colombiana. Fue mejor porque lo sentí cercano, fue especial porque esa cercanía me sonaba a Colombia.

¿De las canciones que ha compuesto cuál es su favorita?
Basilio.

¿De las que alguien más compuso y usted cantó?
Aquellas pequeñas cosas, de Joan Manuel Serrat.

Además de las sensaciones que Marta Gómez sabe que produce en la gente, los motivos que la mueven a seguir componiendo y cantando son los humanos. Los que hacen que las personas miren hacia dentro y se desnuden. La inspira lograr que la letra de una canción pueda conducir a una persona a pedir perdón y perdonar. Le emociona saber que con una melodía es capaz de recordarle a la gente que está viva.

Vuela al cielo mariposa, libélula encantada 
Vuela alto, vuela lejos, pero quédate en mis alas. 
La raíz, Marta Gómez.

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