Marx y Nietzsche: encuentros y desencuentros

Este año se cumplen 200 del nacimiento de Karl Marx, y 130 de la creación de dos de los libros más emblemáticos de Nietzsche: El crepúsculo de los ídolos y El anticristo. Los dos pensadores tuvieron una influencia decisiva en el Siglo XX y en lo que va del XXI.

Friedrich Nietzsche y Karl Marx fueron tergiversados en infinidad de ocasiones por regímenes que pretendieron acabar con sus teorías. Flickr

Pocos pensadores como Marx (1818-1883) y Nietzsche (1844-1900) han dejado una huella tan profunda en la modernidad. Ambos filósofos alemanes han marcado profundamente nuestra época. El primero realizó el análisis más completo y crítico hasta hoy del sistema capitalista. Su vigencia es innegable, pues mientras existan miseria, pobreza, desigualdad, explotación y daño de la naturaleza, el marxismo siempre tendrá algo que decir y aportar gracias a su profundo sentido de justicia social; igualmente, Marx inspiró las más disímiles revoluciones durante el siglo XX, algo que muy pocos filósofos han logrado con su pensamiento.

Nietzsche, por su parte, no sólo es el mayor crítico de la civilización occidental cristiana y de los fundamentos onto-teológicos de la modernidad y su filosofía, sino que durante el siglo XX se lo llegó a vincular con el nazismo; igualmente, la popular filosofía posmoderna es también feudataria de su profético e intempestivo pensamiento. Ambos pensadores fueron tergiversados e incomprendidos por regímenes políticos del siglo XX: por el llamado “Socialismo realmente existente” y por el nazismo, respectivamente; y ambos no pasaron por alto el hecho de que la tecnificación de la sociedad, y el maquinismo, así como la división social del trabajo, empobrecían al hombre, produciendo, como sostuvo Weber (un pensador tan influido por los dos), un “espíritu ahuecado”.   

Nietzsche fue ante todo un filósofo de la vida, la cultura y el arte, un crítico de la democracia moderna, del socialismo y del anarquismo; un aristócrata heroico del pensamiento y un defensor acérrimo del individuo y sus potencialidades. Curiosamente, Nietzsche a pesar de ser contemporáneo de Marx no leyó ninguno de sus escritos, de ahí que su crítica al socialismo se basa probablemente en fuentes francesas, cultura a la cual admiraba profundamente. De todas formas, Nietzsche consideraba que el socialismo era un heredero del cristianismo y atisbó en predecir el carácter totalitario de estos regímenes políticos, por eso llamó al socialismo “el fantástico hermano menor del despotismo”.

Marx, por su lado, fue un pensador preocupado por la política, la economía y la injusticia social; un revolucionario cabal y comprometido con su tiempo, y con la transformación práxica de la historia. En esto fue muy alejado del ascetismo de Nietzsche, con quien lo hermana una profunda formación filosófica. A pesar de las diferencias, los dos utilizaron la crítica como su principal arma para desmontar la sociedad hegemónica de su tiempo. En ellos, la crítica fue dinamita puesta en la base del cristianismo y del capitalismo. Nietzsche utilizó la genealogía, ese arte de rumiar, de corroer, de de-construir subterráneamente, para mostrar la manera como hemos llegado a ser lo que somos; para mostrar las raíces, los motivos y la procedencia de nuestras más ancladas certidumbres y prejuicios. En esta tarea utilizó su gran penetración psicológica. Así se enfrentó al cristianismo, a su moral, sus costumbres y cuestionó los ídolos más sagrados de la civilización.

Marx, por su parte, usó la dialéctica y la crítica de la economía política para mostrar cómo el capital es un vampiro que chupa la vida, la empobrece, la envilece, etc., y la usa como insumo para la ganancia y la acumulación; demostró que todo valor tiene su origen en el trabajo vivo, en la venta y desgaste de nuestra corporalidad, de tal manera que la vida del obrero se convierte en una mercancía más que se vende para poder sobrevivir. Marx, igualmente, hizo patente que la propiedad privada consiste, precisamente, en privar al otro de sus medios de vida, a la vez que lo reproduce como obrero para perpetuar su lógica acumulativa, pues no hay acumulación sin desposesión correlativa; mostró que la mercancía se fetichiza y oculta el trabajo concreto, el sudor, el esfuerzo y las esperanzas puestos en ella, esto es, que la mercancía convierte la relación entre personas en una relación entre cosas: fue lo que Georg Lukács llamó cosificación.

Por esta razón, por la radicalidad de sus desenmascaramientos, ambos son considerados, junto con Freud, “maestros de la sospecha”, pues su genio consistió en “sospechar” de lo normalizado, naturalizado; sospechar de las verdades y las creencias que nos constituyen. Nietzsche lo expresó muy bien, en 1887, en una carta a Georg Brandes: “una filosofía como la mía se parece a un sepulcro. Ella arranca a un hombre de la sociedad de los vivos”, es decir, estremece al dormido de la sociedad y lo despierta hacia un nuevo horizonte, lo empieza a llevar hacia sí mismo a partir de un “trabajo microscópico de análisis”. Por eso, después de la crítica de Marx y Nietzsche al cristianismo y al capitalismo, ya nada queda como antes… nada vuelve a ser lo mismo.

Por otro lado, si bien el fundamento es diferente, hay un tema en el que Marx y Nietzsche confluyen: la crítica de la religión y la constatación del fenómeno de la secularización. Para Marx, la religión no es un error del espíritu, sino que es una forma de existir que expresa la miseria del hombre en este mundo, por eso ésta es: “la queja de la criatura en pena”. De ahí que la crítica de la religión ha de serlo de la sociedad que la produce, la genera y la hace posible como “opio para el pueblo”, pues los poderes establecidos se valen de ella para justificarse, tal como pensaron también ciertas corrientes anarquistas.  

La religión es una forma de esclavitud del hombre. Esto es claro en El capital: “Así como en las religiones vemos al hombre esclavizado por las criaturas de su propio cerebro, en la producción capitalista le vemos esclavizado por los productos de su propio brazo”. Por otro lado, Marx fue plenamente consciente de que el capitalismo producía una paulatina desaparición de la religión del mundo, de la sociedad, esto es, avizoró lo que Max Weber llamó “desencantamiento del mundo” o secularización. En el Manifiesto del partido comunista (1848) sostiene que “donde quiera que la burguesía ha conquistado el poder […] ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso […] todo lo sagrado es profanado”. En pocas palabras, como dijo Sartre, la burguesía mató a Dios, de ahí que, en la época de la unificación del mundo por el capital, la religión tiene cada vez menos presencia en las relaciones sociales e injerencia en sus instituciones políticas.

Nietzsche, por su parte, consideraba que la religión era, como la metafísica, una forma de escapar del devenir, lo mudable y el cambio; miedo a lo que los griegos llamaron physis… en fin, una manera de auto-conservación, producto de la voluntad de poder débil del hombre, y que le ofrecía seguridad y consuelo…el “más allá” inventado para calumniar el “más acá”. El cristianismo, específicamente el protestante contra el que la crítica de Nietzsche es más radical, es un rechazo de la naturaleza, del cuerpo, por eso en El anticristo, de 1888, sostiene: “todo aquél mundo de ficción tiene sus raíces en el odio contra lo natural- la realidad”, por eso, “el cristianismo ha tomado partido por todo lo débil, lo bajo, lo malogrado […]. Dañó, incluso, la razón de las naturalezas fuertes al sentir que los valores más altos del espíritu eran pecaminosos, equívocos, tentaciones”. Por eso el cristianismo es una protesta moralizadora contra la sensibilidad, las pasiones, el cuerpo, la sexualidad…genera seres reprimidos, atormentados y culpables…lisiados del espíritu. 

Hay que advertir, como lo hizo Rafael Gutiérrez Girardot, que tras el virulento ataque de Nietzsche al cristianismo y la famosa “muerte de Dios” de La gaya ciencia, se encuentra el tema de la secularización, el problema del desencantamiento del mundo que Nietzsche atribuye al auge de las ciencias naturales con el positivismo, tal como aparece en crepúsculo de los ídolos, pero también al avance de la sociedad burguesa en el siglo XIX. En efecto, Nietzsche no sólo sostiene “¿Qué son, pues, estas iglesias sino las tumbas y sepulcros de Dios?”, sino que fue plenamente consciente, como Marx, de la pérdida del fervor religioso producida entre los hombres de negocios. En Mas allá del bien y del mal, sostiene: “ahora en Alemania viven apartados de la religión… una mayoría de hombres a quienes la laboriosidad les ha ido extinguiendo, generación tras generación, sus instintos religiosos…esas buenas gentes se sienten ya muy ocupadas, bien por sus negocios, bien por sus diversiones…parece que no les queda tiempo alguno para la religión”. Aquí, de nuevo, el capital va exorcizando a Dios del mundo.

Ahora, si Marx ataca la religión poniendo de presente la vida material que la hace posible, -no en el sentido de que la base económica es la causa y la religión es un reflejo, pues eso implica una incomprensión de las relaciones recíprocas y las mediaciones entre la base y la superestructura- Nietzsche “refuta” la religión desde un punto de vista filológico e histórico. Nietzsche no demuestra desde el punto de vista lógico que Dios no existe o algo parecido. No. Lo que hace Nietzsche es escarbar en el pasado para “conocer el terreno donde crece” tal idea, esto es, hacer visibles los escenarios olvidados de donde proceden las valoraciones que tenemos de lo bueno, lo malo, el pecado, la culpa, etc. En eso consiste su genealogía. En estricto sentido, la refutación que hace Nietzsche de Dios es histórica, claramente lo dice en Aurora: “Antiguamente se trataba de demostrar que Dios no existía; hoy se muestra cómo pudo surgir esa creencia en la existencia divina, y por qué dicha creencia fue adquiriendo peso e importancia a lo largo de la historia. De esta manera la prueba en la inexistencia de Dios se convierte en algo totalmente superfluo. Cuando antaño se refutaban las pruebas de la existencia de Dios presentadas, siempre quedaba la duda de que tal vez pudiesen hallarse pruebas mejores que las que acababan de ser refutadas”. Por eso la refutación histórica es la “refutación definitiva”, sostiene el solitario de Sils Maria.

Hay que decir que tanto Marx como Nietzsche le apuestan a una liberación del hombre; es una apuesta por recuperar a un individuo íntegro, autónomo, capaz de desarrollar todas sus potencialidades. En ambos hay una crítica de la alienación religiosa y de sus consecuencias para la vida cotidiana. La famosa muerte de Dios no es otra cosa que aprender a vivir libres, asumiendo de manera radical la responsabilidad por las consecuencias de nuestros actos, ya que no hay nadie en un trasmundo que nos perdonará después, dispensándonos de asumir lo que hemos hecho. La radicalidad de vivir sin Dios implica, como lo enseña la doctrina del eterno retorno, que debes decir “yo quiero” pero teniendo en cuenta que tus actos se repetirán eternamente, pues nada los puede des-hacer. En este sentido, la ética de Nietzsche es tan radical- o incluso más- que la ética kantiana.

Por último, a los 200 años del nacimiento de Marx y a los 170 del Manifiesto del partido comunista; así como a los 130 de escritos El anticristo y Crepúsculo de los ídolos de Nietzsche en 1888, cuando el filósofo alemán se sumergía ya en la oscuridad que lo llevaría a la muerte 12 años después, queda recalcar, con el filósofo colombiano Darío Botero Uribe, que: “Nietzsche posee lo que le falta a Marx: una visión cultural rica y diversa y una psicología concreta del individuo. Marx tiene lo que le falta a Nietzsche: una visión social amplia, una concepción…de la interacción social…pero Nietzsche está tan lejos del fascismo como Marx”.

 

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